Confiado más a la inteligencia que al sentimiento, Julio Torri (1888-1959) fue un gran artista solitario que procuró trabajar, sin premura y con acierto, en una veta oportunamente remozada por la ironía. Miembro del Ateneo de la Juventud y notable entre los muchos intelectuales mexicanos con cultura universal, Torri presenta en este volumen diversos trabajos de su oficio poético, ensayístico y narrativo.
Sí, hay que decirlo, Julio Torri escribió algunos de los mejores poemas en prosa en español, auténticas joyas que harían palidecer de envidia a Baudelaire, Mallarmé o Rimbaud ; tenía también una inusual inteligencia para tender hilos audaces entre libros y lecturas (por ejemplo, la Odisea, Róbinson Crusoe y Sinbad) y pintaba, en unas cuantas palabras, estampas breves y bellas que coqueteaban melancólicamente con el costumbrismo y hacían de sus libros, en especial De fusilamientos y Ensayos y poemas, fenómenos aislados que no han vuelto a verse en las letras mexicanas.
Sin embargo, algunas frases —y párrafos enteros— dejan entrever una cierta misoginia (por ponerlo de algún modo) o racismo que no han envejecido del todo bien:
“Labios que hoy besamos y mañana estarán exangües, cuando la amiga ocasional repose en la plancha acogedora del depósito de cadáveres. Tendremos que alegar ante el juez de instrucción nuestros honorables antecedentes de horteras respetables o una coartada que no parezca del todo inverosímil” (p. 113).
A veces hizo un juicio categórico a partir de lo que el autor conocía en aquel momento, dándole al todo el valor de la parte:
“A través del persa, del siriaco han llegado estas narraciones a los semitas (hebreos y árabes), razas que no parecen haberse señalado por su imaginación y poder inventivo” (p. 139).
Sirvan este par de ejemplos para sopesar, una vez más y al igual que otros miembros del Ateneo de la Juventud, la obra breve y concisa que su autor dejó entre nosotros. Bajo este matiz, al igual que los primeros antologadores de la literatura mexicana del s. XX y demás estudiosos de su obra, la duda persiste: ¿qué hacemos con Julio Torri?
La relectura de Torri me reveló un par de cosas: es un lenguaje que difícilmente se usa (y, aún breve, alguien podría rendirse fácilmente) y que todavía le tengo un profundo cariño, y respeto.
Torri es la brevedad del lenguaje sin sacrificar la elocuencia. Se puede aprender mucho de él.
Todavía pienso en el diablo cuando leo a Torri.
Otra cosa: no lo disfruté tanto de madrugada, esta vez, me pareció mejor leerlo en una tarde de mucho sol.