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Residencia en la tierra
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Francisco Fernández-Jiménez | 141 comments Mod
Walking around


Sucede que me canso de ser hombre.
Sucede que entro en las sastrerías y en los cines
marchito, impenetrable, como un cisne de fieltro
navegando en un agua de origen y ceniza.

El olor de las peluquerías me hace llorar a gritos.
Sólo quiero un descanso de piedras o de lana,
sólo quiero no ver establecimientos ni jardines,
ni mercaderías, ni anteojos, ni ascensores.

Sucede que me canso de mis pies y mis uñas
y mi pelo y mi sombra.
Sucede que me canso de ser hombre.

Sin embargo sería delicioso
asustar a un notario con un lirio cortado
o dar muerte a una monja con un golpe de oreja.
Sería bello
ir por las calles con un cuchillo verde
y dando gritos hasta morir de frío.

No quiero seguir siendo raíz en las tinieblas,
vacilante, extendido, tiritando de sueño,
hacia abajo, en las tripas mojadas de la tierra,
absorbiendo y pensando, comiendo cada día.

No quiero para mí tantas desgracias.
No quiero continuar de raíz y de tumba,
de subterráneo solo, de bodega con muertos
ateridos, muriéndome de pena.

Por eso el día lunes arde como el petróleo
cuando me ve llegar con mi cara de cárcel,
y aúlla en su transcurso como una rueda herida,
y da pasos de sangre caliente hacia la noche.

Y me empuja a ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
a hospitales donde los huesos salen por la ventana,
a ciertas zapaterías con olor a vinagre,
a calles espantosas como grietas.

Hay pájaros de color de azufre y horribles intestinos
colgando de las puertas de las casas que odio,
hay dentaduras olvidadas en una cafetera,
hay espejos
que debieran haber llorado de vergüenza y espanto,
hay paraguas en todas partes, y venenos, y ombligos.

Yo paseo con calma, con ojos, con zapatos,
con furia, con olvido,
paso, cruzo oficinas y tiendas de ortopedia,
y patios donde hay ropas colgadas de un alambre:
calzoncillos, toallas y camisas que lloran
lentas lágrimas sucias.


De Residencia en la tierra


message 2: by Francisco (last edited Jan 03, 2019 06:40PM) (new) - added it

Francisco Fernández-Jiménez | 141 comments Mod
Oda a las algas del océano


No conocéis tal vez
las desgranadas
vertientes
del océano.
En mi patria
es la luz
de cada día.
Vivimos
en el filo
de la ola,
en el olor del mar,
en su estrellado vino.

A veces
las altas
olas
traen
en la palma
de una gran mano verde
un tejido
tembloroso:
la tela
inacabable
de las algas.
Son
los enlutados
guantes
del océano,
manos
de ahogados,
ropa
funeraria,
pero
cuando
en lo alto
del muro de la ola,
en la campana
del mar,
se transparentan,
brillan
como
collares
de las islas,
dilatan
sus rosarios
y la suave turgencia
naval de sus pezones
se balancea
¡al peso
del aire que las toca!

Oh despojos
del gran
torso marino
nunca desenterrado,,
cabellera
del cielo submarino,
barba de los planetas
que rodaron
ardiendo
en el océano.
Flotando sobre
la noche y la marea,
tendidas
como balsas
de pura
perla y goma,
sacudidas
por un pez, por un sol, por el latido
de una sola sirena,
de pronto
en una
carcajada de furia,
el mar
entre las piedras
del litoral los deja
como jirones
pardos
de bandera,
como flores caídas de la nave.
Y allí
tus manos, tus pupilas
descubrirán
un húmedo universo de frescura,
la transparencia del
racimo
de las viñas sumergidas,
una gota
del tálamo
marino,
del ancho lecho azul
condecorado
con escudos de oro,
mejillones minúsculos,
vedes protozoarios.
Anaranjadas, oxidadas formas
de espátula, de huevo,
de palmera,
abanicos
errantes
golpeados
por el
inacabable
movimiento
del corazón
marino,
islas de los sargazos
que hasta mi puerta
llegan
con el despojo
de
los arcoiris,
dejadme
llevar en mi cuello, en mi cabeza,
los pámpanos mojados
del océano,
la cabellera muerta
de la ola.


1956.


