El libre desarrollo del ciudadano particular tenía, como anverso de sus numerosas virtudes, el punto débil de que favorecía el que los hombres menos dignos se considerasen a sí mismos importantes y autorizados a obrar como quisiesen. Esto es común a todas las épocas, pero se hizo más fuerte al debilitarse los vetos y tabús de la religión olímpica. En los viejos días muchos hombres se refrenaban de ciertos actos de violencia o de infidelidades, simplemente porque temían a los dioses; ahora que los dioses estaban perdiendo importancia, se hacían audaces preguntas sobre cuánto era permisible.
« Nuestros propósitos y nuestras acciones son perfectamente consecuentes con las creencias que los hombres tienen sobre los dioses y con los principios que gobiernan su propia conducta. Nuestra opinión de los dioses y nuestro conocimiento de los hombres nos llevan a concluir que es una ley general y necesaria de la naturaleza el dominar siempre que se puede. »
La afirmación es totalmente cínica pero tiene su propia y cruel lógica. Los atenienses pretenden seguir a los dioses y arguyen que el comportamiento divino es natural y que es absurdo discutirlo. Esta actitud informó el imperialismo ateniense en sus últimos años y debe de haber actuado ya en tiempos de Pericles, aunque no con el mismo Pericles, quien expresaba ideas similares pero de modo menos brutal.
« Siempre ha sido una regla que el débil estuviese sujeto al fuerte: y además, nos consideramos dignos de nuestro poder. Hasta el momento presente, vosotros también pensabais que lo éramos; pero, ahora, después de calcular vuestros propios intereses, empezáis a hablar en términos de justo e injusto. Consideraciones de este tipo nunca hicieron desistir a un pueblo de las oportunidades de engrandecimiento ofrecidas por su fuerza superior. El que realmente merece alabanza es el pueblo que, aun lo suficientemente humano para gozar del poder, no obstante se preocu pa más de la justicia de lo que su situación le impulsa a hacer. »
Esto puede considerarse como el punto de vista más o menos oficial de Pericles la víspera de la guerra del Peloponeso. Acepta el punto de vista « natural» del poder pero lo atempera con ciertas consideraciones humanas, aunque, al mismo tiempo, insiste sobre la irrelevancia o hipocresía de los escrúpulos morales. Puede ser a la vez natural y justo conquistar otras ciudades, pero hay maneras adecuadas de hacerlo que templen la naturaleza con la ley. El entusiasmo natural es admirable en sí y lleva a acciones arriesgadas, pero gana con cierta adición de reglas hechas por el hombre y limitaciones. Esto era lo que el siglo v, en su apogeo, estaba preparado para recibir y no fue antes de que se exaltase la naturaleza a expensas de la ley que una horrenda brecha empezó a mostrarse en la estructura moral de hábitos y pensamientos.
La democracia era la fuerza inspiradora de Atenas en el siglo V y sin ella nunca podía haber hecho tanto como hizo. Incluso sus escultores y arquitectos no habrían mostrado el pleno nivel de sus posibilidades, ya que los grandes edificios de la Acrópolis nunca se habrían encargado. Tampoco parece probable que ni la tragedia ni la comedia hu biesen alcanzado su especial esplendor. La primera no habría tenido estímulo para suscitar preguntas fundamentales sobre las posibilidades y limitaciones del estado; a la segunda no se le habría permitido mofarse de los exclusivistas caballeros que pretendían gobernar la ciudad. La democracia estaba ahora enraigada en el carácter ateniense, y cuando sistemas diversos fueron elegidos o impuestos, empezaron mal y terminaron peor. En el siglo IV, cuando Atenas empezó a resurgir, prefirió una democracia modificada a un sistema más restrictivo.