Buscamos en lo pequeño esa fortaleza que precisamos para creer en la serena victoria del vivir, del ir viviendo. Y no se trata solamente de tamaños sino de algo más que tiene que ver con la aparente falta de importancia. Lo pequeño es también lo secundario, lo que no estorba, lo que cada día se hace a un lado para quedarse al margen. Lo que no se enturbiará con nada.
En todo lo que escribe Tomás Sánchez Santiago late, palpita, vibra, la sencillez y su aura. Incluso en los procesos que llevamos a cabo para rasgar esa sacralidad que tienen los objetos. El aura y el rito, ese que a veces cumplimos con esos mismos objetos, a veces con nosotros, a veces con los demás, presentes y ausentes, es el principal foco de observación, la principal fuente de la que extraer la dilatación del tiempo, del poeta. También cuando, como es el caso, escribe prosa.
Este libro de Tomás me ha encantado. En pocas palabras describe momentos, flashes que a todos nos pueden pasar en cualquier instante y que a lo mejor no apreciamos por no tener su mirada. Un canto a las cosas sencillas, a algunos objetos cotidianos: el olor a comida que entra al hogar por el patio compartido, esas sartenes metidas unas dentro de otras... simplemente maravilloso. Me lo prestaron y ahora quiero comprarlo porque me enamoró la portada y sus reflexiones son para abrir el libro en cualquier página y leer antes de ir a dormir. Mil gracias por escribirlo. Invita a escribir nuestros momentos cotidianos haciendo homenaje a ese sentimiento cuando miramos con el alma.
Si a menudo encuentras belleza en lo que otros encuentran insignificante este es tu libro. Si no es así deberías leerlo también. La obsesión por algunos objetos que ahora ni recuerdas está asegurada.