Un escritorio con diecinueve cajones ya es, de entrada, una amenaza. Uno puede fingir que es un mueble, claro. Una superficie para escribir, guardar papeles, perder facturas, acumular bolígrafos muertos y dejar encima una taza de café con esa confianza suicida que solo tenemos con los objetos que parecen sólidos.
Pero un escritorio así, enorme, heredado, desplazado de una vida a otra, con demasiados cajones para que todos sean inocentes, empieza a parecer otra cosa: una casa en miniatura, un archivo de pérdidas, un animal quieto esperando a que alguien se siente delante y descubra que escribir también puede ser una forma bastante elegante de quedar atrapado.
La gran casa es mi primera novela de Nicole Krauss, y he entrado en ella por una puerta exigente, a ratos áspera, muy reveladora. La novela gira alrededor de ese escritorio monumental que va pasando por distintas manos y distintas geografías, aunque decirlo así es casi reducirla a su truco más visible: en manos de Krauss, ese mueble acaba cargado con todo lo que una familia conserva durante años sin saber si está guardando un recuerdo, una deuda o una bomba de relojería. El escritorio importa, desde luego, pero importa como importan ciertos objetos familiares cuando ya han sobrevivido a demasiada gente: porque están ahí, porque ocupan sitio, porque alguien los quiso conservar, porque alguien no pudo desprenderse de ellos, porque parecen recordar mejor que nosotros.
La novela avanza por fragmentos, con varias voces que se abren, se interrumpen y regresan más adelante con otra carga. Por ahí pasan una escritora norteamericana que recibe el escritorio y lo incorpora a su vida con una mezcla de fascinación y dependencia; un matrimonio marcado por secretos que han quedado sedimentados durante décadas; una joven que se cruza con los hijos de un anticuario obsesionado con reconstruir lo perdido; y, sobre todo para mí, la historia familiar de Aarón y sus hijos en Israel, que alcanza una intensidad tremenda. Esa parte me parece lo más poderoso del libro: un padre hablando de sus hijos —especialmente de Dov— con esa mezcla de orgullo, rabia, ternura malformada y ceguera moral que convierte el amor en una herramienta de demolición doméstica. Krauss ahí acierta dejando hablar a un hombre que se cree lúcido justo en los lugares donde más se engaña.
Y cuando la novela llega a ese punto, cuando deja de parecer una arquitectura brillante y se convierte en una conciencia dañada intentando contarse a sí misma, La gran casa sube varios pisos de golpe. Hay páginas en las que uno siente que Krauss entiende muy bien algo desagradable: que las familias se rompen incluso cuando hay amor, precisamente por la forma defectuosa, posesiva o torpe en que ese amor intenta circular. Padres que no saben acercarse sin aplastar. Hijos que necesitan huir para seguir vivos. Personas que confunden memoria con propiedad, herencia con mandato, ausencia con destino. Todo muy humano, o sea, bastante desastroso.
El problema —si podemos llamarlo así— es que no todas las habitaciones de esta casa tienen la misma temperatura. Algunas narraciones me han parecido magníficas; otras, admirables pero más lejanas, más sostenidas por el diseño que por la necesidad emocional. La historia vinculada a Weisz y sus hijos, por ejemplo, tiene atmósfera, misterio, un aire de rareza casi hipnótica, pero durante un tramo me dejó más fuera que dentro. La leía con interés, sí, pero también con esa pequeña impaciencia culpable de quien está en una sala muy bien decorada y aun así mira de reojo la puerta porque quiere volver a la conversación que de verdad le importa. En mi caso, esa conversación era la de Aarón.
Esa desigualdad no me parece un defecto fatal; quizá forma parte del riesgo que asume la novela. La gran casa está construida como una sucesión de vidas partidas, y sería raro que todas nos afectaran con idéntica fuerza. Krauss tiene una prosa elegante, grave, muy consciente de su propio peso, a veces bellísima. Sabe crear imágenes que se quedan flotando después de cerrar el libro, y maneja muy bien la sospecha de que ciertos objetos familiares guardan más historia que sus dueños. El escritorio funciona como escritorio, tumba, herencia, coartada, reliquia, maldición privada, oficina portátil del duelo. Una barbaridad con cajones, vamos. Marie Kondo habría salido de esta novela pidiendo una baja laboral.
Krauss, eso sí, camina cerca de un peligro: convertir la memoria en una especie de órgano solemne que todos los personajes llevan inflamado. Por sus páginas circulan pérdida, exilio, desaparición, culpa, filiación, identidad judía, secretos familiares, casas abandonadas y vidas reconstruidas con materiales que nadie eligió del todo. Cuando esos temas se encarnan en voces concretas, el resultado es excelente. Cuando se quedan demasiado cerca del gran plano simbólico, la novela puede enfriarse un poco. Se nota demasiado la inteligencia de la autora. Y eso, que suele ser una virtud, a veces también puede levantar una pared entre el lector y la herida.
Aun así, me interesa mucho más una novela ambiciosa con zonas frías que una novela perfectamente templada y olvidable. La gran casa pertenece a esa familia de libros que piden avanzar por una red de ecos antes que por una trama bien iluminada. Puede recordar, por su trabajo con la memoria y los objetos, a ciertas zonas de Sebald o Modiano, aunque Krauss es más frontal en su construcción emocional, menos espectral. También podría emparentarse con esas novelas donde la estructura importa casi tanto como los personajes, pero sería injusto reducirla a un ejercicio formal. Sus mejores páginas impresionan menos por el ensamblaje que por esa forma rara, seca, nada sentimental, de doler.
No creo que sea una novela redonda. O quizá sí lo es en la cabeza de Krauss, pero no siempre lo ha sido en mi lectura. Y esa diferencia importa. He tenido momentos de admiración absoluta y otros de distancia, tramos en los que avanzaba con verdadera hambre y otros en los que me parecía estar descifrando una arquitectura más que habitándola. También me queda la sospecha de no haber captado todo lo que Krauss quería depositar en el libro: quizá una reflexión sobre cómo se reconstruye una casa cuando la casa real —la familia, el país, la lengua, la memoria— ya ha sido arrasada, aunque tampoco estoy seguro de que una novela deba convertir al lector en tasador de símbolos. A veces basta con que ciertas escenas se queden dentro, y aquí se quedan unas cuantas.
La fuerza de La gran casa está en su intuición central: vivimos rodeados de cosas que nos sobreviven y, por algún motivo absurdo, seguimos creyendo que nos pertenecen. Un escritorio pasa de mano en mano mientras las personas desaparecen, se deforman, se traicionan, envejecen, recuerdan mal o recuerdan demasiado. Los cajones siguen ahí. Las vidas, no tanto. Y quizá por eso la novela funciona mejor cuando uno deja de preguntarse qué une exactamente cada historia y empieza a escuchar qué falta en cada una.
Cuatro estrellas, pero de las que pesan: no todo me ha convencido por igual, y aun así sus mejores partes justifican de sobra la visita. Hay casas en las que uno no querría vivir, pero de las que sale mirando sus propios muebles con cierta desconfianza. Esta es una de ellas.