De Nuevas Odas Elementales: Tercer Libro de las Odas


message 3: by Francisco (last edited Jan 03, 2019 06:39PM) (new) - added it

Francisco Fernández-Jiménez | 141 comments Mod
Oda al barco pesquero


De pronto en noche pura
y estrellada
el corazón del barco, sus arterias
saltaron,
y ocultas
serpentinas construyeron
en el agua
un castillo
de serpientes:
el fuego aniquiló cuanto
tenía
entre sus manos
y cuando con su lengua tocó
la cabellera
de la pólvora
estalló
como un trueno
como aplastada cápsula,
la embarcación pesquera.

Quince fueron los
muertos pescadores
diseminados en
la noche fría.

Nunca
Volvieron de este viaje.
Ni un solo dedo de hombre,
ni un solo pie desnudo.

Es poca muerte quince pescadores
para el terrible océano
de Chile, pero
aquellos
muertos errantes,
expulsados
del cielo y de la tierra
por tanta soledad en
movimiento
fueron
como ceniza
inagotable,
como aguas enlutadas que caían
sobre las uvas de mi patria, lluvia
lluvia,
salada,
lluvia devoradora que golpea
el corazón de Chile y sus claveles.

Muchos,
son,
sí,
los muertos
de tierra y mar,
los pobres
de la mina
tragados
por la negra
marea de la tierra,
comidos
por
los sulfúricos
dientes
del mineral andino,
o en la
calle,
en la usina,
en el
tristísimo hospital
del desamparo.
Sí,
son
siempre pobres
los elegidos
por la muerte,
los cosechados en racimo
por las manos heladas
de la cosechadora.
Pero éstos
aventados
en plena, en plena sombra,
con estrellas
hacia todas las aguas
del océano,
quince
muertos
errantes,
poco
a
poco
integrados
a la sal, a la ola,
a las espumas,
éstos
sin duda
fueron
quince
puñales
clavados
al corazón marino
de mi pobre
familia.

Sólo
tendrán el ancho
ataúd de agua negra
la única luz
que velará
sus cuerpos
será
la eternidad
de las estrellas,
y mil años
viuda
vagará por el cielo
y la noche del naufragio,
aquella noche.

Pero
del mar
y de la tierra
volverán
algún día
nuestros muertos.
Volverán
cuando
nosotros estemos
verdaderamente
vivos,
cuando
el hombre
despierte
y los pueblos
caminen,
ellos,
dispersos, solos, confundidos
con el fuego y el agua,
ellos,
triturados, quemados,
en tierra o mar, tal vez
estarán reunidos
por fin
en nuestra sangre.
Mezuina
sería la victoria sólo nuestra.
Ella es la flor final de los caídos.


1956.


De Nuevas Odas Elementales: Tercer Libro de las Odas


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Francisco Fernández-Jiménez | 141 comments Mod
Oda a la ciruela


Hacia la cordillera
los caminos
viejos
iban cercados
por ciruelos,
y a través
de la pompa
de follaje,
la verde, la morada
población de las frutas
traslucía
sus ágatas ovales,
sus crecientes
pezones.
En el suelo
las charcas
reflejaban
la intensidad
del duro
firmamento:
el aire
era una
flor
total y abierta.

Yo, pequeño
poeta,
con los primeros
ojos
de la vida,
iba sobre
el caballo
balanceando
bajo la arboladura
de ciruelos.

Así en la infancia
pude
aspirar
en
un ramo,
en una rama,
el aroma del mundo,
su clavel
cristalino.

Desde entonces,
la tierra, el sol, la nieve,
las rachas
de la lluvia, en octubre,
en los caminos,
todo,
la luz, el agua,
el sol desnudo,
dejaron
en mi memoria
olor
y transparencia
de ciruela:
la vida
ovaló en una copa
su claridad, su sombra,
su frescura.

Oh beso
de la boca
en la ciruela,
dientes y
labios
llenos
del ámbar oloroso,
de la líquida
luz de la ciruela!

Ramaje
de altos árboles
severos y sombríos
cuya
negra
corteza
trepamos
hacia el nido
mordiendo
ciruelas verdes
ácidas estrellas!

Tal vez cambié, no soy
aquel niño
a caballo
por los
caminos de la cordillera.
Tal vez
más
de una
cicatriz
o quemadura
de la edad o la vida
me cambiaron
la frente,
el pecho,
el alma!

Pero, otra vez,
otra vez
vuelvo
a ser
aquel niño silvestre
cuando
en la mano levanto
una ciruela:
con su luz
me parece
que levanto
la luz del primer día
de la tierra,
el crecimiento
del fruto y del amor
en su delicia.

