Un chico del interior de Buenos Aires llega a La Plata por un trabajo de fotografía que le encargaron, al llegar se encuentra con los Lombardo, una familia media pintoresca, un padre y sus dos hijas, que tampoco es del lugar, y que le dicen que es igual a un hijo, que tal vez esté muerto o desaparecido.
En una novela corta y rara, como un sueño lúcido: el chico pasea por la ciudad, intenta fotografiarlo todo, y empieza una relación amorosa con las dos hijas. Al mismo tiempo, toda la gente que va conociendo le dice que se aleje de esa familia que tan bien lo trata, que no son trigo limpio, que son estafadores, que son delincuentes, que son el mismo diablo y un par de demonios y así. Mientras tanto, el cheque que le prometieron por el trabajo no llega, y el muchacho va por ahí intentando sobrevivir en La Plata gastando lo menos posible. Y parece que estoy contando mucho, pero no es ni un cuarto del argumento maravilloso que Bioy mete en unas 200 páginas con márgenes muy generosos.
Los capítulos son cortísimos y se vuelve muy difícil de soltar cuando la empezás. Todo tiene ese tono surrealista que funciona muy bien y que calza perfecto con La Plata, con esas diagonales que parecen confiables hasta que te distraes por un momento y terminás en cualquier lado, pero sin descuidar una trama que, por delirante que parezca por momentos, funciona muy bien. Lejos de las novelas más serias y conceptuales de Bioy, como la famosísima Invención, pero a mi gusto, al menos a mi gusto actual, igual de buena o incluso mejor.