“La cabeza me daba vueltas, el odio y la ira me sacudían por igual.
—Eres mi esclava.
Negué con la cabeza.
—A partir de hoy seré tu lobo. Y te juro por mi dios que no cejaré hasta devorarte el alma.
Nos sostuvimos la mirada y nos retamos mutuamente. En la mía refulgía la venganza que pensaba cobrarme. En la suya, una determinación
apabullante por conquistarme.
—Ya has empezado a hacerlo —masculló.”
―
Lola P. Nieva,
Los tres nombres del lobo