La dignificación del Periodismo
¿Qué demonios pasa?, se preguntó un joven reportero Tom Wolfe en 1962, luego de leer un artículo de la revista Esquire. Lo que tenía que ser una historia relatada con la rigurosidad (y, aceptémoslo, monotonía) propia del periodismo más hierático empezaba más bien con el montaje de una escena conforme a un relato. Salvo el desfile de unos cuantos datos a la manera propia del periodismo viejo, lo demás muy bien podía leerse como un relato de ficción. Salvo que no era ficción. Era algo nuevo.
En la Norteamérica de los 60’s, y con seguridad en el resto del mundo, el nivel más alto del escalafón literario era ocupado casi enteramente por novelistas. Su trabajo se constituía como la expresión mejor acabada artística y profesionalmente en el ámbito de las letras. Más abajo, o casi a la altura, podían ubicarse los poetas, los ensayistas, luego los críticos, los biógrafos, etc.; y ya hacia el final, cuando no quedaba nada más por nombrarse, casi de manera desapercibida, estaban los periodistas.
Naturalmente, el periodismo siempre fue un oficio de muchísima utilidad social, capaz de prestar servicios valiosos, esgrimir la pluma y echar a correr ríos de tinta a favor de las causas más nobles. Sin embargo, su indignidad radicaba en el escaso valor artístico que tenía dentro del mundo literario. La mirada profunda y extensa, la amplia paleta presta al retrato más minucioso, la valía estilística y creativa eran propiedad de la novela y alguno que otro género. Los periodistas, en la mayoría de casos, eran más o menos considerados unos redactores baratos y de poco brillo. Hasta que, por alguna razón, alguien pateó la mesa.
El Nuevo Periodismo de Tom Wolfe es la explicación exacta, contextualizada y antologadora de cómo la mesa fue pateada, tirando en el camino copas, naipes, ceniceros y una que otra vieja momia. En la primera parte del libro Wolfe nos explica cómo es que a inicios de los 60’s, de buenas a primeras los reporteros de medios como Esquire o el Herald Tribune empezaron a experimentar con las formas propias de la novela: narradores heterodiegéticos, diálogos realistas, construcción por escenas y todo un sinfín de innovaciones que el viejo y tieso estilo periodista no concebía. Naturalmente, esta forma invasiva despertó el recelo del mundo académico serio, que no perdió tiempo en descalificar este nuevo movimiento acusándolo de mentiroso en sus datos y, además, banal.
De pronto, para redimirse, el periodista ya no tenía que abandonar la redacción y correr a la cabaña de un amigo para encerrarse y escribir, por fin, ¡La Novela! No. Ya no era necesario moverse de casa. El periodismo aprovechaba, además de las técnicas, toda la riqueza de los temas que los locos 60’s ofrecían (las drogas, Vietnam, el sexo, el hipismo, los movimientos radicales, etc.). Así lo demuestra la estupenda antología de artículos que recoge este libro en su segunda parte.
¿Cómo lo hace? Se preguntaría uno, tras leer La exquisita izquierda de Tom Wolfe. Un periodista que recoge en su texto sueños y pensamientos del protagonista, reproduce diálogos e impresiones de los personajes con exactitud y todo sin haberse inventado nada. ¿Es eso posible? Lo es. El truco es que no hay truco. Sencillamente la investigación ha sido exhaustiva. Aquellas piezas realmente esconden horas y horas de entrevistas y tiempo invertido detrás de los protagonistas. El periodista permanece tanto tiempo con ellos que, en un determinado momento, desaparece y los acontecimientos simplemente toman lugar en su presencia, casi como si ésta no contaminara.
En aquella década se publicaron muchas novelas que respaldaron la salud del nuevo movimiento. De entre todas ellas, destaca y nos ocupa, por supuesto, A Sangre Fría de Truman Capote. Podría decirse que esta non fiction novel es la guinda del pastel y la consagración de un escritor extraordinario.
