Lidia Torres's Blog

February 9, 2026

Relatos de la abuela

La abuelita se había esforzado en escribir aquella historieta para sus nietos. Sabía que la forma de hacerlo era lo más importante. Si lo escribía demasiado evidente, enfadaría a muchos, mientras que el resto sería lo suficientemente inepto como para llegar a entenderlo.


Si lo hacía demasiado alejado de la realidad, corría el riesgo de que pasara por un cuento más; una fábula que enseñaba cualquier nimiedad que, al cabo de un rato, cualquier niño olvidaría.


No.


La abuela estaba totalmente convencida de que el cuento debía tener simbolismo, pero, sobre todo, significado. Para la mayoría de personas, adultos y niños por igual, siempre había sido mucho más fácil entender las historias a través de los animales. 


Para los niños, porque imaginar a los tres cerditos aprendiendo que la constancia y el esfuerzo son mucho más poderosos que la pereza se les hacía gracioso y más imaginativo que verse reflejados a sí mismos.


Para los adultos, porque ciertos temas eran tan complejos para sus cerebros poco desarrollados que verlos de forma caricaturesca también los divertía. Y porque, al sentirlo más fácil de entender, muchos se aventuraban a leer ese tipo de historias sin miedo a quedar retratados por su incapacidad para comprender algo que incluso niños lograban.


Por eso la abuela creía firmemente que el uso de animales era la clave. Pero la elección de esos animales era igualmente importante.


Otras historias ya lo habían demostrado, como 'Rebelión en la Granja' o 'Maus'. Incluso tratándose de animales, esos libros habían conseguido ofender a mucha gente. Hay animales más queridos que otros, y eso estaba claro. Con las personas pasa exactamente lo mismo, ¿no?


La abuelita pensó y pensó. Y, por fin, se decidió sobre quiénes serían los protagonistas de su historia. Se pasó el resto del día escribiendo sin parar, tachando algunas partes, reescribiendo otras, hasta que se dio por satisfecha. Estaba convencida de que entre aquellas páginas se escondía un poder mayor, casi absoluto: el poder de cambiar a las personas.


Al día siguiente, cuando sus nietecitos llegaron, les sirvió chocolate caliente y unas pastas recién horneadas. Mientras los chiquillos llenaban sus tripas, ella comenzó con su historia, intentando que esta pudiera llenar sus mentes. Que sirviera para abrir una pequeña brecha, una grieta que se hiciera cada vez más y más grande, ayudándolos a ver más allá. Siempre más allá.


Érase una vez una sociedad de hormigas. Todas ellas vivían bajo el mandato de una araña. La araña apenas hacía nada: solo tejía y tejía durante todo el día. Mientras tanto, las hormigas trabajaban incansablemente bajo el miedo perpetuo de que, si no mantenían a la araña contenta, cualquiera de ellas acabaría atrapada en sus redes y devorada más tarde por su reina.


"No debéis parar de trabajar. Nunca. Es la única manera de que todos podamos estar seguros. Yo no tendré tanta hambre como para comeros, y todos viviremos tranquilamente."


De alguna manera, muchas hormigas llevaban viviendo así desde el día de su nacimiento, por lo que la monotonía del liderazgo se había vuelto lo normal. Cualquier cosa que perturbara esa normalidad se percibía como un gran enemigo. Mantenerse donde estaban les permitía seguir viviendo igual. Ni mejor ni peor. 


Pero había cierta hormiguita, Adelfa, que siempre se había preguntado cómo sería todo de una manera distinta.


"¿Cómo vivirían mis abuelos, antes de la llegada de nuestra reina?"


Adelfa nunca se atrevía a decir estos pensamientos en voz alta, temía la reacción del resto de hormigas incluso más que la de la propia araña. Porque sí, la araña podía devorarla, pero sus hermanas podían desterrarla. Y era mucho más aterrador enfrentarse sola a la inmensidad del mundo que a unas fauces.


El día de la llegada de las primeras cucarachas, hubo un gran revuelo en el hormiguero. ¿Desde dónde habían llegado? ¿Por qué estaban allí? ¿Querían robarles toda la comida que habían estado recolectando durante el verano?


"Son horribles. ¿Las habéis visto?", había sentenciado una de las hormigas.


El resto asintió enérgicamente, pero nadie se atrevió a hablar más. No antes de que la araña hiciera su declaración oficial.


Esa misma noche, durante la cena, la araña apareció. Todas las hormigas se inquietaron, pues la araña nunca se dejaba ver a la hora de cenar.


"Como todas sabréis ya, un grupo de cucarachas está rondando la zona", declaró la araña. Ninguna hormiga respondió, pero todas asintieron.


"Solo quiero deciros que pueden llegar a ser muy peligrosas. No para mí. Para mí son inofensivas. Sino para VOSOTRAS", declaró la araña con total seguridad.


El silencio en el hormiguero se hizo muy evidente. Las hormigas se removían nerviosas, a la espera de que la araña se explicase mejor.


"Esas cucarachas de ahí trabajan muy bien. Tan bien que incluso podrían llegar a ser mejores que vosotras. Pero el problema es que a ellas no me las puedo comer. Así que, finalmente, no me quedaría de otra que comeros a vosotras."


La araña paseó la mirada por el hormiguero antes de continuar.


"Si seguís aquí sin hacer nada, esas cucarachas podrían entrar y llevarse toda la comida que tenéis guardada. Os destruirían las casas, y acabarían matándoos de hambre. ¿Seguro que estáis dispuestas a que hagan eso?"


Todas las hormigas, incluso Adelfa, gritaron un "¡No!" tan rotundo que las paredes del hormiguero retumbaron.


Esa misma noche, antes de irse a dormir, un grupo de hormigas acordó que al día siguiente se enfrentarían a las cucarachas. Les dirían que se marcharan, que regresaran al lugar del que venían; que aquel sitio era suyo y que no debían robarles ni la comida ni la casa.


Todas las hormigas se unieron a esta protesta. Tenían que defender su hormiguero, a sus familias y su alimento. Eso había dicho la araña.


Al día siguiente, armadas con todo lo que habían podido, las hormigas se acercaron a las cucarachas, con una mezcla de asco y odio.


"No os queremos aquí. Volved al sitio de donde venís". 


Adelfa no consiguió ver qué hormiga lo había dicho, pero tenía claro que, desde la perspectiva de las cucarachas, sonó como si todas lo hubiesen aclamado al unísono.


"Venimos en son de paz", declaró una de las cucarachas. 


Adelfa la veía tan terrorífica y peligrosa que, por un momento, creyó que la araña llevaba razón. "Nos lo quitarán todo", pensó.


Su miedo, ahora transformado en un odio repulsivo hacia esos seres, hizo que gritara. Que gritaran todas, instándolas a regresar a su 'tierra'.


"Nuestra casa ya no existe", intentó explicar otra cucaracha. "La llegada de la niebla dulce hizo que los huevos dejaran de eclosionar, que el agua no fuera potable, que las plantas que brotaban del suelo se volvieran puro veneno".


"Si es así, ¿cómo es que no estáis todas muertas?", arguyó otra hormiga.


"No nos mató, pero nos debilitó mucho. Por eso huimos. Solo queremos vivir. Podríamos colaborar, intentar…"


La cucaracha intentaba hacerse oír entre el abucheo del resto de hormigas.


"Ese no es nuestro problema. Y ahora marchaos, antes de que sea demasiado tarde y decidamos actuar", concluyó una hormiga, tan enrojecida de odio que parecía pertenecer a otra especie.


La abuelita tosió un poco y se acercó el vaso a los labios para aliviar su garganta.


"Pero, abuelita, las hormigas llevan razón, ¿verdad?", preguntó uno de sus nietos.


"¿Por qué crees eso?", preguntó ella, queriendo que expresase su idea libremente, que se sintiera escuchado pero, sobre todo, entendido.


"Porque, aunque es muy triste lo que les ha pasado a las cucarachas, las hormigas no tienen la culpa. Deberían solucionarlo ellas mismas, sin meter a nadie más".


"Lo comprendo", dijo la abuela. "Pero ahora imagina que te quedas huérfano. Que tu papá y tu mamá se marchan y nunca vuelven. ¿Crees que sería justo que crecieras solo, sin nadie que cuidara de ti?"


La abuela vio cómo las lágrimas amenazaban con brotar de los ojos del niño. Lo acunó entre sus brazos y le besó la mejilla.


"No, abuelita. Todos merecemos tener papás. Aunque no sean los mismos que te trajeron al mundo. Todos merecemos tener a alguien que nos quiera".


Aquella frase tan simple, pero tan poderosa, hizo entender a la abuela que su relato, de alguna manera, estaba funcionando. Sentó a su nieto de nuevo y continuó.


"Las cucarachas se alejaron lo máximo posible del hormiguero. No querían que nadie las volviese a increpar, pero tampoco podían regresar a su antiguo hogar. Aquello ya no lo era".


La araña, sin embargo, aparecía cada día a la hora de la cena, insistiendo en que las cucarachas serían la perdición de las hormigas. Metía un miedo tan puro en los niños que incluso soñaban con ellas, y un odio tan intrínseco a los adultos que llegaban a creer que aquel sentimiento era innato, nacido de la propia supervivencia.


El tiempo pasaba, las cucarachas cada vez eran más, y las historias de terror que contaba la araña, cada vez más sanguinarias y horrendas.


"Vienen de un lugar de barbarie", gritaba la araña," donde no viven en sociedad como nosotras. Se comen a sus crías y acabarán haciendo lo mismo con las nuestras. O, peor aún, harán que lo hagáis vosotras. Os harán creer que su forma de vivir es la única posible".


Todas las hormigas se enfurecían un poco más cada día.


Pero ninguna parecía percatarse de que los alimentos no habían disminuido, ni el trabajo, ni habían perdido su hogar. Todo seguía igual. Pero nada era igual. Ahora, en vez de preocuparse de que la tela de araña las atrapase en cualquier túnel del hormiguero, de que la araña decidiera darse un banquete cualquier día, o de que fuera tan glotona que no dejase nada para ellas durante el invierno, solo podían pensar en las cucarachas. Las malvadas cucarachas.


Los meses pasaron y, aunque los discursos de la araña se repetían cada noche, siempre con los mismos argumentos, todas las hormigas los escuchaban embelesadas, como si fuesen palabras nuevas.


Adelfa, mientras veía a todas sus compañeras vitorear a la araña, que siempre las avisaba de los peligros inminentes, comenzó a pensar en una opción que nunca en su vida se había planteado.


¿Cómo serían sus vidas sin la araña?


Era ella quien había ocupado su vivienda, quien se comía sus suministros y quien siempre se mantenía en el interior del hormiguero, segura de cualquier peligro exterior. Pero, ¿cómo sería una vida sin la carga constante de sus redes sobre todas ellas?


Desde que esa semilla se plantó en la mente de Adelfa, no fue capaz de desprenderse de ella. Era una idea que crecía cada momento, con más y más fuerza. ¿Y si el problema no eran las cucarachas?¿Y si el problema siempre había sido y siempre sería la araña? 


A veces lo pensaba con tanta vehemencia que le daba miedo que cualquiera de sus compañeras fuese capaz de escuchar sus pensamientos. ¿Qué pensarían de ella? ¿Cómo reaccionarían?


Tal vez, pensaba Adelfa, entrarían en razón. Verían que lo que decía la araña era simple palabrería, que unidas podrían sacarla de su hormiguero y finalmente ser libres e independientes.


Aunque a veces el silencio era más seguro, pero, sobre todo, más cómodo. Porque el silencio nunca implica cambios, y el cambio, a veces, puede ser muy difícil de soportar, aunque sea a mejor.


Con la llegada del otoño, llegaron las abundantes lluvias. Tan graves eran que incluso tuvieron que tapar el hormiguero. Muchas hormigas salieron a ayudar, pero no todas volvieron.


"Han sido arrastradas por el agua", gritaban, desesperadas, las que habían podido salvarse.


Todas lloraron durante los días que duró la lluvia, pidiendo a las nubes que se alejaran de allí.

Cuando la lluvia paró, las hormigas fueron a destapar el hormiguero. Intentaron recoger, con la pena aún encima, todo lo que el agua había arrastrado hasta allí. Pero cuando vieron aparecer a muchas de las desaparecidas, vivas y sanas, nadie daba crédito.


"Cuando el agua nos arrastró, nos estampó contra una pared. Allí conseguimos subir y meternos en una grieta, que al ser horizontal y muy profunda no dejaba que el agua se metiese. Nuestra sorpresa fue enorme al ver que, quienes allí se escondían también, eran las cucarachas".


La noticia corrió rápido entre las hormigas. ¿Cómo era posible que las tan temidas cucarachas las hubieran dejado esconderse en su tan húmedo y mugriento hogar? Nadie era capaz de explicárselo.

Con la llegada de la noticia, la araña comenzó a ponerse nerviosa.


"¿Es que no veis de quién es la culpa de la lluvia? Es de las malditas cucarachas. Ellas son capaces de atraer las nubes más densas y hacerlas descargar donde ellas se encuentran".


Y parecía que la araña decía aquello con tanta convicción, que todo el mundo la habría creído sin pestañear. 


Pero la duda ya estaba plantada en cada una de las hormigas. Todas ellas tenían el poder, la libertad, de pensar y de actuar conforme a eso.


Todas eran libres, aunque en su mente hubiera una celda. Porque solo ellas tenían la llave para poder abrirla.


La abuelita se quitó las gafas y dejó el papel donde había escrito la historieta sobre la mesa.


"Pero, abuelita, ¿qué ha pasado entonces con las cucarachas?", preguntó entonces una de sus nietas.


"Querida nieta, las historias no terminan cuando dejamos de contarlas. Sino cuando dejamos de escucharlas".


Los niños se miraron entre ellos, sin saber muy bien a qué se estaba refiriendo su abuela.


"¿Y la araña? ¿Qué pasará con ella?", preguntó otro nieto.


"Las arañas no suelen caer solas.", contestó la abuela, con la voz cansada.


"¿Entonces?", insistió el niño.


"Entonces, la historia vuelve a comenzar".


Vio la duda de todos sus nietos grabada en sus rostros, pero eso la puso feliz. Una duda puede dar paso a muchas ideas. A muchos pensamientos.


"Abuelita, ¿nos volverás a leer el cuento mañana?", inquirió otro de los niños.


"Ojalá no sea necesario", respondió la abuelita. 

