Leer a Almudena Grandes es, para mí, como volver a casa de Barcelona y que mi madre me diga «hay croquetas de la abuela». Como ducharme con Moussel después de un día larguísimo y oler en él a mi otra abuela, los baños jabonosos de verano en una piscina de plástico bajo el techo de chapa de una de las muchas casitas del pueblo de Cádiz en el que se crió mi padre. Es volver a un lugar seguro, a un escondite en el que me llevo cobijando desde que con diecisiete años mi madre me dio su ejemplar de El lector de Julio Verne y me dijo que me gustaría porque hablaba de la guerra y de los que la habían perdido, pero también de la vergüenza, la valentía y la tenacidad con la que se resistieron a cederles el país a los que la habían ganado.
Y acertó de pleno: después de Nino y Pepe el Portugués vino el gran descubrimiento que fue para mí Inés y la alegría durante los últimos meses de mis dieciocho años; después de conocer a Inés, a Galán, a Comprendes y al resto de los exiliados españoles en Toulouse ya nada volvió a ser lo mismo, y aun a día de hoy es el primer libro que se me viene a la cabeza cuando me preguntan cuál es mi libro favorito. Más adelante, ya a los veinte, acabé de enamorarme de los personajes y los mundos de Almudena con Las tres bodas de Manolita, también otro de esos libros que llevo prácticamente dentro de mí sin importar el tiempo que haga desde la última vez que lo tuve entre las manos. Ese mismo año leí Los pacientes del doctor García que, si bien no hizo que me quedara despierta hasta las cuatro de la mañana como las andanzas de Inés ni provocó en mí las lágrimas que me arrancaron las desgracias de Manolita, me hizo disfrutar de una espléndida historia de aventuras que a su vez recordaba a todos los españoles que se acercasen a él un episodio tan olvidado del primer franquismo como lo fue la colaboración explícita con los dirigentes nazis que huían hacia Sudamérica después de la guerra mundial. Al año siguiente, acabada la carrera y en el ecuador de mis veintiún años, El corazón helado me acompañó por los parques de Berlín durante varias mañanas soleadas de junio y, pese a no ser tan redondo como los libros que conforman los Episodios, consiguió igualmente que me enamorara profundamente de sus personajes, y que viviese sus más de mil páginas como un relato visceral e importantísimo de lo que sucedió a los españoles después de la Guerra Civil, tanto a los que se fueron como a los que se quedaron, con toda una troupe de personajes inolvidables a los que aún recuerdo casi a diario. Y es que, en cierta manera, los personajes de Almudena son para mí casi como amigos: cada uno de sus protagonistas consigue trascender la página y convertirse en parte de mi día a día, acompañándome en el metro, en el supermercado o en cualquier detalle en el que se me ocurra fijarme por la calle o leyendo otros libros que nada tengan que ver con los suyos. Son, en definitiva, pura vida, además de un retrato escalofriante pero a su vez esperanzador de esa guerra interminable que nadie cuenta tan bien como Almudena Grandes.
En ese sentido, La madre de Frankenstein vuelve a ser un maravillosísimo estudio de tres personajes: Germán Velázquez, un joven español que se formó como psiquiatra en el exilio en Suiza; María Castejón, la nieta del jardinero del manicomio de Ciempozuelos; y Aurora Rodríguez Carballeira, quizás la parricida más famosa de nuestro país a lo largo de buena parte del siglo XX. Los tres coinciden en el manicomio de Ciempozuelos entre 1953 y 1956, y a tres voces cuentan una historia que no solo tiene que ver con las trayectorias sentimentales de los dos personajes más jóvenes, sino también con la España vehementemente nacionalcatólica que los rodea: es una historia de mujeres silenciadas, de historias familiares que no se contaron hasta muchos años más tarde, de amores imposibles por las circunstancias y la falta de tiempo.
