A veces, leer un libro es como beber una pócima mágica que te transporta a un lugar y tiempo determinados. Es lo que ocurre con este corto librito de Delibes, te lleva a un pueblo de Castilla León a principios del siglo XX. Sin más, aquí dejo algunos fragmentos que me han gustado:
"Recuerdo que Madre poseía una receta que venía de mu bisabuela y que consistía en poner los cangrejos a la lumbre vivos con un dedo de aceite y un puño de sal gorda y cuando los animales entraban en la agonía les echaba un ajo triturado con el puño. La fórmula no tenia otro secreto que acertar con la rociada de vinagre justo en el momento en que los cangrejos comenzaban a enrojecer. Pero la fiesta en el soto terminaba mal por causa de Padre, que siempre empinaba la bota más de la cuenta, y ya es sabido que el clarete de Marchamalo es traicionero y en seguida se sube a la cabeza."
"De la misma llanada que se extiende ante los árboles eran querenciosas, en el otoño, las avutardas una vez los pollos llegaban a igualones. Eran pájaros tan majestuosos y prietos de carnes que tentaban a todos, incluso a los no cazadores, como Padre. Sin embargo, su desconfianza era
tan grande que bastaba que uno abandonara el pueblo por el camino de Molacegos del Trigo para que ellas remontasen el vuelo sin aguardar
ver si era hombre o mujer, o si iba armado o desarmado. En cambio, de las caballerías no se espantaban, de forma que en el pueblo empezaron a cazarlas desde una mula, el cazador a horcajadas cubierto con una manta. El sistema dio buenos resultados e incluso Padre, que no disparaba más que la bota durante las cangrejadas de San Vito, cobró una vez un pollo de seis kilos que estaba cebado y tierno como una pava. Pero el pollo ese no fue nada al lado del macho que bajó el Valentín, el secretario, que dio en la báscula trece kilos con cuatrocientos gramos. El Valentín andaba jactancioso de su proeza, hablando con unos y con otros, y decía: "El caso es que no sé si disecarle o hincarle el diente". Don Justo del Espíritu Santo le aconsejaba que le disecara pero el Ponciano abogaba por una merienda en
la bodega de la señora Blandina. Así pasaron los días y cuando el Valentín se decidió y finalmente, reunió a los amigos en la bodega de la señora Blandina y tenían todo dispuesto para asarla vino un mal olor y el Emiliano dijo: "Alguien se ha ido". Pero nadie se había ido sino que la avutarda estaba podrida y empezaba a oler. Pero al
animal no le quedaban más plumas que las del pescuezo y el obispillo y tampoco era cosa de disecarla así."
"la caza se convierte en un doble placer,
en un placer de ida y vuelta. Durante seis dias de la semana el Cazador se carga de razones para olvidar durante unas horas los convencionalismos de la civilización, la rutina cotidiana, lo previsible. Al séptimo, sale al campo se satura de oxígeno y libertad, se enfrenta con lo imprevisto, siente la ilusión de crear su propia suerte... pero, al propio tiempo, se fatiga, sufre de sed, padece calor o frío. En una palabra, en una sola jornada, el Cazador se carga de razones para abandonar su experiencia paleolítica, y retornar a su estado de domesticidad confortable."