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David’s 2025 Year in Books
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David Carrasco
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David Carrasco
Hola, Hugo. Es la primera pregunta que me hacen en esta sección, y ¡no es una pregunta fácil de responder! Elegir sólo cinco libros es una tarea difíc…moreHola, Hugo. Es la primera pregunta que me hacen en esta sección, y ¡no es una pregunta fácil de responder! Elegir sólo cinco libros es una tarea difícil e injusta porque, ¿bajo qué criterio eliges y descartas? Así que, en lugar de elegir los cinco “mejores”, si te parece bien voy a elegir cinco libros que, por un motivo u otro, han dejado una huella especial en mí:
- Un clásico - Crimen y castigo, de Fyodor Dostoevsky: Un clásico por excelencia, con un peso filosófico y psicológico enorme. La lucha interna de Raskólnikov y su angustia existencial nunca dejan de impactar.
- Una novela contemporánea - Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño: Un referente de la literatura contemporánea en español. La mezcla de voces, la estructura fragmentada y los temas de la búsqueda de identidad y pertenencia lo hacen una obra fascinante.
- Un libro que me ha enseñado a leer como un escritor - El Gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald: La forma en que Fitzgerald utiliza el lenguaje, las imágenes y los símbolos en esta obra es una lección de escritura pura. Cada frase tiene una razón de ser, cada palabra parece estar en su lugar.
- Un libro que me ha hecho reír - La conjura de los necios, de John Kennedy Toole: Un buen toque de humor oscuro y satírico. Ignatius J. Reilly es uno de los personajes más memorables y extravagantes de la literatura, y su mundo tiene una crítica mordaz a la sociedad moderna.
- Un libro que me ha hecho llorar - La montaña mágica, de Thomas Mann: Una novela que te desarma con su meditación sobre la muerte, el tiempo y la existencia. Es un libro que no solo te hace llorar, sino que también te deja con una reflexión profunda.
Esta sería una posible lista. Pero no me gusta dejar fuera a Capote, Hemingway, Javier Marías, Richard Ford, Philip Roth, Carson McCullers y tantos otros que me han dado momentos de intenso placer lector.
Tengo la sensación de que dentro de unos años haré otra lista completamente distinta, con libros que hoy probablemente no he leído aún. La belleza de la lectura es que siempre hay algo nuevo por descubrir, y quién sabe qué libros ocuparán este lugar en el futuro. Ojalá que para entonces te esté recomendando con la misma pasión historias que hoy ni siquiera sé que existen.
Gracias por tu pregunta y un saludo, Hugo. (less)
- Un clásico - Crimen y castigo, de Fyodor Dostoevsky: Un clásico por excelencia, con un peso filosófico y psicológico enorme. La lucha interna de Raskólnikov y su angustia existencial nunca dejan de impactar.
- Una novela contemporánea - Los detectives salvajes, de Roberto Bolaño: Un referente de la literatura contemporánea en español. La mezcla de voces, la estructura fragmentada y los temas de la búsqueda de identidad y pertenencia lo hacen una obra fascinante.
- Un libro que me ha enseñado a leer como un escritor - El Gran Gatsby, de Francis Scott Fitzgerald: La forma en que Fitzgerald utiliza el lenguaje, las imágenes y los símbolos en esta obra es una lección de escritura pura. Cada frase tiene una razón de ser, cada palabra parece estar en su lugar.
- Un libro que me ha hecho reír - La conjura de los necios, de John Kennedy Toole: Un buen toque de humor oscuro y satírico. Ignatius J. Reilly es uno de los personajes más memorables y extravagantes de la literatura, y su mundo tiene una crítica mordaz a la sociedad moderna.
- Un libro que me ha hecho llorar - La montaña mágica, de Thomas Mann: Una novela que te desarma con su meditación sobre la muerte, el tiempo y la existencia. Es un libro que no solo te hace llorar, sino que también te deja con una reflexión profunda.
Esta sería una posible lista. Pero no me gusta dejar fuera a Capote, Hemingway, Javier Marías, Richard Ford, Philip Roth, Carson McCullers y tantos otros que me han dado momentos de intenso placer lector.
Tengo la sensación de que dentro de unos años haré otra lista completamente distinta, con libros que hoy probablemente no he leído aún. La belleza de la lectura es que siempre hay algo nuevo por descubrir, y quién sabe qué libros ocuparán este lugar en el futuro. Ojalá que para entonces te esté recomendando con la misma pasión historias que hoy ni siquiera sé que existen.
Gracias por tu pregunta y un saludo, Hugo. (less)
David Carrasco
Hola Ignacio,
Es una pregunta que me hago a menudo. Durante años fui de los que terminaban los libros “por principios”, casi como si abandonarlos fues…moreHola Ignacio,
Es una pregunta que me hago a menudo. Durante años fui de los que terminaban los libros “por principios”, casi como si abandonarlos fuese una derrota moral. Con el tiempo he ido afinando esa postura y, quizá, eligiendo mejor mis lecturas.
Hoy intento distinguir dos cosas. Si un libro no me gusta pero me está diciendo algo —aunque sea desde la incomodidad, el desacuerdo o incluso el enfado— suelo seguir adelante. A veces no disfrutamos un libro, pero nos obliga a posicionarnos, a discutirlo por dentro, y eso también cuenta como lectura valiosa.
Otra cosa es cuando no hay diálogo alguno: ni placer, ni fricción, ni curiosidad. Solo indiferencia. Ahí empiezo a preguntarme, como tú, si no estaría mejor leyendo algo que de verdad me convoque. El tiempo lector es limitado y cada vez soy más consciente de ello.
Así que sí, leo libros que no me agradan… pero no por obligación ciega. Más bien por respeto: al libro, al autor, a mí como lector y a la idea de que no todas las lecturas tienen que ser cómodas, pero —ojo— tampoco inútiles.
Abandonar un libro no siempre es rendirse; a veces es simplemente elegir mejor el siguiente.
Gracias por la pregunta, Ignacio. No sé si resuelve la duda, pero al menos es la manera en que yo he aprendido a convivir con ese dilema como lector.
Un abrazo.,
David.
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Es una pregunta que me hago a menudo. Durante años fui de los que terminaban los libros “por principios”, casi como si abandonarlos fues…moreHola Ignacio,
Es una pregunta que me hago a menudo. Durante años fui de los que terminaban los libros “por principios”, casi como si abandonarlos fuese una derrota moral. Con el tiempo he ido afinando esa postura y, quizá, eligiendo mejor mis lecturas.
Hoy intento distinguir dos cosas. Si un libro no me gusta pero me está diciendo algo —aunque sea desde la incomodidad, el desacuerdo o incluso el enfado— suelo seguir adelante. A veces no disfrutamos un libro, pero nos obliga a posicionarnos, a discutirlo por dentro, y eso también cuenta como lectura valiosa.
Otra cosa es cuando no hay diálogo alguno: ni placer, ni fricción, ni curiosidad. Solo indiferencia. Ahí empiezo a preguntarme, como tú, si no estaría mejor leyendo algo que de verdad me convoque. El tiempo lector es limitado y cada vez soy más consciente de ello.
Así que sí, leo libros que no me agradan… pero no por obligación ciega. Más bien por respeto: al libro, al autor, a mí como lector y a la idea de que no todas las lecturas tienen que ser cómodas, pero —ojo— tampoco inútiles.
Abandonar un libro no siempre es rendirse; a veces es simplemente elegir mejor el siguiente.
