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David’s 2025 Year in Books
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David Carrasco
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Barcelona, Spain
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David Carrasco
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David Carrasco
Hola, Hugo. Es la primera pregunta que me hacen en esta sección, y ¡no es una pregunta fácil de responder! Elegir sólo cinco libros es una tarea difíc…moreHola, Hugo. Es la primera pregunta que me hacen en esta sección, y ¡no es una pregunta fácil de responder! Elegir sólo cinco libros es una tarea difícil e injusta porque, ¿bajo qué criterio eliges y descartas? Así que, en lugar de elegir los cinco “mejores”, si te parece bien voy a elegir cinco libros que, por un motivo u otro, han dejado una huella especial en mí:
- Un clásico - Crimen y castigo, de Fyodor Dostoevsky: Un clásico por excelencia, con un peso filosófico y psicológico enorme. La lucha interna de Raskólnikov y su angustia existencial nunca dejan de impactar.
- Una novela contemporánea - Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño: Un referente de la literatura contemporánea en español. La mezcla de voces, la estructura fragmentada y los temas de la búsqueda de identidad y pertenencia lo hacen una obra fascinante.
- Un libro que me ha enseñado a leer como un escritor - El Gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald: La forma en que Fitzgerald utiliza el lenguaje, las imágenes y los símbolos en esta obra es una lección de escritura pura. Cada frase tiene una razón de ser, cada palabra parece estar en su lugar.
- Un libro que me ha hecho reír - La conjura de los necios, de John Kennedy Toole: Un buen toque de humor oscuro y satírico. Ignatius J. Reilly es uno de los personajes más memorables y extravagantes de la literatura, y su mundo tiene una crítica mordaz a la sociedad moderna.
- Un libro que me ha hecho llorar - La montaña mágica, de Thomas Mann: Una novela que te desarma con su meditación sobre la muerte, el tiempo y la existencia. Es un libro que no solo te hace llorar, sino que también te deja con una reflexión profunda.
Esta sería una posible lista. Pero no me gusta dejar fuera a Capote, Hemingway, Javier Marías, Richard Ford, Philip Roth, Carson McCullers y tantos otros que me han dado momentos de intenso placer lector.
Tengo la sensación de que dentro de unos años haré otra lista completamente distinta, con libros que hoy probablemente no he leído aún. La belleza de la lectura es que siempre hay algo nuevo por descubrir, y quién sabe qué libros ocuparán este lugar en el futuro. Ojalá que para entonces te esté recomendando con la misma pasión historias que hoy ni siquiera sé que existen.
Gracias por tu pregunta y un saludo, Hugo. (less)
- Un clásico - Crimen y castigo, de Fyodor Dostoevsky: Un clásico por excelencia, con un peso filosófico y psicológico enorme. La lucha interna de Raskólnikov y su angustia existencial nunca dejan de impactar.
- Una novela contemporánea - Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño: Un referente de la literatura contemporánea en español. La mezcla de voces, la estructura fragmentada y los temas de la búsqueda de identidad y pertenencia lo hacen una obra fascinante.
- Un libro que me ha enseñado a leer como un escritor - El Gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald: La forma en que Fitzgerald utiliza el lenguaje, las imágenes y los símbolos en esta obra es una lección de escritura pura. Cada frase tiene una razón de ser, cada palabra parece estar en su lugar.
- Un libro que me ha hecho reír - La conjura de los necios, de John Kennedy Toole: Un buen toque de humor oscuro y satírico. Ignatius J. Reilly es uno de los personajes más memorables y extravagantes de la literatura, y su mundo tiene una crítica mordaz a la sociedad moderna.
- Un libro que me ha hecho llorar - La montaña mágica, de Thomas Mann: Una novela que te desarma con su meditación sobre la muerte, el tiempo y la existencia. Es un libro que no solo te hace llorar, sino que también te deja con una reflexión profunda.
Esta sería una posible lista. Pero no me gusta dejar fuera a Capote, Hemingway, Javier Marías, Richard Ford, Philip Roth, Carson McCullers y tantos otros que me han dado momentos de intenso placer lector.
Tengo la sensación de que dentro de unos años haré otra lista completamente distinta, con libros que hoy probablemente no he leído aún. La belleza de la lectura es que siempre hay algo nuevo por descubrir, y quién sabe qué libros ocuparán este lugar en el futuro. Ojalá que para entonces te esté recomendando con la misma pasión historias que hoy ni siquiera sé que existen.
Gracias por tu pregunta y un saludo, Hugo. (less)
David Carrasco
Hola Ignacio,
Es una pregunta que me hago a menudo. Durante años fui de los que terminaban los libros “por principios”, casi como si abandonarlos fues…moreHola Ignacio,
Es una pregunta que me hago a menudo. Durante años fui de los que terminaban los libros “por principios”, casi como si abandonarlos fuese una derrota moral. Con el tiempo he ido afinando esa postura y, quizá, eligiendo mejor mis lecturas.
Hoy intento distinguir dos cosas. Si un libro no me gusta pero me está diciendo algo —aunque sea desde la incomodidad, el desacuerdo o incluso el enfado— suelo seguir adelante. A veces no disfrutamos un libro, pero nos obliga a posicionarnos, a discutirlo por dentro, y eso también cuenta como lectura valiosa.
Otra cosa es cuando no hay diálogo alguno: ni placer, ni fricción, ni curiosidad. Solo indiferencia. Ahí empiezo a preguntarme, como tú, si no estaría mejor leyendo algo que de verdad me convoque. El tiempo lector es limitado y cada vez soy más consciente de ello.
Así que sí, leo libros que no me agradan… pero no por obligación ciega. Más bien por respeto: al libro, al autor, a mí como lector y a la idea de que no todas las lecturas tienen que ser cómodas, pero —ojo— tampoco inútiles.
Abandonar un libro no siempre es rendirse; a veces es simplemente elegir mejor el siguiente.
Gracias por la pregunta, Ignacio. No sé si resuelve la duda, pero al menos es la manera en que yo he aprendido a convivir con ese dilema como lector.
Un abrazo.,
David.
(less)
Es una pregunta que me hago a menudo. Durante años fui de los que terminaban los libros “por principios”, casi como si abandonarlos fues…moreHola Ignacio,
Es una pregunta que me hago a menudo. Durante años fui de los que terminaban los libros “por principios”, casi como si abandonarlos fuese una derrota moral. Con el tiempo he ido afinando esa postura y, quizá, eligiendo mejor mis lecturas.
Hoy intento distinguir dos cosas. Si un libro no me gusta pero me está diciendo algo —aunque sea desde la incomodidad, el desacuerdo o incluso el enfado— suelo seguir adelante. A veces no disfrutamos un libro, pero nos obliga a posicionarnos, a discutirlo por dentro, y eso también cuenta como lectura valiosa.
Otra cosa es cuando no hay diálogo alguno: ni placer, ni fricción, ni curiosidad. Solo indiferencia. Ahí empiezo a preguntarme, como tú, si no estaría mejor leyendo algo que de verdad me convoque. El tiempo lector es limitado y cada vez soy más consciente de ello.
Así que sí, leo libros que no me agradan… pero no por obligación ciega. Más bien por respeto: al libro, al autor, a mí como lector y a la idea de que no todas las lecturas tienen que ser cómodas, pero —ojo— tampoco inútiles.
Abandonar un libro no siempre es rendirse; a veces es simplemente elegir mejor el siguiente.