FIN
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Published on February 09, 2026 11:12

July 16, 2025

Texto Ganador Valentín Sánchez 2025 - EL MURO

 EL MURO

Alprincipio, Samir temía acercarse al muro. Tan esbelto y gris que asustaría acualquiera. Mucho más a un niño de 11 años. O eso se decía Samir cada día quepasaba. Pero, finalmente, una noche estrellada, se había atrevido a acercarse,cobijado por la oscuridad.

Conuna mano temblorosa, el niño había cogido una piedra del suelo y luego habíatardado un momento en decidir qué nombre debería escribir primero. El de sumadre. Una lágrima recorrió la cara de Samir, afilada por la hambruna y laenfermedad. Después de ese nombre, habían surgido una veintena más. El niñoapenas conseguía ver, entre las lágrimas y la oscuridad, pero estaba seguro deque esos nombres estaban quedando marcados sobre la roca.

Unruido lo sobresaltó. Se pegó al muro, intentando integrarse con la piedra deeste, tratando de hacerse invisible. Porque, ¿no era eso lo que mejor se ledaba? Un segundo después, le pareció escuchar una voz. El corazón disparado delchiquillo casi lo mata en ese instante pero, entonces, la primera imagen sehabía mostrado ante él, como si de un recuerdo propio se tratase.

Unniño, de aproximadamente seis años, camina junto a su madre, dentro de un guetoabarrotado. El pequeño tiene una estrella amarilla cosida al abrigo. Samir sepercata de que todos allí la llevan y se pregunta qué será.

Depronto, esa imagen se desvanece, y aparece otra en su lugar. Es el mismo niño,esta vez colocado en una fila. Está en un lugar rodeado de alambradas. El lugarle recuerda un poco a dónde se encuentra Samir ahora mismo. El infierno. Unsoldado con una esvástica en el brazo le grita algo al pequeño y este se encojede terror. Samir reconoce ese pavor, ese miedo. Muchas veces también él lo hasentido.

Lasiguiente imagen, muestra a un niño escuálido, casi tan delgado como Samir. Ensu rostro se ve la tristeza infinita que albergan sus ojos. Mira a ladistancia, viendo como un par de soldados, se llevan a su madre, inerte, arastras.

Samirno quiere seguir viendo imágenes de ese terror, le recuerdan demasiado a sufamilia, a lo que él ya ha pasado. Intenta separarse del muro, pero este parecetenerlo cautivo. Una última escena se muestra ante él.

Soldadossoviéticos, a decir por la estrella roja y el abrigo largo, entran en el campo.Nadie a su alrededor parece creer lo que está ocurriendo, pero las puertas,siempre cerradas, ahora están abiertas. Y los soldados invitan a todos laspersonas del interior a salir de allí.

Porfin, el muro suelta a Samir. Este, despavorido, sale corriendo, en busca de unlugar seguro lejos de esas piedras. Su respiración es agitada y el corazón legolpea el pecho con tanta intensidad que, por un momento, teme que se le vaya asalir. Pero los minutos pasan y el silencio de la noche hace que Samir, puedasi no descansar, cerrar los ojos.

Lamañana viene acompañada de gritos, de explosiones lejanas y de hambre. Muchahambre. A veces, a Samir le duele tanto la barriga que le cuesta inclusolevantarse a buscar algo de comida. Hoy es uno de esos días. Está solo y eso lohace menos fuerte. Sus padres siempre lo animaban a seguir. Y lo mismo hacía élcon sus hermanos pequeños. Pero ahora, ellos sólo están en el muro. El malditomuro.

Samirse pasa el día deambulando, en busca de agua, de comida, sin encontrar nada.Después, vuelve a su escondite de siempre, justo antes del anochecer. El murole devuelve la mirada, incitándolo a que vuelva a acercarse. Samir tiene miedo,pero, sobre todo, curiosidad. ¿Quién era ese niño? En cierto modo, le recuerdaa él. Por triste que parezca, comparten sufrimiento.

¿Seráotro niño, como él, al otro lado del muro? No tiene ni idea, pero es esacuriosidad, más fuerte que su hambre, la que lo lleva a levantarse con cautelay cruzar los escasos cien metros que hay desde su escondrijo hasta el muro.

Samirse apoya sobre él, esperando a que este le devuelva imágenes, como hizo ayer,pero no ocurre nada. Niega con la cabeza, recordando. Anoche las imágenesaparecieron cuando él escribió los nombres de sus familiares sobre la pared. Seagacha para recoger una afilada piedra y comienza a escribir. Los nombres desus amigos del colegio. Cuando termina, una sensación extraña lo envuelve.

Denuevo, el niño de ayer aparece ante sus ojos. Ahora tiene aproximadamente lamisma edad que Samir. Está montado en un barco, lleno de gente con la mismacara que él no ha dejado de ver en los últimos años. La del horror. Algunosllevan maletas; el niño, en este caso, tiene las manos vacías. Cuando levantala vista, Samir logra ver tierra firme, a lo lejos le parece ver una bandera.

Samirno la reconoce, pero se trata de la bandera del mandato británico de Palestina.La imagen se vuelve negra y después, el niño aparece de nuevo, en un campo derefugiados. Samir sí reconoce eso. Ha estado en varios en el último año. Leofrecen comida y una manta. A Samir se le hace la boca agua.

Elmuro, como hizo anoche, vuelve a expulsarlo de sus visiones. Pero ahora Samirno le tiene miedo. Es consciente del poder que albergan sus piedras y de que,sea como sea, lo han elegido a él para mostrarle esas imágenes. Sabe que nopueden tratarse de ahora. El niño parece haber crecido bastante de una noche aotra. ¿Se tratará de otra época?

A lanoche siguiente, Samir consigue algo de agua durante el día, que le da lafuerza suficiente para enfrentarse de nuevo al muro. Pero esta vez, no consigueacercarse. Hay fuego enemigo cerca. Se escuchan los bombardeos y la ceniza caedesde el cielo como copos de nieve. Samir ya no tiembla. Al menos, no como alprincipio. Ahora está acostumbrado a estos olores. A estos sonidos. A esteinfierno.

Perono se atreve a salir hoy. No con la muerte tan cerca. No, aún tiene queescribir muchos más nombres en el muro. Ha estado dándole vueltas durante todoel día y, cada vez, la lista se hace más grande. Pero no quiere dejarseninguno. No quiere que caigan en el olvido.

Samirsí que consigue cruzar hasta el muro la noche siguiente. Y no pierde ni unsegundo, se pone a escribir nombres como si la vida le fuera en ello. En ciertomodo, así lo cree. Antes de que pueda terminar, el muro lo vuelve a abrazar ensu inmensa oscuridad. El mismo niño, ahora es un joven, poniéndose un uniformecon una insignia que conoce bien. La israelí. Un escalofrío le recorre elcuerpo y quiere separarse del muro, pero este, como siempre, se lo impide. Laspróximas imágenes muestran al joven recibiendo entrenamiento militar, cavandotrincheras y patrullando zonas desérticas. Justo después, esas imágenespacíficas, se tornan violentas. Se escuchan disparos y Samir, a pesar de estarmás que acostumbrado a ese sonido, no puede evitar encogerse. El joven disparavarias veces contra el enemigo. La imagen se emborrona para dar paso a otra,donde el hombre, ya entrando en la treintena, recibe una medalla. Su miradasigue siendo la que tenía de niño. Seria. Triste.

Samirsale del trance y mira al muro con cuidado. Nunca antes se había parado apensar de qué se trata todo esto. ¿Por qué le está mostrando estas imágenes tanhorribles? ¿Qué pretende decirle? Por un segundo, duda sobre si realmente estoes real. Tal vez no. Tal vez solo sean sueños febriles. Tal vez se está muriendo.Pero no se queda ahí para averiguarlo, sale dando traspiés, lo más rápido quepuede, de vuelta a su cobijo.

Lanoche no pasa en vano y, a la mañana siguiente, Samir apenas es capaz delevantarse. Le cuesta respirar, pero trata de evitar pensar en ello. Está soloy muerto de miedo. No sabe a quién acudir, a fin de cuentas, tan solo tieneonce años. ¿O ya ha cumplido los doce? No está seguro. Todos los días soniguales aquí.

Unapunzada de terror le atraviesa el pecho. Levanta la vista y mira de nuevo al muro,ese que esconde tantos secretos. Este le devuelve la mirada, incitándolo a quese acerque. A que haga lo que ambos saben que Samir lleva pensando durante variosdías. No, aún no. Quiere resistir.

Pero,¿y si no lo consigue? Un arrebato de valentía le permite a Samir acercarse pocoa poco al muro, casi arrastrado por el suelo, sin apenas fuerza en lasextremidades. Hoy está corriendo doble peligro. Se está acercando a plena luzdel día. Cualquiera de sus exterminadores, postrado sobre la muralla, podríaverlo y dispararle sin ningún tipo de reparo. Pero eso no lo frena.

CuandoSamir llega hasta el muro, posa ambas manos sobre él, para descansar. Esta vez,las rocas lo envuelven sin esperar a que escriba ningún nombre. La primeraimagen que el muro le muestra a Samir es la de un hombre canoso, con uniformede rango, de pie frente a lo que parece un plano arquitectónico. Un bosquejoque no llega a vislumbrar.

Laimagen cambia a una velocidad vertiginosa, mostrando ahora una reunión. Todoslos hombre presentes parecen importantes, o eso le parece a Samir. Tal vez solollevan trajes y eso los hace parecerlo. Señalan un mapa de su tierra, de suhogar. De Gaza.

Unsegundo después, se ven un montón de máquinas, levantando este mismo muro. Élhombre observa, firme. Ha envejecido bastante, diría Samir. Ya casi es unanciano. Entonces, como si pudiera ver a través del muro, Samir se da cuenta deque el hombre lo está mirando directamente a él. Sin reaccionar. Sin hacernada.

Elmuro lo expulsa, con más levedad que cualquiera de las otras veces. Tal vez laspiedras también saben que Samir no aguantaría una embestida brusca. El niñopermanece apoyado contra el muro más tiempo del que nadie creería necesario.Cada segundo que pasa ahí, su vida corre mucho peligro. Pero tiene que hacerlo.Antes de irse, debe escribir su nombre.

Condificultad, alarga la mano hasta una piedra cercana. Con parsimonia, perodecisión, comienza a trazar letra tras letra. Samir deja caer el brazo, con unaexhalación.

Observasu nombre, escrito junto al de sus hermanos. Su familia. A pesar de tener soloonce o doce años, Samir sabe demasiado sobre este lugar. Lo ha escrito porqueentiende una verdad terrible: el mundo solo recuerda a los muertos cuando ya esdemasiado tarde para salvar a los vivos.

 

 

FIN

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Published on July 16, 2025 23:40

June 15, 2024

Relato Valentín Sánchez 2024 - Almas en búsqueda

 

Medesperté con la primera explosión, que vino acompañada de un momento desilencio sepulcral. Luego habían llegado los gritos. Estaba acostumbrado a eso,día a día había ido creciendo esa sensación de terror y violencia en las callesde Argel, pero hoy había sonado muy cerca. Cuando mamá llegó a mi habitación yoya estaba sentado sobre la cama, ella se había acercado hasta mi armario, habíasacado unos zapatos y una chaqueta y me los había colocado a tanta velocidadque ni siquiera me había dado tiempo a preguntarle qué pasaba. Después de eso,mamá había cogido un pequeño bolso y había metido algunas joyas en él, una muybonita perteneciente a la abuela Marie.

Alsalir a la calle, la oscuridad venía acompañada de un color rojizo, procedentedel fuego que había. El olor a quemado opacaba el resto de olores. Mamá mehabía cogido de la mano y corríamos lo más rápido posible entre la gente y losescombros. Todos estaban muy asustados, tanto como nosotros. No dejaba de haberexplosiones y mamá intentaba cubrirme con su cuerpo todo el tiempo. Paramos unmomento, después de que un ruido ensordecedor nos hiciera pensar que habíamosabandonado este mundo. Mamá me revisó todo el cuerpo, pálida, cerciorándose deque yo estaba bien.

—¿Estásbien, Gabriel? —me había preguntado casi a gritos. Durante estos años, me habíadado cuenta de que mamá hablaba en su lengua materna, el español, cuando teníamucho miedo. Ahora era uno de esos casos.

Yole había asentido con energía, para transmitirle algo de paz, y habíamoscontinuado avanzando por las calles. Entre todo el gentío, yo conseguí ver a mivecino Jean. Estaba con sus padres y su hermana pequeña. Yo los señalé y mamáse acercó temblando hasta ellos y los abrazó.

—Carmen,tenemos que llegar hasta la playa, allí estaremos a salvo. Mañana mismo llegaráun barco que nos llevará de vuelta a casa. Tenemos que llevar a los niños allí—había dicho mi vecino en un perfecto francés. Mamá había comenzado a llorar ya asentir.

          Unas horas más tarde ya estábamos enla playa. La noticia de que un barco llegaría pronto había corrido entre loscolonos franceses y muchos de ellos, junto con sus familias, esperaban bajo losárboles a ser rescatados. Yo apenas tenía nueve años, pero creo que cuandovives una guerra, por más niño que seas, tu cerebro se da cuenta muy rápido. Laviolencia se queda marcada en cada uno de nosotros y nos cambia.

          —Deberían mirarte eso, Carmen —lehabía dicho la madre de Jean, Camille, a mamá. Mamá había sido herida cuando lagranada había explotado muy cerca de nosotros. La metralla la alcanzó en laparte de las costillas.

          Mamá decía que se encontraba bien.Pero se había pasado todo el día tirada junto a un árbol, sudando y agarrándoselas costillas con ambas manos. Yo no sabía qué podía hacer por ella.

          Había caído la noche de nuevo y elmiedo de la gente se acrecentaba. ¿Y si ese barco nunca llegaba? ¿Qué harían?Habían dejado sus casas, sus pertenencias, incluso a algunos de sus familiares,en la ciudad. Toda su vida se había desmoronado y sólo tenían la esperanza devolver a su país natal y rehacer su vida, lo más lejos posible de la violencia.Y ese barco era su única salvación.

