Regreso del autor a la sociedad del espectáculo —«el espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes»— veinte años después de su famoso ensayo.
Más sencillo de entender que su predecesor, Debord regresa a sus ideas sobre la representación —«viviremos en un mundo sin memoria donde, como en la superficie del agua, la imagen hace desaparecer indefinidamente la imagen»—, nostálgico de un tiempo genuino, auténtico y libre que nunca existió. Reaccionario en cuanto a las artes clásicas, su diatriba contra el arte contemporáneo, esa otra forma de mercantilismo, es ambrosía:
«Así, en una época en que puede existir arte contemporáneo se hace difícil juzgar las artes clásicas. Aquí, como en todas partes, la ignorancia sólo se produce para ser explotada. Al mismo tiempo que se pierden simultáneamente el sentido de la historia y el gusto, se organizan redes de falsificación. Basta con tener a los expertos y a los tasadores, lo que es bastante fácil, y colarlo todo, porque, tanto en los asuntos de esta naturaleza como en definitiva en todos los demás, la venta es la que autentifica cualquier valor. Después son los coleccionistas o los museos, sobre todo americanos, quienes, atiborrados de falso, tendrán interés en mantener la buena reputación, al igual que el Fondo Monetario Internacional mantiene la ficción del valor positivo de las inmensas deudas de cien naciones».
Muy entretenido.