Gracias por la pregunta, Ignacio. No sé si resuelve la duda, pero al menos es la manera en que yo he aprendido a convivir con ese dilema como lector.
Un abrazo.,
David.
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Hasta entonces caminaré solo
4.70 avg rating — 23 ratings
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published
2022
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2 editions
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Te están mintiendo y tú, tan contento
Hay narradores que mienten. Sí, no me mires así: mienten. No por error, sino con toda la intención. Te seducen, te manipulan, te ocultan datos clave… y tú caes feliz en la trampa. En este artículo te hablaré del narrador no fiable: esa criatura literaria que convierte la lectura en una danza entre la duda y la fascinación.
El narrador no fiable es el cuñado de las novelas: te lo cuenta todo con una Read more of this blog post »
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Published on June 08, 2025 03:13
David Carrasco
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"Durísima autobiografía de lo que se pudo ser y nunca se fue, de todo lo que se ha sido sin serlo de verdad, de en lo que se acabó convirtiendo por toda la mochila mental que llevaba a cuestas.
He leído y visto muchos relatos en los que se tratan las " Read more of this review » |
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El amor del revés by Luisgé Martín.
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"Reconozco que no sabía nada de Agustín Gómez Arcos hasta que vi un documental en una cadena de televisión pública. Y aunque partiendo únicamente de ese documental resulta imposible hacerse una idea cabal de la calidad de su obra, lo más importante de"
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Ana no by Agustín Gómez Arcos.
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""But, you may say, we asked you to speak of women and fiction--what has that got to do with a room of one's own?"
A Room of One's Own is the recollection of events that prompted Wolf to answer this tedious prompt. She jolts down all of the thoughts sh" Read more of this review » |
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"Confiar y esperar.
Es lo que sugiere el conde de Montecristo. Y yo, que no lo sabía hasta leerlo en el libro, confié y esperé... Confíe en que la novela me deslumbrara de la misma manera que lo ha hecho con millones de lectores. Y esperé, con todo lo " Read more of this review » |
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David Carrasco
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Me di cuenta de que Desgracia me estaba afectando de verdad el día que empecé a posponer la lectura. No porque fuera difícil, ni densa, ni “exigente”, sino porque no tenía ganas de volver a encontrarme con David Lurie. Eso, en sí mismo, ya dice basta
Me di cuenta de que Desgracia me estaba afectando de verdad el día que empecé a posponer la lectura. No porque fuera difícil, ni densa, ni “exigente”, sino porque no tenía ganas de volver a encontrarme con David Lurie. Eso, en sí mismo, ya dice bastante del libro. Porque ¿qué haces como lector cuando una novela te pide empatía, pero tú no estás seguro de querer concedérsela? Desgracia, de J. M. Coetzee, no plantea esta pregunta de forma abstracta: te la coloca delante y te deja solo con ella. Esta es una novela que te obliga a caminar al lado de un hombre al que no quieres defender, ni comprender del todo, ni mucho menos justificar. Y, sin embargo, sigues leyendo. David Lurie es un profesor universitario que, tras un escándalo sexual, ve cómo su vida académica y social se desmorona. Hasta aquí, el resumen podría invitar a una lectura moralizante o incluso cómoda: caída, castigo, aprendizaje. Pero Coetzee no juega a eso. Lurie no es un personaje en busca de redención, ni un villano ejemplar, ni un caso de estudio. Es, más bien, un hombre que se aferra a una idea de sí mismo incluso cuando esa idea ya no se sostiene, alguien que confunde deseo con derecho y dignidad con orgullo. Y lo verdaderamente incómodo es que Coetzee nunca nos ofrece el alivio de una condena clara ni el refugio de una evolución tranquilizadora. La novela se vuelve aún más perturbadora cuando Lurie se refugia en la granja de su hija Lucy. Aquí Desgracia deja de ser solo la historia de un hombre en caída libre y se convierte en algo más complejo y más inquietante. Lucy no funciona como contrapunto moral ni como conciencia del relato. Su forma de afrontar la violencia y el daño —desde una aceptación que roza lo incomprensible— abre una grieta enorme entre lector y texto. No porque esté mal escrita, sino porque nos obliga a admitir que hay respuestas ante el dolor que no encajan en nuestros esquemas de justicia, ni siquiera en los más bienintencionados. En este punto, Coetzee no solo incomoda: desarma. Y es precisamente por eso por lo que te encuentras a ti mismo conteniéndote de intervenir, de dar consejos, de querer arreglar nada. Porque no hay arreglo que encaje aquí, ni héroes ni villanos claros. Solo gente atravesando sus miserias, sobreviviendo como puede, y tú sentado al lado, sintiéndote inútil y un poco culpable por ser espectador. Y uno termina leyendo con el corazón encogido, deseando no tener que mirar tan de cerca la brutalidad que Coetzee pone delante de ti. “La venganza es como el fuego. Cuanto más devora, más hambre tiene”, le dice David a Lucy en un momento de la novela. Y eso se siente en cada paso que dan, en la violencia que no se resuelve y en la impotencia que te deja pegado a la lectura. La prosa acompaña esta incomodidad con una sobriedad casi implacable. No hay adornos ni énfasis innecesarios, no hay momentos pensados para conmover al lector de forma explícita. Todo está dicho con una contención que a veces resulta asfixiante, pero que acaba siendo profundamente coherente con el mundo que retrata. Coetzee escribe como si se negara a levantar la voz, obligándonos a acercarnos más de lo que nos gustaría. Y eso, incomoda. Si hay algo que no se te olvida de Desgracia son los animales, sobre todo en el refugio donde Lurie trabaja. La novela alcanza ahí una intensidad silenciosa que descoloca más que cualquier discurso moral. No hay simbolismo subrayado ni lecciones evidentes, pero no puedes dejar de sentir que en esas escenas se juega algo esencial: cómo tratamos a los que no tienen voz, la dignidad en la derrota, la diferencia entre cuidar y expiar. Son páginas que se leen despacio, no porque sean densas, sino porque cuesta avanzar sin quedarse pensando. El trasfondo de la Sudáfrica postapartheid está siempre ahí, sin imponerse, pero tampoco permite que leas la historia aislada de su contexto. La tensión racial, la violencia latente y ese orden moral que se deshilacha atraviesan la novela de principio a fin, y todo ello se siente mientras observas a Lurie tratando de encajar en un mundo que ya no ofrece certezas. Seguro que os recordará a Esperando a los bárbaros si lo habéis leído: por esa sensación de culpa colectiva que te hace apretar la mandíbula sin darte cuenta, preguntándote qué harías tú en ese caos. Y, si me apuras, hay algo de Kafka en cómo Lurie se queda atrapado en sus propias torpezas, y un aire del Saramago más áspero en la forma en que Coetzee deja que los personajes se las arreglen solos, obligándote a mirar y pensar, y a sentir un poco de impotencia