Gracias por la pregunta, Ignacio. No sé si resuelve la duda, pero al menos es la manera en que yo he aprendido a convivir con ese dilema como lector.
Un abrazo.,
David.
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Hasta entonces caminaré solo
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2022
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Te están mintiendo y tú, tan contento
Hay narradores que mienten. Sí, no me mires así: mienten. No por error, sino con toda la intención. Te seducen, te manipulan, te ocultan datos clave… y tú caes feliz en la trampa. En este artículo te hablaré del narrador no fiable: esa criatura literaria que convierte la lectura en una danza entre la duda y la fascinación.
El narrador no fiable es el cuñado de las novelas: te lo cuenta todo con una Read more of this blog post »
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Published on June 08, 2025 03:13
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David Carrasco
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Hay que desconfiar de los escritores enamorados. Tienen una ventaja considerable sobre la persona que aman: se quedan con el relato. Pueden seleccionar los recuerdos, interpretar los silencios y, si hace falta, dedicar tres páginas a una mirada que q
Hay que desconfiar de los escritores enamorados. Tienen una ventaja considerable sobre la persona que aman: se quedan con el relato. Pueden seleccionar los recuerdos, interpretar los silencios y, si hace falta, dedicar tres páginas a una mirada que quizá no significaba absolutamente nada. El narrador de Justine pertenece a esa peligrosa especie. Y Lawrence Durrell tiene la inteligencia de dejarnos escuchar su historia sin exigirnos que nos la creamos entera. Estamos en la Alejandría de los años treinta, una ciudad donde conviven lenguas, religiones, fortunas descomunales y miserias bastante menos pintorescas de lo que parecen desde la terraza de un buen hotel. Su narrador es un escritor sin dinero —Durrell ni siquiera nos dirá cómo se llama— que mantiene una relación con Melissa, una bailarina griega, y acaba enamorándose de Justine, una mujer judía casada con Nessim, un rico banquero copto. Años después, retirado en una isla griega, intenta reconstruir aquella historia. El problema es que dispone de recuerdos fragmentarios, testimonios ajenos y una memoria que ha tenido tiempo de embellecer sus propios errores. Con esos materiales pretende averiguar qué ocurrió. No parece el procedimiento más fiable del mundo, pero de ahí sale una novela extraordinaria. Justine es el centro de su fascinación, aunque sería más exacto decir que el narrador ha colocado allí a una mujer a la que nunca termina de comprender. La encuentra inteligente, seductora, contradictoria, capaz de despertar una pasión que parece sobrevivir a cualquier explicación razonable. Y cuanto más intenta describirla, más sospechamos que está describiendo su propia necesidad de convertirla en un misterio. Incluso recurre a Moeurs, el libro que escribió sobre ella su anterior marido, Arnauti. Es decir, tenemos a un hombre tratando de comprender a una mujer mediante lo que otro hombre escribió sobre ella. A estas alturas, quizá alguien debería preguntarle a Justine qué opina de todo esto. Esa es una de las grandes virtudes de Durrell: consigue que la subjetividad del narrador forme parte del problema que la novela plantea. Recuerda, interpreta, rectifica, vuelve sobre una conversación y descubre nuevos significados en gestos que entonces apenas había advertido. El relato avanza y retrocede, se interrumpe y recoge voces ajenas, como si la memoria tuviera sus propios caprichos. Al principio cuesta encontrar dónde colocar cada pieza. Después uno empieza a disfrutar de esa forma de contar, porque comprende que el desorden también pertenece a quien está contando la historia. Y que una explicación convincente puede seguir siendo profundamente equivocada. Pero hay alguien que me interesa especialmente en medio de tanta pasión sofisticada: Melissa. Mientras Justine concentra las especulaciones de quien nos cuenta la historia, Melissa tiene que enfrentarse a dificultades bastante concretas. Su pobreza, su vulnerabilidad y su afecto por un hombre que parece mirar constantemente hacia otra parte introducen una tristeza de otra naturaleza. Él la observa con ternura, desde luego, pero también con esa pasividad tan propia de quienes lamentan el sufrimiento ajeno sin advertir cuánto contribuyen a él. Hay momentos en que su manera de querer a Melissa dice más sobre él que todas sus reflexiones acerca de Justine. Y Nessim, el marido, con su riqueza, su reserva y su presencia difícil de descifrar, añade otra forma de soledad a este curioso reparto de enamorados. Luego está la prosa. Madre mía, la prosa de Durrell. Hay escritores que necesitan varias páginas para levantar una atmósfera; este hombre parece capaz de hacerlo con el olor de una calle, una luz determinada sobre el mar o el ruido que llega desde una habitación contigua. Alejandría adquiere una presencia física extraordinaria. Se siente el calor, la humedad, la mezcla de perfumes y suciedad, la proximidad entre el lujo y la miseria. Sus frases pueden ser tan sensuales que uno acaba leyendo más despacio por puro placer. Ahora bien, tampoco nos engañemos: a veces Durrell se entusiasma consigo mismo. Alguna imagen habría ganado mucho si se hubiera quedado en casa y algún párrafo parece empeñado en demostrar que todavía le caben tres adjetivos más. Se lo perdono con bastante facilidad, aunque no pienso fingir que no ocurre. Hasta me pregunto si Durrell no estará divirtiéndose un poco con la solemnidad de su narrador. Lo peor es que, mientras me lo pregunto, me descubro creyendo al narrador más de lo que debería. También conviene mirar con cierta distancia esa Alejandría fascinante que nos ofrece. Es una ciudad cosmopolita y atravesada por tensiones religiosas, sociales y políticas, pero la conocemos principalmente a través de un círculo de personajes que puede permitirse convertir sus complicaciones sentimentales en una ocupación casi permanente. La mirada europea de Durrell tiene una evidente inclinación por el exotismo, y a veces la ciudad parece existir para proporcionar el escenario perfecto a las obsesiones de sus protagonistas. Es una limitación que merece señalarse. Aunque también sería injusto olvidar que, entre tanto esplendor, Durrell sabe mostrarnos una ciudad cruel, desigual, donde el dinero y la pertenencia a una comunidad determinan muchas más cosas que los caprichos del corazón. Quizá al narrador le venga muy bien atribuir tanta influencia a Alejandría: siempre resulta más fácil buscar explicaciones en una ciudad que examinar las propias decisiones. Lo extraordinario es cómo Durrell consigue que todo esto funcione junto: las relaciones amorosas, los recuerdos que se contradicen, las pequeñas crueldades cotidianas, la ciudad y una escritura que en ocasiones parece avanzar por una lógica exclusivamente musical. Justine exige atención y cierta disposición a dejarse llevar. Quien necesite una cronología impecable, personajes que expliquen claramente sus intenciones y una trama que avance sin desviarse puede acabar desesperado. Aquí podemos pasar de una observación sobre el deseo a una calle de Alejandría, de allí a una conversación recordada y, cuando queremos darnos cuenta, casi hemos perdido de vista la intriga. Pero Durrell no: la ha mantenido avanzando mientras nosotros nos distraíamos con sus frases. Y todavía queda un detalle fundamental: Justine es la primera parte de El cuarteto de Alejandría, un proyecto en el que Durrell se propuso contemplar unos mismos acontecimientos desde perspectivas diferentes antes de hacer avanzar la historia en el tiempo. Eso explica parte de su audacia y también algunas de sus dificultades. Conviene leerla por lo que ya contiene, sin exigirle que adelante las respuestas de las novelas siguientes. Tiene suficiente riqueza para sostenerse por sí misma y suficiente incertidumbre para hacernos querer continuar. Me parece una novela magnífica, excesiva, hipnótica y, en algunos momentos, tan enamorada de su propia belleza como el narrador lo está de Justine. Quizá por eso funcionan tan bien juntos. Y, sin embargo, después de tanto misterio, tanto perfume, tantas palabras dedicadas a una mujer que parece escaparse de todas las definiciones, me queda una pequeña sospecha: puede que él haya pasado demasiado tiempo intentando comprender a Justine y demasiado poco prestando atención a Melissa. A mí, desde luego, me habría gustado escucharla un poco más. DC ...more |
