Orilladas en los márgenes de la historia cultural más reciente en el Estado español, la viveza de las prácticas contraculturales en el territorio andaluz deslumbra a poco que rasquemos las cenizas, todavía candentes, de las cien hogueras que alimentaron el espíritu contestatario de buena parte de los artistas andaluces durante los últimos años del franquismo.
Poetas, músicos o cantaores, entre otros, repudiaron en Andalucía los condicionamientos de la cultura oficial dictada por el franquismo, impulsando iniciativas artísticas de todo tipo, apenas investigadas hoy, que dan cuenta de un panorama cultural inexplorado; un tejido creativo transformador y de ruptura que, a pesar de sus expresiones más vanguardistas, hundió sus raíces en la tradición y el sentir popular.
En ‘Cien hogueras’, Antonio Orihuela repasa la historia de las relaciones entre el flamenco y la contracultura en Andalucía. En la Andalucía económicamente subdesarrollada de los 60 también estaban Torremolinos y el LSD, las emisoras de música pop de Gibraltar y los intercambios de todo tipo (desde los tebeos hasta el sexo) entre Rota y la base naval norteamericana que tiene incrustada. Pero lo que peor conocía era la alucinante etapa flamenca que vivió Morón de la Frontera, las juergas de la finca Esparteros de Donn Pohren y de Casa Pepe, el paso por allí de beatniks y hippys de Europa y América y el renacimiento flamenco que vivió la ciudad, al margen del folklore oficial y profesionalizado. Y en medio de todo eso, brillando como un dios hindú, la guitarra legendaria de Diego del Gastor.
“Diego hizo una demostración de cómo se hablaba la lengua romaní en diferentes lugares de Europa. Era un hombre muy culto. Quizás por eso era un artista que no sólo te enamoraba por esa manera ten especial de ser y vivir que tenia.
En Morón se vivían auténticas raves autóctonas: en la finca Espartero hubo más de 400 juergas entre 1965 y 1973. “Vivir aquellas horas supuso olvidar las ambiciones personales, los problemas del sustento diario, los horarios, las presiones y nuestra propia moral. Habíamos logrado borrar el tiempo”. O sea, el nirvana.
Un libro muy ameno sobre la contracultura andaluza de los años 60-70. Bien documentado, incluye multitud de fotografías de la época, especialmente de saraos flamencos y poesía experimental. Pequeña joya en editorial independiente.