mientras lo haces. Creo que fue Mark Twain quien dijo que el hombre es el único animal que causa dolor por el placer de hacerlo, una premisa inquietante que parece cobrar vida en esta novela. Desgracia no solo te enfrenta a los dilemas de sus personajes; también te obliga a mirar dentro de ti mismo. ¿Cómo reaccionamos ante nuestras propias desgracias? ¿Somos capaces de perdonar, incluso cuando el daño es irreparable? Es un recordatorio de que no siempre somos los héroes de nuestras propias historias. A menudo, somos los culpables, los espectadores pasivos, los incapaces de cambiar lo que hemos destruido. Al terminar Desgracia, uno no sale reconfortado ni en paz. Sale más bien con un vacío que se siente al mismo tiempo extraño y familiar, lleno de preguntas sobre culpa, castigo, dignidad y hasta qué punto estamos dispuestos a mirar lo que nos repugna. Como dijo alguien alguna vez: “La verdad duele más cuanto más cerca está de casa”. Coetzee no escribe para calmarte; escribe para recordarte que algunas verdades no se pueden esquivar. Y es precisamente por eso que le doy mis cinco estrellas. No porque sea un libro agradable o cómodo —no lo es—, sino porque es una de esas novelas que te obliga a leer con honestidad, y que exige una reacción genuina. Una novela que no se olvida, no porque la quieras olvidar, sino porque no te deja. ...more |
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David Carrasco
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¿Hasta dónde puede perseguirte el pasado antes de empezar a hablarte? No en sentido figurado. No como esos fantasmas interiores que tanto le gustan a la literatura de autoayuda. No. Me refiero a hablar de verdad: con voz, con cuerpo, con rabia, con no ¿Hasta dónde puede perseguirte el pasado antes de empezar a hablarte? No en sentido figurado. No como esos fantasmas interiores que tanto le gustan a la literatura de autoayuda. No. Me refiero a hablar de verdad: con voz, con cuerpo, con rabia, con nombre. Y que cuando habla, no susurra. Te grita. Te rompe. Te obliga a escuchar lo que nadie quiere oír. Beloved, de Toni Morrison, no solo habla: irrumpe, te cae encima. Así, sin aviso. Como algo que vuelve cuando ya creías que estaba enterrado. No hay introducción amable ni páginas de calentamiento. Aquí todo arranca con la herida abierta. Y te lo dice alguien —que ya te avisa de que esto no es lectura de domingo con mantita y té de jengibre— que ha salido de este libro con el pecho apretado y un par de certezas menos. Porque Beloved no viene a tranquilizarte. Viene a decirte que el pasado no se queda quieto y, cuando vuelve, no siempre llama a la puerta. ¿Y de qué va todo esto, entonces? Pues mira: la historia gira en torno a Sethe, una mujer esclavizada que huye de una plantación para salvar a sus hijos y cuya casa, años después, está poseída —literalmente— por algo que no se deja nombrar tan fácilmente. Con una estructura que se va deshilachando y rehilvanando como los recuerdos que se niegan a morir, Morrison nos mete en un espacio donde el tiempo no es lineal, la culpa tiene voz y los fantasmas son tan reales como los traumas que los invocan. Es una novela de las que te descolocan, porque aquí la línea entre lo sobrenatural y lo emocional es tan fina que duele. Porque estamos hablando de una América recién amputada, con la Guerra Civil apenas en el retrovisor y la promesa de libertad escrita en tinta todavía fresca. Es decir, ni libertad ni promesa: solo fantasmas. La abolición de la esclavitud no trajo redención, sino otro tipo de infierno. Y Beloved se instala justo ahí: en ese no-lugar donde lo legal y lo humano todavía no se entienden. La prosa de Morrison... A ver, ¿cómo explicarlo sin parecer cursi o técnico? Es como si cada frase estuviera escrita con el pulso del corazón de sus personajes. Con ritmo de espiritual negro, con silencios, con quiebros, con esa densidad poética que no busca agradar ni explicar, sino ser. A ratos es lírica como Faulkner cuando se pone bíblico; a ratos, brutal como un golpe seco en la boca del estómago. Pero siempre hay una cadencia que te arrastra, incluso cuando no entiendes del todo lo que está pasando. No es confusión: es que Morrison escribe desde dentro del trauma, desde el pensamiento fracturado, desde la memoria que no se articula con lógica, sino con dolor. No busca contarte, busca que sientas. Y lo consigue. Porque el narrador —o mejor dicho, los narradores, porque hay múltiples perspectivas que se entrecruzan como ecos— no te da una historia ordenadita. Aquí no hay exposición tradicional. Hay voces. Hay retazos. Hay repeticiones que funcionan como obsesiones. Es como si cada personaje fuera un vaso roto, y lo que lees son los bordes afilados de lo que no se puede olvidar. En Beloved es fácil encontrar afinidades con Las olas, de Virginia Woolf, por ese uso casi musical de la polifonía, por esa forma de sumergirse en las corrientes internas de los personajes hasta que te ahogas con ellos. Aunque, claro, también está esa queja que algunos sueltan con la boca pequeña: que los personajes, antiguos esclavos, hablan “demasiado bien”, que no es realista, que si la verosimilitud, que si patatín. Como si el dolor necesitara acento. Pero Beloved no está escrita para sonar a época, sino para sonar a verdad. Y la verdad, en esta novela, no se mide por el rigor dialectal, sino por la intensidad emocional. Morrison no intenta replicar el habla del siglo XIX: construye una lengua ritual, simbólica, cargada de dignidad y devastación. Sus personajes no hablan como hablarían, sino como ‘deberían’ poder hablar en un mundo que les hubiera permitido contar su historia. No es una cuestión de credibilidad lingüística: es una elección estética y política. Porque aquí, el lirismo no es ornamento, es resistencia. Y si eso molesta, es que está funcionando. Pero si hay algo que le da cuerpo a esta lengua inventada, son los personajes. Sethe no es una protagonista, es un abismo. Una mujer que se enfrenta a lo indecible y que toma decisiones que aún hoy generan debate, incomodidad, juicios. Y ahí está la fuerza de Morrison: no le interesa si entiendes a Sethe; le interesa que no la olvides. Paul D, Denver, la propia Beloved… todos son figuras cargadas de ambigüedad, de heridas que no cierran. No hay redención fácil aquí. No hay buenos ni malos. Solo víctimas que intentan sobrevivir a un sistema diseñado para deshumanizarlos hasta que ni ellos mismos saben si lo que sienten es suyo o una herencia maldita. Por eso creo que Morrison escribió esta novela con una valentía casi obscena. Publicada en 1987, cuando aún muchos se empeñaban en hablar de la esclavitud como un "tema histórico", Beloved vino a decir: no, señores, esto no es historia. Esto es presente. Esto es cuerpo. Esto es lengua. Por eso no sorprende que ganara el Pulitzer, ni que haya sido comparada con obras como Cien años de soledad por su capacidad de convertir lo real en mágico sin perder ni una gota de verdad. Pero, a diferencia del realismo mágico de García Márquez, aquí lo fantástico no alivia: intensifica. Y ojo, que no hablo de cualquier realismo mágico, sino del que tiene morbo oscuro, el que te revuelve las tripas y no te deja en paz. El realismo mágico de Beloved no es ese susurro amable y poético que envuelve lo extraordinario como si fuera un cuento para dormirse. No. Aquí la magia duele, es una presencia hiriente, un grito que te atrapa sin redención ni