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David Carrasco
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Hay que estar bastante desesperado para que, después de triunfar como escritor, a uno le parezca buena idea volver a la universidad y hacerse médico. Nathan Zuckerman ha llegado a ese punto. Y eso que lleva dieciocho meses sin conseguir entenderse co
Hay que estar bastante desesperado para que, después de triunfar como escritor, a uno le parezca buena idea volver a la universidad y hacerse médico. Nathan Zuckerman ha llegado a ese punto. Y eso que lleva dieciocho meses sin conseguir entenderse con su propio cuerpo. Quizá debería empezar por ahí antes de ponerse a atender pacientes. El protagonista de Lección de anatomía tiene un dolor persistente en el cuello y los hombros que le impide trabajar y convierte cualquier postura en una negociación perdida de antemano. Ha probado tratamientos, especialistas y remedios de eficacia dudosa. También se ayuda con analgésicos, vodka y marihuana, una combinación que difícilmente figurará entre las recomendaciones de su futuro colegio profesional. Mientras tanto, la escritura, que hasta hace poco organizaba su existencia, ha quedado fuera de su alcance. Y Zuckerman, que nunca ha sido precisamente un hombre de vida sencilla, dispone ahora de demasiado tiempo para pensar. Estamos en la tercera entrega de las peripecias de este escritor que tanto se parece a Philip Roth y que tantas ocasiones le ofrece para burlarse de sí mismo. Zuckerman alcanzó la celebridad con Carnovsky, una novela sexualmente desinhibida que sus lectores recibieron con entusiasmo y parte de su entorno familiar con bastante menos alegría. La fama le ha dado dinero, reconocimiento y una reputación de provocador. También ha contribuido a convertir su vida en una sucesión de reproches. Su familia se sintió traicionada y su hermano Henry se distanció de él. La muerte de sus padres ha dejado asuntos que ya no podrá resolver con una conversación. Su padre murió después de pronunciar una palabra que Nathan creyó entender como «bastardo». Ni siquiera pudo estar seguro de haberla oído bien. Zuckerman sabe que ha hecho daño, aunque tampoco está dispuesto a aceptar que escribir una novela equivalga a confesar sus pecados ante un tribunal. Y ahí está una de las mejores cosas de Roth: consigue que entendamos a Zuckerman sin exigirnos que le demos la razón. Porque nuestro hombre tiene motivos para sentirse injustamente tratado, pero posee también un talento considerable para convertir cualquier desgracia en un agravio personal. Hasta cuando se compadece de sí mismo resulta difícil saber cuánto hay de sufrimiento y cuánto de representación. Es inteligente, divertido, susceptible, a ratos insoportable. Una compañía estupenda para una novela; para compartir piso con él habría que pensárselo. El dolor físico introduce, además, una humillación nueva. Zuckerman ha vivido de observar a los demás, de transformar sus experiencias y sus relaciones en literatura, y ahora apenas puede gobernar los movimientos de su cabeza. Su cuerpo se ha convertido en una presencia que reclama atención a todas horas. Roth deja que médicos, conocidos y el propio Zuckerman busquen explicaciones, también psicológicas, pero el dolor sigue ahí, obstinadamente real. Resultaría demasiado fácil atribuírselo a la culpa y dar el caso por resuelto. Lo verdaderamente desesperante es que nadie parece saber qué le ocurre. A su alrededor circulan varias mujeres con las que mantiene relaciones de distinta naturaleza, aunque el sexo ocupa en casi todas un lugar destacado. Zuckerman conserva el deseo incluso cuando ha perdido buena parte de su capacidad para disfrutar de cualquier otra cosa. Hay escenas disparatadas, conversaciones impúdicas y una comicidad que nace de verlo empeñado en seguir siendo un hombre sexualmente activo mientras su organismo se dedica a sabotearle los planes. Algunas de esas mujeres tienen una vida que merecería más atención, pero Zuckerman está demasiado ocupado con sus propias desgracias para prestársela. Roth conoce bien esa mezcla de apetito, vanidad y ridículo. Y no concede a su protagonista el privilegio de resultar siempre admirable. Pero sería una lástima quedarse únicamente con las peripecias sexuales, porque la novela tiene otra pelea en marcha. Zuckerman está harto de que su identidad judía y sus libros sean sometidos a un examen público de lealtad. Hay quienes parecen convencidos de que un escritor judío debe ofrecer una determinada imagen de los judíos, preferiblemente una que nadie pueda utilizar en su contra. Para Zuckerman, semejante exigencia equivale a pedirle que renuncie a buena parte de lo que hace posible la literatura. La cuestión se vuelve especialmente venenosa cuando los reproches proceden de personas cuya opinión le importa. Es fácil defender la libertad de escribir cualquier cosa; bastante menos agradable es descubrir lo que puede costarte ejercerla. En medio de ese agotamiento aparece la idea de estudiar Medicina. Zuckerman fantasea con una profesión en la que el trabajo tenga consecuencias visibles, en la que alguien llegue con un problema y exista al menos la posibilidad de hacer algo útil. Un médico puede equivocarse, desde luego, pero nadie le reprochará que haya utilizado a su madre como material literario. Incluso se imagina ejerciendo de tocólogo. «Nadie se pelea con un tocólogo», razona, como si hubiera descubierto por fin una profesión a salvo de las disputas literarias. La ocurrencia tiene mucho de huida y algo de aspiración sincera. Después de tantos años escribiendo sobre la vida, empieza a sospechar que ha pasado buena parte de la suya encerrado en una habitación para poder hacerlo. Y se pregunta cómo sería vivir una experiencia sin pensar inmediatamente qué podría escribir sobre ella. El proyecto lo conduce hacia Chicago y da pie a algunas de las páginas más divertidas de la novela. En sus encuentros con desconocidos, Zuckerman juega a presentarse bajo identidades absurdas, como si pudiera desprenderse de sí mismo con solo inventarse otra biografía. El resultado es una sucesión de provocaciones, malentendidos y discursos cada vez más desatados. Uno acaba sospechando que el escritor que asegura querer abandonar la ficción es incapaz de resistirse a fabricar una en cuanto encuentra público. Y Roth aprovecha para que su criatura se disfrace precisamente de algunas de las figuras que más detesta. Llega a hacerse pasar por Milton Appel, uno de sus detractores más feroces, y lo transforma en un personaje grotesco vinculado al negocio pornográfico. Todo esto está contado con una energía que a veces parece alimentarse de la propia exasperación del protagonista. Roth encadena asociaciones, diálogos punzantes, fantasías y salidas de tono con una facilidad envidiable. También hay momentos en que esa insistencia acaba pesando. Zuckerman puede darle tantas vueltas a una misma herida que el lector termina deseando que cambie de asunto, aunque solo sea para descansar un poco. Sospecho que parte del efecto es deliberado: convivir con él significa soportar también sus obsesiones. Pero comprender la intención no obliga a disfrutar de cada minuto. Lo que más me interesa de Lección de anatomía es esa contradicción que Roth deja crecer a lo largo del libro. Zuckerman quiere escapar de la literatura porque le ha complicado la existencia, porque lo ha enfrentado a los suyos y porque ahora, cuando más necesitaría refugiarse en ella, ni siquiera puede escribir. Sin embargo, cada vez que intenta imaginar otra vida, vuelve a hacer lo que mejor sabe: inventar personajes, exagerar situaciones, poner voces a los demás y convertir su propia desgracia en una historia. Quizá lo de hacerse médico no sea tan descabellado. Al fin y al cabo, Zuckerman lleva años examinando las miserias humanas. El problema es que, si algún día consigue ponerse la bata blanca, me temo que sus pacientes saldrán de la consulta preguntándose si acaban de recibir un diagnóstico o de convertirse en personajes de su próxima novela. DC ...more |
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The Anatomy Lesson by Philip Roth.
