Hablar de un libro como «La estructura ausente», obra del profusamente conocido Umberto Eco, no es tarea fácil y francamente atemorizante, porque uno se debe enfrentar a la prosapia del autor y al cúmulo insólito de textos que produjo en su vida. Sin embargo voy a hacer algo más o menos sencillo: voy a dejar fuera el resto de la obra de Eco y voy a centrarme exclusivamente en este libro, como si fuera la única y definitiva obra de él. El comentario, en consecuencia, va hacia las ideas desarrolladas en esta obra, independiente de si siguió sosteniéndolas después.
No es fácil decidir de qué lado se sitúa Eco en el libro. Realiza una extensa exposición de la teoría de la información de Shannon, con ejemplos básicos de la construcción de un código binario, que se va enriqueciendo hasta, aparentemente, abarcar todo tipo de comunicación. Ojo, que Eco sostiene que esta es LA manera de establecer un código. El problema, sostiene, es que, una vez realizada la codificación por el emisor, y emitido el mensaje, este tiene que ser decodificado por un receptor que, lástima (esto es retórico, la lástima la coloco yo) es un ser humano (porque hablamos de comunicación entre seres humanos, aquí no caben, por ejemplo, las bacterias, las esponjas o las plantas, ni siquiera los mamíferos). Y este ser humano no necesariamente realizará la decodificación en base al código del emisor. Este es, pues, el primer problema. Pero además existe el contexto, un elemento “extrasemiótico” que viene a entorpecer más la comunicación, ya que finalmente el contexto en sí mismo es un código, que debe incorporarse al estudio semiótico, porque si no se corre el riesgo de dejar fuera un elemento crítico para la comprensión correcta del mensaje original. En este mismo plano se sitúa la historia. La diacronía de los mensajes y los códigos hace que estos varíen con el transcurso histórico, así que no necesariamente la decodificación es la misma en una época y otra.
La crítica a Lévi-Strauss y a los estructuralistas es que estos sostienen que en la base de todo elemento cultural (y la cultura se entiende como comunicación) existe una estructura, que puede ser descubierta y, finalmente, es común a todos los seres humanos, porque lo que hace esta estructura es nada más que reflejar el pensamiento. Esta es, para Eco, una idea profundamente etnocentrista. Es la ideología del antropólogo (se refiere a Lévi-Strauss, claro) la que prevalece.
Hasta aquí, (casi) todo bien (casi, ¿eh?).
¿Qué le falta a la propuesta de Eco? Que parece proponer una crítica al estructuralismo (para Eco no habría nada más allá del hecho cultural, ninguna estructura ontológica que dé cuenta del surgimiento de los hechos culturales, y de ahí semióticos, ya que es algo que se está construyendo permanentemente, y cada pueblo, cada cultura hace surgir su propia estructura), pero se enreda al sostener que sí existe un código “cerrado” (esto es, el surgimiento de un código, al estilo de la información de Shannon), y una estructura “abierta”, que sería el sistema que contiene los códigos cerrados. Visto así, lo fundamental sigue siendo el código “cerrado”, de carácter binario (sí/no). Es como si Eco quisiera quedar bien con dios y con el diablo: hay un código cerrado, no cuestionable, denotativo y connotativo (esto es secundario, para mi gusto), pero debe entenderse dentro de un sistema abierto que le proporciona el resto del sentido, del que el código básico podría carecer. En suma, no se aparta de una postura fuertemente cognitivista (tal como Lévi-Strauss).
Pero lo que más le falta es la dinámica del intercambio entre seres humanos (para no tocar el tema del intercambio entre seres vivos), que son las que en definitiva dan origen al sentido, más allá de los “códigos” que pueda observar un investigador. Estas son ideas que, hay que admitirlo, eran muy embrionarias en la época en que se publicó «La estructura ausente». Probablemente ni Eco ni nadie habría sido capaz de tomarlo en cuenta en aquella época.