Estoy tan acostumbrado a hablar maravillas de los libros de Delibes que me siento raro no mostrándome entusiasmado con uno de ellos. En los últimos dos años he leído media docena de libros suyos y me he enamorado perdidamente de la prosa de este autor, pero Mi idolatrado hijo Sisi no está -para mí- a la altura de otras de sus novelas.
Cuenta la historia de una familia burguesa de provincias durante la primera mitad del siglo XX. Un empresario con éxito decide que tener un hijo es lo único que le falta para tener una vida redonda y se pone manos a la obra. El tema principal de la novela es la crianza de este niño, al que conocemos desde su nacimiento hasta su juventud, y cómo el padre se empeña en malcriar al hijo (dándole todos los caprichos, dándole siempre la razón, evitándole cualquier quebradero de cabeza) hasta que el chico se acaba convirtiendo en alguien tan vividor, egoísta, mujeriego, vicioso y cobarde como él mismo. Todo lo relativo a la (des)educación de Cecilio a Sisí es magnífico y, además, tiene una vigencia y una actualidad que asusta. Mi problema ha surgido con lo (mucho) que envuelve esa historia y que satura tanto el texto que el tema principal queda algo deslavazado.
Hay muchos capítulos que se empeñan en detallar pormenorizadamente escenas relativas a los negocios, la vida marital, la vida social... de la época y, además de ser algo repetitivas y de distraer del hilo principal, creo que carecen de la ternura, el compromiso social y el humor que el autor muestra en otras de sus obras y que, aunque son un testimonio valioso en un sentido historicista y le dan verosimilitud a todos los acontecimientos, puede que desdibujen la huella del autor que, habitualmente, suele encontrarse con tanta facilidad.
Esta obra me habría encantado (y me habría parecido tremendamente actual) si tuviese la mitad de páginas y se hubiese centrado en Cecilio y en Sisí, dejando de lado a los vecinos, las amantes, los clientes, los empleados, los socios del club, el alcalde... Aún así es, por supuesto, una lectura interesante. Aunque ni que decir tiene que yo me sigo quedando con Cinco horas con Mario y con El camino.