caramelo. Es un realismo mágico con mala leche, que no quiere que te escapes, sino que te quedes a enfrentarte con lo que ni quieres ni puedes soltar. Por eso, para mí, la sombra que más pesa es la de Juan Rulfo y su Pedro Páramo . Allí los fantasmas no están para decorar el paisaje; son el paisaje, la memoria rota, el peso de lo que no se olvida y que no perdona. Lo sobrenatural no es un paréntesis bonito, sino un espejo de un horror tan real que te aplasta. La magia no te consuela, te atraviesa. Y Beloved juega en esa liga. Es ese tipo de magia que no pone filtro ni suaviza. Es brutal, incómoda, visceral. Y justo ahí radica su fuerza. La magia no está para entretenerte, está para arrancarte las máscaras y plantarte frente a la verdad. Y lo más inquietante de todo es que nadie en la novela parece extrañado de que Beloved aparezca así, como caída del cielo o del infierno. Nadie pregunta. Nadie grita. Y eso no es un descuido: es un espejo. Porque cuando tu vida entera ha sido una colección de horrores inenarrables, lo sobrenatural no asusta: apenas sorprende. Morrison no explica ni justifica a Beloved. No hace falta. La pesadilla es tan cotidiana que lo irreal ya no rompe nada. Por eso creo que recuerda más a Pedro Páramo que a Cien años de soledad: porque aquí lo mágico no decora, hiere. Y debajo de todo eso —de los espectros, del horror, del silencio— hay un tema que lo inunda todo: la memoria como carga y como resistencia. En Beloved, recordar no es un ejercicio de nostalgia, sino una forma de lucha. De volver a contar una historia que fue silenciada. De devolverle humanidad a quienes fueron tratados como mercancía. Hay algo profundamente político en esa elección. Porque Morrison no inventa fantasmas: los convoca. Y los hace hablar. Y, por supuesto, hay maternidad. Pero no la maternidad edulcorada de los anuncios de pañales, sino una maternidad desgarradora, feroz, que tiene que decidir entre el amor y el horror. Y sí, esto nos lleva inevitablemente a Medea, a las tragedias griegas, a esa zona oscura donde la maternidad y la desesperación se tocan. Pero también a La señora Dalloway, si uno piensa en cómo la experiencia femenina puede ser narrada desde el fragmento, desde el dolor que no encuentra palabras. Mira, no te voy a engañar: leer Beloved exige. No acaricia, no entretiene… no espera que te pongas cómodo. Pero hay libros que uno no aborda por placer, sino por responsabilidad. Porque te ponen frente a un espejo que nadie pidió pero todos necesitamos. Beloved es eso. Una herida que habla. Una voz que no puedes —ni debes— ignorar. Y cuando terminas, no hay descanso. Solo la certeza de que ahora sabes algo que no puedes olvidar. Te quedas ahí, frente a esa casa del 124, donde el pasado no está muerto, ni siquiera enterrado. Donde los muertos siguen hablando, y tú ya no puedes fingir que no los escuchas. ...more |
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Jan 06, 2026 03:01AM
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Beloved by Toni Morrison.
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¿Qué hace un chico de catorce años cuando la vida se empeña en cerrarle todas las puertas? Pues seguramente lo mismo que harías tú: maldecir, pelear, soñar con largarte de una vez. Pero antes hay que sobrevivir al invierno. Arturo Bandini no se resign ¿Qué hace un chico de catorce años cuando la vida se empeña en cerrarle todas las puertas? Pues seguramente lo mismo que harías tú: maldecir, pelear, soñar con largarte de una vez. Pero antes hay que sobrevivir al invierno. Arturo Bandini no se resigna. Se revuelve, se enfada. Se pelea con el mundo y sueña con ser alguien. Mientras tanto, camina por calles nevadas con el estómago vacío, tratando de esquivar el peso de la pobreza, la religión y un padre que desaparece cuando más lo necesita. En Espera a la Primavera, Bandini, la primera entrega (publicada) de la serie de Bandini, John Fante nos lanza a los suburbios de Boulder, Colorado, y nos presenta a Arturo Bandini, un chaval de catorce años, con un padre albañil que se pierde en las timbas de póker y el alcohol, una madre devota que reza más por la redención de su familia que por un futuro mejor, y un montón de sueños que parecen demasiado grandes para el barrio italiano de Boulder. Bandini vive en una casa helada, atrapado entre la devoción católica de su madre, las escapadas nocturnas de su padre y una obsesión creciente por el béisbol y las chicas. No se trata solo de un chaval al que se le caen los sueños como los copos de nieve. Se trata de una generación que trata de sobrevivir a una Gran Depresión que no deja ni un pedazo de pan para los más chicos. Bandini no está solo luchando por una mejor vida; está en una guerra constante contra un sistema que, básicamente, le ha dicho: '¿Quieres ser alguien? Buena suerte, campeón'. Y mientras la nieve cae, lo único que crece son las cuentas pendientes, y no hay milagro que valga. Bandini es pobre, es terco, es bocazas y egocéntrico, pero también es un chaval brillante y jodidamente vivo. Bandini no quiere sobrevivir, quiere ser alguien. Quiere que las chicas lo miren. Quiere escribir. Quiere patearle el culo a un mundo que se empeña en recordarle que no es más que un hijo de inmigrantes con los zapatos llenos de barro. Es invierno, y la nieve cubre las calles con la misma indiferencia con la que la vida parece cubrir sus sueños de grandeza. Pero, ¿cómo encaja un chico como Bandini en un mundo que no le deja espacio? La vida le grita que se conforme, pero Bandini, imparable, responde con más rabia, más sueños, más ganas de ser alguien. María, la madre de Bandini, tiene una devoción que no necesita santificar nada, solo rezar por algo de paz. Y Svevo, su padre, es el hombre perdido en la botella, mientras su hijo se pierde en sus sueños imposibles. Claro, es fácil culpar a los padres por ser un desastre, pero la verdad es que, en aquellos tiempos, ser un adulto no era nada fácil. Entre la crisis, el alcohol y el 'sueño americano' que nunca llegó, ellos también fueron víctimas del guion que les tocó interpretar. Pero aún así, lo hacen con su estilo único: destruyendo el futuro de su hijo, pero con gracia. Fante lo escribe con una intensidad brutal. No hay nostalgia edulcorada aquí. No hay moralejas. Lo que hay es nieve, calles heladas y un hambre que no es solo de pan, sino de reconocimiento, de amor, de futuro. Y eso es lo que hace que esta novela no sea solo una más sobre la adolescencia. Es ‘la novela’ sobre la adolescencia. Porque pocos escritores han sabido capturar la rabia adolescente con la claridad y la brutalidad con la que lo hace Fante. Bandini es un chaval brillante y lleno de contradicciones: arrogante y vulnerable, cruel y tierno, un soñador con los pies hundidos en la miseria. Y Fante lo retrata con una honestidad que golpea. No es el chico de la postal nostálgica del "coming of age". Es el hijo de un albañil alcohólico y una madre resignada. Es el niño que quiere ser especial pero que se siente insignificante cada vez que un profesor lo ridiculiza o que una chica lo ignora. Es un personaje que suda desesperación, y ahí es donde Fante nos agarra: porque todos hemos sido Bandini en algún momento. Y es que Fante juega sucio. Te mete en la cabeza de Bandini sin que te des cuenta. No usa la primera persona, pero da igual, porque la tercera persona que elige se le pega al protagonista como el barro en los zapatos. Y así, sin