          A medianoche, una decena de botes demadera había atracado en la playa y todos los que allí estábamos esperando noshabíamos acercado hasta ellos. Mamá me había agarrado la mano, no con muchafuerza, pero yo la había apretado. Nos habían ordenado que nos pusiéramos enfila para ir entrando en los botes poco a poco. La gente había hecho caso alprincipio, pero de pronto, el cielo se iluminó y todos pudimos ver como caíanlas bombas sobre la ciudad, a no más de diez kilómetros desde donde nosencontrábamos. El miedo nos había vuelto a invadir a todos y la gente habíacomenzado a empujarse los unos contra los otros, entre toda esa multitud, meseparé de mi madre. Intenté retroceder, buscarla, pero no veía nada. La gente meempujaba hacia delante incluso cuando yo intentaba ir en dirección contraria.Comencé a gritar, ¡Mamá! Pero mis gritos se ahogaban con los del resto. Todo elmundo tenía miedo. El papá de Jean me vio y me cogió del brazo. Cuando me giréhacia él vi que ya estábamos frente a los botes. Jean, su hermana y Camille yaestaban montados en uno. El hombre me alzó y me montó en la barca con un rápidomovimiento y después se subió él.

          —Mi…Mi mamá… —conseguí decir. Camille miróa su marido consternada y luego dirigió su mirada hacia mí.

          —Se montará en otro bote y vendrá connosotros al barco, no debes preocuparte, ¿de acuerdo? Vendrás con nosotros.

          Su voz me había calmado, como si fueralo único que necesitaba escuchar. El trayecto en barca fue largo y todospermanecíamos en silencio, mirando como las bombas seguían cayendo sobreaquella ciudad. Es algo que nunca conseguiría olvidar.

          Cuando los botes llegaron hasta elbarco, nos ayudaron a subir a todos y yo estuve esperando a que llegase elresto. Uno a uno. Iba buscando la cara de mi mamá entre todos los desconocidosque subían, pero ninguna era la de ella. Cuando llegó la última embarcación,las lágrimas ya me ardían por las mejillas, y cuando subió el último hombre, meabalancé sobre él y le pregunté que dónde estaba mi madre, que tenían quevolver a por ella, que se la habían dejado en la playa. Camille me agarró delbrazo y me abrazó. Yo no pude parar de llorar. Apenas dormí y cuando loconseguía me despertaba entre pesadillas, buscando a mi mamá.

          Llegamos al puerto de Marsella unasdoce horas después, en pleno día. La gente que pasaba por allí se nos quedabamirando. Todos sabían de dónde veníamos, pero nadie decía nada. Me bajé con lafamilia de Jean. Todos habían estado muy pendientes de mí durante el trayecto.Cuando estuvimos en tierra firme, el papá de Jean tuvo que hacer variasllamadas, a veces gritaba, a veces lloraba. Después de eso se acercó a nosotrosy nos dijo que vendrían a buscarnos en unas horas para llevarnos a Burdeos.Unas diez horas después de las llamadas, un coche llegó hasta donde estábamos,la puerta de un bar, y se paró frente a nosotros. Un señor de la misma edad queel papá de Jean se bajó y los abrazó a todos. Luego nos montamos en el coche ynos pusimos en marcha. A cada minuto que pasaba no podía parar de pensar quecada vez estaba más lejos de mamá, y no sólo de distancia, sino más lejos depoder volver a verla. Una distancia ficticia, tan real que me traspasaba elcorazón y lo dejaba hueco.

Esanoche nos acogieron en una bonita casa, Jean y yo tuvimos que dormir juntos enuna pequeña cama, en la misma habitación que su hermana y otros dos niños más, susprimos. Pasé con ellos cuatro semanas. Camille se había pasado la mayoría deltiempo llamando a conocidos en Argel, preguntando por mamá, pero parecía quehabía desaparecido de la faz de la tierra. No había rastro de ella.

          Tras dos meses viviendo en casa de lostíos de Jean, su padre, me dijo que había conseguido contactar con mis abuelosmaternos, que vivían en el sur de España, y que me iba a llevar con ellos.Saldríamos al día siguiente, de madrugada. Me había dicho que España era unlugar muy bonito, y que el sur lo era aún más. A la mañana siguiente, toda lacasa se levantó al mismo tiempo que nosotros y vino a despedirnos, a desearmesuerte. Sentía que nunca más volvería a verlos, así que los abracé con muchafuerza, intentando que sintieran el calor de ese abrazo el resto de su vida.

          El papá de Jean y yo tomamos un trenen la estación de Burdeos. Fue un viaje bastante tranquilo y sin ningúnimpedimento. Yo miraba por la ventana durante todo el tiempo, intentandoacordarme de todo lo que veía. Nos bajamos en la bonita ciudad de Hendaya. Albajarnos, otro hombre nos estaba esperando allí. Él señor saludó al padre deJean en un francés bastante escueto y luego se dirigió a mí en español.

          —Tú debes ser Gabriel, ¿verdad?Encantado de conocerte, jovenzuelo. Yo soy Carlos —dijo el hombre mientras medespeinaba un poco el cabello. Yo me agarré a la mano del padre de Jean y estenos pidió alejarnos de la estación. Fuimos a un pequeño mesón, a comer.

          —Gabriel, Carlos es un buen amigo mío.Él te ayudará a cruzar la frontera y te llevará con tus abuelos. Me encantaríapoder ser yo el que fuera contigo, pero debido a la situación actual en el paísde tu madre, me temo que no sería una buena opción, para ninguno de los dos.Una vez que crucéis a España, no podrás volver a hablar francés, ¿de acuerdo?—me había explicado el padre de Jean.

          Yo en ese entonces no había entendidopor qué él no podía venir conmigo y tampoco entendía por qué no podría volver ahablar francés mientras estuviera allí. Sabía hablar español, mamá me habíaenseñado y a veces teníamos conversaciones, pero no me sentía tan cómodohablando ese idioma. Sentía que no era yo realmente. Pero aún así, asentí. Lafamilia de Jean había hecho todo lo posible para cuidarme y si él me lo pedía,yo lo haría.

          Esperamos a que cayese la noche, nosdespedimos del padre de Jean y yo me quedé con Carlos. Me explicó que estábamosen Hendaya y que tendríamos que cruzar a pie hasta Irún. Una vez allí, yaestaríamos en tierra española. Yo apenas hablaba, pero él tampoco me insistió.Una vez estuvimos en Irún, ya caída la noche, Carlos me guio hasta un pequeñoestablo y allí pasamos la noche. Hacía bastante frío, pero el hombre sacó unagruesa manta y me la puso por encima.

Ala mañana siguiente, tuvimos que andar unos cuantos kilómetros más hasta llegara otro pequeño poblado, donde llegamos hasta el coche de Carlos. Metimos todasnuestras pertenencias en el maletero y nos pusimos en marcha.

—Tendremosque hacer una primera parada en Zaragoza, chico. Tengo que vender todo lo quetraigo desde Francia para que nuestro viaje hasta el sur sea más seguro.Pasaremos allí unos dos días, tal vez tres. Luego viajaremos hasta tu casa, contus abuelos.

—Esano es mi casa —dije, y era verdad. Mi casa estaba en Argel. Pensé por unmomento si aún seguiría en pie.

—Tienesrazón, chico, pero pronto lo será —no hubo malicia en su comentario, sino másbien un deseo de que el niño que viajaba junto a él encontrase un hogar allá adonde lo llevaba.

Elresto del viaje en coche, que fueron unas ocho horas de sinuosos caminos hastallegar a Zaragoza, las pasamos en silencio la gran mayoría. Carlos no era unhombre muy hablador, le gustaba el silencio. A mí también me gustaba.

Llegamosa Zaragoza acompañados de la caída del sol y aparcamos el coche en una zonabastante tranquila. Carlos me recordó que no podía hablar en francés y que, sino sabía cómo decir algo, que simplemente me callase. Yo asentí y ambos salimosdel coche y nos dirigimos a una taberna un poco maloliente. Allí nos sirvieron unaración de comida y yo la devoré en cuestión de segundos. Desde el día anterioren Hendaya no me había vuelto a llevar nada más a la boca, y mi estómago loagradeció.

—¿Quiénes este niño, Carlos? No sabía que tuvieras hijos —le preguntó el camarero, porlo que supuse que ya se conocían de antes.

—Esde la familia. Me lo llevo al sur a recoger tomates durante el verano. Siemprees bienvenida una mano de más y nunca es pronto para aprender a trabajar en elcampo —había contestado Carlos.

—Vaya,y a ti chico, ¿qué te parece la idea de irte al sur en verano a trabajar?Seguro que habrías preferido quedarte aquí a jugar con tus amigos —me habíapreguntado el tabernero.

Yomiré a Carlos y luego de vuelta al hombre. Como no sabía qué decir, me encogíde hombros y seguí comiendo. El hombre se río y me sirvió un poco más decomida.

          Cuando cayó la noche, Carlos me pidióque me quedará con el tabernero tras la barra, mientras él intentaba vendertodo el tabaco que había cruzado desde Francia. Pasamos allí casi toda lanoche. Yo observaba a Carlos, estaba sentado en una mesa, sólo. Algunos hombresse acercaban a él, hablaban durante un momento y luego se daban las manos. Pordebajo de la mesa, Carlos les pasaba algunas cajas de cigarros y los hombres lesoltaban las pesetas disimuladamente en la mano. Vi como al menos se repetíaesta operación una veintena de veces y yo no entendía muy bien por qué seescondían tanto y a la vez estaban a la vista de todos. Decidí que cuandovolviéramos a coger el coche, le preguntaría a Carlos, pero una vez quefinalizó su venta de cigarrillos, nos fuimos al coche y me quedé dormido.

          Cuando desperté, estábamos cruzandopor la costa. Carlos me dijo que estábamos en Valencia y me pareció muy bonito.Paramos varias veces en el camino y cuando empezó a caer la noche tuvimos queparar a descansar en un recóndito lugar, en mitad del campo. Esa noche dormimosdentro del coche y el calor al sur de España se hacía más evidente, peroincluso así, ambos nos arropamos con la manta. Me levanté con las tripas rugiendo por el hambre y Carlos me ofreció untrozo de queso.

          —Hoy llegaremos y podrás conocer porfin a tus abuelos. Imagino que tendrás ganas de verlos.

          Yo asentí. En ese momento creo que meimportaba más dormir en una cama y dejar de vagar en el coche durante todo eldía. El hecho de conocer a unas personas que se suponía que eran mi familia,pero que yo no los consideraba aún parte de ella, porque eran unos extraños,era algo secundario.

          Estuvimos viajando al menos duranteotras ocho horas cuando por fin Carlos aparcó el coche frente a una casa. Unamujer de unos cincuenta años salió a nuestro encuentro y se quedó mirando aCarlos con desconfianza. Carlos se presentó y luego me pidió que saliera delcoche. Cuando la mujer me vio empalideció, se acercó a mí con lentitud, como sifuese un objeto extraño y luego me abrazó. Vi como se le escapaba una lágrima,pero se esforzó en disimularlo bastante bien. La mujer, Juana, mi abuela,invitó a Carlos a cenar y a pasar la noche y este lo aceptó de muy buena gana.

          Carlos no paró de hablar. Les contóquién era, de qué conocía al padre de Jean, de nuestro largo viaje en carreterahasta llegar a Granada. Les dijo también que la familia de Jean había sido muyamable conmigo y que me habían cuidado mucho. Ellos habían intentado contactarcon mis abuelos paternos, pero ambos habían fallecido hacía unos años y loshermanos de papá no vivían en Francia. Después intentaron encontrar a misabuelos maternos, pero había sido más difícil. Con la dictadura franquista,cualquier movimiento de un francés era mal visto, era peligroso. También lesdijo a mis abuelos que tenían que prohibirme hablar el francés, al menos frenteal resto de personas. Tendrían que decir que era un nieto que había venido avisitarlos y luego tendrían que inventarse cualquier excusa para decir que mequedaba con ellos para siempre. Juana y mi abuelo, Alfonso, lo miraban con unalúgubre cara. Al principio pensé que se trataba de mí, de que yo no lesgustaba.

          Carlos se fue muy temprano al díasiguiente, se acercó a mi cama, me alborotó un poco el pelo y me deseo suerteen la vida. Yo le di las gracias y esa fue la última vez que vi a Carlos. Nofue hasta unos años después que me di cuenta de que se había jugado la vida pormí, cruzando toda España para llevarme con la única familia que me quedaba.

          Los abuelos al principio se mostrabanlejanos conmigo, sobre todo el abuelo. Cada vez que aparecía se le nublaba lavista y su expresión se tornaba seria. Un día aproveché para preguntarle a laabuela.

          —¿Crees que el abuelo me odia? —dije,casi en un susurro, por miedo a lo que pudiera decirme.

          —Gabriel, cariño, el abuelo te quieremucho. Es sólo que el haber perdido a tu madre lo está haciendo sufrir mucho ytú le recuerdas a ella demasiado. Verte a ti es como verla a ella, y eso lopone muy triste. Pero dale tiempo, se le pasará.

          Yo asentí e intenté pasar más tiempocon mi abuelo. Había escuchado en alguna parte que cuanto más ves algo, másrápido te acostumbras. Creo que sí que funcionó.

          La gente del pueblo pronto empezó apreguntar por el nuevo niño de Juana y Alfonso. Mis abuelos temían que lasautoridades se presentasen en la casa y pidieran mis papeles, ya que al carecerde ellos podría ponerlos en peligro por tenerme allí. A la abuela se le ocurrióuna idea.

          —Necesitamos que le hagan unos nuevospapeles al niño, y tenemos que justificar la pérdida de los anteriores. Laúnica manera de conseguirlo es diciendo que su antigua casa, la casa dondevivían sus padres, se incendió. Y sus papeles con ellos. Gabriel fue el único quesobrevivió.

          El abuelo y yo nos quedamos ensilencio. Uno que nadie más se atrevió a romper el resto del día. En ciertomodo, mi vida si que había terminado ardiendo, con todos mis seres queridos ymis pertenencias. Con mamá. Ahora ya solo quedaban vagas cenizas guardadas enmi memoria.

          Cumplí los diez años en la casa de losabuelos. No hubo velas, como en los cumpleaños anteriores, pero no me importó.Sin mamá alzándome para que llegase bien a las velas no era tan emocionante.

          Los años comenzaron a pasarvertiginosamente sobre mí. Mi español era ya tan fluido como el de cualquierotro ciudadano del pueblo, había sido un buen alumno y los profesores siempreestaban muy orgullosos de mí. La abuela siempre decía que mi cabeza conseguiríallevarme lejos de ellos, que me iría, como lo había hecho mi madre años atrás,pero yo siempre intentaba consolarla y le decía que no tenía a donde irmientras estuviera con ellos.

