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“—Puedo llevarla toda yo solo —alardeó Pedro.
—Bueno, sí, lo sé. Pero no es necesario. A ver toma esta... y esta...
Y aunque don José le daba troncos no muy grandes, Pedro sentía que los brazos se le doblaban. ¡Para qué habría hablado! Ahora ya era demasiado tarde para decir que le pesaba. Sólo le quedaba apretar los dientes y hacer fuerza.
Pedro estaba tratando de calcular cuántos troncos más iba a poder llevar, cuando escucharon a lo lejos el ruido de los aviones.
—Ahí están esos otra vez —protestó don José—. Yo no sé, si siguen pasando así, las ovejas se nos van a morir del susto.
—¡Mire que ruido, don José! Están volando bajo... Apure que vamos a ver —dijo Pedro, más entusiasmado por largar ahí mismo la leña que por ver pasar a los aviones.
—Tranquilo, tranquilo, que si no llevamos suficiente vamos a tener que...
Don José no terminó su frase. Un ruido espantoso lo calló. Un tamblor lo calló. La humareda lo calló.
No llegaron a darse cuenta de nada. No tuvieron tiempo de correr ni de gritar, ni de esconderse, ni de salir, ni de asustarse, ni de llorar. No tuvieron tiempo.
El galpón se derrumbó con estruendo, al mismo tiempo que la escuela, a la par que los arcos de fútbol, y que los techos de algunas casas, y las paredes de otras. Los gritos llegaron después, cuando ya todo era silencio y humo y unos buscaban a otros, sin poder encontrarse.
En el televisor de don Cosme, un señor explicaba que la guera estaba siendo un éxito.”
― Pedro y la Guerra
—Bueno, sí, lo sé. Pero no es necesario. A ver toma esta... y esta...
Y aunque don José le daba troncos no muy grandes, Pedro sentía que los brazos se le doblaban. ¡Para qué habría hablado! Ahora ya era demasiado tarde para decir que le pesaba. Sólo le quedaba apretar los dientes y hacer fuerza.
Pedro estaba tratando de calcular cuántos troncos más iba a poder llevar, cuando escucharon a lo lejos el ruido de los aviones.
—Ahí están esos otra vez —protestó don José—. Yo no sé, si siguen pasando así, las ovejas se nos van a morir del susto.
—¡Mire que ruido, don José! Están volando bajo... Apure que vamos a ver —dijo Pedro, más entusiasmado por largar ahí mismo la leña que por ver pasar a los aviones.
—Tranquilo, tranquilo, que si no llevamos suficiente vamos a tener que...
Don José no terminó su frase. Un ruido espantoso lo calló. Un tamblor lo calló. La humareda lo calló.
No llegaron a darse cuenta de nada. No tuvieron tiempo de correr ni de gritar, ni de esconderse, ni de salir, ni de asustarse, ni de llorar. No tuvieron tiempo.
El galpón se derrumbó con estruendo, al mismo tiempo que la escuela, a la par que los arcos de fútbol, y que los techos de algunas casas, y las paredes de otras. Los gritos llegaron después, cuando ya todo era silencio y humo y unos buscaban a otros, sin poder encontrarse.
En el televisor de don Cosme, un señor explicaba que la guera estaba siendo un éxito.”
― Pedro y la Guerra




