En junio de 1981, en Paris, un estudiante japonés, Issei Sagawa, mató por amor a una joven artista holandesa y devoró una parte de su cuerpo. Este acto de canibalismo moderno conmovió la opinión pública mundial que dos años más tarde se sobresaltó de nuevo al ser declarado Sagawa irresponsable por la justicia francesa. casi al mismo tiempo, Juro Kara fue galardonado con el premio Akutagawa, la más alta distinción literaria japonesa, por esta novela.
Decepcionante. Primero pensé que sería una novela epistolar, y en realidad sólo aparece una carta enviada por Sagawa y nada más. Por otro lado, el libro se pierde más en delirios y divagaciones del autor, que no entiendo que tienen que ver con el caso de asesinato. Pensé que este libro me ayudaría a entender más la figura de Sagawa, y me he quedado igual.
Lo mío con este libro fue una cuestión personal. Había leído mucho sobre Issei Sagawa, el caníbal japonés, y necesitaba leer esta novela escrita por, con y para él por Jûrô Kara. Estaba descatalogada en todos sitios, y a precios desorbitados de segunda mano. Tras meses y meses decidí leerla en mis pequeños ratos libres, al acabar el trabajo, en la Biblioteca Nacional, donde no podía llevarlo a casa, claro. Mereció la pena. Es tan perturbador como la historia de Sagawa. Kara mezcla la realidad autobiográfica y la fantasía, en un relato en el que va tras los pasos del asesino lleno de detalles, lleno de todo lo que yo esperaba.
La decepción hermano, la traición. Cómo un aficionado al true crime me tomé la molestia de conseguir este mítico libro en formato físico y después de años de intentarlo lo conseguí. Jamás me había sentido tan desilucionado al leer algo.
La Carta de Sagawa es un libro que no tiene desperdicio. Cada párrafo, cada página es peor que la anterior, lo que ya en sí mismo es un gran logro.
Sorprende que Juro Kara haya ganado el prestigioso premio Akutagawa con esta clase de novela. Quizás mi sorpresa se debe a que, a diferencia de otros autores japoneses, la prosa de Kara carece por completo de elegancia o belleza. Aunque quizás eso se deba al tema del que trata. Está claro que hay que ser muy buen escritor para lograr sacar algo hermoso entre tanta podredumbre y, desgraciadamente, Kara no lo es. Su estilo, rematadamente simple y su desarrollo poco coherente y muy parcial, logran hacer que leer esta novela de poco más de 140 páginas sea una tortura.
El tema del que trata es harina de otro costal. Basado en un hecho verídico, el propio autor, protagonista junto con Sagawa, con la excusa de realizar un guión para una obra de teatro sobre este hecho, sigue las huellas de Sagawa por París. Pero el libro se tuerce desde el inicio. La interpretación tan aséptica que Kara da al hecho en si mismo, sus burdos intentos de justificar algo que no tiene justificación alguna, la reiterada necesidad de victimizar a Sagawa y de criminalizar a la víctima (en serio, se llega a decir que Renée, la mujer asesinada, tiene la culpa), el racismo imperante en el libro, que resta importancia al homicidio por ser de una mujer occidental, el machismo del autor, que ve bien que a las mujeres se las trate como objetos y esa fijación delirante que tanto escritor como asesino, comparten por la carne humana y los cadáveres, te hace sospechar que no solo Sagawa está mal de la cabeza.
Pero no queda aquí la cosa. Al final toda la historia se vuelve confusa, hasta el punto de que ya no eres capaz de distinguir que es real y que es producto de la imaginación del autor. De todas maneras el resultado es deleznable y aborrecible. Sagawa no solo no es regañado por el autor (que utiliza el verbo "comprender" en su respuesta), si no que ni siquiera está arrepentido. Y eso por no hablar de que está en libertad y es todo un Show man en Japón. Por su parte Juro Kara ganó un premio con una novela que deja traslucir cierta misoginia y una obsesión malsana con los muertos y su pobre abuela. La vida es incomprensible.
En resumen, esta novela debe ser evitada por todas aquellas personas muy sensibles o imbuidas de un gran espíritu de justicia, ya que se sentirán frustradas y enfadadas. Pero, si os gusta el morbo, puede que disfrutéis con ella, si es que lográis entenderla.
Lo primero: si vienes por true crime, corre en otra dirección. Es probable que salgas de aquí sabiendo incluso menos del caso Sagawa.
Dirán que «trata» el caso de Issei Sagawa (el estudiante japonés que asesinó y devoró a una compañera holandesa estando ambos en París) pero más bien lo orbita.