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Qué fue de los Mulvaney by Joyce Carol Oates.
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"Es muy breve, dos poemarios y poemas sueltos de diversos momentos de su vida. Los dos primeros a Celia Viñas, Canción de la maestra y Elegía a su muerte, me han cautivado. Los que más me han gustado son del primer bloque, antes de su prosa más políti"
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Artemio Cruz se está muriendo y a su alrededor ya empieza a adivinarse el reparto de la herencia. Tierras, negocios, un periódico, una fortuna considerable. Lo que nadie parece demasiado interesado en heredar es la historia de cómo consiguió todo eso
Artemio Cruz se está muriendo y a su alrededor ya empieza a adivinarse el reparto de la herencia. Tierras, negocios, un periódico, una fortuna considerable. Lo que nadie parece demasiado interesado en heredar es la historia de cómo consiguió todo eso. Carlos Fuentes nos sitúa en 1959, junto al lecho de un hombre poderoso cuyo cuerpo ha empezado a rebelarse contra él. Artemio está acostumbrado a imponer su voluntad, a comprar, negociar, amenazar y salir adelante cuando las circunstancias se ponen feas. Pero esta vez tiene delante a un adversario con el que resulta bastante difícil hacer negocios. De pronto, lo que durante décadas había ocurrido sin reclamarle un segundo de atención —el corazón que late, la sangre que circula, los intestinos que trabajan— se convierte en su preocupación más urgente. Mientras los médicos intentan mantenerlo con vida, su conciencia recorre un pasado de casi setenta años, desde los campos de batalla de la Revolución mexicana hasta los despachos donde se reparten los beneficios de aquella misma Revolución. Y lo hace sin respetar ningún orden cronológico, como si los recuerdos se negaran a desfilar obedientemente ante su dueño. Fuentes organiza la novela alrededor de tres voces. El «yo» nos encierra en la conciencia del moribundo, entre el dolor, el miedo y los recuerdos que irrumpen sin avisar. El «él» reconstruye distintos episodios de su pasado con una mirada que alcanza incluso aquello que Artemio desconoce. Y el «tú», quizá la voz más fascinante, lo enfrenta a las decisiones tomadas, a los caminos abandonados y a las vidas que pudo haber vivido. Las tres se alternan, se interrumpen y terminan formando una composición de enorme ambición. Yo mismo he tenido que detenerme y retroceder en más de una ocasión para situarme, pero también he descubierto cómo una frase leída muchas páginas antes adquiere de pronto un significado que no había sospechado. Artemio Cruz es una criatura formidable. Ambicioso, inteligente, orgulloso, capaz de jugarse la vida y también de ponerse a salvo a costa de otros. Algunas de sus hazañas parecen heroicas cuando las cuentan los demás; él sabe que la historia fue bastante menos limpia. La supervivencia acaba convirtiéndose para Artemio en una justificación de casi todo. Pero el hombre que maneja con soltura a políticos y empresarios se atasca cuando toca hablar de sentimientos. Su matrimonio con Catalina, por ejemplo, se convierte en una larga acumulación de silencios, reproches y palabras que siempre llegan demasiado tarde. «Estábamos tan acostumbrados. A que si yo ofrecía amor, ella devolviese reproche; a que si ella ofrecía amor, yo devolviese orgullo». Regina, Laura y Lilia tampoco están ahí para completar la biografía sentimental de Artemio. Cada una tiene deseos, límites y heridas propios, aunque él tienda a recordarlas desde lo que necesitó de ellas. Algunas evocaciones están llenas de ternura; otras dejan entrever un afán de posesión y una violencia que no desaparece por el hecho de haber amado. Y sus recuerdos amorosos no siempre son fiables: lo que Artemio necesita recordar no coincide necesariamente con lo que ocurrió. Me ha interesado especialmente esa distancia entre la imagen que alguien construye de sí mismo y lo que sus actos permiten ver a los demás. Artemio ha sobrevivido a guerras, traiciones y cambios de régimen, pero su memoria está poblada por quienes no tuvieron la misma suerte. Algunos nombres regresan una y otra vez, como si ni toda su fortuna pudiera mantenerlos definitivamente enterrados. Ahí aparece una pregunta que atraviesa la novela: ¿cuánto de nuestra vida depende de las decisiones que tomamos y cuánto de las circunstancias que nos empujan a tomarlas? Y hasta las vidas que nunca llegó a vivir lo acompañan, como si cada camino escogido hubiera dejado otro exigiéndole cuentas. Artemio tiene una habilidad notable para encontrar razones que expliquen sus actos; otra cosa es que todas nos sirvan de excusa. Y detrás de Artemio está México. Un país inmenso, de paisajes y culturas muy diferentes, cuya historia atraviesa las páginas de la novela con la misma fuerza que los recuerdos personales. La Revolución, los grandes propietarios, los campesinos, los caudillos, los intereses estadounidenses, la prensa y los negocios políticos forman parte de la trayectoria de Cruz. Lo vemos pasar de la lucha armada a un mundo en el que los antiguos ideales sirven con demasiada frecuencia para justificar nuevos privilegios. Fuentes observa con especial dureza esa transformación: hombres que combatieron contra determinados abusos terminan reproduciéndolos cuando alcanzan el poder. Hubo un momento en que la Revolución reunió a hombres que antes apenas podían reconocerse entre sí; después, algunos de sus vencedores acabaron temiendo que aquella fraternidad volviera a manifestarse. La sátira completa el retrato: basta escuchar a ciertos empresarios y políticos hablar de negocios y de sus amistades para que la caricatura se escriba sola. Luego está la prosa. ¡Qué manera de escribir! Los cambios de ritmo, las repeticiones, las enumeraciones, las imágenes sensoriales, los diálogos entrecruzados, las frases que avanzan como una corriente de agua y de pronto se interrumpen con una palabra. Hay páginas de una musicalidad conmovedora y escenas en las que distintas conversaciones, tiempos y recuerdos parecen desarrollarse simultáneamente. Algunas frases regresan como en una fuga: suenan casi igual, pero cada vez sabemos algo más de lo que llevan dentro. Se advierte el parentesco con Faulkner en el uso del flujo de conciencia, especialmente en el «yo», pero Fuentes posee una exuberancia verbal muy suya, capaz de pasar de la crudeza casi escatológica de un cuerpo agonizante a una descripción monumental del paisaje mexicano y de su cielo estrellado. También me he acordado de Pedro Páramo, aunque Rulfo y Fuentes parecen trabajar en direcciones opuestas: uno concentra y deja silencios; el otro multiplica las voces, los objetos y los recuerdos. A veces esa exuberancia puede resultar excesiva; otras, la lectura exige una atención casi agotadora. Sin embargo, ninguna de esas dificultades ha disminuido mi admiración por el conjunto. Y todavía me esperaba una última sorpresa: descubrir hasta qué punto el desenlace modifica nuestra manera de comprender lo leído. Al terminar, episodios que parecían distantes se relacionan y determinados recuerdos adquieren otro peso. La estructura revela una coherencia que quizá no se percibe del todo mientras avanzamos. Me he quedado con la sensación de haber asistido a una demostración extraordinaria de lo que puede conseguirse cuando la forma de contar una historia está tan profundamente ligada a lo que esa historia quiere decir. Cinco estrellas para una novela que convierte la vida de un hombre en una reflexión sobre todo un país. Fuentes dibuja a Artemio Cruz con todas sus contradicciones y consigue que lo comprendamos sin obligarnos a perdonarlo. Un hombre empeñado en que su nombre sobreviva a todos, mientras a su alrededor se acumulan los nombres de quienes fueron quedándose por el camino. DC ...more |
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La muerte de Artemio Cruz by Carlos Fuentes.