No es mi intención entrar en detalles sobre la trama, pero sí quiero señalar lo agridulce del final: en una autora que ha acostumbrado siempre a dar finales satisfactorios a sus personajes, la historia de Germán y María acaba en un tono diferente del que esperaba al empezar el libro, pero que no hace sino añadir mayor realismo a las vidas de dos personajes que, en realidad, arrastran la desgracia a cuestas a lo largo de toda su existencia. En poco más de quinientas páginas me ha dado tiempo de enamorarme de ellos, de sus conversaciones en los pasillos de Ciempozuelos, de la forma que han tenido de acercarse pero de no acabar de tocarse nunca; pero también del resto de personajes, desde Eduardo Méndez hasta los médicos residentes Carlos Suárez y Rodrigo Cabrera —a los que espero que recupere en el último libro de los Episodios de alguna manera, porque me han parecido unos personajes excelentes para el poco tiempo que han aparecido— pero, sobre todo, de la familia Goldstein. Creo que nunca había leído a Almudena relatar con tanto detalle un exilio que no fuese el español, y me ha resultado fascinante ver desde sus ojos los efectos del nazismo en una familia judía absolutamente seglar que, huyendo de las Leyes de Nuremberg, se exilió en Suiza antes del estallido de la guerra. Me ha parecido una manera fantástica de hablar de cuestiones tan actuales como la crisis de los refugiados, el patriotismo de pegote de aquellos que los rechazan y las durezas del exilio, sobre todo si se produce en la más absoluta de las soledades. Germán es un apátrida al principio de la novela, pero vuelve a ser español en el momento en que consigue darle sentido a su presencia en un país que ya no sentía suyo; los Goldstein, sin embargo, erraron toda su vida con el malestar de no pertenecer a ningún país del todo. Su historia me ha conmovido tanto como la de Germán y su familia, y me alegra que Almudena haya retratado en ellos la culpa de todos aquellos que sobrevivieron al exterminio nazi con tanta sensibilidad.
Pero, sin lugar a dudas, lo que más me ha gustado de este libro ha sido el personaje de María Castejón. Su historia es una de tantas, pero a la vez encapsula a la perfección lo que era ser una mujer pobre en el primer franquismo, sin lugar alguno para las esperanzas o los sueños que podría haber albergado de niña. La nieta del jardinero es un personaje prácticamente perfecto, que ha llegado a emocionarme tanto como Manolita y que he llegado a admirar tanto como a Inés, porque está hecha del mismo material que ambas pero, por si fuera poco, retrata a la perfección a esas niñas hijas de mujeres que fueron más libres que nadie durante la Segunda República pero que no pudieron gozar de un solo ápice de ella porque la guerra las cogió aún siendo unas niñas. También tengo que decir que me emocionó muchísimo la mención a la Desbandá, donde murieron más de cuatro mil civiles en la carretera entre Málaga y Almería a manos de los bombarderos franquistas, y que fue prácticamente olvidada hasta hace más bien poco. Episodios como este son los que le dan título a la serie de libros que está escribiendo Almudena y, en cierto sentido, lo que articula el fin último de todas estas historias: que las muertes injustas, olvidadas y marchitas, no caigan en el olvido colectivo, porque a las víctimas y a sus hijos ya solo les queda ese consuelo.
«He escrito este libro en memoria de todas esas mujeres que no pudieron atreverse a tomar sus propias decisiones sin que las llamaran putas, que pasaron directamente de la tutela de sus padres a la de sus maridos, que perdieron la libertad en la que vivieron sus madres para llegar tarde a la libertad en la que hemos vivido sus hijas», dice Almudena al final del epílogo. Y, aunque sé que sus vidas han sido felices pese a todo, no puedo evitar acordarme de mi abuela y de las croquetas que sabe hacer desde que era una chiquilla, y de mi otra abuela y su olor a Moussel después de sus paseos matutinos por el cerro en pleno verano. Porque nadie se había molestado en contar sus historias hasta ahora, y María Castejón es, en cierto sentido, la forma que tiene Almudena de compensar ese podrido silencio que ha rodeado su existencia durante los últimos ochenta años.
Y, por ello mismo, no puedo hacer más que darle las gracias.