aviso, de repente no estás leyendo sobre Bandini: eres Bandini. Tienes frío, tienes hambre, tienes quince mil pensamientos dándote vueltas en la cabeza y ninguno te da de comer. Esto es el estilo indirecto libre en su mejor versión: una tercera persona que se siente como una primera, sin monólogos internos ni bobadas, solo con el ritmo, el tono y la desesperación cruda de un chaval que quiere ser alguien y que no entiende por qué el mundo no se lo pone más fácil. “El desayuno estaba listo. Oyó a su padre que pedía el café. ¿Por qué su padre vociferaba continuamente? ¿No sabía hablar en voz baja? Por culpa de aquellos gritos, todos los vecinos sabían lo que ocurría en la casa. Los Morey vivían al lado mismo: pues no se les oía ni estornudar, nunca nunca; gente silenciosa y tranquila los norteamericanos. Pero a su padre no le bastaba con ser italiano, tenía que ser un italiano escandaloso. Seamos claros: sin John Fante, no tendríamos a Bukowski. Ni a tantos otros escritores que hicieron del fracaso su bandera y de la desesperación su arte. Bukowski adoraba a Fante. Lo leyó, lo copió, lo gritó en cada entrevista. ¿Y cómo no? Si Fante escribe como si te estuviera agarrando por el cuello, con una prosa rápida, hiriente, que no deja espacio para la compasión ni para la autocomplacencia. Espera a la Primavera, Bandini es el mejor ejemplo de ese estilo: frases cortas que golpean como puños, diálogos tan afilados que cortan y descripciones que convierten un barrio pobre en un universo entero de frustración, deseo y derrota. Fante escribe con el pulso de alguien que ha vivido lo que cuenta. Su prosa es sucia y hermosa a la vez, como si cada frase estuviera escrita con los nudillos sangrando. Y lo que logra es algo que pocos escritores consiguen: que las palabras no solo describan, sino que duelan. Porque más allá del estilo, lo que lo convierte en una novela tan potente es su autenticidad. Este no es un libro sobre ‘el sueño americano’. ¿El 'sueño americano'? Claro, Bandini es un inmigrante italiano, así que ya ye puedes imaginar el recibimiento: 'Bienvenido, pero solo hasta que te conviertas en una molestia'. En el fondo, es como si el mundo le dijera: 'Mira, hijo, tus sueños no tienen cabida aquí, pero si te quedas, asegúrate de limpiar la nieve y cocinar pasta, porque eso es todo lo que tenemos para ti'. Fante no escribe sobre el glorioso 'sueño' de un país que acepta a todos por igual. No. Escribe sobre las huellas de nieve en las que se hunden los inmigrantes, mientras el país finge no verlas. Este es un libro sobre la decepción, sobre el hambre (literal y metafórica), sobre la necesidad de ser alguien en un mundo que no se molesta en mirarte. Y lo mejor de todo es que Fante no te da la respuesta. Solo te pone frente a la nieve, el hambre y la ira de Bandini y te deja sacar tus propias conclusiones. Y ojo, que esto no es solo una sucesión de desgracias con violines de fondo. Fante tiene un humor seco, casi cruel, que convierte la miseria en comedia involuntaria. Bandini puede estar muriéndose de hambre y aún así encontrar la manera de indignarse porque el mundo no lo reconoce como el genio que es. Y es en ese choque entre miseria y delirios de grandeza donde la novela se vuelve tan brutal como divertida. Fante hace algo endiabladamente difícil: te arranca una sonrisa justo cuando estás a punto de hundirte, y cuando empiezas a relajarte, te clava otra puñalada. Te cabrea, te conmueve, te divierte y te revienta el ánimo en cuestión de páginas. Y lo peor —o lo mejor— es que ni siquiera te das cuenta de cómo lo hace. ¿Y por qué deberías leerlo ahora? Pues porque sigue doliendo. Porque Bandini es un personaje tan real que hasta resulta incómodo. Porque no hay otro libro que capture mejor lo que se siente al ser joven, pobre y estar convencido de que el destino te debe algo. Y porque, al final, Espera a la Primavera, Bandini es una historia de aprendizaje, pero no de esas que terminan con un protagonista que ha entendido la vida y ha encontrado su lugar en el mundo. No. Aquí la nieve sigue cayendo. El hambre sigue mordiendo. Bandini sigue soñando, sigue peleando, sigue queriendo más de lo que el mundo parece dispuesto a darle. Y tú, al cerrar el libro después de la última página, te das cuenta de que se te ha pegado un poco de su rabia en las manos… y que la primavera aún queda lejos. Reseña de Espera a la Primavera, Bandini (Saga de Arturo Bandini I) Reseña de Pregúntale al polvo (Saga de Arturo Bandini II) Reseña de Camino de Los Ángeles (Saga de Arturo Bandini III) Reseña de Sueños de Bunker Hill (Saga de Arturo Bandini IV) ...more |
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Jan 06, 2026 01:09AM
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Espera a la primavera, Bandini by John Fante.
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¿Y si la belleza no fuera una bendición sino una trampa? ¿Y si el arte, en lugar de elevarnos, nos arrastrara al fango con una sonrisa en los labios y un muchacho polaco como cebo? No, no exagero. Thomas Mann tampoco. La muerte en Venecia no es solo ¿Y si la belleza no fuera una bendición sino una trampa? ¿Y si el arte, en lugar de elevarnos, nos arrastrara al fango con una sonrisa en los labios y un muchacho polaco como cebo? No, no exagero. Thomas Mann tampoco. La muerte en Venecia no es solo una novela corta sobre un escritor envejecido que se encapricha de un adolescente rubio en un hotel del Lido. Es una trampa disfrazada de elegancia. Un paseo por la estética decadente que termina con ese olor dulzón de lo que se pudre despacio. Y uno no se da cuenta de que ha caído hasta que ya está dentro del agua, vestido de blanco, contemplando la figura de un dios menor con los pies en la arena y la muerte en la nuca. La historia es sencilla y, como todo lo verdaderamente peligroso, parece inofensiva: Gustav von Aschenbach, escritor reconocido, hombre disciplinado, entregado a la forma y al deber, decide romper su rutina con un viaje a Venecia. Y allí, en esa ciudad que huele a descomposición con máscara de gloria pasada, se encuentra con Tadzio, un adolescente de belleza sobrenatural. Lo que sigue no es amor, ni deseo exactamente. Es otra cosa. Una especie de fiebre, de fascinación estética llevada hasta el delirio. La obsesión se cuece a fuego lento y huele a incienso. Mann no coloca etiquetas: el texto se mueve en la zona gris donde lo sublime y lo grotesco se dan la mano, como una niebla espesa que cubre con delicadeza lo podrido que se esconde bajo la superficie. Y todo eso —la fiebre, el incienso, la cadencia— está en la forma, no solo en el fondo. Porque la prosa también participa de esa enfermedad lenta y elegante. La prosa es de una precisión casi litúrgica. Cada frase está cincelada como si Mann estuviera escribiendo un réquiem en alemán y lo tradujera al arte. El ritmo es pausado —y bendito sea— porque lo exige el veneno. Aquí no vale pasar páginas a toda prisa. Este es uno de esos libros que te obligan a ir lento, a leer con el estómago y a notar cómo el estilo te atrapa antes que la historia. Hay un uso casi hipnótico del lenguaje, una cadencia que sugiere que todo lo que ocurre está fuera del tiempo y que, a la vez, no podía suceder en ningún otro momento. La tercera persona del narrador no es neutral: hay una especie de complicidad amarga entre el narrador y Aschenbach, como si uno supiera que el otro está perdido y aun así no hiciera nada por