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A veces una persona entra en un pueblo como entra una tormenta en una tarde de verano: primero parece una rareza del cielo, luego todos salen a mirar, y cuando quieren darse cuenta ya hay tejas en el suelo, secretos removidos y vecinos hablando en vo
A veces una persona entra en un pueblo como entra una tormenta en una tarde de verano: primero parece una rareza del cielo, luego todos salen a mirar, y cuando quieren darse cuenta ya hay tejas en el suelo, secretos removidos y vecinos hablando en voz baja durante los siguientes veinticinco años. Eso es un poco Mai Lavinia en Miss Marte: una aparición. Una chica joven, extraña, de esas que obligan a mirar dos veces, que llega en 1993 a un pueblo de la costa gallega con una niña pequeña y ese aire de venir de otra parte incluso cuando está sentada delante de ti. De ahí el título, claro. Miss Marte. Porque hay gente que, más que llegar a los sitios, aterriza. Y cuando alguien aterriza así, con ese magnetismo casi irresponsable, los demás no saben si acogerla, enamorarse, desconfiar de ella o convertirla en leyenda. Lo normal, en un pueblo y casi en cualquier sitio, es que hagan un poco de todo. La novela arranca con materiales de misterio, pero Jabois no la empuja hacia el simple juego de pistas. Mai conoce a Santi, entra en una pandilla, se casa, y la noche de la boda su hija Yulia desaparece. A partir de ahí, el libro se queda rondando ese agujero: lo que ocurrió, lo que cada uno cree recordar, lo que el pueblo ha ido colocando encima para poder seguir con su vida sin tocar demasiado el asunto. Veinticinco años después, Berta Soneira, periodista reconvertida en documentalista, llega al pueblo para reconstruir el caso. Allí contará con la ayuda de nuestro narrador, alguien que conoce el terreno: un periodista local y amigo íntimo de Mai Lavinia, una especie de intermediario entre la cámara y el pueblo, el que abre puertas, mide los silencios y sabe dónde conviene no pisar demasiado fuerte. Ese dispositivo le sienta bien a la novela, porque Miss Marte está construida con voces, recuerdos, versiones y restos. La verdad va saliendo a trompicones, en una ronda de gente hablando años después de un verano que se les quedó incrustado en la vida. Berta pregunta, el narrador acompaña, los testigos recuerdan a su manera, y poco a poco el caso de Yulia se mezcla con algo más resbaladizo: lo que cada uno ha retocado con los años, lo que el pueblo ha ido repitiendo para no hacerse demasiadas preguntas, lo que acaba pareciendo verdad aunque quizá solo sea una coartada bien peinada. Jabois sabe que un misterio se juega también en los alrededores: en las voces que se contradicen, en la sospecha que queda flotando, en esa electricidad rara que aparece cuando todos parecen saber algo y ninguno sabe del todo quién era realmente Mai. La desaparición de Yulia ocupa el centro oscuro de la novela, por supuesto, pero alrededor se mueve algo casi igual de perturbador: la manera en que un pueblo cuenta lo ocurrido para poder seguir adelante, aunque al contarlo altere, adorne, borre o se mienta un poco. Hay algo muy reconocible en esa manera de mirar hacia atrás: la adolescencia convertida en territorio mítico, pero sin postal bonita. Esa edad en la que uno cree que todo lo que ocurre es absoluto, que los amigos serán eternos, que los amores recién nacidos ya vienen con banda sonora y destino, que una noche puede partir la vida en dos. Y a veces puede, mira tú qué gracia. Jabois captura bastante bien ese momento en que una pandilla es una patria provisional, una familia improvisada, un refugio contra la vulgaridad adulta. Luego la vida hace su trabajo de demolición, cada uno sale disparado hacia donde puede, y lo que queda es una mezcla de cariño, vergüenza, nostalgia y algún cadáver emocional escondido debajo de la alfombra. Mai es el gran centro gravitatorio de la novela, incluso cuando no está. Sobre ella se proyectan deseos, fascinaciones, prejuicios, fantasías y miedos. Los demás la cuentan, la interpretan, la recuerdan, la deforman. Unos la miran como milagro, otros como amenaza, otros como una irresponsable con encanto, otros como una criatura demasiado libre para un lugar que necesitaba encajarla en alguna casilla. Y ahí la novela toca una tecla interesante: la facilidad con la que una comunidad convierte a alguien en relato para no tener que mirarlo de cerca. También me interesa mucho lo que la novela dice, quizá sin subrayarlo demasiado, sobre la mirada masculina hacia las mujeres. Mai es observada, deseada, juzgada, mitificada. A veces parece menos una mujer concreta que una pantalla donde los hombres proyectan su fascinación, su deseo de salvarla, poseerla o explicarla. Y lo que la novela deja al descubierto tiene algo revelador y poco edificante: la fabricación de un enigma femenino desde fuera, a base de recuerdos masculinos, versiones incompletas y huecos que cada uno rellena a su conveniencia. La prosa de Jabois tiene ese punto suyo de frase afilada, de humor seco, de melancolía con las manos en los bolsillos. Cuando acierta, acierta mucho. Tiene oído para la réplica, para el detalle que ilumina una escena, para esa clase de sentencia que parece dicha de pasada y se queda dando vueltas. A veces, eso sí, se nota demasiado el brillo de la frase. Hay momentos en los que la novela parece enamorada de su propia puntería, como si no pudiera resistirse a colocar una línea ingeniosa incluso cuando la escena pedía respirar un poco más. Pero tampoco conviene ponerse estupendos: Jabois escribe con nervio, con ritmo y con una capacidad notable para mezclar ligereza e inquietud sin que el conjunto se venga abajo. Lo mejor de Miss Marte, para mí, está en esa mezcla de tragedia íntima y rumor colectivo. La memoria funciona aquí como una conversación contaminada por el tiempo: cada testigo trae su versión, su culpa, su vanidad y su forma particular de haber sobrevivido al desastre. De ahí que la capa del documental resulte bastante jugosa, porque añade una tensión ética muy actual: convertir una tragedia privada en material narrativo. Leemos porque queremos saber. Berta pregunta porque quiere reconstruir. Los testigos hablan porque necesitan volver allí o porque jamás han conseguido salir. Pero la niña desaparecida sigue en el centro, convertida en una ausencia que nadie debería utilizar demasiado alegremente. Y aquí está, para mí, el punto delicado de la novela. Jabois crea muy bien la atmósfera, maneja con soltura los silencios, reparte las piezas con inteligencia y consigue que el lector avance con ganas. Pero cuando llega la recta final, el misterio pesa menos de lo que prometía. La revelación no cae como un golpe seco sobre la mesa; cae más bien como una pieza que encaja, sí, pero sin obligarte a mirar de nuevo todo lo anterior con una sacudida real. El viaje ha tenido pulso, belleza y mala leche suficiente, así que hablar de decepción sería injusto. El asombro, en cambio, se queda esperando fuera. Aparece entonces ese “ajá, claro” que uno dice cuando la novela confirma una posibilidad que