Es esta una antología personal de Carmen Alardín, dividida en tres rememora primeramente la infancia; luego, canta a la noche, compañera de los poetas y, por último, al horizonte, línea inalcanzable, como la poesía misma.
Sabiendo y reconociendo que, como decía Iriarte, la poesía es el arte que tiene un burro tocando la flauta, lo cierto y verdad es que por lo menos se espera que en un librillo (¡una antología!) de poemas, la flauta, por puro azar, encuentre aunque sea cuatro o cinco tonadillas alegres y que den gusto de oír y recitar.
En este poemario, encontré, a lo mucho unos 8-9 versos que me gustaron. El resto, bueno, el mismo rondín de siempre: imágenes más o menos de ingeniosas(que tendrán lo bello lo que tienen de inteligibles), poesía que se dice ¿contemporánea? ¿de vanguardia? ¿surrealista?, que lo único que consigue es perpetuar el bostezo de la historia de las letras que inició con una ruptura...
Es, ¿qué duda cabe?, el canon que predomina hoy día. Pero la verdad yo esperaba más de Alardín. Es la primera vez que la leo y sé que pronto la olvidaré.
Incluso se llega, ya sin ningún reparo, al uso de la prosa. Ya el propio poeta, como lo reconociera en un gesto bastante moderno Baudelaire, admite que ya de poesía lo único que queda es el género en las estanterías de las librerías. Nada de canto, nada de recitación, un puro documento del instante efímero... Ojo, hay veces qué eso logra un buen resultado. Pocas, pero las hay. Pero no es el caso de este librillo.
Esperaba más de Alardín ya que hasta un premio regional de por acá tiene su nombre como insignia. En fin, ni hablar. Un librillo más de saldos del FCE que no reporta mayor saldo que la pérdida que 22 pesos.
El trabajo de edición es sólido como siempre suele serlo en el FCE. ¿Alguien, junto conmigo, se ha preguntado cuánto dinero se gasta en estas cosas? Ah, el predicamento del poeta debería de ser si vale la pena gastar la pulpa de un árbol en las palabras escritas... y aún más si serán capaces, alguna vez esas palabras, de tener vida más allá del papel. ¡Por eso la primera virtud de la poesía siempre es la generosidad! Lo demás son pamplinas.