evitarlo. Esa pasividad narrativa, ese observar sin intervenir, le da al relato una frialdad casi científica… y por eso duele más. Y ese dolor, tan frío como lúcido, tiene un rostro concreto: el de Aschenbach. El protagonista, Gustav von Aschenbach, escritor famoso en la cincuentena, es uno de esos personajes que podrían haber escrito tratados sobre ética mientras su vida personal se iba al garete. La figura del artista disciplinado que, de pronto, se ve arrastrado por algo que no entiende —y que ni siquiera quiere entender— es una de las grandes construcciones psicológicas de la literatura europea del siglo XX. No es un villano, ni un mártir, ni un enfermo. Es un hombre que, tras una vida de contención, cae rendido ante lo que siempre había despreciado: la belleza por la belleza. Tadzio, por su parte, no es un personaje, sino una figura etérea. Su rol es simbólico: es el ideal platónico, el epifánico adolescente eterno que ni habla ni actúa, pero que funciona como un espejo deforme donde Aschenbach proyecta sus ruinas interiores. No es deseo en sentido biográfico, sino una forma de locura estética, como si contemplar la belleza pura —intocable, imposible, cruel— lo arrastrara a una especie de autoinmolación del yo racional. Y no, no es lo que estás pensando. Esto no es Lolita ni un escándalo edulcorado. No hay deseo carnal, ni impulso sexual narrado. Lo de Aschenbach no va por ahí. Lo suyo es peor, o al menos más trágico: no desea a Tadzio como a una persona real, con voz y carne, sino como a un ideal imposible. Lo mira como quien mira una estatua que no puede tocar, como un cuadro perfecto que te arranca el alma a base de forma. No hay amor, hay obsesión estética. Tadzio no es un adolescente: es una aparición. Y desear una aparición es como enamorarse de un dios: te condena a desaparecer tú. Y aquí es donde la cosa se pone interesante. Porque La muerte en Venecia no va, en realidad, de un deseo escandaloso o de una pasión prohibida. O al menos no solo. Va del colapso del ideal clásico. De cómo la belleza —esa a la que tanto se venera en las artes, en la filosofía, en la religión— puede convertirse en una fuerza destructiva. De la obsesión con la belleza llevada al extremo y cómo ese anhelo puede devorar al que la persigue. Así, Mann pone en escena a un hombre atrapado en su ideal, que acaba perdiendo la razón y la humanidad, porque a veces el arte no salva: nos envenena. Y, por eso, la novela es, en cierto sentido, una crítica brutal a la estética pura. A esa concepción del arte como algo superior a la vida, cuando en realidad puede llevarnos a la disolución. El Tadzio que Aschenbach ve no es el chico real. Es un tótem. Y los tótems, cuando se adoran con demasiada fe, acaban exigiendo sacrificios. Este conflicto entre el arte y la vida no es nuevo en Mann. Está en Tonio Kröger, en Doctor Fausto, incluso en Los Buddenbrook. Pero aquí alcanza una concentración casi venenosa. Hay ecos nietzscheanos (el Apolo que se derrumba ante el Dionisio), resonancias griegas (ese diálogo constante con la idea de lo bello como lo bueno, y lo feo como lo moralmente inferior), y un poso decadentista que haría sonreír a Huysmans desde el fondo de su claustro. Sí, ya veo que entornas los ojos y levantas ligeramente las cejas. Uf, rollo filosófico, piensas. Vale, paro el rollo filosófico un segundo. Sí, este libro es denso y serio, pero no hace falta ser un erudito para disfrutarlo. Es como esa peli que parece un ladrillo, pero que en el fondo te llega por lo básico: un escritor mayor, un chaval que brilla como un faro, y un viaje que acaba siendo un desastre en cámara lenta. O sea, que aunque quieras filosofar hasta la extenuación, también puedes simplemente dejarte llevar y flipar con la atmósfera. Ya solo con eso, el libro ya merece la pena. Y hablando de atmósferas, no puedo evitar pensar en la película de Visconti, que convierte esa novela tan contenida en un espectáculo visual y sonoro que te atrapa desde el primer plano y que te recomiendo muy vivamente si no la has visto. Porque la cámara se detiene en cada gesto, cada mirada de ese joven Tadzio que brilla con luz propia, mientras la música de Mahler —esa banda sonora que parece una elegía interminable— envuelve la decadencia con una belleza imposible de ignorar. Visconti, con toda su pomposidad, consigue que sientas la peste y la gracia en el mismo plano, como si estuvieras atrapado en esa Venecia donde el tiempo se deshace lentamente. Y cómo no mencionar a Dirk Bogarde, cuya interpretación de Aschenbach es un prodigio de contención y melancolía sutil. En cada gesto, Bogarde logra transmitir ese conflicto entre la razón y la obsesión, esa caída silenciosa hacia la perdición que Mann narra con tanta precisión. Su mirada es un poema silencioso que resuena con la música y con la luz mortecina de una Venecia que Visconti pinta con la elegancia de un lienzo en descomposición. Pero más allá de la pantalla, la Venecia de la novela no es un simple decorado: es un personaje más. Con su luz dorada, su humedad corrupta, su hedor y su esplendor fantasmal. Es la antesala perfecta para un hundimiento personal, como si Mann hubiera elegido el escenario más bello posible para narrar la putrefacción moral con la mayor elegancia estética. Pero esa mezcla de belleza formal y podredumbre moral no es exclusiva de Mann. De hecho, reverbera en otras obras donde el estilo deslumbra mientras lo ético se vuelve pantanoso. Y claro, en este punto es inevitable pensar en Nabokov. En Lolita , sí, pero también en La defensa o Pálido fuego, donde lo estilísticamente sublime cohabita con lo moralmente ambiguo. Mann, sin embargo, es más frío, más analítico. No hay ironía aquí, ni guiños al lector. Hay solemnidad. Y una tristeza inmensa, como si estuviera diciendo: “Mirad esto. Mirad lo que somos capaces de hacer cuando confundimos el arte con la salvación”. ¿Hay algo más bajo la superficie? Sí, claro. Toda la novela está escrita como si fuera un iceberg: lo que se ve es apenas un destello. Bajo esa historia mínima se agita un tratado sobre la decadencia europea, sobre el hundimiento de los valores clásicos, sobre la fragilidad del yo frente a lo absoluto. Hay una epidemia de peste en la ciudad, sí, pero también hay peste en el alma. La misma que hace que un hombre culto, noble y racional decida teñirse el pelo de negro y ponerse carmín en los labios para parecer más joven, como un ridículo Fausto sin Mefistófeles que le salve. El mensaje de Mann, si es que hay uno, no es ni moralista ni cínico. Es un susurro trágico: cuidado con aquello que idealizas, porque puede matarte. Y lo hará con la sonrisa más bella del mundo. Por todo esto, La muerte en Venecia no es un libro para leer con prisas ni para comentar con ligereza. Es un texto que hay que dejar reposar, como esos vinos traicioneros que al principio parecen suaves y luego te hacen olvidar tu nombre. Leerlo es aceptar una cierta incomodidad. Es entrar en una sala donde se venera a la belleza, pero donde las flores huelen a formol. Es, también, un recordatorio brutal de que el arte no siempre nos redime. A veces nos consume. A veces nos arrastra. Y a veces —las peores veces — lo hace con tanto estilo que, casi sin darnos cuenta, terminamos brindando con el veneno. ...more |
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Jan 05, 2026 02:29PM
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La muerte en Venecia by Thomas Mann.