ya rondaba por la habitación desde hacía rato. Y eso, en una historia que trabaja tanto la intriga, importa. Claro que Miss Marte no depende únicamente de su desenlace. Sería injusto reducirla a eso. Tiene atmósfera, diálogos vivos, una voz narrativa con personalidad y un retrato muy eficaz de un pueblo atrapado en sus propios rumores. Pero también es verdad que cuando una novela convoca durante tantas páginas una desaparición, una boda interrumpida por la tragedia, una niña perdida y un secreto enterrado durante décadas, uno espera algo más que una resolución correcta. Espera una grieta. Una vibración distinta. Ese segundo en que todo lo leído se recoloca de golpe y te deja un poco torcido en la silla. Aquí esa vibración llega amortiguada. Por eso me cuesta verla como una novela plenamente redonda, aunque la haya leído con gusto. Miss Marte está bien escrita, se lee casi sin darte cuenta y confirma que Jabois tiene un talento especial para convertir una frase aparentemente ligera en una punzada. Pero también se queda en una zona intermedia: demasiado buena para despacharla con indiferencia, demasiado previsible en su resolución para que me deje una marca profunda. A ratos brilla mucho; al final, ilumina menos de lo que parecía prometer. Mai permanece más que el caso y más que su explicación: esa chica que llega de ninguna parte, altera la gravedad del lugar y queda suspendida entre la persona real y la leyenda que los demás fabricaron con ella. Miss Marte, sí. De Marte o de donde sea que venga la gente que pasa una vez por la vida de los demás y les cambia durante un tiempo la forma de mirar. Una buena novela, con momentos estupendos, pero también con un desenlace que, al menos en mi lectura, no termina de estar a la altura de su propio hechizo. Tres estrellas. DC ...more |
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Uno empieza Pequeño hombre, ¿y ahora qué? pensando que va a leer una novela sobre la pobreza en la Alemania de entreguerras y termina acordándose de una señora en la cola del supermercado. La cajera dice el total, la mujer suspira, aparta unas gallet
Uno empieza Pequeño hombre, ¿y ahora qué? pensando que va a leer una novela sobre la pobreza en la Alemania de entreguerras y termina acordándose de una señora en la cola del supermercado. La cajera dice el total, la mujer suspira, aparta unas galletas, quizá una lata, abre un monedero pequeño y empieza el minúsculo ceremonial de las monedas. Nadie se muere en esa escena. No hay tanques, ni discursos, ni una bandera entrando por la puerta automática. Pero algo se rompe igual. Algo muy parecido a la dignidad. Esa es una de las cosas más feroces que entiende Hans Fallada: la pobreza empieza mucho antes de quedarse sin dinero. Empieza cuando la vida entera se convierte en una negociación continua con la vergüenza. Cuánto puedes gastar. Qué puedes decir. Qué debes callar. Hasta dónde puedes rebajarte sin dejar de reconocerte en el espejo. Y qué haces, sobre todo, cuando el mundo te mira como si tu dignidad fuera un lujo que ya no te corresponde. Fallada publicó esta novela en 1932, en una Alemania que ya tenía la tormenta encima aunque todavía hubiera quien fingiera no ver los relámpagos. El argumento cabe en pocas líneas: Johannes Pinneberg, un joven empleado sin demasiada fortuna ni demasiada malicia, se casa con Emma, su Corderita, cuando ella se queda embarazada. A partir de ahí, la pareja intenta sobrevivir entre despidos, trabajos humillantes, habitaciones prestadas, sueldos que nunca alcanzan y esa clase de miedo que no hace ruido porque está demasiado ocupado haciendo cuentas. No hay aquí grandes discursos históricos ni necesidad de poner a desfilar a la Historia con mayúsculas por el salón. Fallada sabe algo mucho más demoledor: cuando una época se pudre, se nota antes en la lista de la compra que en los manifiestos. Y esa es una de las grandes virtudes de la novela. Fallada evita convertir la miseria en decorado solemne. La baja a la tierra, la mete en los zapatos gastados, en la cama estrecha, en el alquiler pendiente, en el gesto de quien mira un escaparate sabiendo que el escaparate pertenece a otra especie humana. Pequeño hombre… habla del paro, de la precariedad, de la crisis de la República de Weimar y del empleado corriente zarandeado por fuerzas que no entiende del todo. Pero quedarse solo ahí sería mirar la novela desde el otro lado del cristal. Lo que importa de verdad es la erosión diaria: esa manera en que la necesidad va limando el carácter, la paciencia, la ternura, incluso la capacidad de imaginar un futuro que no llegue ya medio roto. Pinneberg es un personaje magnífico porque no tiene grandeza. Y lo digo como elogio. No es especialmente brillante, ni admirable en cada gesto, ni de esos tipos a los que uno seguiría con entusiasmo en medio de una catástrofe. A veces dan ganas de sacudirlo un poco, invitarlo a espabilar, ponerle delante un café cargado y decirle: “Johannes, por favor, colabora un mínimo con tu propia supervivencia”. Pero ahí está justamente su verdad. Pinneberg pertenece a esa legión de seres humanos que están hechos para algo bastante más difícil que la épica: para llegar a fin de mes, hacer bien su trabajo, amar a alguien sin demasiada literatura y no ser aplastados por el mecanismo. Su tragedia consiste en que el mecanismo ha decidido que incluso eso es pedir demasiado. Corderita, en cambio, es el corazón secreto del libro. Y Fallada tiene el buen gusto de no convertirla en santa doméstica, que habría sido una tentación facilísima y bastante insoportable. Emma sostiene, anima, discute, aguanta, se equivoca, quiere. Hay en ella una fuerza concreta, sin pedestal, una inteligencia de la vida que no necesita proclamas. Si Pinneberg se deshace a ratos por dentro, Corderita entiende el amor desde los gestos que mantienen una casa en pie: poner un plato en la mesa, apretar los dientes, llamar “muchacho” al hombre que amas cuando el mundo le está diciendo “sobras”. Su ternura no endulza la novela; la vuelve más dolorosa, porque nos recuerda que incluso en medio de la ruina puede haber algo limpio, y que precisamente por eso duele más verlo amenazado. La prosa de Fallada tiene una cualidad muy particular: parece sencilla hasta que uno se da cuenta de todo lo que está haciendo por debajo. Escribe sin lucirse, sin subrayar con marcador fluorescente cada emoción, sin colocarse delante del lector con una pancarta que diga “atención, aquí viene el drama social”. Va acumulando escenas, conversaciones, pequeños golpes, y de pronto la angustia ya está dentro. Esa aparente ligereza narrativa, casi de crónica popular, tiene trampa. Fallada avanza con una fluidez que puede parecer modesta, pero lo que va construyendo es una presión atmosférica. La novela se lee con facilidad, sí, pero respirar dentro de ella ya cuesta un poco más. Es como caminar por una calle conocida y notar que todas las puertas se van cerrando justo cuando pasas. Ahí se nota mejor la distancia con Berlín Alexanderplatz. Döblin convierte la ciudad en un organismo eléctrico, lleno de voces, anuncios, tranvías, ruido, vértigo