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Ejercicios de escritura > Ejercicio 2

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message 1: by Jose (new)

Jose Cortes | 2 comments Todavía humeaba el arma en sus manos. Tenía un ligero mareo y se encontraba desorientado. En el suelo, yacía el cuerpo sin vida de Marta, inerte. Aún podía notar el calor, que pronto iría apagándose como una vela a la que se le agota la cera. Desde donde estaba podía ver sus ojos, abiertos, pero sin atisbo de vida. Se dejó caer al suelo con la espalda pegada a la pared. Soltó el arma vio como rebotaba provocando un ruido que le pareció ensordecedor, eterno, como si fuesen minutos. La casa olía a asado, a vino, a ambiente festivo. Hacía una hora que los dos, sentados frente al televisor escuchaban el mensaje del Rey. Todo se había preparado en la mesa para la cena. Sin embargo, no iba a ser una cena cualquiera. ¿Por qué se había molestado en vestirse de gala, con aquellos tacones kilométricos? ¿Por qué se había pintado los labios? ¿Por qué se había molestado en preparar aquella escena si el mensaje era “hemos terminado”? Todo ocurrió tan rápido que tuvo que hacer un esfuerzo por ordenar los acontecimientos. Ni si quiera gritó, ni hubo forcejeo. Ni si quiera pidió una explicación mientras ella se servía una copa de vino y mostraba indiferencia ante él. La pistola que llevaba en la chaqueta salió como de la nada. Un solo disparo, en el pecho. Ahí la indiferencia se transformó en sorpresa. Ahí se acabó todo.
Llevaba una hora sentado frente al cuerpo, mirando, sin pensar. Ni si quiera se le pasó por la cabeza que alguien hubiese oído el disparo. Las piernas no le respondían, estaba paralizado. La televisión seguía encendida. A duras penas pudo incorporarse, ayudándose de las manos sobre la misma pared en la que se había desplomado. Caminó por el salón tratando de pensar. No había movido un dedo para tratar de salvarla, ni llamó a emergencias. Todo había terminado para ella, pero también para él. La había asesinado en un instante y ya nada volvería a ser igual. Recogió el arma, abrió la puerta tímida y cobardemente. En la escalera todo parecía impasible, salvo por las voces de las celebraciones de la Nochebuena. Echó una última mirada a la estancia donde Marta reposaba y sin vacilar corrió escaleras abajo, hacia la calle. Su coche estaba en la puerta del edificio. Temblaban sus manos a la hora de abrir la cerradura, pero no se le cayeron las llaves. Arrancó y tras unos minutos mirando a la oscuridad de la calle, salió conduciendo de aquella pesadilla.

Tardaron un día en encontrar el cuerpo. El edificio se llenó de policía a penas veinticuatro horas después del incidente. Marta solía llevarle la comida a una de las vecinas el día de Navidad. Ni Marta ni su vecina tenían otra familia y todas las semanas pasaba para ver cómo se encontraba, echarle un ojo a la nevera y comprarle las medicinas. Aquella rutina rota había echo saltar la alarma y al poco tiempo otro vecino acabó aporreando la puerta. El silencio dio paso a tirar la puerta abajo. Marta recibió a la policía con su traje de gala, sus labios pintados, sus tacones kilométricos y sus ojos apagados, sin vida.


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