Hasta la mitad es una historia interesante. Un escritor limeño busca a sus enemigos del mundo literario (escritores, editores, críticos, etc.) para matarlos y así vengarse de todas sus humillaciones, antes que la parca venga y lo mate a él.
Sigue el ritmo típico del género policial, en la voz del criminal, entretejiendo la acción misma (los crímenes) con hipótesis espontáneas, surgidas de la duda y del miedo.
Y contra lo que se pudiera pensar, aquí no hay paranoia. O no la paranoia que destruye o desgarra.
El héroe de Bayly no es un psicópata paranoico. Es un criminal amateur que contrarresta su inexperiencia con una imaginación matemática, ajedrecista, que ensaya escenarios posibles y probables salidas. No sucumbe a la más mínima paranoia, o nunca expresa cabalmente su desesperación por ser descubierto (lo que le quita algo de potencia a partir de la mitad), siempre está estudiando escenarios futuros, deduciendo a partir de axiomas qué podría suceder, qué podría pasar. Y en función de ello, qué podría él hacer, cómo podría actuar.
Hasta la mitad, esa especulación funciona. Y funciona muy bien, pues siempre después de cada indagación, de extensas cadenas de deducciones, hay un plan de acción definido, narrado con destreza y claridad.
Es decir, el narrador-protagonista especula, define y luego, en el momento mismo, cuenta paso a paso, con precisión y pertinencia, cada detalle que antecede al crimen que va a cometer, llevándonos hasta el momento mismo en que enfrenta a su víctima y ejecuta su plan.
Todo lo vemos, como lectores: desde la teórica y mental especulación, ensayando escenarios y esgrimiendo motivos y razones, hasta el rostro de espanto de las víctimas y su sangre fresca.
Pero esa fórmula se diluye cuando el protagonista interactúa con su última víctima. Es cierto que la situación ha cambiado, ya no es la misma lineal y controlada de las primeras hojas, ahora hay de por medio una relación sexual de poder, una clara subyugación basada en los deseos y en las felaciones que manipula y distorsiona los objetivos del protagonista, pero su personalidad debería seguir siendo la misma. No es el caso, Bayly se pierde (parece que no sabe cómo continuar, por dónde perseguir la luz, qué alternativa es la más idónea, hacia qué inesperada situación guiar a su héroe) y todo el forcejeo, entre coqueto y jerárquico, toda esa tensión por ejercer el poder sobre el otro que se establece entre el protagonista y su quinta víctima, esa relación sexual y de poder, o de ejercer el poder a través del sexo, se muestra tan impostado, tan artificial, que cuesta mucho creerlo. Es una atmósfera que no expresa esa tensión, que no la exhibe. Hay escenas y diálogos que, por mucho que uno quiera imaginarlos o comprenderlos, sólo aparecen como un conjunto de palabras y guiones. (A diferencia, por ejemplo, de su novela «Y de repente, un angel», donde basta un brevísimo diálogo, apenas una línea, para capturar toda el clima que lo rodea).
Sólo cuando el narrador-protagonista sale a sacar el dinero de las agencias bancarias, su imaginación matemática y algo de su temperamento se restablece. Pero ya es muy tarde para creerlo, o se lo cree desde la sospecha, como si no fuera el mismo que en las primeras treinta hojas nos contaba sus planes para acabar con todos.
En las últimas hojas, es un narrador-protagonista que quiere ser el mismo pero que no convence. Quiere demostrar aún que controla lo que hace y lo que cuenta, pero después de perder el hilo con su quinta víctima, y de endulzar a los lectores, estratégicamemte, con hilarantes recortes de periódicos, a manera de muestrario cómico de la prensa policial peruana, tratando de sacarnos una risas mientras hace tiempo y piensa qué más hacer, cómo seguir con la historia, es decir, después de habernos llevado por ese tedio forzado y ese entremés facilón, ya no es tan verosímil como parecía ser.
Por decirlo de algún modo cursi, parece que desde la muerte de la antepenúltima víctima, Bayly se hartó de su narrador-protagonista y dejó que haga lo que quiera.
Esperemos a ver qué pasa en la segunda parte.
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De los cuatro crímenes, me quedo con el 2° y el 3°. Muy buenos y sangrientos, como su toque de sadismo y tortura, como para verlos en una película serie B. (A propósito de películas, el primer párrafo de esta novela, y la penúltima hoja, son tan Breaking Bad! Por ahí también vi guiños a Fight Club y Reservoir Dogs, aunque pueden ser sólo coincidencias).
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Léanla con un buen vaso de sangría 🍹 y escuchando «Más allá» de Procrastinación 1 Yo 0 🎶
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