Me convertí en una mujer que sentía en su interior teñido de melancolía el enorme vacío que fluye por el universo, la vida que transcurre sin existir más coordenadas que el tiempo y el espacio...
Hay una idea que me quedó sonando de uno de los capítulos de El jardín de los pecadores que lleva por nombre "Overlooking View". En él, una joven enferma que flota incesante en un abismo conduce hacia la muerte a otras mujeres que se tiran al vacío. En el final, la joven se da cuenta de que puede vivir -metafóricamente- de dos formas: por un lado, podría seguir flotando a la deriva, con miedo, culpa y resignación; por otro, podría volar de manera consciente, es decir, tomar acción sobre su vida, trazar un rumbo, andar en una dirección concreta aún con lo que deba cargar encima.
En el último relato de El infierno de las chicas, una estudiante de bachillerato, Amakawa, que no ha sentido sino vacío toda su existencia, se dispone a cobrar venganza contra el hombre que, además de un mentiroso y corrupto, es su abusador. Curiosamente, cuando empieza a elaborar y llevar a cabo su plan siente, por primera vez, la excitación de estar viva, la felicidad que le permite olvidar el odio que tiene contra sí y contra el mundo. Ella, como la de El jardín de los pecadores, había mantenido hasta ahora una vida entregada al vacío, a flotar, hasta que decide empezar a volar:
Me di cuenta de que, si yo soy una mujer venida de Marte, entonces no hay duda de que usted, Sr. Director, es un tipo muy especial de demonio caído desde Saturno. Y por tanto, pase lo que pase, no será injusto hacia usted.
Por eso, comprendí que debía pensar en un modo de hundirle hasta el fondo haciéndole temblar. Solamente con matarle no sería suficiente. Tomé la firme e inquebrantable decisión de conseguir que para usted el mundo se convirtiera en un lugar mucho más terrible que una enorme sartén al rojo, un lugar en el que no pudiera permanecer, ni vivo ni muerto.
Hay una parte en que la protagonista se dispone a tomar una fotografía que usará como prueba de la corrupción moral de su abusador. Para ello debe escalar hasta el pararrayos de un balneario. Allí, en la altura, el vértigo la embarga. Pero esa altura también le permite ver la miseria de lo que se encuentra abajo: la verdad sobre los hombres por los que tanto respeto tiene su sociedad. Algo similar pensé en "Overlooking View": el abismo es fascinante porque la altura permite ver con claridad lo que tanto cuesta entender desde abajo. Amakawa comprende, desde allí, que a esos hombres con poder y dinero nada simple los haría arrepentirse, y mucho menos parar de hacer daño. Entonces, resuelve una manera drástica pero efectiva de tomar acción: traza un plan perfecto -a lo Amy de Gone Girl- para que la vida del hombre se convierta en un infierno y quede sumergido en la locura. El plan finaliza con lo más perturbador: reducir su cuerpo a cenizas. El fuego como símbolo de resistencia me recuerda a un cuento de Mariana Enríquez. En él, un grupo de mujeres responden a una serie de ataques con ácido quemándose vivas, porque no ven otra manera de oponerse a una sociedad machista que las juzga, violenta y silencia todos los días. Así, el fuego les permite recuperar el juicio sobre sí mismas y sobre sus cuerpos. Amakawa logra algo parecido:
Sr. Director… Le devuelvo de esta manera el favor que me hizo al convertirme en mujer. [...]
Por favor, acepte usted como regalo de despedida de esta mujer de Marte el cadáver carbonizado de esta chica.
Con esto, mi carne es suya para la eternidad. Pjué, pjué.*
*Onomatopeya de un escupitajo.
El infierno de las chicas me recordó a esos personajes del female rage que al cine tanto le gusta en los últimos tiempos. En el segundo relato, Tomiko escribe una carta a una mujer que le expresa su sueño de convertirse en conductora de autobús para escapar de la vida de campo que lleva con sus padres. Tomiko le advierte, sin embargo, que no debe perseguir esa vida, que como una mujer de ciudad también se sufre. Mediante cartas le cuenta la historia de tres mujeres que son seducidas por un hombre conductor de autobús que, al poco tiempo de casarse con ellas, se aburre, las asesina y se traslada a otro trabajo. Así, una por una, el hombre llega hasta Tomiko, que aunque sabe lo que hace y lo que depara su destino, se enamora perdida e irrevocablemente de él. Cuando la situación está en su punto más insoluble, la protagonista decide cometer 心中 (Shinjū, suicidio doble de amantes). Parece que el amor, irresistible y trágico, talón de Aquiles de las mujeres, el mismo que la lleva a matar a su esposo, a sí misma y al hijo que lleva dentro, también es el infierno.
La chica del primer relato, Yuriko, proviene de una condición de extrema pobreza de la cual quiere escapar yendo a la ciudad para convertirse en doctora. El problema es que no tiene dinero, alcurnia, ni estudios, y la única base que la sostiene es una personalidad carismática y una increíble habilidad para decir mentiras. Así logra abrirse paso en un mundo de hombres. Empieza como enfermera. Analiza con detalle las necesidades del doctor en el consultorio y las deja resueltas una por una. Se encarga de aprender los nombres de los medicamentos, las dosis, las necesidades de sus pacientes. Y hasta intenta diagnosticar ella misma una enfermedad en cuestión de unos simples pasos. Pese a sus esfuerzos, el peso de sus mentiras termina cayéndole encima cuando la descubre el protagonista del relato, el doctor que le dio trabajo de enfermera. Dicho doctor solía concebirla como pura, inocente, frágil, una "paloma de la paz" que, más tarde, se reveló como un demonio farsante.
Pero ¿no eran eso mismo él y todos sus colegas? El problema es que las mujeres no tenían permitido serlo. Qué insolente de parte de una mujer empobrecida y aparentemente frágil intentar ocupar un espacio que no le pertenece... Pero Yuriko lo logró, al menos por un tiempo. Una vez descubierta, su único escape fue, al igual que las mujeres de los otros relatos, el suicidio. Y es que no parece haber otra salida cuando la tierra es, como dice el título, el infierno de las chicas:
Por eso, en realidad ella sufrió por una cuestión sin importancia, y también por una cuestión sin importancia, murió. Vivió gracias a la fantasía y esa misma fantasía la mató.
Y no hay nada más allá de eso.
Kyūsaku construyó a los personajes femeninos más complejos que haya leído hasta ahora en literatura asiática. Y me parece que es así porque no los toma desde un costado; es decir, no los escribe desde el estereotipo o desde una necesidad de endiosarlos o villanizarlos. Las mujeres de este libro son, en realidad, humanas tan complicadas como cualquier otro. Son mujeres que tienen matices; son malas, buenas, mentirosas, benevolentes y vengativas. Son víctimas, pero pueden ser también victimarias. Y, sobre todo, son mujeres que responden de la manera en que cualquier otro lo haría si estuviera en una posición de desventaja y vulnerabilidad en un mundo que está hecho para el género que no le corresponde: con uñas y garras, y como puedan.