La televisión es mala maestra es un título que resulta fascinante, sobre todo hoy en día. Sin embargo, no es un título con el que esté plenamente de acuerdo. No porque crea que la televisión haya hecho un buen uso de su enorme poder, sino porque no creo que la televisión pueda considerarse, en ningún sentido, una maestra.
Este libro tiene una historia bastante singular. Nace de un breve ensayo de Karl Popper, dictado por teléfono al director de Reset, una revista bimestral italiana, traducido al italiano, al español y al francés, pero nunca publicado en lengua inglesa: un destino curioso para un texto de uno de los filósofos más importantes del siglo XX.
El ensayo fue publicado posteriormente en forma de libro, acompañado de una extensa introducción de Giancarlo Bossetti y seguido de una serie de artículos dedicados a la representación de la violencia en los programas de televisión.
La contribución de Popper ocupa en realidad muy pocas páginas, y casi da la impresión de servir principalmente para conferir autoridad a una tesis que durante muchos años fue ampliamente compartida: la idea de que la televisión debe desempeñar una función educativa.
Debo admitir que la lectura del ensayo de Popper y de su propuesta de introducir una licencia para hacer televisión me dejó bastante perplejo.
El ser humano siempre ha hecho un mal uso del poder y, cuando imponemos restricciones a la circulación de las ideas y de la información, el resultado ha sido siempre la creación de amplios sistemas de censura gestionados por personas obtusas.
La idea de que la televisión deba tener una función educativa me recordó a *La República* de Platón y me pareció una traición a algunas de las ideas expresadas por Popper en *La sociedad abierta y sus enemigos*.
> «Si un artista extraordinario llegara a nuestra ciudad con la intención de recitar sus composiciones, lo veneraríamos como a un ser sagrado, admirable y agradable, pero le diríamos que en nuestra ciudad un individuo semejante no existe ni está permitido que exista, y lo enviaríamos a otra parte... En cuanto a nosotros, mirando por nuestro propio beneficio, conservaríamos a un poeta y a un mitólogo más serio, aunque menos agradable, que supiera imitar la manera de expresarse del hombre honesto y hablara ateniéndose a los modelos que hemos establecido».
Si confiamos a la televisión la tarea de educar, de ser maestra, inevitablemente debemos fijar límites para definir qué es educativo y qué no lo es y, como Platón, nos veríamos obligados a impedir que artistas, comentaristas e intelectuales que no nos agradan puedan expresarse.
Esto sería igualmente inevitable si otorgáramos este poder a los propios operadores televisivos, quienes podrían utilizarlo con fines menos nobles: impedir la entrada de nuevos operadores o la circulación de nuevas ideas para consolidar un monopolio educativo.
Considero, por tanto, que este libro es un mal maestro, porque también los libros pueden ser portadores de mensajes autoritarios o perjudiciales desde el punto de vista educativo, aunque admiro profundamente a Popper y a su pensamiento. Creo que ello depende de las obsesiones y de los temores de aquella época. Cuando el libro fue publicado, a mediados de los años noventa, existía una fuerte preocupación por las formas de entretenimiento —películas, videojuegos y programas de televisión— que representaban la violencia en la sociedad.
Era un miedo moralista, fruto de la dificultad del ser humano para explorar los sentimientos profundos ocultos en su propia sombra. Hoy, ese mismo miedo lleva a muchos a señalar con el dedo a las redes sociales. La solución no consiste en ocultar nuestros sentimientos más odiosos ni en enterrarlos en lo más profundo de nuestra alma, esperando que nunca vuelvan a emerger, sino en comprenderlos y, dentro de lo posible, aceptarlos.
Este libro tiene una historia bastante singular. Nace de un breve ensayo de Karl Popper, dictado por teléfono al director de Reset, una revista bimestral italiana, traducido al italiano, al español y al francés, pero nunca publicado en lengua inglesa: un destino curioso para un texto de uno de los filósofos más importantes del siglo XX.
El ensayo fue publicado posteriormente en forma de libro, acompañado de una extensa introducción de Giancarlo Bossetti y seguido de una serie de artículos dedicados a la representación de la violencia en los programas de televisión.
La contribución de Popper ocupa en realidad muy pocas páginas, y casi da la impresión de servir principalmente para conferir autoridad a una tesis que durante muchos años fue ampliamente compartida: la idea de que la televisión debe desempeñar una función educativa.
Debo admitir que la lectura del ensayo de Popper y de su propuesta de introducir una licencia para hacer televisión me dejó bastante perplejo.
El ser humano siempre ha hecho un mal uso del poder y, cuando imponemos restricciones a la circulación de las ideas y de la información, el resultado ha sido siempre la creación de amplios sistemas de censura gestionados por personas obtusas.
La idea de que la televisión deba tener una función educativa me recordó a *La República* de Platón y me pareció una traición a algunas de las ideas expresadas por Popper en *La sociedad abierta y sus enemigos*.
> «Si un artista extraordinario llegara a nuestra ciudad con la intención de recitar sus composiciones, lo veneraríamos como a un ser sagrado, admirable y agradable, pero le diríamos que en nuestra ciudad un individuo semejante no existe ni está permitido que exista, y lo enviaríamos a otra parte... En cuanto a nosotros, mirando por nuestro propio beneficio, conservaríamos a un poeta y a un mitólogo más serio, aunque menos agradable, que supiera imitar la manera de expresarse del hombre honesto y hablara ateniéndose a los modelos que hemos establecido».
Si confiamos a la televisión la tarea de educar, de ser maestra, inevitablemente debemos fijar límites para definir qué es educativo y qué no lo es y, como Platón, nos veríamos obligados a impedir que artistas, comentaristas e intelectuales que no nos agradan puedan expresarse.
Esto sería igualmente inevitable si otorgáramos este poder a los propios operadores televisivos, quienes podrían utilizarlo con fines menos nobles: impedir la entrada de nuevos operadores o la circulación de nuevas ideas para consolidar un monopolio educativo.
Considero, por tanto, que este libro es un mal maestro, porque también los libros pueden ser portadores de mensajes autoritarios o perjudiciales desde el punto de vista educativo, aunque admiro profundamente a Popper y a su pensamiento. Creo que ello depende de las obsesiones y de los temores de aquella época. Cuando el libro fue publicado, a mediados de los años noventa, existía una fuerte preocupación por las formas de entretenimiento —películas, videojuegos y programas de televisión— que representaban la violencia en la sociedad.
Era un miedo moralista, fruto de la dificultad del ser humano para explorar los sentimientos profundos ocultos en su propia sombra. Hoy, ese mismo miedo lleva a muchos a señalar con el dedo a las redes sociales. La solución no consiste en ocultar nuestros sentimientos más odiosos ni en enterrarlos en lo más profundo de nuestra alma, esperando que nunca vuelvan a emerger, sino en comprenderlos y, dentro de lo posible, aceptarlos.