No tenía muchas expectativas antes de leer el libro y puede que por eso mismo me sorprendiera y me gustara tanto.
He de decir que soy una enamorada de Francia, no tanto de París, como de la Francia rural que se representa tan bien aquí y que tan diferente es de la capital. Conozco la zona donde se desarrolla el relato y sus gentes, magníficamente retratadas ambas (obviamente siendo una ficción).
Lo mejor de todo son los protagonistas, un cuadro de personajes a cual más peculiar pero, a la vez, totalmente reconocibles en las personas que viven en los pueblos, no sólo de Francia, sino de muchos otros sitios. No hay personajes planos, a unos se los ama y a otros se los odia (aunque al final algunos nos hagan cambiar de idea).
El relato es sencillo, como la vida de las gentes de Fogas, con sus pequeñas excentricidades, cosas buenas y malas. La lectura es muy rápida, con situaciones hilarantes y otras más serias, que nos hacen reflexionar porque todos podemos vernos reflejados en uno u otro momento en alguno de los habitantes de Fogas. Nos habla de la lucha por la supervivencia, cada uno por lo que considera legítimo; de los conflictos que surgen cuando no se entienden las cosas o no se conoce a las personas y que son fácilmente solucionables; de la vida en un entorno duro, como el de los Pirineos, cada vez más despoblado, donde se vive principalmente de la agricultura y la ganadería, y de tópicos reales como la burocracia, la política y las influencias, los cotilleos, los servicios y suministros en sitios remotos…
No dudo de que después de leer este libro todo el mundo querrá visitar este magnífico entorno y encontrarse con sus gentes, que son amables y hospitalarias una vez que conocen al forastero.