y modernidad desbocada. Fallada trabaja con otra temperatura. Él no se sube al tranvía para hacer del caos urbano una sinfonía: se queda en el portal, en la habitación alquilada, en la tienda donde el empleado debe vender un poco más para seguir existiendo. Mientras Döblin empuja la literatura hacia la vanguardia, Fallada se queda mirando cómo una pareja calcula si puede permitirse vivir una semana más sin hundirse. Y ese gesto, más humilde en apariencia, acaba dejando una marca más honda de lo que parecía. También me ha impresionado mucho la mirada de Fallada sobre el trabajo. Aquí no aparece como vocación, realización personal ni fantasía moderna de encontrar tu pasión y monetizarla, preferiblemente con una taza de café fotogénica al lado. Es permiso de existencia. Tener empleo significa poder mirar a los demás sin pedir perdón. Perderlo implica perder dinero, desde luego, pero también perder sitio en el mundo. Pinneberg se va encogiendo porque todo a su alrededor le repite que su valor depende de su utilidad inmediata, de su rendimiento, de su docilidad, de su capacidad para vender, obedecer, sonreír y aguantar. Vista desde hoy, esa precariedad no parece una reliquia histórica. Parece una bofetada que todavía llega con retraso. Porque la novela tiene casi un siglo y, sin embargo, hay páginas que parecen escritas con la tinta todavía húmeda. Cambian los uniformes, los comercios, los salarios, los tranvías, pero permanece esa sensación de estar siempre a una mala noticia del derrumbe. Fallada retrata una sociedad donde la gente decente puede acabar haciendo cola ante la humillación, mientras los oportunistas huelen la sangre desde lejos. Su mirada puede recordar a ratos al Orwell de Sin blanca en París y Londres, por esa forma de mostrar que la violencia no siempre necesita porras ni cárceles: a veces basta con un bolsillo vacío, una habitación miserable y alguien con poder suficiente para recordarte que eres reemplazable. Pero lo más inquietante es que Fallada no presenta el mal como una aparición espectacular. No hace falta. El mal está en la indiferencia administrativa, en el jefe que calcula, en el comerciante que aprieta, en el vecino que juzga, en la familia que ayuda con una mano y cobra peaje emocional con la otra. Está en esa pedagogía social que enseña al pequeño hombre a sentirse culpable por no poder más. La novela entiende muy bien que una sociedad puede volverse cruel sin necesidad de gritar. Basta con organizarlo todo para que el débil llegue a la conclusión de que su debilidad es culpa suya. Y ahí aparece, sin que Fallada tenga que señalarlo con el dedo, el terreno moral donde iba a crecer lo peor. Pequeño hombre… mira hacia el nazismo desde un lugar lateral: una sociedad donde la humillación se ha vuelto cotidiana, donde demasiada gente vive con miedo, rabia, cansancio y una necesidad desesperada de encontrar una salida. Fallada se ahorra la clase de historia y va directamente al barro donde el fascismo puede arraigar. Los estómagos vacíos, los sueldos miserables, el desprecio acumulado, la sensación de que un país entero vive a crédito y a punto de perder los nervios. Y claro, uno lee desde el presente y siente ese escalofrío tan poco decorativo: el monstruo todavía no ha entrado del todo en escena, pero ya se oyen sus pasos en la escalera. Y sin embargo, sería injusto hablar de Pequeño hombre… solo como una novela triste. Lo es, desde luego. A ratos mucho. Pero también tiene humor, un humor seco, cansado, de gente que no puede permitirse el lujo de ponerse sublime. Tiene escenas de una humanidad desarmante. Tiene esa intimidad entre Pinneberg y Corderita que resiste como una cerilla encendida en una habitación helada. Y tiene una rara delicadeza para mostrar cómo el amor cotidiano, el de andar por casa, el de los apodos ridículos y las preocupaciones compartidas, puede ser una manera humilde, casi testaruda, de seguir en pie. Quizá por eso la novela funciona tan bien: Fallada nos acerca a sus personajes hasta volverlos reconocibles. Pinneberg no está lejos. Corderita tampoco. Son esa pareja que intenta hacer bien las cosas en un mundo que ha cambiado las reglas a mitad de partida. Son los que calculan, esperan, se ilusionan un poco, se asustan mucho, vuelven a intentarlo. Esa pequeñez los vuelve más nuestros. Fallada entiende que llamar “pequeño” a alguien puede ser una forma de desprecio o una forma de ternura. La novela se mueve todo el tiempo entre esas dos posibilidades. Terminé Pequeño hombre… con la sensación de haber leído una historia profundamente sencilla y, por eso mismo, devastadora. Fallada nos obliga a mirar algo más difícil que las grandes tragedias: la vida común cuando empieza a quedarse sin suelo. Ese momento en que una pareja joven, con un hijo en camino y un amor todavía vivo, descubre que amar no basta para pagar el alquiler, pero que sin amor la caída sería ya completa. Y ahí se queda la pregunta del título, tan humilde y tan feroz: pequeño hombre, ¿y ahora qué? Fallada no la lanza al aire como un gesto retórico. La deja sobre la mesa, junto a las monedas contadas, el abrigo gastado, las galletas que alguien ha tenido que apartar en la caja del supermercado y la esperanza temblando un poco. Lo terrible es que la pregunta sigue abierta. DC ...more |
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David Carrasco
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Artemio Cruz se está muriendo y a su alrededor ya empieza a adivinarse el reparto de la herencia. Tierras, negocios, un periódico, una fortuna considerable. Lo que nadie parece demasiado interesado en heredar es la historia de cómo consiguió todo eso
Artemio Cruz se está muriendo y a su alrededor ya empieza a adivinarse el reparto de la herencia. Tierras, negocios, un periódico, una fortuna considerable. Lo que nadie parece demasiado interesado en heredar es la historia de cómo consiguió todo eso. Carlos Fuentes nos sitúa en 1959, junto al lecho de un hombre poderoso cuyo cuerpo ha empezado a rebelarse contra él. Artemio está acostumbrado a imponer su voluntad, a comprar, negociar, amenazar y salir adelante cuando las circunstancias se ponen feas. Pero esta vez tiene delante a un adversario con el que resulta bastante difícil hacer negocios. De pronto, lo que durante décadas había ocurrido sin reclamarle un segundo de atención —el corazón que late, la sangre que circula, los intestinos que trabajan— se convierte en su preocupación más urgente. Mientras los médicos intentan mantenerlo con vida, su conciencia recorre un pasado de casi setenta años, desde los campos de batalla de la Revolución mexicana hasta los despachos donde se reparten los beneficios de aquella misma Revolución. Y lo hace sin respetar ningún orden cronológico, como si los recuerdos se negaran a desfilar obedientemente ante su dueño. Fuentes organiza la novela alrededor de tres voces. El «yo» nos encierra en la conciencia del moribundo, entre el dolor, el miedo y los recuerdos que irrumpen sin avisar. El «él» reconstruye distintos episodios de su pasado con una mirada que