          El abuelo murió a pocas semanas de queyo cumpliera los dieciséis. Se había caído de la escalera intentando arreglarel tejado de la casa y aunque seguía vivo en el suelo, el médico más cercanoestaba a kilómetros de distancia y haberlo transportado en mulo habría sidomucho más doloroso para él que otra cosa. Con mucho cuidado, entre un vecino yyo lo recostamos en su cama y llamamos al médico, que no llegó hasta la mañanasiguiente. Para ese entonces nos dijo que el abuelo estaba muy crítico y que nollegaría a ver el próximo amanecer. Fue un golpe muy duro, tanto para la abuelacomo para mí. El hombre que había estado a su lado casi toda su vida se habíadesvanecido de la noche a la mañana, y ya no volvería.

          —Abuela, ¿qué pasará conmigo si tútambién te vas? Eres lo único que me queda en esta vida. No quiero perderte ati también —le suplique de rodillas, sollozando en su regazo. Ella me acaricióel pelo y me beso la frente, pero no me dijo nada.

          Fue durante el entierro del abuelo, elprimero al que había asistido en mi vida, que decidí que algún día tendría quevolver a Argel, a buscar a mamá. Necesitaba saberla muerta y enterrada parapoder cerrar esa herida, aún abierta después de tantos años. Lo necesitaba parapoder descansar después de todo.

          Empecé a trabajar en el campo durantelos fines de semana, después de la escuela y en verano. La abuela no habíaquerido que dejase los estudios. Decía que prefería tenerme lejos de ella aanclado en un lugar tan pequeño como aquel. “El mundo es demasiado pequeño parati, Gabriel”. Así que mientras tanto, iba ahorrando para el futuro viaje aArgel. Le escondía ese secreto a la abuela. Sabía que por nada del mundo ellaquerría que yo volviera a ese país. La guerra había terminado hacía variosaños, los argelinos la habían ganado. Nunca me había posicionada de parte deningún bando de esa guerra, pensaba que yo nunca había tenido elección sobreella, que simplemente me había pillado en medio y me había arrastrado con ella.Era una tontería intentar posicionarse ahora.

          Cuando cumplí los veintiuno, fuidestinado a Madrid para llevar a cabo mi formación en el servicio militarobligatorio, comúnmente conocido como la ‘mili’. No es que fuese algo que a míme hiciese especial ilusión, pero el vivir en Madrid me iba a facilitarbastante las cosas.

          En la mili conocí a mucha gente,futuros grandes amigos. Vivir allí fue lo que me impulsó a estudiar una carrerauniversitaria. La historia siempre había sido uno de mis fuertes y creía queera la mejor opción que podría tener. Durante un año y medio no pude hacer otracosa más que intentar ahorrar todo lo que pude. Conocí a María en un bonitobar, una de las pocas mujeres universitarias que en ese entonces había, y meencandiló. Me llevó a alguna de sus clases y asistí yo a otras por mi cuenta.Le conté mi idea de viajar a Argel en busca de mi madre y me dijo que para ellonecesitaría primero pedir el visado en la Embajada de Argelia.

          El proceso de conseguir el visado nofue nada fácil. Requerían de muchos documentos y siempre me pedían paciencia ala respuesta. Casi un año después de mi primera visita a la Embajada, me loconcedieron.

          No fue hasta el año 1973, catorce añosdespués de haber huido de Argelia, que pude tomar un ferry para volver aaquellas tierras. Tardé casi un día en llegar hasta la capital y buscarme unalojamiento. Mi francés estaba bastante oxidado después de tantos años, peroalgo que tenía tan arraigado como el idioma con el que crecí, brotó de mí másfácilmente de lo que habría esperado.

          Lo primero que hice fue intentarhablar con los residentes de aquellos lugares. La gente más mayor se mostrabareticente y apenas querían hablar conmigo. Intentaban olvidar esa época tanoscura para su país, para su gente. Los más jóvenes intentaban ayudarme, perono recordaban tanto como los mayores. Ellos habían sido niños, como yo, duranteel enfrentamiento.

          Finalmente, tras algunas semanas allí,decidí contactar con las autoridades. Allí me dijeron que existían asociacionesque ayudaban a los familiares a encontrar a las víctimas, y que tal vez ellospodrían ayudarme más. Me dieron una ubicación y al día siguiente llegué allí.

          No era más que una pequeña oficina,con algunos asientos en la sala de espera y una pequeña habitación donde teatendían. Una muchacha de aproximadamente mi edad de procedencia argelina,estaba sentada en una de las sillas. Yo me senté junto a ella y la saludé conun tímido ‘Salut’. Temía que, si lagente sabía que mis padres habían pertenecido al bando francés, ya no quisieranayudarme, pero mi aspecto lo gritaba.

          Pasamos casi quince minutos ensilencio, esperando a ser atendidos. Finalmente, la chica decidió romperlo, segiro hacía a mí, me sonrío con timidez y me preguntó: “¿A quién estás buscando?”.Yo me sorprendí por esa interacción, por lo que tardé un momento en responder.

          —A mi madre. ¿Y tú? —le pregunté porcortesía. No sabía hacía dónde podría derivar esa conversación.

          —A mi padre. Llevo años buscándolo. Mellamaron esta mañana, han encontrado una nueva fosa y tal vez esta sea laúltima vez que tenga que venir aquí. O tal vez no —dijo la chica con un tonoque denotaba tristeza, pero, sobre todo, cansancio.

          —¿Qué le pasó a tu padre? —después depreguntarlo me arrepentí. Probablemente había sido una pregunta de mal gusto,pero sentía que ella necesitaba hablar sobre eso, sobre su padre.

          Laila, como se llamaba la chica, mecontó que durante la guerra los soldados franceses habían entrado en su casauna noche y se habían llevado arrestado a su padre. A ella y al resto de sufamilia los obligaron a permanecer en la casa hasta casi las doce del díasiguiente. Cuando salieron, les fue casi imposible averiguar a dónde se lohabían llevado. Ella era la mayor de las hermanas, por lo que era la quesiempre se encargaba de ir a los reconocimientos. Llevaba muchos años así.

          —Tan sólo necesito encontrar a mipadre, para saber donde descansa y que así podamos descansar el resto denosotros. Mucha gente me dice que al menos yo no vi morir a mi padre frente amí, pero creo que es mucho peor. Creo que haberlo visto muerto me habríaayudado a cerrar mis heridas con el tiempo, sin embargo, después de tantotiempo, aún no he conseguido superarlo.

          Vi como los ojos de Laila se llenabande lágrimas y le tendí un pañuelo. Le dije que la entendía, que me había pasadolo mismo con mi madre. Le conté mi historia, la historia de mi vida y amboslloramos juntos y nos cogimos de la mano.

          Creo que fue en ese momento en el queme di cuenta de que, a pesar de que nuestras familias se habían encontrado enbandos distintos durante esa horrible guerra, el daño había sido repartido apartes iguales. Nos habían quitado a nuestros padres y ese dolor se sentía igualde profundo, independientemente del lugar del mundo donde hubieras nacido.

          Laila entró antes que yo a la sala ysalió casi una hora después. Me miró, negó con la cabeza y me deseó suerte. Sulucha aún no había terminado, cabía la posibilidad de que nunca lo hiciera.Pero seguía acudiendo a cada llamada, con la misma esperanza que al principio.

          Yo me levanté y me dirigí, con miedo,hacia la sala. Miedo a no descubrir nunca qué le había pasado a mi madre, miedoa permanecer toda mi vida con esa incertidumbre. Pero, sobre todo, miedo a noser lo suficiente fuerte como Laila para mantener la esperanza. También sentíuna rabia extraña, por las incoherencias de la guerra, en las que no hayvencedores, en la que ambos bandos pierden. Rabia hacia el ser humano, que seglorifica en este dolor, siglo tras siglo. Pena, por no ser capaces de pararlo.Pero decidí retirar todas esas ideas de mi mente y mantenerla serena, ensilencio.

           Fue en el silencio donde encontré la fuerza,la determinación y el amor inquebrantable por aquellos que nunca dejaría debuscar. En la lucha, había descubierto que la verdadera fortaleza reside en elcoraje de seguir adelante, aún en los momentos más oscuros.

 

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Published on June 15, 2024 11:38

November 19, 2023

Mis libros publicados

 Serie "El Triángulo"

El Triángulo - El Triángulo #1

La vida de Sidna transcurre tranquila junto a su familia. Un día, esa pacífica existencia se ve alterada cuando, sin motivo aparente, es secuestrada en su domicilio... Cuando despierta, nada es lo que le dicen y, junto con Ulent, otro chico al que también han raptado, decide buscar todas las verdades de ese lugar tan misterioso al que han llamado "El Triángulo".

Link de compra

Podéis encontrar el libro en formato e-book y en tapa blanda. 

La Úpsula - El Triángulo #2

Han pasado seis meses desde que Ulent y Sidna fueron obligados a separarse y el exterior esconde más peligro del que imaginaban. Se tendrán que enfrentar a cosas que nunca pensaron que deberían hacer para sobrevivir y descubrirán oscuros secretos que habrían deseado no saber nunca. Pero justo cuando creen que conocen todas las amenazas que los acechan, un misterioso intruso irrumpe en el campamento de Sidna, desencadenando una serie de eventos que sacudirán los cimientos de su realidad.

Link de compra

Podéis encontrar el libro en formato e-book y en tapa blanda. 


El Triángulo #3

Próximamente.




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Published on November 19, 2023 13:03

July 2, 2023

Relato Valentín Sánchez 2023- QUERIDO ANDRÉS

 

QUERIDO ANDRÉS

 

 Corría el año 2012. Vivía en Buenos Aires y todas lassemanas, los jueves para ser exactos, iba a visitar a mi abuelo Andrés. A él leencantaba leer, pero la vista a los 92 años no es la misma que a los 21, asíque yo iba a leerle.

 Él siempre elegía títulos bien variados, desde elperiódico a novelas, poemarios, revistas.... Pero hasta ese día, nunca antes mehabía pedido que le leyera cartas.

 Desde el primer momento me llamaron la atención. Estabanguardadas en una bonita caja de madera. Todas estaban selladas y el tono de lagran mayoría comenzaba a verse amarillo en lugar de blanco. Miré a mi abuelo,extrañada, sin entender a quién iban dirigidas aquellas cartas, ya que en elexterior no tenían ningún nombre, solamente el mes y el año en el que habíansido escritas. Él me dijo que la caja había llegado esa misma mañana porpaquetería y que, aunque él les había asegurado que no esperaba ningún paquete,el muchacho había insistido en que era para él.

 Todo eso no hacía más que despertar mi curiosidad, así quecogí la carta más antigua y comencé a leerla.

Diciembrede 1938

Querido Andrés,

Estos mesessin ti en Madrid han sido un completo infierno. Te echo de menos cada minutodel día. No ver tu sonrisa me entristece, no escuchar tu voz me hace quecualquier otro sonido no sea bienvenido en mis oídos. Sueño con el día en queesto acabe, en que podamos volver a vernos. En que seas libre de moverte porEspaña. Sueño con ese día.

Siempretuya,

V.”

 Miré a mi abuelo, desconcertada. El nombre de la abuelaera Sofía. Además, varias veces nos habían contado que se habían conocido en1945 en una bonita cafetería a dos manzanas de su actual casa. La cara de miabuelo se había puesto pálida y se había quedado paralizado. Temí que a su edadeso pudiera ser un peligro, que estuviera sufriendo un ataque al corazón, perodespués de unos segundos se repuso y susurró: “Virginia…”

 El abuelo me pidió que no siguiera leyendo, que no queríarecordarlo, así que me entregó un periódico del día anterior y, aunque yoestaba muy intrigada, hice caso a mi abuelo.

 A la semana siguiente, la caja aún seguía colocada en unade las estanterías de la sala de estar de su casa, pero no me pidió que leleyera otra. No fue hasta un mes después que lo hizo. “No puedo parar de pensar que tal vez un día cercano muera y no mepodré perdonar por no haber leído esas cartas. Por favor, léeme otra”. Y yoestuve encantada de hacerlo, me intrigaba mucho quién era esa mujer y por quéhabía decidido enviarle esas cartas al abuelo tanto tiempo después.

Marzode 1939

“QueridoAndrés,

Tengomucho miedo. Cada vez están más cerca de entrar en Madrid, cada día lo tengomás claro. Apenas salgo a la calle y apenas hablo con nadie. El aire estos díasestá enrarecido. Me alegro de que no estés aquí, espero que allá donde estés,seas muy feliz.”

 El saludo final y la firma eran los mismos que en laprimera carta. El abuelo estaba mirando al techo, como rememorando viejos tiempo,tiempos que parecían irreales porque había pasado demasiado tiempo entre ellosy el presente. “Lee otra más por favor”, mepidió.

Septiembrede 1940

“QueridoAndrés,

Ya hapasado más de un año desde que terminó la guerra y empezó la dictadura. En mifamilia hemos tenido suerte, o eso es lo que me dicen todas mis amigas. Yo nolo veo así, más bien me parece un infierno.

Despuésde que tomaran Madrid, uno de los oficiales que había combatido para Franco mevio y quedó prendado de mí. Fermín habló con mis padres y les pidió casarseconmigo. Ellos, aunque no estaban muy conformes con la idea de que una de sushijas se casara con uno de los involucrados en la destrucción de su tierra,tuvieron que aceptar, ya que a Fermín le habían concedido un pequeño caserío alas afueras de Madrid, donde podríamos trasladarnos todos para vivir.

Debidoa la guerra que está devastando el resto de Europa, hemos decidido celebrar unaceremonia más sencilla. Mañana nos casaremos.

Miúnico consuelo es pensar que, tal vez en otro mundo, nosotros podríamos haberacabado juntos, casándonos. Que podríamos haber sido felices por el resto denuestras vidas.”

 Cuando vuelvo a meter la carta en el sobre, veo que miabuelo está llorando sentando en su viejo sillón. Nunca antes lo había vistollorar, ni incluso cuando la abuela falleció. Le tendí un pañuelo de tela y élse limpió, sin decir nada. Decidí guardar las cartas por ese día. Pero todoslos jueves, mi abuelo me esperaba sentado en su sillón y en la mesa, frente adonde yo me sentaba, siempre estaba la caja. Así que yo le leía.

Febrerode 1945

“QueridoAndrés,

Perdónamepor no haber escrito en tanto tiempo. Fermín me interrumpió mientras escribíala carta anual en 1941, cuando estaba embarazada. Pensó que tenía un amante yme pegó tal paliza que perdí a mi hijo. Desde entonces no me había vuelto aatrever a escribir. Por mucho tiempo ha estado registrando mi habitación enbusca de más cartas, pero yo tenía las otras a buen recaudo.

