Marie N. Vianco
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Panama City, Panama
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Kate Morton, Patricia Highsmith, Carlos Ruiz Zafón, Jane Austen, Ken F
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Marie N. Vianco
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Popular Answered Questions
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Desde el tragaluz
—
published
2015
—
6 editions
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Arroba al corazón
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Los destellos de Sara
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Los pequeños romances
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published
2020
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5 editions
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El sueño de la magnolia
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published
2021
—
3 editions
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Luces y sombras de una autora: artículos literarios
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Marie N. Vianco
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“Una vez consultado el correo, abrió la puerta pequeña y entró en la propiedad. Una amplia y cuidada planicie de césped artificial apareció ante ella; bajo sus pies, un sendero de adoquines conducía a una moderna vivienda de tres plantas y paredes blancas rodeada por muros, que, bajo la luz nocturna, recordaba a una fortaleza aislada del resto del vecindario. Johana emprendió el camino de piedra hasta el portal. Allí, un arco cubierto por una frondosa hiedra sintética encuadraba toda la puerta principal creando un efecto de cascada verde y natural. Entró en casa y una cálida soledad la envolvió; sin encender la luz, fue hacia el salón, se echó en el sofá y se dejó llevar por la melodía del silencio.”
― Desde el tragaluz
― Desde el tragaluz
“En la estancia de paredes grises y a media luz, se respiraba una envolvente paz. El silencio emergía de cada rincón mezclándose con una inquietante sensación de acabamiento.
Olía a éter.
Dima consiguió por fin abrir los ojos, su mirada celeste, ligeramente rasgada, estaba pegada a aquel techo de escayola de color hueso, no había nada de especial en él, pero su mente se mostraba demasiado perezosa como para cambiar hacia otro objetivo y dejar de contemplarlo. Entonces se dio cuenta de que apenas podía mover la cabeza.
Estaba tendido sobre una superficie acolchada, una cama suave y espumosa o por lo menos eso fue lo que se le figuró. Parpadeó un par de veces para después mover las cuencas de un lado a otro, fue así como consiguió desclavar los ojos del techo y dar con la única fuente de luz de la habitación, una especie de pantalla, un cuadro grande como una pizarra iluminado por una luz en su interior. A lo lejos divisó lo que parecían fotos pegadas sobre aquella superficie y le recordó las visitas al médico cuando tenía que llevar a su madre a la ciudad para hacerse ver los pulmones.
“Lo siento señor Koval, pero a su madre no le queda mucho tiempo, puede que uno seis meses, así que hágale la vida lo más placentera posible porque ya sólo resta esperar.”
Cerró los ojos ante aquel recuerdo sin poder evitar una punzada lastimándole el pecho.
“Es una pantalla para ver radiografías”, pensó.
Con gran alivio, notó que por fin podía mover la cabeza, la levantó poco a poco y confirmó que sus sospechas eran ciertas, yacía sobre una especie de camilla plegable de superficie almohadillada y estructura de aluminio.
Su cuerpo era independiente de su mente, se notaba pesado, terriblemente pesado, sin apenas energía para moverse, como si tuviera atado sendos bloques de cemento a las cuatro extremidades y se imaginó a sí mismo como una sola masa, un gran cuerpo de metro noventa hecho de piedra inerte.
Quiso levantarse, pero una nausea repentina le sacudió el estómago y tuvo que volver a la posición inicial, cerró los ojos, respiró hondo y cuando intuyó que el mundo volvía a detenerse lo volvió a intentar. Levantó la cabeza con cuidado, se incorporó muy despacio y consiguió sentarse por fin. En ese momento se dio cuenta de que estaba descalzo. Sus brazos al menos volvían a obedecerle, logró girarse y sacar las piernas de la camilla para colocarlas después en el suelo. Sus manos se aferraron con firmeza a la superficie mullida de aquella cama y por un momento, ahí sentado, se vio a sí mismo como suspendido en el aire, mirando hacia el horizonte que era el otro extremo de la habitación, iluminada por el débil reflejo del negatoscopio. Fijó sus ojos en aquel rincón y distinguió otra camilla...”