alcanza incluso aquello que Artemio desconoce. Y el «tú», quizá la voz más fascinante, lo enfrenta a las decisiones tomadas, a los caminos abandonados y a las vidas que pudo haber vivido. Las tres se alternan, se interrumpen y terminan formando una composición de enorme ambición. Yo mismo he tenido que detenerme y retroceder en más de una ocasión para situarme, pero también he descubierto cómo una frase leída muchas páginas antes adquiere de pronto un significado que no había sospechado. Artemio Cruz es una criatura formidable. Ambicioso, inteligente, orgulloso, capaz de jugarse la vida y también de ponerse a salvo a costa de otros. Algunas de sus hazañas parecen heroicas cuando las cuentan los demás; él sabe que la historia fue bastante menos limpia. La supervivencia acaba convirtiéndose para Artemio en una justificación de casi todo. Pero el hombre que maneja con soltura a políticos y empresarios se atasca cuando toca hablar de sentimientos. Su matrimonio con Catalina, por ejemplo, se convierte en una larga acumulación de silencios, reproches y palabras que siempre llegan demasiado tarde. «Estábamos tan acostumbrados. A que si yo ofrecía amor, ella devolviese reproche; a que si ella ofrecía amor, yo devolviese orgullo». Regina, Laura y Lilia tampoco están ahí para completar la biografía sentimental de Artemio. Cada una tiene deseos, límites y heridas propios, aunque él tienda a recordarlas desde lo que necesitó de ellas. Algunas evocaciones están llenas de ternura; otras dejan entrever un afán de posesión y una violencia que no desaparece por el hecho de haber amado. Y sus recuerdos amorosos no siempre son fiables: lo que Artemio necesita recordar no coincide necesariamente con lo que ocurrió. Me ha interesado especialmente esa distancia entre la imagen que alguien construye de sí mismo y lo que sus actos permiten ver a los demás. Artemio ha sobrevivido a guerras, traiciones y cambios de régimen, pero su memoria está poblada por quienes no tuvieron la misma suerte. Algunos nombres regresan una y otra vez, como si ni toda su fortuna pudiera mantenerlos definitivamente enterrados. Ahí aparece una pregunta que atraviesa la novela: ¿cuánto de nuestra vida depende de las decisiones que tomamos y cuánto de las circunstancias que nos empujan a tomarlas? Y hasta las vidas que nunca llegó a vivir lo acompañan, como si cada camino escogido hubiera dejado otro exigiéndole cuentas. Artemio tiene una habilidad notable para encontrar razones que expliquen sus actos; otra cosa es que todas nos sirvan de excusa. Y detrás de Artemio está México. Un país inmenso, de paisajes y culturas muy diferentes, cuya historia atraviesa las páginas de la novela con la misma fuerza que los recuerdos personales. La Revolución, los grandes propietarios, los campesinos, los caudillos, los intereses estadounidenses, la prensa y los negocios políticos forman parte de la trayectoria de Cruz. Lo vemos pasar de la lucha armada a un mundo en el que los antiguos ideales sirven con demasiada frecuencia para justificar nuevos privilegios. Fuentes observa con especial dureza esa transformación: hombres que combatieron contra determinados abusos terminan reproduciéndolos cuando alcanzan el poder. Hubo un momento en que la Revolución reunió a hombres que antes apenas podían reconocerse entre sí; después, algunos de sus vencedores acabaron temiendo que aquella fraternidad volviera a manifestarse. La sátira completa el retrato: basta escuchar a ciertos empresarios y políticos hablar de negocios y de sus amistades para que la caricatura se escriba sola. Luego está la prosa. ¡Qué manera de escribir! Los cambios de ritmo, las repeticiones, las enumeraciones, las imágenes sensoriales, los diálogos entrecruzados, las frases que avanzan como una corriente de agua y de pronto se interrumpen con una palabra. Hay páginas de una musicalidad conmovedora y escenas en las que distintas conversaciones, tiempos y recuerdos parecen desarrollarse simultáneamente. Algunas frases regresan como en una fuga: suenan casi igual, pero cada vez sabemos algo más de lo que llevan dentro. Se advierte el parentesco con Faulkner en el uso del flujo de conciencia, especialmente en el «yo», pero Fuentes posee una exuberancia verbal muy suya, capaz de pasar de la crudeza casi escatológica de un cuerpo agonizante a una descripción monumental del paisaje mexicano y de su cielo estrellado. También me he acordado de Pedro Páramo, aunque Rulfo y Fuentes parecen trabajar en direcciones opuestas: uno concentra y deja silencios; el otro multiplica las voces, los objetos y los recuerdos. A veces esa exuberancia puede resultar excesiva; otras, la lectura exige una atención casi agotadora. Sin embargo, ninguna de esas dificultades ha disminuido mi admiración por el conjunto. Y todavía me esperaba una última sorpresa: descubrir hasta qué punto el desenlace modifica nuestra manera de comprender lo leído. Al terminar, episodios que parecían distantes se relacionan y determinados recuerdos adquieren otro peso. La estructura revela una coherencia que quizá no se percibe del todo mientras avanzamos. Me he quedado con la sensación de haber asistido a una demostración extraordinaria de lo que puede conseguirse cuando la forma de contar una historia está tan profundamente ligada a lo que esa historia quiere decir. Cinco estrellas para una novela que convierte la vida de un hombre en una reflexión sobre todo un país. Fuentes dibuja a Artemio Cruz con todas sus contradicciones y consigue que lo comprendamos sin obligarnos a perdonarlo. Un hombre empeñado en que su nombre sobreviva a todos, mientras a su alrededor se acumulan los nombres de quienes fueron quedándose por el camino. DC ...more |
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La muerte de Artemio Cruz by Carlos Fuentes.
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“Un libro es una madriguera para no ser visto y una isla desierta en la que encontrarse a salvo y también un vehículo de huida.”
― Antonio Muñoz Molina, El viento de la Luna
― Antonio Muñoz Molina, El viento de la Luna
“Ante ciertos libros, uno se pregunta: ¿quién los leerá? Y ante ciertas personas uno se pregunta: ¿qué leerán? Y al fin, libros y personas se encuentran.”
― André Gide
― André Gide
“El gran río resplandecía allí ante él, envuelto en la moribunda luz del día, suspendido para siempre en un sortilegio de silencio y corriendo eternamente, más extraño que una leyenda y tan oscuro como el tiempo.”
― Thomas Wolfe , Of Time and the River
― Thomas Wolfe , Of Time and the River
“La cantidad de fatalidad que depende del hombre se llama Miseria y puede ser abolida; la cantidad de fatalidad que depende de lo desconocido se llama Dolor y debe ser contemplada y explorada con temblor; mejoremos lo que se puede mejorar y aceptemos piadosamente el resto.”
― Rafael Chirbes, Crematorio
― Rafael Chirbes, Crematorio
“No tengo dinero, ni recursos ni esperanzas. Soy el hombre más feliz del mundo.”
― Henry Miller, Tropic Of Cancer
― Henry Miller, Tropic Of Cancer




















Sep 01, 2026 01:18PM · flag
Sep 01, 2026 01:37PM · flag