Ahoratengo tres hermosos hijos, Andrés. Dos niñas y un varón. Te adorarían. Durantetodos estos años he intentado averiguar a qué lugar huiste. Me encoge elcorazón pensar que tal vez te intentaste refugiar en Francia. Me desuela laidea de que te fuiste huyendo de una guerra y te encontraste una incluso mayor.Pienso en ti muy a menudo, aunque no tanto como antes. Mis hijos me dan muchotrabajo y los tengo a ellos en mente la mayoría del tiempo.

Esperoque estés bien.”

 Mi abuelo sonrío cuando escuchó que Virginia había tenido tres hijos y no lo entendí, porque parecía que esa mujer había sido el amor de su vida y había tenido hijos con otra persona, pero creo que mi abuelo pensó diferente a mí, pensó que, dentro de esa vida impuesta, lo único que no le pesaba realmente era cuidar de sus hijos. Lo único que la había motivado a seguir día tras día.

 En todo el tiempo que estuve leyéndole a mi abuelo,siempre me pedía que leyera solo una carta por semana. Quería alargar aquelmomento lo máximo posible, creo que no se quería desprender tan rápidamente deVirginia. Para mi abuelo, cada semana se le hacía un año para poder volver asaber de ella. Para saber qué le había pasado.

Diciembrede 1975

“QueridoAndrés,

Finalmenteha terminado. Se terminó. Tal vez sea el luto que más felizmente he tenido quevestir en mi vida. Fermín me obliga a seguir haciéndolo, aunque ya la mayoríade gente viste normal.

Megustaría poder enviarte esta carta y pedirte que me llevases contigo, mis hijosya son lo suficiente mayores para cuidarse ellos mismos, pero sé que un hombrecomo tú no estará solo. Probablemente también estés felizmente casado y tengasunos hijos maravillosos.

Mimayor felicidad estos días son mis nietos. Pensar que ellos podrán vivir en unaEspaña totalmente diferente a la que nosotros tuvimos en nuestra juventud mellena de esperanzas.”

 Mi abuelo volvía a estar llorando. Pero en su cara pudevislumbrar cierto alivio, un alivio que creo que le provocaba no haber recibidoaquellas cartas en aquel año. Él también había pensado en ella casi todos losdías desde que dejó España para venir exiliado a Argentina, pero él nunca seatrevió a mandar una carta o de hacerle saber que estaba vivo. Pensó que esopodría haberlos puesto en peligro a ambos. Así que lo dejó y prefirió rehacersu vida, pensando que Virginia ya lo tendría más que olvidado. Pero no habíasido así, y eso lo consolaba y lo destrozaba a partes iguales. Ella lo quería.Lo había querido toda su vida. Y él a ella también, aunque hubiese intentadoolvidarla. Era algo que no sabía si llegaría a perdonarse algún día.

 Poco después de eso, el abuelo fue ingresado en elhospital por problemas respiratorios. Estaba enchufado a una máquina las 24horas del día y allí se sentía realmente solo. Yo iba a visitarlo cada dosdías, pero allí no tenía la caja con las cartas. Con la máquina que tenía miabuelo, apenas podía hablar, pero le veía en los ojos el anhelo y el miedo por saberlo que iba a pasar. Temía que no le diera tiempo a terminarlas, así que decidí llevarlasal hospital y seguir con nuestras lecturas allí. Eso lo animó bastante. Inclusolas enfermeras lo notaron más contento.

Agostode 1982

“QueridoAndrés,

Se queya soy mayor para estas cosas, pero como siempre te comentaba cuando éramosniños y estábamos llenos de energía, mi sueño siempre fue enseñar. Creo que seme da bastante bien. A mis hijos y nietos siempre los he ayudado en suenseñanza y todos ellos parecen muy agradecidos.

Haceunos meses, Fermín comenzó a desarrollar Alzheimer y vi la oportunidad de poderllevar a cabo mi sueño. Fermín me ha impedido toda la vida desarrollarmeprofesionalmente, no paraba de recordarme que el trabajo era para los hombres yque las mujeres debían permanecer en casa, pero ahora él no está aquí. Y yoempecé a formarme como profesora para ayudar a un grupo reducido de niños porlas tardes. Sé que no es mucho y que, tal vez, con 60 años, sea un poco tarde,pero no quiero pensar eso. Mejor tarde que nunca.”

 Mi abuelo no paró de llorar hasta una hora después. Lasenfermeras estaban preocupadas, pero les dijimos que se trataban de lágrimas defelicidad.

 No sé si fueron las cartas, pero a los pocos días, alabuelo le dieron el alta y volvió a casa, fuerte y sano.

Juliode 1997

“QueridoAndrés,

Hoy esel aniversario de la muerte de Fermín. Hace siete años que desapareció de mi vida.Probablemente los siete años más felices que he tenido desde que te marchaste.Llevo sin escribir desde entonces y lo siento mucho, pero la vida me ha mantenidoviajando de un lugar para otro. He tenido que aprovechar este tiempo paradesarrollar mis sueños, ya que la vida me los arrebató allá por 1935.

Ahorasoy escritora. Creo que escribir estas cartas fue lo que me incitó a escribirmis novelas. Me va bastante bien, aunque tal vez no reconozcas ninguno de mislibros porque están escritos bajo seudónimo. A pesar de que llevo más de mediavida sin verte y sin saber nada de ti, siempre has sido una gran inspiraciónpara mí. Tu fuerza y valentía atraviesan el tiempo y el espacio y llegan hastamí, para llenarme con ellos.

 El seudónimo venía escrito al final de la carta. Yo loapunté y al día siguiente bajé a la librería para corroborar que aquello eracierto. Desde entonces había publicado casi una veintena de libros. Decidícomprar uno para leérselo al abuelo cuando terminásemos las cartas. Seguramentele haría ilusión.

 El siguiente jueves le llevé el libro y miré cuantascartas quedaban. Ya no quedaban muchas y eso me ponía triste, por el abuelo,pero también por Virginia. Había acabado cogiéndole cariño a través de laspalabras y los años.

Noviembrede 2004

“QueridoAndrés,

Esteaño está siendo uno de los más tristes de mi vida. No sabía que el corazónfuese tan resistente al dolor hasta ahora. No había tenido fuerzas paracontarte esto antes, pero creo que ahora puedo hacerlo.

Haceunos meses, en marzo, perdí a uno de mis hijos. Iba en ese tren, el delatentado. Siempre me he cuestionado por qué Dios deja que los padres entierrena los hijos. Es ley de vida que debería ser todo lo contrario.

Mepregunto si la guerra alguna vez terminó o si, simplemente, los humanos noestamos hechos para vivir, sino para crear y destruir.

Heparado de escribir durante todo este tiempo. Apenas he sido capaz de salir dela cama y no me siento con fuerzas ni con inspiración. A veces me gustaríapoder tener una conversación contigo, ver cómo ha pasado el tiempo y la vidanos han hecho cambiar de parecer millones de veces.

 El abuelo, aunque nunca tocaba la caja, sabía que la cosaestaba llegando a su fin, que las cartas se acabarían muy pronto, y eso lotenía triste, pero nunca me pidió que parase.

 Cuando llegó el día de abrir la última carta, creo queambos preferíamos dejarla en la caja para siempre. Sería una forma de queVirginia fuera siempre infinita, de alguna manera, pero ninguno de los doséramos capaces de aguantar para saber qué contenía esa última carta. Qué nosdiría. Tomé un suspiro y miré al abuelo, él me asintió y desgarré el sobre, elmás blanco hasta ahora.

Marzode 2012

“QueridoAndrés,

Estaes la última carta que te escribiré, pero con suerte, también será la primeraque te envíe. Este último año he estado bastante mal. Me detectaron cáncer hacecerca de un año y, con noventa años una no es tan fuerte como con dieciséis.

Le hepedido a un buen amigo que te busque cuando yo muera y que se encarguepersonalmente de darte las cartas. Sé que estás viviendo en Argentina y que,aunque ahora eres viudo, tienes una bonita familia que cuida de ti. Eso mealegra mucho más.

No sési querrás leerlas después de tantos años, pero siempre han sido tuyas y quieroque las tengas contigo. Puedes hacer lo que más desees con ellas.

Queríadarte las gracias por haberme acompañado durante tanto tiempo en mi vida,incluso sin tú saberlo. Algo me dice, o tal vez sólo sean esperanzas, que tútambién me has echado de menos.

Talvez está vez no fue la hora de conocernos, Andrés. Tal vez, en otras historias,Virginia y Andrés acaban juntos, siendo felices. No es nuestro caso, pero séque ambos somos felices, aunque estemos separados.

Cuandoleas esto yo ya no estaré más en esta historia, pero seguiré buscándote entodas las otras historias que viva, porque eres el amor de mi vida.

Tequiero,

Virginia.

 

 

 

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Published on July 02, 2023 04:04

Relato Corto -- La llave

La llave 

 El timbre sonó y me dirigí hacia el aula, esquivando a gente apresurada por el pasillo. Al entrar, dejé la mochila en el suelo y me senté en mi silla, sin quitarme los cascos. Estaba escuchando una canción de The Rolling Stones y no podía pararla hasta que terminara, sería un completo sacrilegio; además, el profesor aún no había entrado y, como de costumbre, tardaría un poco más en llegar.

 Cuando dejé el móvil sobre el pupitre y miré alrededor, me di cuenta de que todos los que estaban en la sala miraban sus móviles, algunos reían y mostraban la pantalla a algunos de sus amigos; otro parecían algo disgustados, incluso incómodos, pero todos seguían mirando, sin poder apartar la mirada de lo que estaban viendo. Me dio un poco de curiosidad saber de qué se trataba, pero en ese momento entró el profesor. Me quité los cascos y saqué mis libros. Un murmullo seguía invadiendo la estancia, por lo que el profesor nos mandó a callar y todos guardaron sus teléfonos móviles y se callaron. El resto de las clases fueron muy monótonas y aburridas, aunque la gente seguía cotilleando sobre esa cosa y yo aún no sabía de qué se trataba.

 Cuando sonó la sirena indicando el inicio del recreo, salí con la esperanza de que mis amigos supieran algo y me contaran qué estaba ocurriendo. Me acerqué primero a la cafetería y me pedí una tostada y un café; luego, me dirigí a la mesa donde se encontraban mis amigos. Todos ellos estaban mirando también un teléfono. Era un vídeo. Al acercarme, uno de ellos levanto la vista y me llamó para que acudiera rápido a mirar. Yo me acerqué por detrás de todos ellos para poder ver. Al principio, no se distinguía mucho más que una habitación algo oscura y figuras, oscuras también, que reían y decían cosas que no llegaba a descifrar por el ruido de la cafetería. Luego, la imagen se hizo un poco más nítida, distinguiéndose así cuatro figuras de jóvenes, todos ellos varones. Fue cuando empezaron a dirigir la cámara hacia otro lugar de la habitación, hacia una cama. En la cama se hallaba una chica desplomada, seguramente inconsciente o delirando, con el vestido medio subido. 

 Un escalofrío me recorrió la columna vertebral y unas tremendas ganas de vomitar agitaron mi estómago. Me sentía enfermo al ver aquellas imágenes, pero seguí mirando a pesar de ello. Conseguí reconocer a dos de ellos, que iban a nuestro instituto. Fue uno de los desconocidos el primero en bajarse los pantalones. Se acercó a la chica y comenzó a subirle aún más el vestido. Ella no reaccionaba, por lo que no pudo defenderse; probablemente estaría drogada.  Pero una idea se había incrustado en mi cerebro y me era difícil desprenderme de ella. Mi ser más profundo creía, estaba seguro, que esos chicos la habían drogado y, a pesar de que no tenía pruebas, lo sabía.

 Antes de que empezaran a violarla me retiré de la pantalla, sin poder aguantar un segundo más viendo aquel vídeo. Era repugnante ver como todos seguían mirando, e incluso, disfrutando. Eso me puso aún más enfermo y me dirigí rápidamente hasta el baño, donde vomité. Un sudor frío me bañaba todo el cuerpo, dejando dormidas mis extremidades. Era una pesadilla. No creía que todo esto pudiera estar pasando. Sí, claro que lo sabía. ¿Qué otra cosa sino podría estar ocurriendo? Pero fue el miedo lo que me impidió actuar, el miedo fue el que me hizo cómplice de semejante delito. Volví a vomitar y justo en ese momento entró un grupo de chicos al baño. Comentaban el vídeo también, parecía que no había otra cosa de que hablar. Cuando salí, me quedé parado en la puerta, mirando a uno de ellos. Las imágenes me vinieron a la cabeza, todo ocurrió muy deprisa y casi me mareé. Los chicos, al verme plantado, con el semblante oscurecido, se callaron y me miraron. 

 Uno de ellos era un violador y los otros lo trataban como si fuera un héroe, como si lo que había hecho fuera fantástico y un ejemplo a seguir para todos los demás. Esto, en vez de dolerme, me cabreó aún más. Uno de los chicos le había preguntado cómo habían conseguido que accediera y él simplemente se había encogido de hombros y había dicho que la chica iba algo perjudicada y que había sido ella la que lo había ofrecido. Todos rieron. 

 Al salir del instituto, fui directo a casa, evadiéndome de todo lo que había ocurrido y dejando que el aire libre disipara todos mis malos pensamientos. Cuando llegué a la puerta de casa ya estaba mucho menos tenso y entré. 

 Mis padres y mi hermana estaban sentados en la mesa, comiendo. Yo dejé las cosas en mi habitación y fui con ellos para comer. Fue entonces cuando mi hermana sacó el tema. Dijo que en el colegio corrían rumores de que unos chicos mayores, algunos de ellos de mi instituto, habían grabado a una chica dormida.

 Mi madre se horrorizó ante la idea. "Seguro que estaría muy borracha y dejaría que hicieran cualquier cosa con ella, por eso siempre debes tener mucho cuidado, hija". Pero la verdad es que daba igual como estuviera la chica, eso no debía hacerse. No era culpa de ella, sino de los que la habían grabado sin ningún tipo de consentimiento. Mi madre me preguntó si yo sabía algo, pero dije que no. Estaba cansado de todo esto, pero en realidad, no era exactamente ese el sentimiento que recorría cada centímetro de mi cuerpo. Era remordimiento. 