En cierto modo, me gusta lo que propone, pese a que a la vez me repugna a varios niveles. La cosa mezcla realidad, ficción y delirio. El autor se carteó (no muy extensamente, todo el libro va orientado a una visita en la cárcel que no tiene lugar) con Sagawa, hablando de una película que se proponía hacer y que Sagawa se postulaba a protagonizar. Sagawa en ese momento se encuentra en la cárcel parisina, si bien ya debe de prever su destino como hombre libre.
El libro podría ser «me vuelvo loco con el enfermo objeto de mi estudio» pero es «ya venía loco de Japón». El autor es un ser insoportable, no sé si imbuido por el surrealismo o por la japonesidad más exasperante. Por poner un ejemplo totalmente real 100% (no fake), se empeña en que esta historia ha de ligarla con la de su abuela: spoiler, no tienen nada que ver. Es una especie de misticismo artístico infantiloide que, en todo momento, se olvida de que el Sr. Sagawa cometió un acto atroz, que revuelve las tripas a cualquiera que esté medio cuerdo.
Olvidándose de ello, el autor filosofa sobre este acto de «adoración» (cosa que ya haría, con bastante más acierto, Angélica Liddell) hacia Renée junto a Sagawa o a solas. Se pierde por París. Se dedica a traducir, sin saber alemán, el poema que en teoría leía esta antes de que Sagawa le metiera una bala por la espalda. Insisto que como ejercicio absurdo me parece hasta interesante, si esto fuera una especie de desesperada necesidad de comprender.
Pero, ay, la japonesidad que mentaba. Me lo invento: «Porque la ciudad de París pertenece a las nubes y, por tanto, podemos decir que tanto Sagawa como Renée reposan juntos en los cielos». Asociaciones incomprensibles que el autor hace con alegría y lleva como si fueran tesis doctorales lastran el texto, porque muchas veces se va muy, muy lejos del horrible asunto que nos ocupa.
Y lo último que quiero ser es moralista: hay varios elementos de este caso que me resultan fascinantes (¿Morbo? ¿Fascinación por el mal? ¿Necesidad de comprender?) y, al igual que el autor, gravito en torno al caso desde que lo conocí, hace más de 20 años y, de vez en cuando, vuelvo a saber de él de forma más o menos voluntaria. Tiene cosas tan complejas y retorcidas (Sagawa diciendo que no mataría a cuchillo pues esto le causaría demasiado sufrimiento a ella y no lo soportaría, por ejemplo) que resulta difícil dejar de mirar.
Ahora, quizá un tercio del libro va dedicado a una experiencia surrealista en la que el autor conoce a una modelo japonesa amiga de Sagawa. Esta parte es la mejor del libro y la que puede justificar su lectura. Todo se empieza a mover entre la realidad y el sueño, los diálogos se funden, se parece a estar en una representación teatral... ahí hay gran talento.
El libro es muy breve y, aunque sus fallos son evidentes y odio al autor, me alegra habérmelo leído. Es una experiencia muy interesante y un experimento que, aunque muy insensible —no paraba de preguntarme, como propusieron otros, si Japón hubiese sido tan conmiserativo con un grandullón occidental que masacrara a una japonesita enamorado de su pequeñez—, tiene aciertos formales.
En junio de 1981, el estudiante japonés Issei Sagawa, a la sazón estudiando literatura francesa en París, mató a una compañera y amiga holandesa, Renée, y se come parte de su cuerpo, en un suceso que conmovió y escandalizó a la opinión pública de la época. Quedaría todavía más escandalizada cuando dos años después la justicia francesa le declarara irresponsable por su estado mental. El escritor y dramaturgo japonés, juro Kara, fue contactado desde la cárcel por Sagawa, quien conocía su obra y le admiraba. A partir de ahí, merced al interés por el caso y la correspondencia intercambiada, Kara elaboraría un relato donde las fronteras entre fantasía y realidad se desdibujan, y donde los diálogos resultan brutalmente perturbadores en ocasiones, cuando no absolutamente oníricos, con gran riqueza de metáforas y referencias a la sensualidad y la muerte; al goce de los sentidos por lo morboso. El autor llevó a cabo un viaje real a París para documentarse e intentar visitarle en la cárcel de la Santé, aunque sin éxito en esto último. Aunque no lo sabía, el padre de Sagawa, muy influyente, había movido muchos hilos. De hecho, una vez en Japón, Sagawa era ya un hombre libre, que sigue vivo en la actualidad.