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Hay poetas que hablan del amor como si fuera una enfermedad terminal, y otros que lo tratan como si fuera una campaña de marketing. Benedetti, en cambio, consigue lo más difícil: que el amor parezca algo humano. En El amor, las mujeres y la vida, no
Hay poetas que hablan del amor como si fuera una enfermedad terminal, y otros que lo tratan como si fuera una campaña de marketing. Benedetti, en cambio, consigue lo más difícil: que el amor parezca algo humano. En El amor, las mujeres y la vida, no intenta convencernos de nada; simplemente abre la puerta de su corazón —con las bisagras un poco oxidadas, eso sí— y nos deja mirar adentro. El título ya deja ver su juego: Benedetti parafrasea el ensayo de Schopenhauer El amor, las mujeres y la muerte, como si quisiera responderle desde el otro extremo del alma. Donde el filósofo veía desencanto y fatalismo, Benedetti propone ternura y resistencia. No niega el dolor, pero lo abraza. Y con ese simple cambio de palabra —de muerte a vida— coloca su poesía en el territorio de los que, pese a todo, siguen apostando por la esperanza. El libro no es un poemario en sí, sino una antología que recoge los amores y desamores de toda su obra, una especie de autobiografía sentimental en verso. Aquí está el Benedetti que amó, el que esperó, el que perdió y el que se rió de todo eso. Su voz tiene esa calidez cotidiana que no necesita metáforas imposibles para emocionarte; le basta una frase que podrías haber dicho tú, pero no se te ocurrió a tiempo. En estos poemas el amor no es una exaltación ni una tragedia, sino un territorio compartido entre la ternura y el miedo. En No te salves nos invita a no conformarnos, a vivir con todas las consecuencias. En Corazón coraza nos enseña que el amor también es una forma de defensa, y que a veces amar es simplemente bajar la guardia. Y Te quiero, ese poema que ha sobrevivido a bodas, a cursilerías y a paredes con pintadas, sigue siendo, pese a todo, uno de los más honestos que se hayan escrito sobre el amor cotidiano. Lo que conmueve de Benedetti no es su romanticismo, sino su vulnerabilidad. Escribe como quien ya ha sufrido lo suficiente como para tomarse el amor con humor, pero todavía no tanto como para rendirse. En sus versos hay una ternura que no teme mostrarse torpe, una melancolía sin drama y una esperanza que parece susurrada. Leerlo es como escuchar a alguien que te habla desde el otro lado de los años, pero que sigue creyendo en la posibilidad de un nosotros. Y hablando de vulnerabilidad, hay poemas en esta antología que parecen escritos desde una grieta, no desde una pose. En Hagamos un trato, por ejemplo, el amor se vuelve una especie de pacto entre dos supervivientes: “compañera, usted sabe que puede contar conmigo, no hasta dos o hasta diez, sino contar conmigo”. Esa confianza que nace del miedo, no de la certeza, es una de las formas más puras del amor para Benedetti. En Táctica y estrategia la vulnerabilidad se disfraza de juego, pero en el fondo lo que late es el deseo de no desaparecer del recuerdo del otro. En Los formales y el frío, en cambio, Benedetti deja que la ternura se abra paso entre las buenas maneras: dos desconocidos que, bajo el pretexto del frío, descubren que el amor también puede empezar con una taza de café y unos pies descalzos: “de manera que él se quedó en principio / a besar sin usura sus pies fríos, los de ella…”. Es uno de esos poemas donde la calidez humana desarma la rigidez de lo correcto, con esa sonrisa entre tímida y cómplice que solo Benedetti sabía dejar flotando en el aire. Si Dios fuera una mujer, en cambio, destapa con una mezcla de ironía y deseo esa tensión entre fe y carne que solo alguien profundamente humano puede permitirse. Y en Mucho más grave, probablemente mi favorito, el poeta lleva el amor a su territorio más íntimo: el de la memoria y la identidad. No es solo el amor presente, sino aquel que reescribe la infancia, la juventud, la madurez, hasta dejar al descubierto que amar —de verdad— es dejar que el otro nos reordene la vida. “Porque gracias a vos he descubierto / que el amor es una bahía linda y generosa...”. Y aunque la antología agrupe poemas de distintas épocas, hay algo coherente que los une: la mirada benedettiana sobre la vida, ese equilibrio entre la lucidez y la ternura, entre la risa y la herida. No hay impostura ni artificio; sus palabras no intentan impresionar, solo acompañar. Y a veces, cuando uno lee un verso como “mi táctica es quedarme en tu recuerdo”, entiende por qué Benedetti no necesita gritar para quedarse. El amor, las mujeres y la vida no es un manual sentimental, ni un refugio contra la soledad. Es más bien un recordatorio de que el amor, cuando se dice con verdad, no envejece. Y que, a pesar de los años, seguimos buscándolo con la misma torpeza, la misma fe y el mismo miedo de siempre. Benedetti lo sabía, y por eso sus poemas no pasan de moda: porque no hablan del amor ideal, sino del amor posible. Ese que, si alguna vez nos salva, lo hará sin prometer nada. Valorar un libro de poesía siempre es complicado. La novela permite juzgar una trama, un estilo o un personaje; la poesía, en cambio, se mide por su eco. No todos los versos tocan a todos por igual, ni todos los días nos hieren del mismo modo. Quizá por eso no hay puntuación justa para Benedetti: sus poemas no se leen, uno se queda a vivir en ellos como quien se demora en un recuerdo que todavía late. Hoy le doy cinco estrellas, pero mañana podrían ser tres o diez. Así funciona el amor, y así funciona la poesía. O viceversa. ...more |
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David Carrasco
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El otro día me encontré revisando unos cuadernos viejos de mi infancia y topé con una lista de “cosas que nunca haré”, escrita con la seriedad de un profeta de nueve años. Allí estaba, entre cambiar de equipo de fútbol, separarme de mi perro, ¿beber
El otro día me encontré revisando unos cuadernos viejos de mi infancia y topé con una lista de “cosas que nunca haré”, escrita con la seriedad de un profeta de nueve años. Allí estaba, entre cambiar de equipo de fútbol, separarme de mi perro, ¿beber whisky? y otros planes imposibles, la idea de enamorarme de alguien que nunca podría estar conmigo. Me reí solo, y al mismo tiempo me dolió un poco. Esa mezcla de ingenuidad y condena anticipada me recordó a Óscar Wao: un tipo que hereda más desgracias que fortuna, y aun así se lanza al amor con la fuerza de quien no conoce límites, aunque todo le grite lo contrario. La maravillosa vida breve de Óscar Wao no empieza con un héroe, ni con una historia de redención. Empieza con una herida que viene de lejos, de antes de que nacieras, de antes incluso de que tus padres fueran dueños de su historia y no simples víctimas. Una herida que se hereda como los muebles viejos o las recetas mal aprendidas. Si la vida fuera una partida de rol, a Óscar le tocaron todas las cartas perdedoras… menos una: la capacidad de amar sin reservas, incluso cuando nadie se lo ha enseñado. Óscar es un nerd gordito, dominicano-americano, virgen, fanático del anime, los dados de veinte caras y el amor romántico más kamikaze que te puedas imaginar. Un personaje que en manos de otro autor sería una caricatura entrañable, pero que Junot Díaz convierte en un espejo roto: por cada grieta, una verdad. La historia de este joven con alma de otaku y cuerpo de paria pronto se nos despliega como una saga familiar que atraviesa generaciones, dictaduras y continentes. Su historia —que no es solo suya, sino también la de su madre, su hermana, su abuela, su país y su fukú— es el corazón de una saga familiar donde el trauma es hereditario y la