 El sábado pasado, hace tan sólo unos días, hubo una fiesta en casa del hermano de unos amigos. Decidió invitarnos a nosotros para que, según él, conociéramos a gente mayor e hiciéramos más amistades. Fuimos sobre las doce de la noche y la casa, aislada en el campo, estaba ya repleta de gente. Mis amigos y yo estuvimos la mayoría del tiempo en el exterior, dónde habían encendido una pequeña hoguera. Estuvimos hablando con mucha gente nueva y nos lo pasamos realmente bien. En un momento de la fiesta, hubo un pequeño altercado, porque un chico borracho intentaba convencer a una chica de que se fuera con él, pero esta lo rechazó y todo el mundo se comenzó a reír. El chico, cabreado, reventó un vaso contra el suelo y sus amigos fueron a tranquilizarlo, llevándoselo un poco más lejos. Después de un rato, me fijé en como uno de los amigos del chico iba a disculparse por el comportamiento de su amigo con la chica y le ofreció un vaso, que la chica no rechazó. Después de eso, nada raro sucedió. Hasta que tuve que ir al baño. 

 En el baño de abajo había una larga fila de personas esperando, que apenas avanzaba, pero mi amiga me había dicho que arriba había otro baño y que probablemente no habría tanta gente. Yo no sabía exactamente dónde se encontraba, así que fui abriendo puertas para averiguar dónde estaba, ya que arriba no parecía haber nadie. Abría varias puertas, pero eran habitaciones vacías; hasta que abrí una, que era una habitación, pero no estaba ni mucho menos vacía.  

 Al entrar, no conseguí vislumbrar gran cosa, ya que tan sólo había una lámpara encendida, que iluminaba tenuemente la estancia. Mis ojos tardaron un momento en adaptarse a la oscuridad que había, pero cuando lo hicieron, desearía que no hubiera pasado. Me encontré a un chico encima de una chica, la cuál no parecía estar siendo consciente de la situación y yacía tumbada con la cara hacia un lado y los ojos desorbitados. Parecía ida. Otro de los chicos se tocaba mientras veía aquella macabra escena. Parecía que no me habían visto, hasta que en el último momento, uno de ellos me vio y se acercó a mí. Era el chico que le había ofrecido la bebida a aquella chica. Se dirigió hacia mí, con una sonrisa torcida en el rostro. "Puedes quedarte a mirar si quieres, pero cierra la puerta". Me quedé parado un segundo y luego dije: "Que va, tío, me voy ya, pero gracias. Disfrutad". 

 ¿En qué estaba pensando? Simplemente cerré la puerta y seguí buscando el baño hasta que lo encontré, y luego bajé sin más y seguí con la fiesta. En ese momento pensé que no era nada malo, que no pasaba nada. Esas cosas pasan, ¿no? Pero la chica no estaba consciente y, obviamente, no había dado su consentimiento, lo que lo convertía en un delito, uno grave y yo lo había presenciado sin hacer lo más mínimo. Sin apenas inmutarme y sin decirle nada a aquellos chicos que, probablemente, habían destrozado la vida de esa chica, que la habían drogado, violado y grabado y encima se atrevían a subir el vídeo para humillarla. La gente del instituto les aplaudía por ello y la chica, de mi instituto también, había decidido marcharse a casa, porque la estaban acosando, enseñándole el vídeo e insultándola por algo que no era su culpa.

 Ella era la víctima de todo eso y yo estaba encubriendo a los que se lo habían hecho. Intenté no pensar en eso, pero el tema no dejó mi cabeza ni por un segundo, y apenas conseguí pegar ojo en toda la noche. Esperaba que el tema se quedara en nada y que la gente finalmente dejaría de ver y compartir el vídeo, más que nada porque acabarían aburriéndose y todo volvería a la normalidad. Incluso yo podría dejar de sentirme culpable. Pero no fue así.

 Al día siguiente empezaron a correr rumores de que la chica había denunciado a los cuatro tipos que la habían forzado. Todos seguían hablando del mismo tema. Algunos apoyaban a la chica y creían que era lo correcto, otros, en cambio, creían que lo hacía para que la gente dejase de pensar que era una guarra por haber hecho aquello, ya que ahora estaba arrepentida. 

 Los profesores, después de tanto revuelo, y debido a que los padres de la chica habían hablado con la directora para que parasen de meterse con su hija, nos dieron una charla sobre porqué debíamos tratar ese tema con delicadeza y porqué no debíamos compartir el vídeo ni comentarlo. En ningún momento mencionaron nada con respecto a la denuncia por violación.

 Con el paso de los días, la gente dejó de comentarlo y yo me iba sintiendo cada vez un poco mejor, hasta que convocaron la fecha para el juicio. La policía habló con el hermano de mi amigo para preguntarle quienes habían asistido a la fiesta con el fin de poder encontrar a algún testigo. Fue entonces cuando empecé a ponerme nervioso. Apenas podía dormir por las noches, no era capaz de concentrarme para los exámenes y me encontraba vagando en mis pensamientos durante todo el día. Mi familia se dio cuenta de mi extraño comportamiento y me empezaron a interrogar un día durante la cena, para intentar averiguar qué me pasaba. Estaba tan asustado que decidí contarles todo lo que había visto para que me dieran consejo sobre qué hacer. Mi vista con la policía era en unos días y yo aún no sabía qué hacer ni qué decir al respecto. 

 Mis padres, después del relato, se quedaron callados durante unos segundos, con unas expresiones un tanto horrorizadas. Mi padre comenzó a decir que no era mi culpa y que no debería meterme en esos asuntos, ya que no era mi problema. Simplemente me repetía que había estado en el momento equivocado, en el lugar equivocado. Decía que lo que habían esos chicos era bárbaro, pero que yo no debía declarar contra ellos porque si la chica perdía el juicio yo podría verme salpicado por sus problemas y no sería justo, ya que no tenía ninguna culpa.

 Pero sí que la tenía. No podía evitar pensar que, en realidad, había estado en el momento exacto, en el lugar exacto para poder ayudar a esa chica. Podría haberles dicho algo, podría haberlos parado, podría haber llamado a cualquiera. Pero había sido un cobarde y no había hecho absolutamente nada. Y eso, a mis ojos, y probablemente a los de cualquiera que me viera, me hacía cómplice. Me convertía en escoria. 

 Pero tal vez... Tal vez la vida me estaba dando una oportunidad para ser valiente. Para actuar correctamente de una vez. "Más vale tarde que nunca". Porque mis padres se conformaban con pensar lo que era bueno para mí, no lo bueno para la chica. Pero yo tenía que llegar a algo más, no podía conformarme con ser egoísta. Debía pensar qué era lo justo para todos. Tanto para la chica como para el grupo de chicos. 

 Tenía la llave para hacer justicia en la mano y estaba en mi mano también decidir si usarla o tirarla. 

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Published on July 02, 2023 03:59

July 15, 2022

CLAUDIA -- Relato corto

 CLAUDIA 


El violín sigue sonando a lolejos. No se ha parado en ningún momento. Ni incluso cuando Claudia ha dejadode respirar.

El corazón me latefuertemente, me golpea el pecho y apenas me deja pensar. ¡Claudia ha muerto!¿Cómo es posible? La agarro del brazo y lo zarandeo, intentando que abra losojos y que me mire y sonría, como siempre hacía, pero esta vez, la extremidadinerte carece de movimiento propio.

No puede estar muerta. Nopuede. No… Comienzo a tirarme del pelo y me muerdo la lengua para ahogar migrito de agonía. La música de Chaikovski sigue sonando sin descanso y yoempiezo a escuchar la melodía, ahora más triste que nunca, dentro de mi cabeza.

Fue mientras sonaba estacanción cuando la vi por primera vez. Fue amor a primera vista. Ella estabaencima del escenario, bailando como si nadie la estuviese mirando, moviéndosecon una agilidad espectacular. Hermosa.

Ella bailaba para una compañíade ballet de la ciudad, yo era el encargado del mantenimiento de la limpiezadel Gran Teatro. Estaba limpiando la basura que había entre las butacas cuandola compañía llegó para ensayar su función. Intenté no mirar, de verdad que lointenté con todas mis fuerzas, pero no pude contenerme cuando la canción empezóa sonar. Ese día me fui a casa a las dos de la mañana, porque me pasé todo elensayo escondido al final de las butacas, admirando la belleza de ese baile,ese cuerpo, esa cara. Después tuve que quedarme hasta que todo quedó limpio.Ahora más que nunca debía conservar mi trabajo.

Nunca en mi vida había visto aalguien tan perfecto, tan hipnótico como ella. Al principio no sabía su nombrey, acercarme a ella y preguntarle lo veía una idea horrible. Toda mi vida hesido muy tímido. Así que decidí tomarme mi tiempo. Me aprendí el horario ysiempre me tomaba el descanso cuando ella estaba en el escenario. Nunca nadieme vio y era una especie de secreto que había querido mantener.

La primera vez que hablé conella fue mágico. Yo estaba como cada día, en mi descanso, viendo el ensayo,cuando Claudia se lesionó. La entrenadora le pidió que fuera a los vestuarioscon la ayuda de otra compañera. Yo estaba extremadamente preocupado. No pudecontenerme y me levanté de la butaca en su busca. Unos cinco minutos después,la encontré. Ella estaba sentada en una silla, con lágrimas en los ojosmientras se sostenía una bolsa de hielo sobre el tobillo lastimado. Yo entré enla habitación y ella se sorbió los mocos y me miró con curiosidad.

<<¿Quién eres?>>,me preguntó, aún con la cara llena de lágrimas. Yo me acerqué a ella y mearrodillé junto a la silla.

<<Mi nombre es Fermín,encantado de conocerte. Y tú, ¿cómo te llamas?>>, le pregunté, intentandoocultar mi nerviosismo.

<<Me llamoClaudia>>, dijo y sonrió. Fue la sonrisa más bonita y genuina que habíavisto en la vida.

Me saqué un pañuelo delbolsillo y se lo tendí para que se limpiase las lágrimas. Ella volvió a sonreíry yo me derretí ante aquella imagen. Me quedé unos minutos más, cuando measeguré de que estaba bien y luego me despedí. Debía marcharme y continuar conmi trabajo.

Aquella sonrisa me dio años devida, me hacía levantarme contento cada día y repetía su nombre solamente paraescucharlo. Definitivamente estaba loco. Loco de amor.

Pero nunca me atrevería a nadamás con ella. Era consciente de nuestra diferencia de edad, pero, ¿qué es laedad sino más que un número? Además, yo la quería. Y el amor nunca entiende deedad.

Estuve sin ver a Claudiadurante un tiempo, debido a la lesión. Pensé que nunca más la volvería a ver enmi vida y mi corazón se encogió ante la idea, pero un día vi aparecer su melenarubia en el escenario, sonriendo más que nunca. Y fui muy feliz.

Nuestro segundo encuentro fueun día de lluvia. Acababa de salir del trabajo y me monté corriendo en elcoche. Estaba saliendo del estacionamiento cuando vi la inigualable belleza deClaudia, que estaba esperando sentada en la parada de bus. Hacía más de mediahora que el ensayo había terminado, pero ella seguía allí, sola. Me acerqué conel coche y bajé la ventanilla. Ella pareció asustada al principio, pero despuésde reconocerme, la expresión de terror pasó a una más relajada.

<< ¿Qué haces aquíClaudia? ¿Necesitas que te lleve a casa?>>, me sentí muy descarado poratreverme a preguntarle, pero yo estaba deseando que me dijera que sí con todasmis fuerzas. Quería olerle el pelo, en mi imaginación olía a rosas frescas.Quería admirar esa belleza. Pero sobre todo quería gustarle.

Justo cuando ella me iba acontestar, un coche pitó y ella miró hacia esa dirección.

<<Gracias, pero ya hanvenido a recogerme. Adiós>>, dijo mientras corría a través de la lluvia arefugiarse en el calor del coche. Ese adiós me dolió, pero no pude evitarsaborear esas pocas palabras que habíamos intercambiado durante días. Además,el corto vestido que llevaba se le había levantado un poco mientras corría y nopodía quitar de mi mente la imagen de sus largas y bonitas piernas.

A veces incluso soñaba conella. Soñaba como sería mi vida junto a ella. Como sería besarla, tocarla.Poder tenerla cerca siempre que quisiera. Y se sentía demasiado bien, demasiadobueno, para que eso pudiera llegar nunca a suceder. Aún no sabía si ella mequería devuelta, pero por la manera en que me había mirado las veces que noshabíamos visto, estaba más que seguro de que, si aún no me quería, prontopodría conseguir que ella lo hiciera.

Unos meses después, cuando elsol calentaba tanto que sentías como la suela de los zapatos se comenzaba aderretir en el asfalto, salí unos minutos antes del ensayo y me dirigí a unapequeña heladería ambulante. Compre dos helados. Uno para mí y otro paraClaudia. Estaba seguro de que se quedaría esperando por al menos quinceminutos, como todos los días, bajo la sombra de un árbol. No tenía ni idea dequé sabor podría gustarle, así que compré uno de chocolate y otro de fresa ycrucé los dedos para que uno de esos dos fuese su favorito.

La vi salir y se despidió desus compañeras, ella se dirigió al mismo árbol de siempre y yo me la quedémirando por varios minutos, hasta que cogí la valentía necesaria para acercarmea ella. La saludé y le pregunté por cómo estaba. Ella me respondía, sin poderparar de mirar los helados.

<< ¿Quieres uno? Te dejoelegir el que más te guste>>. Ella dudó un segundo, pero luego señalo elde fresa y yo se lo tendí. Me dio las gracias y una enorme sonrisa invadió surostro. Me quede observando como lamía el helado, mientras el mío se derretíaen mi mano, dejándola pegajosa. Ella me miraba extrañada pero sonriente.Parecía hacerle gracia la situación. Me marché antes de que el coche quesiempre venía a recogerla apareciese.

Después de eso vinieronmuchísimos ensayos, ya que la obra se estrenaría en menos de un mes y ensayabantodos los días.

Incluso me permití comprarmeun boleto para el día de la actuación. Quería ver a Claudia interpretando aquelmaravilloso ballet. Probablemente todo el mundo quedaría hipnotizado, pero eraalgo que se cabía esperar.

El día de la actuación estabarealmente nervioso. Mi jefe me dijo expresamente que tenía prohibido acudir ala actuación, ya que debía llegar allí dos horas antes para limpiar loscamerinos y luego quedarme después de la actuación para limpiar la zona de butacas.Yo estaba realmente decepcionado, pero esperaba que al menos me dejaran ver laactuación detrás de los telones.

La compañía llegó unas cincohoras antes del estreno. Todo era un revuelto de horquillas, laca, maquillaje yvestuario. Se movían frenéticamente de un lugar a otro, sin parar. Yo intentabalimpiar lo mejor que podía entre tanto caos.

