Suelo recordar y sentir pasajes, en la casa de una tía lejana, en la casa de mi abuelito Germán (en realidad mi bisabuelo) o de mi abuelita Tulia (bisabuela también), todos familia de mi mami, todos en fincas pequeñas en Santander. Puede ser mañana, tarde o noche, siempre hace un frio delicioso y hay bruma (puede ser del frio, puede ser la ambientación de mis recuerdos). Soy una niña tímida que piden pasar a la mesa, una mesa de madera rustica, con quemones, a veces barnizada; algunas, de una sola tabla de cedro o roble; otras, tres gruesos y anchos listones. Recuerdo eso, recuerdo acariciar los hoyos en la madera siguiendo una ruta concéntrica, recuerdo el olor a aguapanela o a caldo con cucharón de palo y el sonido del carbón que arde o de una estufa a gasolina. Siempre que evoco ese lugar y esa mesa, pienso, me imagino y creo que todos tenemos en común “esa mesa”, que quizás cambie el color, la delicadeza, algunas hasta tendrán mantel, estarán en una zona de comedor o en la misma cocina, pero tengo la seguridad que es un recuerdo común que todos compartimos y eso me hace sentir segura y feliz. Levyrle Spencer me llevó a esa mesa con aires fríos y estelas blancas. Estoy dichosa de haber vivido un libro encantador y descubierto una gran autora.
Encontré el libro buscando algo así, como encanto, amor, ingenuidad, ternura…No me hallaba con los títulos que me topaba, entonces se me ocurrió mirar mi tablet más viejita (la primera que tuve, un regalo de navidad del 2012) y allí estaba este título entre varios más. Lo seleccioné porque era romántico y me dio mucha curiosidad el cómo se iba a abordar el tema de “diferencia de edad”, porque para mí una diferencia de 16 años no es algo que me asombre o inquiete; sin embargo, el interés seguía porque supuse que la trascendencia a esa diferencia de edad, se lo iba a dar la época y la cultura.
La novela transcurre entre 1917 y 1918, en una provincia de Estados Unidos. Sus protagonistas, como bien reza la sinopsis, son un hombre de campo de 34 años y una joven maestra de 18 años que se enamoran. Ambos con una terquedad noble que me dejaba sin aliento, me llenaba de ternura, me sentía desarmada. Un amor entre dos personajes adorables y de ingenuidad a la par, donde la diferencia (que no está en el natalicio, es lo que nos muestra la autora) genera los conflictos entre los personajes y tensión en el lector. Si, tensión de amor, de pasiones, una tensión que seduce; también un poquito de erotismo; pero distinto, erotismo delicado, sutil, tierno. Tensión de muchas cosas y sentimientos, tensión porque urge amar; y no necesariamente hay tensión sexual. Claro, estoy describiendo un romance, pero no es un romance empalagoso ni edulcorado, es humilde, es bello. Y, curiosamente, no será la historia de amor por lo que yo recordaré el libro. Los Dulces Años, es una historia de más cosas. Una historia de crecimiento, de nuestros propios prejuicios, de vivir, de despedidas, de madurez, el valor de la familia, de la guerra y de la cotidianidad, que esta ultima para mi es la que lleva la batuta. Levyrle Spencer ha sido generosa en la totalidad de la composición del libro, pero en lo que más me he fijado es en cómo ella trata la cotidianidad. Definitivamente, me encanta la cotidianidad, disfruto mucho la mía y siempre quisiera espiar la de los demás. La autora hace un poema visual con sus descripciones, que no solo fueron películas para mí, sino emociones y recuerdos. Es como si ella cogiera lo más grande y lo llevara al límite de la modestia y te dijera “mira que hermoso”, y/o, lo más simple y te mostrara su grandeza. Y no es porque ella nos retrate la vida de unas personas sencillas que viven en el campo o en un pueblo, es por cómo ella lustra no solo la cotidianidad que viven o lo que hacen, sino también el valor de lo que pareciera simple. No quiero spoilear, pero me pareció noble y precioso el asunto de los mensajes en las pizarras.
Esa cotidianidad me descubrió lo que aquí he querido compartir. Pero me parece imprescindible acentuar la primera guerra y la familia. Porque Levyrle Spencer muestra como la guerra quizás se fue acercando como animal silencioso de pasos gigantes, porque en un principio era algo lejano que no afectaba la vida diaria de la comunidad y como, despacio, empieza a ser visible, palpable. En simultánea, están los días de las personas, está “esa mesa” de madera donde se reúne la familia. La familia…como apoyo, la familia como la primera fuente de amor, de calor, de fraternidad. La familia como agente responsable para la formación y malformación del individuo. A mi parecer, la autora busca que volvamos a los valores de la familia, pero no de una forma aleccionadora y con moraleja; lo hace con el lenguaje de los días, del tiempo compartido, de lo cotidiano.
Hace tiempo que no encontraba un libro de cinco estrellas ni un autor del cual me volvería devota. Cuando iba por el 80% del libro, me dije que lo valoraría en 4.5 estrellas y me decía que no le daba las cinco porque cinco es la excelencia y a veces me pongo cansona con eso de la excelencia (me enseñaron que la excelencia no existe), también me dije 5 estrellas parece fanatismo o efervescencia. En el 85% me quedé sin argumentos y no me aguanto y le pongo las cinco estrellas, porque se lo merece. Un libro hermoso, sin pretensiones construido desde lo simple. Quiero este libro en papel y se lo obsequiaría a mi mamá, a mis amigas, a mis primas de todas las edades, me parece un regalo bonito!.