redención, opcional. Hay una madre que parece de acero pero es puro resentimiento endurecido. Una hermana que lucha por no repetir el patrón. Una abuela que arrastra secretos y supersticiones. Y, de fondo, el gran monstruo de la historia: Trujillo. El dictador dominicano no aparece como un mero dato histórico, sino como el gran arquitecto del horror. Como un dios enfermo cuyas decisiones siguen infectando la vida de los personajes, décadas después de su muerte. Porque sí, Trujillo no es solo contexto: es personaje. Es espectro. Es el verdadero protagonista si uno se deja arrastrar al nihilismo. Y lo que en otras manos sería un panfleto histórico, Díaz lo convierte en sangre literaria. Aquí no hay pasado sin fantasma ni presente sin deuda. Lo que surge es una novela que mezcla historia y mitología con una técnica narrativa que se salta las reglas con la misma soltura con la que Trujillo se saltaba los derechos humanos. Y, sin embargo, esta no es una novela solemne. Ni se regodea en la tragedia, ni pontifica desde el altar. Al contrario: es una mezcla explosiva de historia, cultura pop, mitología, humor negro y ternura. Junot Díaz hace malabares con el lenguaje: mezcla inglés, español, spanglish, jerga dominicana, referencias a Marvel, Tolkien, Dune, anime, The Matrix… y todo suena auténtico. Como si te lo contara un colega en el metro, pero ese colega hubiera leído a Faulkner, a García Márquez y a Fanon entre paradas. Es un fokin idioma literario que no pide permiso. Un lenguaje con calle y con biblioteca, con barrio y con Tolkien. No como artificio, sino como reflejo de una identidad fragmentada y preciosa. Como un grito que suena igual en Santo Domingo y en Nueva Jersey. Y por si el idioma no fuera suficiente, también revienta la estructura. Una estructura no lineal —aquí un capítulo de la hermana, allá un flashback a la abuela, luego el narrador que entra como Pedro por su casa— que no confunde: amplía. Esta polifonía de voces no solo matiza la historia, sino que le da un espesor emocional que te deja temblando. Y el narrador principal… ay, ¡el narrador! Yunior. Sí, ese Yunior que aparece también en otros libros de Díaz, como Así es como la pierdes. Yunior es uno de los grandes aciertos de la novela. Ese exnovio de la hermana, colega, espía emocional, híbrido entre cuentista callejero y profesor de literatura con mala hostia. Yunior es como si alguien hubiese metido a Bolaño y a un fan de Street Fighter en la misma persona. No narra: escupe. Opina. Se burla. Te guiña el ojo mientras te cuenta cómo la tragedia se repite en bucle. Y cuando llega ese momento incómodo, te suelta una nota al pie para clavártela con más precisión. Porque sí: las notas al pie de esta novela no están ahí para explicar, sino para desarmarte. Lejos de ser meros adornos, funcionan como un segundo nivel narrativo. Algunas aclaran referencias históricas —como la brutalidad de Trujillo, las dinámicas de la diáspora dominicana, la política del exilio—, mientras que otras sirven para lanzar pullas, ironías o reflexiones sobre el poder, el racismo o la masculinidad. Son cuchillos que parecen apuntes. Comentarios sarcásticos, referencias culturales, historia dominicana sin anestesia, teoría del trauma y humor negro del bueno. Hay algo de La broma infinita en esa forma de ampliar el relato hacia los márgenes, pero sin el tono frío de Wallace. Díaz no busca epatar: busca que lo sientas. Aquí las notas al pie son como pequeñas grietas en la narración principal, como si la novela misma dudara, ampliara, se contradijera, se desdoblara. Y eso la hace más humana. Más dolorosamente real. Y lo sientes. Porque aquí el humor es un mecanismo de defensa, la violencia un legado inevitable, y el amor un acto desesperado. Es una novela sobre la identidad, el cuerpo, la vergüenza, el deseo, la herencia y la imposibilidad de empezar de cero. El famoso fukú no es solo una superstición: es una forma de explicar lo inexplicable. Ese algo oscuro que arrasó el Caribe, que persigue a las familias como una sombra, que no se va aunque cambies de país, de idioma, de nombre. ¿Te suena? Sí, claro. García Márquez lo hizo con Cien años de soledad. Y Toni Morrison, con Beloved . Pero lo de Díaz es otra cosa: menos coro celestial, más puñetazo con voz de barrio. Como Márquez, retrata una saga maldita atravesada por el destino; pero donde el colombiano apuesta por el lirismo y el mito, Díaz se lanza de cabeza a la crudeza y la parodia. Y como Morrison, también da voz al pasado traumático y convierte la memoria en campo de batalla, pero lo hace con el lenguaje de la calle, del cómic, del videojuego. Como si dijera: la alta literatura también puede hablar como nosotros. Pero esto no es solo historia, política o exilio. En el fondo, es una novela sobre el deseo de ser visto, sobre el amor que llega demasiado tarde, sobre el cuerpo convertido en campo de batalla. Sobre madres que no saben amar porque nunca fueron amadas. Sobre hijos que heredan una maldición que ni siquiera saben pronunciar. Va del puto fukú. Ese monstruo familiar que salta de generación en generación y que a veces se disfraza de silencio. ¿Es Óscar Wao una novela política? Sin duda. ¿Una historia de amor? También. ¿Una carta de odio y amor al Caribe, a la familia, a los libros, a los perdedores? Sí, y con mayúsculas. Es una novela que exige al lector que preste atención, que tolere las contradicciones, que entienda que la belleza a veces aparece en medio del fango. Que la historia no siempre tiene moraleja. Que algunas heridas no se cierran. Y que, a pesar de todo, seguimos escribiendo. Porque al final, lo que Junot Díaz nos lanza con esta novela no es una historia cerrada, ni una tesis, ni un acto de nostalgia. Es un grito. Un aviso. Una risa amarga que se clava más hondo que cualquier lágrima. De esas novelas que no se olvidan porque no quieren que las olvides. De las que se te quedan dentro como una canción vieja que no entiendes del todo, pero que te suena a casa. ¿Recomendaría esta novela? Absolutamente. Pero ojo, no a todo el mundo. Solo a los que estén dispuestos a leer algo que les rasgue un poco por dentro. A los que quieran entender cómo una historia puede ser, al mismo tiempo, íntima y política, brutal y tierna, caótica y precisa. Óscar Wao no se lee como una historia más, sino como una advertencia: todo lo que callas, te acaba escribiendo. ...more |
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“Un libro es una madriguera para no ser visto y una isla desierta en la que encontrarse a salvo y también un vehículo de huida.”
― Antonio Muñoz Molina, El viento de la Luna
― Antonio Muñoz Molina, El viento de la Luna
“Ante ciertos libros, uno se pregunta: ¿quién los leerá? Y ante ciertas personas uno se pregunta: ¿qué leerán? Y al fin, libros y personas se encuentran.”
― André Gide
― André Gide
“El gran río resplandecía allí ante él, envuelto en la moribunda luz del día, suspendido para siempre en un sortilegio de silencio y corriendo eternamente, más extraño que una leyenda y tan oscuro como el tiempo.”
― Thomas Wolfe , Of Time and the River
― Thomas Wolfe , Of Time and the River
“La cantidad de fatalidad que depende del hombre se llama Miseria y puede ser abolida; la cantidad de fatalidad que depende de lo desconocido se llama Dolor y debe ser contemplada y explorada con temblor; mejoremos lo que se puede mejorar y aceptemos piadosamente el resto.”
― Rafael Chirbes, Crematorio
― Rafael Chirbes, Crematorio
“No tengo dinero, ni recursos ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo.”
― Henry Miller, Tropic Of Cancer
― Henry Miller, Tropic Of Cancer






















Feb 02, 2025 09:08AM · flag
Todas las obras mencionadas se encuentran en ...more
Feb 02, 2025 10:01AM · flag
Feb 02, 2025 10:16AM · flag