Fue entonces cuando encontréuna media con el nombre de Claudia bordado. No podía ser una coincidencia, eldestino lo había dejado ahí para mí. Me aseguré de que nadie miraba y me laguardé en el bolsillo. Sería la primera cosa que podría tener de ella. DeClaudia.

La hora del estreno seacercaba y poco a poco, la sala se iba llenando de gente. Incluso yo me estabacomenzando a poner nervioso de ver a todo el mundo tan ansioso. Intenté ver aClaudia en más de una ocasión, pero no la encontré. La obra comenzó y todo marchabaespectacular. La gente estaba aplaudiendo muchísimo y parecían disfrutar. Yodaba vueltas entre los camerinos y el escenario, de vez en cuando me asomabapara ver la actuación.

En uno de los cambios deescena, escuché la voz de Claudia. Me acerqué a los camerinos y pude descifrarque Claudia, mi Claudia, estaba buscando desesperadamente su media. La que yotenía. Me adentré en la habitación y le dije:

<<¿Esa media que buscastenía tu nombre bordado?>>, ella asintió, ahora con mucha luz en losojos.

<<La vi antes en elsuelo y la llevé a la sala de objetos perdidos. Acompáñame y te ladaré>>.

Claudia me sonrió y comenzó aseguirme por el pasillo. Yo no sabía qué estaba haciendo, hacia donde la estaballevando, porque la media aún seguía en mi bolsillo, pero yo solo quería pasarun poco de tiempo a solas con ella. Tener un momento de intimidad.

Llegamos al cuarto de lalimpieza, donde guardaba los productos que usaba para mi trabajo. La invité apasar y ella entró, buscando entre las estanterías su media. Yo entre tras ellay cerré la puerta. Claudia se me quedó mirando y me preguntó dónde estaba sumedia.

<<Si quieres que te détu media, tendrás que darme un beso>>, dije señalando mi mejilla yacercándome más a ella. Claudia dudo durante un momento y luego negó con lacabeza. <<Venga, es sólo un beso. Tus compañeras te estaránesperando>>, dije, intentando convencerla. Incluso allí, en una habitacióntan mugrienta y desastrosa, ella conseguía brillar.

Claudia retrocedió unos pasos,para intentar alejarse de mí, pero yo era mucho más grande, por lo que apenasme costó acercarme a ella, mucho más de lo que estaba antes.

<<Me estás dandomiedo>>, dijo ella, mientras empezaba a temblar y a sollozar. Yo leagarré la mano y comencé a acariciarla, intentando tranquilizarla, pero ellaparecía incluso más nerviosa. Le comencé a dar besos en las mejillas y en elcuello y ella al principio estaba inmóvil, sin saber qué hacer, pero cuandointenté meter la mano debajo del tutú, ella comenzó a gritar.

Tuve que taparle la boca conmi mano, el corazón me comenzó a latir demasiado rápido, estaba muy nervioso.Mantuve completo silencio mientras Claudia forcejeaba para que la soltara.Escuché que unos pasos se acercaban por el pasillo y me puse tenso. Claudiapareció calmarse y dejó de patalear, pero no la solté hasta que estuve segurode que los pasos se habían alejado lo suficiente.

Cuando la solté, Claudia yaestaba muerta. Había muerto entre mis brazos. La había matado. Le habíaarrebatado la vida tan joven.

Claudia solo tenía 9 años.

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Published on July 15, 2022 04:58

July 2, 2018

Texto Valentín Sanchéz 2018- "Lo fascinante de la vida"

Lo fascinante de la vidaEstaba disfrutando mucho de aquella fiesta. Acababa de cumplir los 18 y el simple hecho de estar allí, disfrutando con todos mis amigos, me hacía feliz. La noche empezaba a caer y el alcohol comenzaba a hacer sus efectos. Todos estábamos bebiendo grandes cantidades, sin percatarnos siquiera. Pero, ¿qué más da?, pensé. Éramos jóvenes y estábamos pasando un buen rato, no pasaba nada si nos pasábamos un poco un día. Es lo normal.             Cuando dieron las 2, todos decidimos ir a una discoteca muy famosa. Estaba a unos 10 minutos en coche. Álex ya tenía el carnet, y Sergio estaba yendo a la autoescuela conmigo. En pocos meses nosotros también podríamos conducir. A pesar de que Álex estaba un “poco” borracho, nos montamos en el coche. Era un trayecto corto, no podría pasar nada, y además, a esas horas la policía todavía no estaba posicionada para parar vehículos y no solían hacer controles de alcoholemia.  Álex se sentó y se ató el cinturón de seguridad. Yo seguí su ejemplo, pero Marcos, Lucía y Sergio, que estaban en los asientos traseros hicieron caso omiso y se pusieron a cantar a gritos la canción que sonaba en la radio.            Álex arrancó, e iba despacio, sabía que no estaba bien conducir borracho, pero era mi cumpleaños, y esos riesgos se toman por los amigos. Estábamos ya a mitad del recorrido cuando Sergio empezó a tener náuseas. Lucía levantó los pies y puso cara de asco y horror. Sergio iba a vomitar, y al final acabó haciéndolo, manchando toda la tapicería nueva del coche. Álex se volvió de pronto para horrorizarse y quejarse sobre el vómito de su amigo. El coche empezaba a apestar y Álex seguía refunfuñando y regañando a Sergio. Yo me volví para abrir la ventanilla y para que entrara un poco de aire fresco cuando vi que el coche se estaba dirigiendo hacia la acera. Grité para que Álex girara el volante hacia la izquierda y volviera a la carretera, pero fue demasiado tarde. Se escuchó un golpe seco y el coche se paró de repente. Marcos se llevó las manos a la cara. Estaba sangrando y su nariz estaba en un ángulo que no era normal. Se la había roto. Lucía había conseguido poner las manos antes de llevarse el golpe en la cara, pero aun así estaba algo magullada. Sin embargo, Sergio, había salido disparado contra el cristal y a pesar de que no lo había roto entero, lo había fracturada y tenía una gran herida sangrante en la frente. Álex y yo nos habíamos salvado gracias al cinturón de seguridad. Lucía empezó a gritar y a llorar cuando se dio cuenta de que Sergio estaba inconsciente. Recuerdo que entre los gritos desesperados de la chica, el nerviosismo del conductor y el dolor que sentía Marcos, yo me fijé en la chica que estaba tendida en el suelo, semiinconsciente y susurrando lo que supongo que sería ayuda. Tenía los brazos llenos de arañazos y fue cuando me di cuenta de que el capó estaba hundido. Acabábamos de atropellarla. Sólo conseguí balbucir que teníamos que ayudarla, pero Álex arrancó el coche y se fue de allí corriendo, sin pensárselo dos veces. Después de varios minutos de shock, conseguí susurrar algo más fuerte: “Acabamos de atropellar a una chica. Tenemos que ayudarla”. Pero Álex me aseguró que ya no podíamos ayudarla, que estaba muerta. Que al que teníamos que ayudar era a nuestro amigo que se encontraba inconsciente en el asiento trasero.Lucía había dejado de gritar y ahora solo sollozaba, acariciando la cara del chico que se encontraba a su lado. Yo me encontraba en el asiento, temblando, y en mi mente se reflejaba la imagen de la chica. Daba la sensación de que el coche había salido de la chatarrería, a pesar de que tenía unos meses, por el aspecto que tenía. Los focos delanteros estaban reventados, el capó hundido varios centímetros, el cristal fracturado, y además, como habíamos invadido la acera, unos postes habían arañado los laterales.Álex entró con el coche al parking del hospital y nos ordenó a Lucía y a mí que entraramos a por una camilla para transportar a Sergio. Marcos seguía sosteniendo su nariz con una expresión de dolor. Cuando avisamos a los enfermeros de que teníamos un amigo inconsciente fuera y que necesitábamos una camilla, ellos mismos nos acompañaron y lo subieron en la camilla. Al volver, tanto Álex como el coche habían desaparecido. Otro auxiliar atendió a Marcos. Nos dijeron que esperáramos en la sala de espera.Decidí que lo mejor sería no llamar a mis padres, les haría recordar la muerte de mi hermano José.  Cuando yo apenas tenía 10 años, recuerdo que mi hermano se pasaba todas las tardes a por mí al salir del colegio. Venía en su gran bicicleta amarillo limón y cuando estaba en la puerta hacía sonar aquel peculiar timbre que me hacía saber que era la hora de irse. Entonces yo corría hasta él, me cogía y me montaba en el sillín y yo me agarraba a él rodeándolo con los brazos. Pero un día, mi hermano no llegó, y el timbre que oí ese día no fue el de su bicicleta amarillo limón, sino el de una ambulancia. Cuando salimos a ver qué pasaba, encontré a mi hermano tirado en el asfalto, sangrando, con media cara destrozada por el golpe, y la bicicleta a varios metros de él. Estaba muerto. Recuerdo que grité tanto que mis cuerdas bucales estuvieron resentidas durante varias semanas. Supongo que con ese grito intentaba despertarlo de aquel letal sueño en el que había entrado. En mí cabía la esperanza de que se levantase un poco aturdido, cogiera la bicicleta y me llevara de vuelta a casa. Pero eso no volvió a pasar. Por ese motivo creí que sería cruel de mi parte hacer venir a mis padres, y que revivieran aquellos horribles momentos que pasaron en el hospital. Aún sabiendo que mi hermano estaba muerto, seguían con la esperanza de verlo de vuelta en su bicicleta camino a la escuela a recoger a su hermano pequeño.Lucía me empezó a mirar, ella sabía en qué estaba pensando, y prefirió no decir nada para evitar cualquiera que pudiese haber sido mi reacción. En el fondo se lo agradecí. Después de muchas horas de espera, un médico viene a pedirnos el teléfono de los padres de nuestro amigo. Lucía se lo dio y le preguntó qué le había ocurrido a Sergio. Este se piensa un segundo si responder o no y finalmente dice: “Vuestro amigo sigue en coma”. En ese momento el mundo se para, deja de girar para mí. “Va a morir”, dice mi cabeza a gritos, martilleándome fuertemente. “En unas horas vendrán para decirte que está muerto y será tu culpa”. “Empiezas bien los 18, has conseguido matar a dos personas”. “Es tu culpa”. No puedo escapar de mi propia cabeza y me dirijo corriendo al baño. Allí me aclaré un poco la cara y me miré al espejo. Estaba pálido como un cadáver.
A las semanas siguientes, Sergio siguió en coma, sin mejoras aparentes. Los demás decidimos volver al instituto como si nada hubiera pasado, pero tanto para el resto como para mí era imposible concentrarse en clases. Habíamos decidido no contar nada sobre aquella noche, y por ahora todos habíamos mantenido el secreto. Pero todo se volvió más duro cuando, a las pocas semanas del suceso empezó a circular una historia. Habían atropellado a una chica del instituto y estaba muy grave en el hospital. Se llamaba Alba, y era aquella chica, la que vi tendida en el suelo, ensangrentada y pidiendo ayuda. La que pensábamos que estaba muerta. Estuve meditando sobre qué hacer. Tenía una necesidad vital de hacer algo por ella. Creía que la podría ayudar después de haberle jodido la vida, pero estaba claro que no. Conocía a la chica de vista, estaba en mi clase de matemáticas, pero nunca había intercambiado palabra con ella. A las dos semanas del accidente, la madre de Sergio nos llamó. Dijo que su hijo había despertado. Todos fuimos a verle al hospital, pero cuando su madre nos dejó entrar a verle, ya no era el Sergio que conocíamos. En aquella habitación de hospital había un joven postrado en una cama de sábanas blancas. Su madre nos dijo que había perdido la movilidad en el brazo derecho, que no escuchaba, no veía y apenas conseguía balbucir algunas palabras. Había sufrido un fuerte golpe y su cerebro había sido dañado gravemente. Al salir de la habitación, Álex dijo: “Ojalá se hubiera muerto. Así podríamos recordarlo como realmente era, y no en lo que se ha convertido ahora. Una carga para sus padres”. No puede evitar mirarlo con rabia y me alejé de ellos, enfurecido. Llegué al baño y volví a refrescarme la cara. Aquello parecía una pesadilla de la que nunca conseguiría despertar. Reprimí un grito mordiéndome el puño y lloré. Al salir, pasé por recepción y me paré. Me acerqué al chico que estaba sentado frente a un ordenador y le pregunté si podía darme el número de la habitación de Alba, le dije que era un amigo que venía a visitarla. El hombre me dió el número: el 115. No sabía que estaba haciendo, pero mis pies me dirigían hacia aquella habitación. Cuando estuve frente a la puerta, di unos golpecitos, a pesar de que estaba entreabierta. Su padre la abrió por completo y me preguntó si era amigo de Alba. Yo le contesté que era un compañero de clase y él me dejó pasar. Dijo que iría a la cafetería a por algo de merendar y se fue. Alba se quedó mirándome extrañada. La saludé con un movimiento de mano y me quedé en el umbral de la puerta. Al final conseguí decir que me había enterado en clase de lo que había ocurrido y quería ir, en nombre de todos, a ver como se encontraba. Ella se rió y me miró con furia. En ese momento pensé que me había reconocido, que sabía que yo la había obligado a vivir toda la vida apalancada en aquella silla. Pero no fue así. “Si has venido a averiguar qué me pasa para ir contandoselo a todos los del instituto, ya puedes marcharte. No me apetece hablar contigo.” Me volví hacia la puerta y agarré el pomo. Pero me frené y me volví hacia ella. “La realidad es que no he venido en nombre de la clase. He venido porque hace unos años, mi hermano pasó por lo mismo que tú. Pensé que te podría ayudar hablar con alguien que te pueda entender mínimamente.” Le dije. Estaba siendo cruel por mi parte, yo estaba allí, intentando consolarla y diciéndole que podría llegar a entenderla y sin embargo yo había sido él que la había dejado así. Ella, sin embargo, me miró y nos quedamos en silencio durante un rato. Después me dijo que me sentara en un sillón que había a la derecha de la cama, al lado de la silla de ruedas. Estuvimos hablando durante horas. Su padre tocó a la puerta, pero al ver que su hija estaba a gusto conmigo decidió irse y dejarnos hablando. Ella me contó que yo había sido el primero en ir a visitarla, que ninguna de sus amigas se había dignado a aparecer con la excusa de que tenían exámenes muy importantes. Cuando decidí preguntarle que recordaba del día del accidente ella se quedó en silencio lo que a mi me pareció una eternidad. Después empezó a hablar. Me dijo que había salido de casa de un chico con el que había tenido una cita. Estaba hablando con sus amigas por el móvil sobre cómo había ido y de pronto, vió como un coche rojo se acercaba hacia ella muy rápido, no le dio tiempo a reaccionar y se quedó quieta esperando a que aquel coche la atropellara. Después sólo recordaba pequeñas imágenes sueltas sin coherencia y por último despertar en el hospital y averiguar que la mitad de su cuerpo no funcionaba. Después de un silencio en el que no supe qué decir, ella decidió preguntarme algo. “¿Tu hermano salió ileso o tiene alguna discapacidad como la mía? Yo la miré y esbocé una sonrisa triste. Le dije que José había muerto en el acto. Ella se ruborizó por haber preguntado algo tan personal. Después de un rato le dije que tenía que volver a casa. “Puedes venir cuando quieras, si te apetece”, me dijo cuando yo me disponía a abrir la puerta. Me dí la vuelta y le dije que volvería.
A partir de ese día, iba a visitarla cada tarde. Ella me contaba sus cosas y yo le informaba de las cosas que ocurrían en el instituto. Los días iban pasando y cuánto mejor la conocía, peor me sentía. Era como conocer a alguien que no te conoce. Ella me trataría diferente si supiera que estaba en aquella silla de ruedas por mi culpa. Me odiaría. Y esa opción me resultaba más difícil que ocultar la verdad, porque la verdad es que le estaba cogiendo cariño. Al cabo de unas semanas le dieron el alta y volvió a casa. Un día, después de salir de su casa, mientras me dirigía a la mía, Álex me vió. Y vino corriendo hacía mí. Parecía alertado. “¿Se lo has contado?”, me preguntó exaltado. Le dije que no para tranquilizarlo, pero él no llegaba a entender que hacía entonces en su casa. -Somos amigos- dije, como si ser amigo de la persona a la que has arruinado la vida fuera lo más normal del mundo. Él no podía comprender mi comportamiento, dígase extraño, hacia ella. Nuestra misión trataba en no decir ni hacer nada que pudiera implicarnos en aquel caso, y yo estaba haciendo todo lo contrario. Me dijo que tenía que dejar de hablar con ella, alejarme. Y llevaba razón, la situación había alcanzado ciertos límites y no podía ir a más. Pero no sabía cómo hacerlo. Los siguientes días me limite a no ir a su casa, a no escribirle ni a llamarla. Pero aunque lo intentara, no podía parar de pensar en ella, y la escena del accidente se repetía en mi cabeza a todas horas. Pensé que me estaba empezando a volver loco. Quería pagar por mis actos. Necesitaba un castigo para ser perdonado, pero sabía que ni por mil años de cárcel me sentiría mejor si ella no me daba su perdón.  Así que, decidí que lo mejor sería contárselo. Asumir que había cometido un delito y que ella merecía saber la verdad. Al día siguiente recibí un mensaje de ella: “¿No vas a volver?”. Sabía que sí, pero tal vez hoy sería el último día. Cuando estuve frente a su portal, me tomé mi tiempo para llamar. Cuando lo hice, las palmas de mis manos sudaban y estaba muerto de miedo. ¿Cuál sería su reacción? Cómo cada día, su padre fue el que abrió la puerta y me acompañó hasta el cuarto de Alba. Una vez allí él se despidió y se fue. La salude con un pequeño gesto del brazo y me senté en la esquina de la cama más alejada que había de ella. Estuve un rato en silencio, pensando cómo decirlo, pero ella empezó a hablar de otras cosas y le seguí el tema. De pronto, le pregunté: ¿Quién crees que fue? Ella al principio me miró desconcertada, pero sabía perfectamente a qué me refería. Suspiró y después me miró. Me respondió que suponía que nunca lo sabría pero que probablemente fuera algún borracho o drogado que, una vez más, se había cargado la vida de una persona. Después ella me miró y me dijo: “Eso es lo fascinante de la vida, que puede cambiar en cualquier momento”. La miré y entonces lo dije. “Fui yo”. Las palabras fluyeron de mi como si hubiera estado intentando contenerlas sin remedio. Ella me miró con el entrecejo fruncido y me dijo que no hiciera bromas con esas cosas, que no tenían ninguna gracia. Al ver que no decía nada y seguía mirando al suelo, sin decir nada, con los puños cerrados y los ojos cubiertos de lágrimas, supo que era la verdad. Me miró sin saber que decir y después de un momento que para mí pareció una eternidad, dictó su sentencia. “Vete de aquí, ahora”. Yo me levanté, sin poder mirarla, susurré un lo siento tan profundo y a la vez tan vacío, que me destruyó. Por mucho que lo sintiera no podía arreglar su vida. No volvería a andar nunca. Salí de su casa y corrí hacia la mía. Una vez allí, reprimí gritos de histeria contra la almohada, y lloré como nunca, esperando a que llegaran a arrestarme por conducción imprudente, y por ser cómplice del delito. Pero la espera fue interminable, y no llegó la policía, ni ese día, ni el día siguiente. Pensé que se estaba pensando como decirselo a sus padres, o que tal vez prefería esperar y pensar cómo decirlo. Pero al final de aquel día recibí un mensaje: “He decidido no avisar a la policía. Eso no significa que te haya perdonado, pero no quiero volver a verte nunca”. Aquello fue terrible. No podía seguir allí, fingiendo que todo estaba bien, salir impune de aquello.Por eso, por egoísmo supongo, he decidido avisar yo mismo a las autoridades. Espero que lo acabes entendiendo algún día, Alba, pero necesito, debo, pagar por mis actos. No pasará un día de mi vida sin que lleve esa carga encima, pero busco un poco la redención en las consecuencias, y espero, que cuando decidas perdonarme, si alguna vez lo haces, me lo hagas saber.
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Published on July 02, 2018 05:24

