1001 Libros que hay que leer antes de morir: N.º 171 de 1001
No había oído hablar jamás, en toda mi vida de estudiante ni en la profesional, de Marco Denevi, ni mucho menos de esta novela. Y me parece increíble. Quizá las sensibilidades académicas de Hispanoamérica por aquel entonces estaban tan embotadas de realismo mágico y boom latinoamericano que otras propuestas literarias eran invisibles, o había verdadera inquina hacia este buen artesano de la pluma. No me lo explico. Hubiera preferido mil veces, de chaval, haberme leído esta novela antes que Crónicas de una muerte anunciada, y eso que en su momento me encantó. La academia y los manuales pocas veces son amigas de escritores que solo cuentan con su honestidad y su vida como aval, como fue el caso de Roberto Arlt, ignorado por su prosa de trinchera -quien escribe para comer rara vez se para a corregir. No digo que ese sea, en concreto, el caso de Marco Denevi, al que, si bien le esquivo el laurel, le llovió la plata.
Rosaura a las diez nos cuenta una historia desde tres puntos de vista diferentes aunque complementarios: el de la casera, metijona profesional, el de un joven huésped, pomposo y engreído, y el del protagonista, Camilo Canegato, un veterano y apocado restaurador cuya presencia pasa inadvertida a todo el mundo. El caso en cuestión involucra a este pintor pusilánime, del que todo el mundo se precia de conocer al dedillo vida y asuntos. O, al menos, eso es lo que creen, y eso es lo que cuentan a la policía. Para deleite del lector, lo que Doña Milagros, la casera, cuenta y Reguél, el arrogante proyecto de abogado, corrobora, e incluso el propio Canegato confiesa, solo tienen en común no saber ciencia cierta quién es o de qué es capaz Camilo Canegato. Y, por supuesto, ninguno sabe realmente quién es, si es que es alguien, la dichosa Rosaura del título y hora.
Yo, por mi parte, voy a guardar un respetuoso silencio, pues cuanto menos se sepa de esta novela mayor será su disfrute. Solo puedo quitarme el cráneo ante Marco Denevi, un maestro del lenguaje vulgar, académico, sencillo, abigarrado, garrulo, culto, honesto e impostado; un urdidor de misterios que sabe como atrapar al lector con su ingenio y la redondez de sus personajes.