Todas las malas críticas a este libro son por enfrentar sus propias expectativas a la realidad. Querían un libro de true crime común y corriente y se encontraron con una novela bastante experimental de un escritor de vanguardia japonés. El libro es extraño, de eso no hay duda. No es no-ficción, sino pura y dura ficción. El propio Kara es el personaje, el narrador y además de un par de cartas escritas a Sagawa, nos muestra su encuentro con Ohara, una modelo japonesa que vive en Francia y que se vio involucrada en el crimen. Es un libro delirante, de visiones y supersticiones, en la que el escritor se mete demasiado en (o parece comprender demasiado la) mente del asesino. Si quieren detalles de cómo Sagawa mató y comió partes de su víctima como si fuera sashimi, aquí no lo van a encontrar. Pero sí van a ver la extraña simpatía que un asesino puede despertar en cierto tipo de gente. Destaca mucho también el racismo de todos los personajes (y, quizá, también del escritor) frente a los propios asiáticos: los asiáticos son amarillos, saben a perro, su carne es indigna y sus caras parecen de pescado, no como los franceses u holandeses… raro.
Tuvieron que pasar algunas semanas para realmente concientizar lo que me dejó está lectura. En primera instancia, me introdujo a ese estado aséptico en el que se mueve y no generó en mí mucho más que decepción. Luego eso se transformaría en tristeza y vergüenza.
La obscenidad sin límites que se desprende de cada página de este libro no deja de sorprenderme.
Sabemos poco de Renné Hartevelt, solo tenemos retazos de su biografía, de su aspecto físico, sabemos que era estudiante de La Sorbona, sabemos que Sagawa la invitó a su departamento con la excusa de hablar de literatura. Sabemos con detalle su triste final.
Entre manos tenemos un puñado de superficialidades, y este libro es una invitación para profundizar en ellas. Cada línea se encarga de reforzar el estereotipo carnal y misógino que edifica la fantasía retorcida de Sagawa. Como lectores, asistimos a la transformación de la identidad en carne, a la obliteración absoluta del sujeto.
Las sensaciones son de repudio. No entiendo cómo este libro recibió el Akutagawa. Probablemente ayudó el aspecto mediático que hay detrás y que viene de la mano de Isse Sagawa y el estatus que ya tenía en Japón.
De alguna manera la pesquisa que inicia Kara en París, lo hace ver como un reverso obsesivo de Sagawa; este merodeo entorno a los rastros de muerte de Renné y esa presencia fantasmal y extrañamente erótica que es Ohara es el núcleo central del libro. En mi opinión, la atracción de Kara deja en evidencia su fijación enfermiza y muestra de manera subrepticia que todo el detalle tras la materialización del crimen bulle en su interior con un deseo propio.
Todo esto se inicia, supuestamente, por la intención de Kara de hacer una película sobre el asesinato, sin embargo, este viaje a París cuyo objetivo era una entrevista con Sagawa, rápidamente se convierte en algo muy distinto. Ya desde las primeras páginas el libro asume un ambiguo caracter confesional. Se inicia una gran divagación en forma de pesquisa (casi policiaca), que confunde y atenúa lo que realmente mueve al libro: un estado de fascinación perverso.
De aquí en más, todo me parece inquietante, obsceno y triste. La cosificacion de Renné Hartevelt, la relativización del acto criminal en este halo esteticista y erótico... Asumo que la carta de Sagawa es solo un trigger para una ficción, que Ohara quizá es solo un personaje ficticio, no lo sé, pero lo que sí sé es que los cimientos de la novela son reales.
Este es un libro prescindible, que en estos meses de violencia extrema, sólo subraya otra dimensión de la exhibición de atrocidades de la que somos capaces: la frivolidad y la deshumanización del otro. Probablemente como antecedente, esta "obra" puede ser una pieza de estudio, de la que quizás los trabajos de René Girard podrían dar alguna luz. De lo que sí estoy seguro, es que este libro es un eslabón precario, pero elocuente de la injusticia y de su lamentable prevalencia en el mundo.
Un livre qui aurait pu être excellent, les premières pages sont prometteuses, mais qui m’a vite fait décrocher. Je me suis ennuyé durant ma lecture et je n’ai pas vraiment compris pourquoi ce livre a été publié (même si j’imagine que le sujet et sa sortie rapide après le drame ont dû lui assurer de très bonnes ventes au Japon). Article : https://comaujapon.wordpress.com/2017...
El caso de Issei Sagawa es realmente interesante. Juro Kara no estuvo a la altura de darle una prosa que jugase a favor de las cartas de asesino. Les recomiendo leer "Entre la niebla" del mismo Issei Sagawa si quieren averiguar más del caso (el loquito del pueblo documentó su crimen en el libro)