Esta obra (descrita por Norman Mailer como «Un fracaso de la imaginación») trata sobre el horrendo homicidio de los Clutter, una próspera familia de Kansas, y el apresamiento y posterior ejecución de Dick y Perry, los asesinos. En este libro, el trabajo de investigación y recopilación (monstruosa) de datos llega a niveles insólitos. Capote llegó a acumular hasta seis mil páginas de notas y entrevistas transcritas. El escritor le dedicó a esta obra casi seis años de su vida. Trabajó en ella desde 1959, cuando se enteró del crimen por los periódicos, y no lo vio publicado en forma de libro hasta 1966, si bien antes el material vio la luz a través de cuatro entregas en la revista New Yorker.
Podría afirmarse sin miedo, que Capote se entrevistó con absolutamente todo aquel que tuviera que ver de alguna forma con la historia. Desde los cuatro agentes del KIB que llevaron el caso hasta los familiares de las víctimas y los acusados, pasando por la gente relevante del pequeño Holcomb y Garden City.
El producto es una novela de más de trescientas páginas en las cuales un narrador omnisciente nos presenta a la próspera familia Clutter, residente en Holcomb, Kansas. El montaje es en paralelo. Por un lado acudimos como lectores al último día de los Clutter y conocemos a cada uno de sus miembros. El laborioso y emprendedor Herb Clutter, el jefe de la familia que convive con su afectada esposa, una mujer delicada y con problemas psíquicos. Los dos hijos son ejemplares. La chica es una organizada y bella jovencita que siempre tiene tiempo para todos, y el hijo es un joven brillante, inventivo y hábil con las manos. Sus vidas son apacibles y no tienen enemigos. Nada parece presagiar que fueran a ser víctimas, aquella noche, de un par de desequilibrados criminales. Dick y Perry, por otra parte, a quienes el narrador alterna con habilidad, preparan el crimen que vivirá en la infamia. Hacia la parte final, cuando ellos son capturados, la narración se vuelve lineal y sigue con minuciosidad toda la experiencia que es para ellos el proceso judicial que afrontan.
El trabajo de los personajes no es solo impecable, va más allá. Principalmente en los perfiles de Perry y Dick, el narrador no solo nos da un generoso atisbo de quiénes y cómo son, sino que nos zambulle de cabeza en sus mentes, en sus historias personales y consecuentes formas de pensar y enfrentar el mundo. Dick es un joven encantador y despierto que, si bien no lo tuvo todo, sí tuvo en apariencia la suficiente protección familiar como para no volverse un sociópata. Su compañero, Perry, sin embargo, es el que se roba las miradas. Consciente o inconscientemente es el personaje que Capote retrata mejor, dicen que porque se enamoró o se identificó mucho con él, o ambas cosas. El caso es que este joven hipersensible, que cargaba a todos lados con su vieja guitarra Gibson y sus cajas de libros, es el que despierta más simpatía de entre los dos asesinos.
Hacia la parte final del libro es cuando las señas del reportaje se dejan ver con mayor claridad. Entonces uno se da cuenta, o vuelve a ser consciente, que de verdad todo aquello es investigación neta y que el autor no se ha inventado una sola palabra (o, si lo ha hecho, no han sido muchas). Capote alterna con la narración declaraciones directas de los dos condenados. Lo que están diciendo en sus últimos meses se lo cuentan a alguien, una persona que aparece mencionado directamente apenas una vez.
—La noche era fría —decía Hickock a un periodista con el que mantenía correspondencia y que tenía permiso para visitarle periódicamente—. Fría y húmeda.
Es, posiblemente, una manera que tiene Capote para decir «Hey, yo estuve allí», una forma de introducirse en una historia en la que, aunque no se mencione, ineludiblemente tuvo un papel importante. Es una manera de manifestar el nivel de intromisión del periodista en los hechos que investiga, a una escala tal, que a veces su participación en el relato se torna legítima. No por nada, el mismo Capote afirmaría que conoció a esas personas mejor de lo que había conocido a nadie.
Estos dos libros, juntos, conforman un pack de lecturas muy completo capaz de explicar de buena forma cómo es que el periodismo, desde hace décadas, dio un cierto quiebre en su dirección estilística. Si bien no cambió el tipo de redacción que se hace en los diarios al cien por cien, introdujo la idea de que una forma distinta y más libre de informar es posible, que el trabajo creativo y flexible en formas, sin dejar de ser riguroso y exhaustivo, puede funcionar de una manera fantástica y componer piezas de una calidad encomiable capaces de otorgar al periodismo un mayor valor artístico.
Rodrigo Vigo