No puedo evitar estar de acuerdo con Piglia cuando dice que el cuento tiene siempre dos historias: la que está escrita y la que se intuye. Algunas veces, como en Vecinos, de Raymond Carver, es una historia morbosa e impúdica, un silencio evidente; otras, como en Mi viejo, de Hemingway, es apenas un ligero sentimiento de nostalgia, una casi invisible segunda intención; en otros casos, como en Animalitos inexpresivos de Foster Wallace, es una crítica feroz y triste contra la sociedad; también los hay, como en El periódico, de Shirley Jackson, una dolorosa y malvada soledad... Tal vez ahora es lo que más entiendo yo como cuento y, por esa razón, no pude apreciar las historias de Wolff. Famoso escritor norteamericano, no carece de talento; de hecho, sus personajes están tan bien delineados que no puede evitarse el amarlos u odiarlos con total interés. Sin embargo, sus historias, la secreta intención, no se revela ante mí. Las narraciones son más anécdotas que cuentos, parece ser que tras ellas no existe sino la nada, el hueco del cascarón. El mentiroso, sin embargo, es un buen cuento, el más enigmático y bello, un secreto sentimiento; Cazadores en la nieve, tristemente, se asoma como algo que pudo ser pero no lo fue.