Mishima es, sin duda, uno de mis autores favoritos, y hasta este momento todos los libros que había leído de él me habían gustado mucho, e incluso pude sacar una lectura satisfactoria de alguno por ahí que me gustó algo menos. Sus personajes, casi siempre perturbados hasta límites imposibles, captaban mi atención desde la primera página hasta la última. Mediante ellos, el lector puede conocer un poquito al propio autor, a través de los dilemas, de los pensamientos y las inseguridades de sus personajes. Suele parecerme también muy interesante el contexto social de la época y lo crítico que se muestra siempre Mishima en todas sus obras. Sin embargo, aunque en “Los años verdes” podemos vislumbrar estos elementos, no están ni la mitad de bien trabajados que en otras novelas. Mi primer batacazo con el gran Mishima ha llegado, y no puedo evitar sentir pena.
En “Los años verdes” conoceremos a Makoto, un niño proveniente de una familia acomodada, que ya sea por ese nivel de vida o por algo innato en él, no le encuentra sentido a nada, no consigue sentir estímulo ante ninguna cosa. Sin embargo, rápidamente descubrirá que siente placer desafiando a los demás, haciendo justo lo contrario que cualquier persona espera o desea. En el desafio y, posteriormente, en el daño al prójimo, Makoto encuentra un regocijo que no creía posible, y llevará este adelante, sin importarle las posibles consecuencias.
Una cosa que me ha extrañado bastante es que el protagonista se nos vende constantemente como una persona marcada por su ideología nihilista, que imagino que será solo en la teoría, porque el muchacho disfruta como un niño pequeño con un juguete nuevo cuando logra humillar o maltratar a alguien. De nihilismo poco. El caso es que esta circunstancia no es mala en sí misma, en mi caso, es más bien al contrario. Disfruto mucho de esos protagonistas villanos, que llevan las historias a otro lugar. Me flipa esa sensación de despreciar a un personaje profundamente, pero que me resulte extremadamente interesante. Y es lo que pasa siempre con Mishima y sus crueles personajes, pero no ha sido el caso de “Los años verdes”.
Tanto la construcción de Makoto, como la de la historia, me resultan descafeinadas, como si no estuvieran del todo acabadas. Los personajes pasan todos sin pena y sin gloria, incluido el propio protagonista, que incluso haciendo las peores barbaridades, y mostrando imágenes especialmente explícitas y duras, lo único que despertaban en mí era hastío y deseos de llegar al final. Eso sí, se podría haber ahorrado algunas escenas, porque solo sirven para incomodar, no parecen tener otra finalidad. Además, ciertas partes de la obra me han parecido cansinas y soporíferas, y jamás pensé aburrirme leyendo un libro de Mishima, pero ocurrió.
Pese a todo, debo decir que es Mishima, y para mí eso siempre establece unos mínimos. Hay muchas reflexiones sobre la condición humana, que me han gustado mucho. También es posible ver un poquito del autor a través de su protagonista, pese a no terminar de cautivarme. El contexto de fondo es interesante, pero en comparación con otras de sus novelas, también queda menos dibujado. Y por supuesto, pese al tropiezo, pienso seguir leyendo toda la obra de Mishima, y dejaré este “Los años verdes” en una simple anécdota, un fallo lo tiene cualquiera y más dentro de una obra tan extensa como la del autor.