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286 pages, Paperback
First published January 1, 1997
At times, when memories seem so sweet that I long even for old enemies, I go and stand before the portrait Diego Velázquez painted of her, and stay for hours looking at her in silence, painfully aware that I never truly knew her. But along with the scars that she inflicted, my old heart still holds the conviction that that girl, that woman who inflicted upon me every evil she was capable of, also, in her way, loved me till the day she died.The second was in a moment of truth for Íñigo in which his mettle and devotion to his master are tested. In this moment he finds
“…that there are some things no man can tolerate though it cost him his life or, precisely, because that life would not be worth living if he yielded.”I don’t think it’s too much of a spoiler to say that Íñigo proves himself worthy of the Captain’s respect and devotion.

"Can buy honor, and take it away,Another paragraph, having to do with fanaticism, but perhaps can be extended to the low levels of education in the US today.
break any law, destroy any prey."
And worst of all is the person who acts as exegete of The Word -- whether it be from the Talmud, the Bible, the Koran, or any other book already written or yet to come. I am not fond of giving advice -- no one can pound opinions into another's head -- but here is a piece that costs you nothing: Never trust a man who reads only one book.Because the author takes such a roundabout route to get to the adventure I thought I signed up for, I was ready to rate this just 3-stars. Instead, I found the wanderings contributed more to the story than I'd anticipated. This isn't literature, of course. If I didn't have that confounded standard of awarding 5-stars to what I think of as necessary reading, this would get that 5th star. No, this isn't necessary, but I look forward to seeing if the author can maintain this standard in the next in the series.
Desconfien siempre vuestras mercedes de quien es lector de un solo libro.
A través de él [Íñigo Balboa] y del personaje cuya historia nos narra [Alatriste], he querido intentar que se entienda la España de verdad, la de ahora y la de siempre, con lo bueno y lo malo y lo oscuro, que aún fue más.
Holanda nos odiaba, Inglaterra nos temía, el turco se andaba con pies de plomo, la Francia de Richelieu rechinaba los dientes, el Santo Padre recibía con mucho tiento a nuestros graves embajadores vestidos de negro, y toda Europa temblaba al paso de los viejos tercios -que aún eran la mejor infantería del mundo-, como si en las cajas de sus tambores redoblara el mismo diablo.
Creo haber hablado antes a vuestras mercedes de la Inquisición. Lo cierto es que no fue aqui peor que en otros paises de Europa; aunque holandeses, ingleses, franceses y luteranos, que eran entonces nuestros enemigos naturales, la incluyeran en esa infame Leyenda Negra con la que justificaron el saqueo del imperio español en la hora de su decadencia.
Pero Inquisición hubo también en otros sitios. Y además, con su pretexto o sin él, tudescos, franceses e ingleses chamuscaron más heterodoxos, brujas y pobres desgraciados que los quemados en España; donde, merced a la puntosa burocracia de la monarquía austríaca, todos y cada uno de los chicharrones que hubo, muchos pero no tantos, figuran debidamente registrados con procesos, nombres y apellidos. Cosa de la que no pueden presumir, por cierto, los gabachos del rey cristianísimo de Francia, los malditos herejes de más arriba o la Inglaterra siempre falsa, miserable y pirata; que cuando quemaban ellos lo hacían alegremente y a montón, sin orden ni concierto y según les venia en ganas o en intereses condenado hatajo de hipócritas.
según las reglas del Santo Oficio, no podía darse tormento a gentes de buena fama, a consejeros reales, a mujeres embarazadas, ni a siervos para que declarasen contra su amo ni a menores de catorce años.
Inquisición era de naturaleza eclesiástica, no podía verter ni una gota de sangre; de modo que para guardar las formas se los relajaba o entregaba a la justicia seglar, para que ella cumpliese en sus carnes las sentencias. Y aun así se ejecutaba mediante hoguera, para mantener hasta el fin la ausencia de efusión de sangre.
Todos lucíamos sambenitos: camisones que nos habían vestido los guardias al sacarnos de los calabozos. El mío llevaba un aspa roja, pero otros estaban pintados con las llamas del infierno.
Y sin embargo, a pesar de calumnias extranjeras, y a pesar de que no todos los procesos se resolvieron en la hoguera y hubo numerosos ejemplos de piedad y de justicia, la Inquisición, como todo poder excesivo en manos de los hombres, resultó nefasta. Y la decadencia que sufrimos los españoles en el siglo -polvos que trajeron y traerán todavía muchos lodos-puede explicarse, ante todo y sobre todo, por la supresión de la libertad, el aislamiento cultural, la desconfianza v el oscurantismo religioso creados por el Santo Oficio.
don Gaspar de Guzmán, harto de que la monarquía fuese rehén en manos de banqueros genoveses, pretendía reemplazarlos por los de Portugal; cuya limpieza de sangre podía resultar dudosa, mas su dinero era cristiano viejo, diáfano, contante y sonante. Esto enfrentó al valido con los consejos de Estado, con la Inquisición y con el propio nuncio apostólico.
Eso terminó de arruinar el proyecto de Olivares, de modo que muchos importantes banqueros y asentistas hispano-portugueses lleváronse a otros países, como Holanda, sus riquezas y su comercio en beneficio de los enemigos de nuestra corona; con lo que terminaron por jodernos del todo.
Cuesta, que andaba fatal de lenguas extranjeras pero tenía una memoria estupenda, dijo aquello de "ni srinden, ni veijiven, ni la puta que los parió, sin cuartel, señores, acordaos ni un hereje vivo en este reducto", y cuando Diego Alatriste y los otros izaron por fin la vieja y agujereada cruz de San Andrés sobre el baluarte, la misma que había llevado el pobre Ortíz antes de cascar pisándose las tripas, la sangre holandesa les chorreaba por las hojas de las dagas y las espadas, hasta los codos.
En aquella España turbulenta, arruinada y orgullosa en verdad era el orgullo lo único que nos iba quedando en el bolsillo; nadie recogía una palabra lanzada a la ligera, e incluso amigos intimos eran capaces de acuchillarse por una mala palabra o un mentís.
doy fe de que en los más desalmados malandrines pícaros, soldados y chusma a sueldo advertí más respeto a ciertos códigos y reglas no escritas que en gente de condición supuestamente honorable... Diego Alatriste era tan hideputa como el que más; pero era uno de esos hideputas que juegan según ciertas reglas.
cualquier hombre cabal puede escoger la forma y el lugar donde morir, pero nadie elige las cosas que recuerda.
nada hay más despreciable, ni peligroso, que un malvado que cada noche se va a dormir con la conciencia tranquila. Muy malo es eso. En especial, cuando viene parejo con la ignorancia, la superstición, la estupidez o el poder; que a menudo se dan juntos.
Eso era lo desconcertante de capitán: podía mostrar respeto hacia un Dios que le era indiferente, batirse por una causa en la que no creía, emborracharse con un enemigo, o morir por un maestre de campo o un rey a los que despreciaba.