Tengo problemas con los estilos tan descriptivos como este. Me suelen aburrir, me distraigo fácil. Pero no fue el caso. Mas allá de lo seco y concreto, las descripciones se intercalan con apreciaciones e imágenes y se establece un ritmo que termina siendo hipnótico. El narrador obliga al lector a estar presente en el momento y centrarse en las acciones mientras por detrás se deslizan los detalles y la tensión.
Me hizo acordar a Glaxo de Hernán Ronsino. Buenas novelas, tranquilas, donde lo no dicho va aumentando hasta que en un momento algo estalla.
El relato de lo cotidiano desde una mirada pasiva, como la del niño, dentro de una familia con jerarquías. El narrador disfruta del momento, de los detalles. La singularización de la acción, entendida no como una foto del momento sino como el inventario de lo cotidiano, de la enumeración en el hacer, va haciendo el presente con el correr de una bella y pausada prosa.
Algo en la calma, en lo cotidiano (que no es cotidiano), en lo relajado (dentro de tanta tensión), en el ambiente que no dejan del todo claro, en ese final que tantas puertas no abre. Lleno de incertidumbres y certezas, de frases y cosas no dichas