― Desde el tragaluz
Olía a éter.
Dima consiguió por fin abrir los ojos, su mirada celeste, ligeramente rasgada, estaba pegada a aquel techo de escayola de color hueso, no había nada de especial en él, pero su mente se mostraba demasiado perezosa como para cambiar hacia otro objetivo y dejar de contemplarlo. Entonces se dio cuenta de que apenas podía mover la cabeza.
Estaba tendido sobre una superficie acolchada, una cama suave y espumosa o por lo menos eso fue lo que se le figuró. Parpadeó un par de veces para después mover las cuencas de un lado a otro, fue así como consiguió desclavar los ojos del techo y dar con la única fuente de luz de la habitación, una especie de pantalla, un cuadro grande como una pizarra iluminado por una luz en su interior. A lo lejos divisó lo que parecían fotos pegadas sobre aquella superficie y le recordó las visitas al médico cuando tenía que llevar a su madre a la ciudad para hacerse ver los pulmones.
“Lo siento señor Koval, pero a su madre no le queda mucho tiempo, puede que uno seis meses, así que hágale la vida lo más placentera posible porque ya sólo resta esperar.”
Cerró los ojos ante aquel recuerdo sin poder evitar una punzada lastimándole el pecho.
“Es una pantalla para ver radiografías”, pensó.
Con gran alivio, notó que por fin podía mover la cabeza, la levantó poco a poco y confirmó que sus sospechas eran ciertas, yacía sobre una especie de camilla plegable de superficie almohadillada y estructura de aluminio.
Su cuerpo era independiente de su mente, se notaba pesado, terriblemente pesado, sin apenas energía para moverse, como si tuviera atado sendos bloques de cemento a las cuatro extremidades y se imaginó a sí mismo como una sola masa, un gran cuerpo de metro noventa hecho de piedra inerte.
Quiso levantarse, pero una nausea repentina le sacudió el estómago y tuvo que volver a la posición inicial, cerró los ojos, respiró hondo y cuando intuyó que el mundo volvía a detenerse lo volvió a intentar. Levantó la cabeza con cuidado, se incorporó muy despacio y consiguió sentarse por fin. En ese momento se dio cuenta de que estaba descalzo. Sus brazos al menos volvían a obedecerle, logró girarse y sacar las piernas de la camilla para colocarlas después en el suelo. Sus manos se aferraron con firmeza a la superficie mullida de aquella cama y por un momento, ahí sentado, se vio a sí mismo como suspendido en el aire, mirando hacia el horizonte que era el otro extremo de la habitación, iluminada por el débil reflejo del negatoscopio. Fijó sus ojos en aquel rincón y distinguió otra camilla...”
― Desde el tragaluz
“Rodando ladera abajo y en caída libre, Johana se convirtió en un trozo de hielo más arrastrado por la avalancha. Giraba como dentro de una licuadora, ensordecida por el ruido atronador de la montaña al desmenuzarse. Gritó, pero la voz de la naturaleza era más fuerte, no había de dónde agarrarse y a merced de aquella fuerza devastadora, sabía que su cuerpo reventaría en cualquier momento. Entonces, con un parón brusco, dejó de rodar y el tiempo, como ella, se quedó congelado. Su cuerpo, magullado y tembloroso, yacía aprisionado bajo una capa de gruesa nieve que le aplastaba el pecho como cemento, impidiéndole toda forma de movimiento.
El ruido había cesado, pero no sabía si era peor, pues ahora todo era silencio en aquel nicho de hielo. Intentó gritar, pero sus cuerdas vocales parecían silenciadas, rotas a causa de la tensión y el pánico, el dolor ganaba terreno, el aire se agotaba… Sólo fueron cinco minutos; cinco, como los años de Lucía, su hija, cuya imagen no se apartaba de su mente, cinco, a la espera de ser rescatada, sin saber si vendrían, si seguiría formando parte de este mundo, sólo cinco, pero más que suficientes para que su vida quedara partida para siempre.”
