Elena metió todo ahí dentro. Todo menos la ropa; la ropa no pudo, conservaba su olor, el olor de su hija. La ropa siempre conserva el olor que tuvo en vida el muerto, Elena sabe, aunque se la lave mil veces con distintos jabones, un olor que no responde a un perfume determinado, ni a un desodorante, ni al jabon blanco con el que se lavaba cuando todavía había quien la ensuciara.
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