-¿Y ahora qué pasa, eh?
Estábamos yo, Alex y mis tres drugos, Pete, Georgie y el Lerdo sentados en el bar lácteo Korova exprimiéndonos los rasudoques y decidiendo qué podríamos hacer esa noche, en un invierno oscuro, helado y bastardo aunque seco."
El 2017 ha sido el año que dediqué en parte a leer varios clásicos y novelas contemporáneas que me faltaban, como “El guardián entre el centeno” de J.D. Salinger, “Robinson Crusoe” de Daniel Defoe, “El inspector” de Nikólai Gógol, “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo” de Haruki Murakami, “La caída” de Albert Camus, “Resurrección” de Lev Tolstói, “Los viajes de Gulliver” de Jonathan Swift, “La piedra lunar” de Wilkie Collins y muy especialmente “Don Quijote de la Mancha” de Miguel de Cervantes y el “Finnegans Wake” de James Joyce.
Ahora agrego esta icónica novela de Anthony Burgess.
Debo confesar que me ha gustado mucho leerla. Ha sido un interesante viaje el de Alex por su agitados días de adolescencia. Me imagino lo que debe haber sido leer “La naranja mecánica” en 1962, un libro que anticipó el mundo violento de hoy en el 2017, de la explosión del punk nihilista que generaron bandas como “Sex Pistols” o “The Clash” en 1977 y toda la debacle de clases sociales que se vivió en Argentina a partir de finales de la década del ’70.
Es que la estrella del libro no es Alex ni las andanzas con sus amigos ni el sistema contra el que quieren luchar. Es la violencia. Esa violencia que es parte inherente de todos los seres humanos, de la eterna lucha entre el bien y el mal, de los valores trastocados, perdidos, rechazados y también de aquellos individuos que no encajan en la sociedad, que son marginales, tal vez sin proponérselo y de cómo el sistema (llámese gobierno, sistema de educación o aparato jurídico) trata de convertir lo malo en bueno fallando en gran medida por no entender nunca el asunto.
Pero la violencia alcanza no sólo a Alex, sino a todos los órdenes sociales y a toda escala. A sus amigos, que lo secundan en sus fechorías, a sus padres que no lo comprenden y terminan enemistándose con él, a los directivos de ese “Centro de recuperación” bastante dudoso y clandestino en el que cae y en donde desde el Estado pretenden recuperarlo y supuestamente transformarlo en un ciudadano reformado con el propósito de reinsertarlo en la sociedad.
Claro que los métodos utilizados son tan violentos como los hábitos o naturaleza de Alex y los resultados llegan a ser desastrosos. El aparato de estado quiere arreglar a un individuo que según ellos está descarriado de la manera más inadecuada y cruel. Es como combatir fuego con fuego.
Los capítulos en donde le proyectan las famosas películas y en el que él describe todas las palizas que le propinan, desde que lo detiene la policía y durante su paso por la cárcel me recuerda a las que sufre Winston, el personaje principal de “1984”, la mítica novela de George Orwell.
Todo está impregnado de violencia. Los medios periodísticos y el accionar oportunista de ciertos políticos, que intentan utilizarlo como ejemplo para derrocar al gobierno. Todos quieren sacar rédito de Alex. Es más, las víctimas de sus ataques anteriores intentarán aplicar la misma violencia que recibieron, como buscando reparar lo que ya no pueden.
Hay que destacar la manera en la que Alex (Burgess) narra lo que sucede en esta historia, pero lo que más asombra es la pasmosa naturalidad con la que describe los distintos actos de vandalismo, caos y destrucción en las calles de una semi distópica Inglaterra, donde este personaje tan especial se divierte a sus anchas con sus amigos.
Están fuera de la ley, asaltan, roban, golpean, violan y matan y todo eso está dentro de la normalidad que viven; luego vuelven a sus casas e intentan hacer una vida normal.
En el caso de Alex es por demás paradójico, puesto que su pasión es la música clásica. Escucha a su querido Ludwig van Beethoven o a Mozart o Bach. Esa música inmortal es su cable a tierra, conexión con el mundo real, aunque es lógico que algo no está bien. Podemos entender el estado de efervescencia que los años de adolescente producen en las personas pero en el caso de Alex eso va mucho más allá.
Él es uno de esos personajes tan especiales en la literatura. Personajes que no encajan en ningún molde.
Se puede citar algunos: Holden Cauldfield en “El guardián entre el centeno”, Mersault de “El extranjero” o Ignatius Reilly en “La conjura de los necios”. En Argentina podríamos incluir dos de Ernesto Sábato: Fernando Vidal Olmos, ese oscuro y lunático personaje de “Informe sobre ciegos” o Juan Pablo Castel, el asesino dostoievskiano de la novela “El túnel”.
Esta novela choca también al lector desde el plano lingüístico, dado que Burgess crea el famoso vocabulario adolescente “nadsat”, una jerga o lunfardo en el que Alex y sus amigos reemplazas determinadas palabras o acciones por términos tomados del idioma ruso y aggiornados a su lenguaje. De esta manera, por dar algunos de ejemplos, "golová" significa cabeza, "tolchoco", golpe, "litso" significa rostro y así sucesivamente para muchas otras palabras más.
Confieso que al principio me costó un poco de esfuerzo retener todos estos términos (parecía un dejá-vú del Finnegans Wake cuando comencé a leer las primeras páginas), pero una vez que uno se acostumbra al vocabulario, la lectura se torna muy fluida.
Desde el punto de vista del lenguaje es más que interesante, puesto que significa un desafío para el traductor llevar estos términos a su propio idioma.
Para aquellos que aún no hayan leído esta novela, vaya una pequeña muestra de cómo es el lenguaje nadsat: "Tienes que comprender el tolchoco en la rota, Lerdo. Era la música. Me pongo besuño cuando un veco interfiere en el canto de una ptitsa. Ya entiendes."
Cambiando los términos nadsat, la frase quedaría así: "Tienes que comprender el golpe en la boca, Lerdo. Era la música. Me pongo loco cuando un tipo interfiere en el canto de una chica. Ya entiendes."
En el prólogo del libro y bajo recomendación de un lector de goodreads al cual le agradezco, porque dice que hay que leerlo al final ya que sin quererlo, Burgess genera el spoiler, el autor se queja en cierta medida en cómo le cambió cierto sentido a la lectura del libro en todo aquel que haya visto primero la película de Stanley Kubrick.
Burgess nunca estuvo muy de acuerdo con eso, ya que él sostiene que escribió la novela dividiéndola exactamente en tres partes de 7 capítulos cada uno, o sea 21 (y explica que el sentido era que la suma diera 21, puesto que ese número corresponde a la mayoría de edad), pero los editores de la versión norteamericana, quitaron ese último capítulo ya que ese final es totalmente opuesto al del capítulo 6 de la edición británica.
Aquí entramos en el gusto de cada lector, puesto que a unos les agradará más la primera forma y otros elegirán la segunda opción, la del famoso capítulo 21.
Burgess escribió y eligió el suyo y le sobran los motivos para dicha elección. Kubrick, como era de esperar, termina la película exactamente igual a la versión americana. Yo me quedo con el capítulo 21, el de la edición original, entonces, cuando comencemos a discutir acerca de cuál es el mejor final, parodiaremos la primera frase de esta novela:
"Y ahora qué pasa, ¿eh?"