Me propuse leer los ocho libros póstumos que dejó Neruda en su escritorio antes de morir (por ahí hay un par más que vinieron después, pero no viene al caso para este propósito). Este libro no me resultó tan atrapante como otros, quizás porque se nota mucho que fue hecho contra el tiempo y además constituye una exploración emocional de un pesimismo diferente al que se observa en otros poemarios (por ejemplo, está a años luz de Residencia en la Tierra, que es más existencial). De todas formas es interesante desde donde se para: un turista cualquiera (como cualquier otro turista), avergonzado de la falta de respeto ante la inmensidad y grandiosidad de Rapa Nui, tratando de abarcar en toda la magnitud de su recuerdo lo que vio en la isla, frente a la mediocridad de una vida que no necesariamente se eligió vivir como la está viviendo. Se reconoce una otredad que no se conoció a tiempo. Es duro, pues, ¿cómo se continúa?
XIX. Los hombres
Volvemos apresurados a esperar nombramientos,
exasperantes publicaciones, discusiones amargas,
fermentos, guerras, enfermedades, música
que nos ataca y nos golpea sin tregua,
entramos a nuestros batallones de nuevo,
aunque todos se unían para declararnos muertos:
aquí estamos otra vez con nuestra falsa sonrisa,
dijimos, exasperados ante el posible olvido,
mientras allá en la isla sin palmeras,
allá donde se recortan las narices de piedra
como triángulos trazados a pleno cielo y sal,
allí, en el minúsculo ombligo de los mares,
dejamos olvidada la última pureza,
el espacio, el asombro de aquellas compañías
que levantan su piedra desnuda, su verdad,
sin que nadie se atreva a amarlas, a convivir con ellas,
y ésa es mi cobardía, aquí doy testimonio:
no me sentí capaz sino de transitorios
edificios, y en esta capital sin paredes
hecha de luz, de sal, de piedra y pensamiento,
como todos miré y abandoné asustado
la limpia claridad de la mitología,
las estatuas rodeadas por el silencio azul.