Sí,
en esta hora,
sea
cual sea, plena
como pan o paloma
o amarga
como
deslealtad de amigo,
yo para ti levanto una ciruela
y en ella, en su pequeña
copa
de ámbar morado y espesor fragante
bebo y brindo la vida
en honor tuyo,
seas quien seas, vayas donde vayas:

No sé quien eres, pero
dejo en tu corazón
una ciruela.


1956.


De Nuevas Odas Elementales: Tercer Libro de las Odas


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Francisco Fernández-Jiménez | 141 comments Mod
Oda a una estrella


Asomado a la noche
en la terraza
de un rascacielos altísimo y amargo
pude tocar la bóveda nocturna
y en un acto de amor extraordinario
me apoderé de una celeste estrella.

Negra estaba la noche
y yo me deslizaba
por la calle
con la estrella robada en el bolsillo.
De cristal tembloroso
parecía
y era
de pronto
como si Ilevara
un paquete de hielo
o una espada de arcángel en el cinto.

La guardé
temeroso
debajo de la cama
para que no la descubriera nadie,
pero su luz
atravesó
primero
la lana del colchón,
luego
las tejas,
el techo de mi casa.

Incómodos
se hicieron
para mí
los más privados menesteres.

Siempre con esa luz
de astral acetileno
que palpitaba como si quisiera
regresar a la noche,
yo no podía
preocuparme de todos
mis deberes
y así fue que olvidé pagar mis cuentas
y me quedé sin pan ni provisiones.

Mientras tanto, en la calle,
se amotinaban
transeúntes, mundanos
vendedores
atraídos sin duda
por el fulgor insólito
que veían salir de mi ventana.

Entonces
recogí
otra vez mi estrella,
con cuidado
la envolví en mi pañuelo
y enmascarado entre la muchedumbre
pude pasar sin ser reconocido.

Me dirigí al oeste,
al Río Verde,
que allí bajo los sauces
es sereno.
Tomé la estrella de la noche fría
y suavemente
la eché sobre las aguas.

Y no me sorprendió
que se alejara
como un pez insoluble
moviendo
en la noche del río
su cuerpo de diamante.


De Nuevas Odas Elementales: Tercer Libro de las Odas


message 6: by Francisco (last edited Jan 21, 2019 06:40AM) (new) - added it

Francisco Fernández-Jiménez | 141 comments Mod
Oda al viejo poeta


Me dio la mano
como si un árbol viejo
alargara un gancho
sin
hojas y sin frutos.
Su
mano
que escribió
desenlazando
los hilos y las hebras
del
destino
ahora estaba
minuciosamente
rayada
por los días, los meses y los años.
Seca en su rostro
era
la escritura
del tiempo,
diminuta
y errante
como
si allí estuvieran
dispuestos
las líneas y los signos
desde su nacimiento
y poco a poco
el aire
los hubiera erigido.

Largas líneas profundas,
capítulos cortados
por la edad en su cara,
signos interrogantes,
fábulas misteriosas,
asteriscos,
todo lo que olvidaron las sirenas
en la extendida
soledad de su alma,
lo que cayó del
estrellado cielo,
allí estaba en su rostro
dibujado.
Nunca el antiguo
bardo
recogió
con pluma y papel duro
el río derramado
de la vida
o el dios desconocido
que cortejó su verso,
y ahora,
en sus mejillas,
todo
el misterio
diseñó
con frío
el álgebra
de sus revelaciones
y las pequeñas,
invariables
cosas
menospreciadas
dejaron
en su frente
profundísimas
páginas
y
hasta
en su
nariz
delgada,
como pico
de cormorán errante,
los viajes y las olas
depositaron
su letra ultramarina.
Sólo
dos piedrecitas
intratables,
dos ágatas
marinas
en aquel
combate,
eran
sus ojos
y sólo a través de ellos
vi la apagada hoguera,
una rosa
en las manos
del poeta.

Ahora
el traje
le quedaba grande
como si ya viviera
en una
casa
vacía,
y los huesos
de todo
su cuerpo se acercaban
a la piel
levantándola
y era
de hueso,
de hueso que advertía
y enseñaba,
un pequeño
árbol, al fin, de hueso,
era el poeta
apagado
por la caligrafía
de la lluvia,
por los inagotables
manantiales del tiempo.

Allí le dejé andando
presuroso a su muerte
como
si lo esperara
también casi desnuda
en un parque sombrío
y de la mano
fueran
hasta
un desmantelado dormitorio,
y en él durmieran
como dormiremos
todos
los hombres:
con
una rosa
seca
en
una
mano
que también cae
convertida en polvo.


1956.


De Nuevas Odas Elementales: Tercer Libro de las Odas


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