― Desde el tragaluz
El ruido había cesado, pero no sabía si era peor, pues ahora todo era silencio en aquel nicho de hielo. Intentó gritar, pero sus cuerdas vocales parecían silenciadas, rotas a causa de la tensión y el pánico, el dolor ganaba terreno, el aire se agotaba… Sólo fueron cinco minutos; cinco, como los años de Lucía, su hija, cuya imagen no se apartaba de su mente, cinco, a la espera de ser rescatada, sin saber si vendrían, si seguiría formando parte de este mundo, sólo cinco, pero más que suficientes para que su vida quedara partida para siempre.”
― Desde el tragaluz
“Del sufrimiento han surgido las almas más fuertes: los más grandes caracteres están cubiertos de cicatrices”
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“Rodando ladera abajo y en caída libre, Johana se convirtió en un trozo de hielo más arrastrado por la avalancha. Giraba como dentro de una licuadora, ensordecida por el ruido atronador de la montaña al desmenuzarse. Gritó, pero la voz de la naturaleza era más fuerte, no había de dónde agarrarse y a merced de aquella fuerza devastadora, sabía que su cuerpo reventaría en cualquier momento. Entonces, con un parón brusco, dejó de rodar y el tiempo, como ella, se quedó congelado. Su cuerpo, magullado y tembloroso, yacía aprisionado bajo una capa de gruesa nieve que le aplastaba el pecho como cemento, impidiéndole toda forma de movimiento.
El ruido había cesado, pero no sabía si era peor, pues ahora todo era silencio en aquel nicho de hielo. Intentó gritar, pero sus cuerdas vocales parecían silenciadas, rotas a causa de la tensión y el pánico, el dolor ganaba terreno, el aire se agotaba… Sólo fueron cinco minutos; cinco, como los años de Lucía, su hija, cuya imagen no se apartaba de su mente, cinco, a la espera de ser rescatada, sin saber si vendrían, si seguiría formando parte de este mundo, sólo cinco, pero más que suficientes para que su vida quedara partida para siempre.”
― Desde el tragaluz
El ruido había cesado, pero no sabía si era peor, pues ahora todo era silencio en aquel nicho de hielo. Intentó gritar, pero sus cuerdas vocales parecían silenciadas, rotas a causa de la tensión y el pánico, el dolor ganaba terreno, el aire se agotaba… Sólo fueron cinco minutos; cinco, como los años de Lucía, su hija, cuya imagen no se apartaba de su mente, cinco, a la espera de ser rescatada, sin saber si vendrían, si seguiría formando parte de este mundo, sólo cinco, pero más que suficientes para que su vida quedara partida para siempre.”
― Desde el tragaluz
“En la estancia de paredes grises y a media luz, se respiraba una envolvente paz. El silencio emergía de cada rincón mezclándose con una inquietante sensación de acabamiento.
Olía a éter.
Dima consiguió por fin abrir los ojos, su mirada celeste, ligeramente rasgada, estaba pegada a aquel techo de escayola de color hueso, no había nada de especial en él, pero su mente se mostraba demasiado perezosa como para cambiar hacia otro objetivo y dejar de contemplarlo. Entonces se dio cuenta de que apenas podía mover la cabeza.
Estaba tendido sobre una superficie acolchada, una cama suave y espumosa o por lo menos eso fue lo que se le figuró. Parpadeó un par de veces para después mover las cuencas de un lado a otro, fue así como consiguió desclavar los ojos del techo y dar con la única fuente de luz de la habitación, una especie de pantalla, un cuadro grande como una pizarra iluminado por una luz en su interior. A lo lejos divisó lo que parecían fotos pegadas sobre aquella superficie y le recordó las visitas al médico cuando tenía que llevar a su madre a la ciudad para hacerse ver los pulmones.
“Lo siento señor Koval, pero a su madre no le queda mucho tiempo, puede que uno seis meses, así que hágale la vida lo más placentera posible porque ya sólo resta esperar.”
Cerró los ojos ante aquel recuerdo sin poder evitar una punzada lastimándole el pecho.
“Es una pantalla para ver radiografías”, pensó.
Con gran alivio, notó que por fin podía mover la cabeza, la levantó poco a poco y confirmó que sus sospechas eran ciertas, yacía sobre una especie de camilla plegable de superficie almohadillada y estructura de aluminio.
Su cuerpo era independiente de su mente, se notaba pesado, terriblemente pesado, sin apenas energía para moverse, como si tuviera atado sendos bloques de cemento a las cuatro extremidades y se imaginó a sí mismo como una sola masa, un gran cuerpo de metro noventa hecho de piedra inerte.
Quiso levantarse, pero una nausea repentina le sacudió el estómago y tuvo que volver a la posición inicial, cerró los ojos, respiró hondo y cuando intuyó que el mundo volvía a detenerse lo volvió a intentar. Levantó la cabeza con cuidado, se incorporó muy despacio y consiguió sentarse por fin. En ese momento se dio cuenta de que estaba descalzo. Sus brazos al menos volvían a obedecerle, logró girarse y sacar las piernas de la camilla para colocarlas después en el suelo. Sus manos se aferraron con firmeza a la superficie mullida de aquella cama y por un momento, ahí sentado, se vio a sí mismo como suspendido en el aire, mirando hacia el horizonte que era el otro extremo de la habitación, iluminada por el débil reflejo del negatoscopio. Fijó sus ojos en aquel rincón y distinguió otra camilla...”
― Desde el tragaluz
Olía a éter.
Dima consiguió por fin abrir los ojos, su mirada celeste, ligeramente rasgada, estaba pegada a aquel techo de escayola de color hueso, no había nada de especial en él, pero su mente se mostraba demasiado perezosa como para cambiar hacia otro objetivo y dejar de contemplarlo. Entonces se dio cuenta de que apenas podía mover la cabeza.
Estaba tendido sobre una superficie acolchada, una cama suave y espumosa o por lo menos eso fue lo que se le figuró. Parpadeó un par de veces para después mover las cuencas de un lado a otro, fue así como consiguió desclavar los ojos del techo y dar con la única fuente de luz de la habitación, una especie de pantalla, un cuadro grande como una pizarra iluminado por una luz en su interior. A lo lejos divisó lo que parecían fotos pegadas sobre aquella superficie y le recordó las visitas al médico cuando tenía que llevar a su madre a la ciudad para hacerse ver los pulmones.
“Lo siento señor Koval, pero a su madre no le queda mucho tiempo, puede que uno seis meses, así que hágale la vida lo más placentera posible porque ya sólo resta esperar.”
Cerró los ojos ante aquel recuerdo sin poder evitar una punzada lastimándole el pecho.
“Es una pantalla para ver radiografías”, pensó.
Con gran alivio, notó que por fin podía mover la cabeza, la levantó poco a poco y confirmó que sus sospechas eran ciertas, yacía sobre una especie de camilla plegable de superficie almohadillada y estructura de aluminio.
Su cuerpo era independiente de su mente, se notaba pesado, terriblemente pesado, sin apenas energía para moverse, como si tuviera atado sendos bloques de cemento a las cuatro extremidades y se imaginó a sí mismo como una sola masa, un gran cuerpo de metro noventa hecho de piedra inerte.
Quiso levantarse, pero una nausea repentina le sacudió el estómago y tuvo que volver a la posición inicial, cerró los ojos, respiró hondo y cuando intuyó que el mundo volvía a detenerse lo volvió a intentar. Levantó la cabeza con cuidado, se incorporó muy despacio y consiguió sentarse por fin. En ese momento se dio cuenta de que estaba descalzo. Sus brazos al menos volvían a obedecerle, logró girarse y sacar las piernas de la camilla para colocarlas después en el suelo. Sus manos se aferraron con firmeza a la superficie mullida de aquella cama y por un momento, ahí sentado, se vio a sí mismo como suspendido en el aire, mirando hacia el horizonte que era el otro extremo de la habitación, iluminada por el débil reflejo del negatoscopio. Fijó sus ojos en aquel rincón y distinguió otra camilla...”
― Desde el tragaluz
Café Literario
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Welcome to the Official Book Club for Authors Looking directly for Readers -- YOUNG ADULT edition
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