June 28, 2017

Relato Valentín Sánchez 2017 - Quiero abrirte los ojos

QUIERO ABRIRTE LOS OJOS


No sé cómo debería empezar esta carta. En el institutosiempre nos enseñan a cómo comenzar cartas de solicitud, de presentación y derecomendación, pero nunca han dicho cómo empezar la de suicidio. En efecto,esta es mi carta, y no pretendo excusarme aquí, ni pediros disculpas por irmeasí sin más. Sólo pretendo decir que ha pasado y daos pie a que cambiéis estemundo, que me ha guiado a tomar esta decisión.

Todos os preguntareis ¿por qué? Tranquilos, yo al principiome preguntaba lo mismo, pero es tan evidente que al final os preguntareis ¿cómohas aguantado tanto?

Pues bien, todo ha empezado con distintos sucesos que me hanmarcado profundamente y que nada puede borrar ya. No creáis que soy cobarde porhacer esto, simplemente es que ya no puedo estar aquí, es un constante ahogodel que soy incapaz de salir, esta es mi única escapatoria. Estoy segura.

Hace cosa de un año empecé un nuevo curso en mi instituto. Yono era de esa clase de personas populares que todo el mundo conoce, más bienera lo contrario. Pasaba desapercibida y no me molestaba. Estaba bien, yo mesentía cómoda así. Pero de pronto, la pequeña mariposa aleteo, y con un simplealeteo hizo que todo mi mundo empezara a derrumbarse a causa de un gigantescotornado.

Una vez que estaba en el pasillo de clase, un chico mayor queyo se chocó contra mí. Fue un accidente, no lo había visto y el golpe fue algobrusco. Cuando me vio, se quedó un instante en silencio, y después empezó areír.

            -Apártatedel pasillo cerda.

Todos los chicos que había con él empezaron a reír y en esemomento me sentí muy vulnerable. Además, otras chicas de clase que estabancerca de mí también rieron por lo bajo. En ese momento quería salir de allícorriendo, pero el profesor entró a clase y tuve que dejar mis ganas de huir y mivergüenza para otro momento.

Poco después de ese suceso, empezaron a aparecer dentro de mimochila dibujos de cerdos con mi nombre e insultos muy desagradables. Yo medediqué simplemente a ignorarlo y seguir con mi vida, pero me molestaba. Elhecho de estar un poco más gorda que las demás chicas me hacía ser débil. Todose descontroló un poco, porque después de esos dibujitos empezaron a subirfotos y comentarios ofensivos míos y hacia mí en las redes sociales. Fue unduro golpe, y es cuando decidí avisar al centro donde estudio. Lo único quehicieron fue expulsar una semana a todos los que tenían mayor culpa después dehaber borrado esas fotos y comentarios (pero la gente ya había comentado ydisfrutado con mi humillación, pero claro, esas personas se vieron impunes).

 Desde ese momento todose relajó un poco, y con el tiempo la gente se fue olvidando de aquel horriblemote. Pasados unos meses estaba sentada con varios chicos y chicas de mi claseen un banco repasando y preguntando dudas de un exámen, cuando me percaté deque dos chicas estaban arrinconando a otra mientras parecía que le gritaban. Mequedé observando a la chica, indefensa y algo pálida. Ella no estaba gorda, noera fea, tenía un cuerpo bonito, estaba en mi mismo curso y era inteligente. Entonces,¿por qué la acosaban? Conmigo al menos tenían excusa, mi peso determinaba mipopularidad, pero aquella chica no tenía nada malo. Y entonces me sentí furiosapor ella. ¿Por qué si era perfecta no se defendía ni hacía nada para queaquellas chicas parasen? De pronto la sirena tocó y cada persona que había allíse dirigió hacia su destino. Nadie intentó parar a aquellas chicas, y nadiepareció ver aquella escena, y sin embargo, si alguien la había visto no habíahecho lo más mínimo para pararlo, yo inclusive. No fue hasta que llegue a casaque me di cuenta de que no hay excusa para el bullying. No por tener un pesodistinto tienes que ser acosado, ni por ser diferente, ni por ser másinteligente que los demás. Fue entonces cuando me di cuenta de que cualquierpersona podría sufrir acoso escolar, por muy perfecto que fueras. Pero sinembargo, nadie hacía nada para pararlo. Me pregunté entonces por qué no habíahecho nada en ese momento. La respuesta fue tan sencilla que no tardé dossegundos en horrorizarme de mi misma. En ese momento la pistola estabaapuntando a otra persona, y obviamente nadie quiere que esa arma se vuelvacontra su propia cabeza. Por miedo. Por miedo estábamos muchos aislados,desconcertados y deprimidos. Porque esa pistola nos obstruye y cada vez quecallamos nos oprime más la cabeza hasta el punto de que sufres tanto que túmismo aprietas el gatillo.

 Después de variassemanas, estaba más tranquila, tenía la horrible y pobre esperanza de quepronto todo estaría bien y yo sería feliz como los demás chicos de mi edad. Adiferencia de los otros, yo no salía nunca, a pesar de que mis padres meinsistían mucho no tenía con quien salir. No es que no me gustara la gente,sino que yo no parecía agradarles demasiado a ellos. Pero de pronto, una noche,una chica del instituto tocó a la puerta de casa, yo abrí. Me dijo que unarueda de su coche se había pinchado y que necesitaba ayuda. Mi padre se lacambió mientras mi madre, Clara (así es como se llamaba la chica) y yotomábamos té en el salón. Clara nos contó que iba camino de una fiesta, y mimadre, como no, empezó a decirle que nunca salía y que necesitaba hacer amigose ir a fiestas, entonces a la chica se le ocurrió la espantosa idea deinvitarme a esa velada. Yo obviamente estaba muerta de vergüenza, pero mi madreme impidió negarme y me mandó rápidamente a mi habitación, diciendo que debíaestar preparada en veinte minutos. Unos 10 minutos estuve pensando qué ponerme.No tenía mucha ropa arreglada ya que nunca salía, pero me decidí por algo sencillo.Cuando bajé, la rueda ya estaba cambiada y Clara y yo nos dirigimos en su cochehasta aquella fiesta. Aquello era una barbaridad. Había muchísima gente y grancantidad de alcohol. Cuando entramos a una sala, Clara saludó a algunas de susamigas y besó a un chico. Era bastante guapo y me sonaba del instituto, pero nosabía su nombre y nunca había hablado con él. Clara me presentó a todos ellos.Yo entré con un poco de timidez, pero a lo largo de la noche me fui soltandocada vez más. Llegó un momento temido. Me ofrecieron alcohol. Me aterrorizabamucho la idea de estar bebida, y más con tanta gente desconocida, pero recordélas últimas palabras de mi madre antes de salir de casa: “Adáptate”. Supongoque no se refería a aquello, pero no encontraba otra forma mejor, puesto que silo rechazaba me tomarían por más aburrida y no me volverían a invitar a ningunafiesta, y mis padres empezarían a pensar que tengo problemas para relacionarmecon la gente, y volverían a llevarme a ese odioso psicólogo que sesea todo yempezaría a creer que estoy mal y todo esto sería un bucle del que nuncasaldría. Así que cogí el vaso y me lo bebí en muy poco tiempo. Empecé acomportarme de manera inusual, pero no se estaba mal. Me reía por cosas sinsentido y estaba más sociable que nunca antes. Pero seguí bebiendo y cada vezera menos consciente de lo que hacía y mi cuerpo se tambaleaba como un cojointentado mantener el equilibrio sobre la cuerda floja. Lo que recuerdo despuésde aquella noche son ráfagas de fotos sin sentido golpeando mi cerebro. A laspocas horas desperté en un baño. Estaba medio desnuda tumbada en una bañera. Norecordaba nada y me levanté rápidamente para coger la ropa que estaba tirada enel suelo. Cuando salí medio confusa y con un tremendo dolor de cabeza, encontréque todo estaba hecho una pocilga. Había más chicos tirados en el sofá oincluso en el suelo (no podía hablar, yo estaba en la bañera), había un montónde vasos y latas de bebida por todos lados y olía fatal. Empecé a buscar mimóvil en el bolsillo de mi chaqueta, que estaba colgada en el vestidor. Loencontré y lo primero que vi fueron más de veinte llamadas perdidas de mispadres. Los llamé corriendo y les pedí que me recogieran. Ni mucho menosesperaban que me comportara así en mi primera fiesta. Me castigarían toda lavida por esa resaca. Después de disculparme un millón de veces, me encerraronen mi habitación y me impusieron un castigo de dos semanas sin salir. A pesarde que no les gustaba mi comportamiento, dijeron que era una adolescente y quesi prometía que era la última vez que bebía podrían dejarme salir otra vez conClara alguna noche más. En el fondo mis padres querían decir que se alegrabande tener una hija medio normal que va de fiesta con algunos amigos, y yo nopuse ninguna pega a aquel castigo. Cuando entré en mi habitación para ducharme,Clara me envió una foto. Cogí el móvil suponiendo que sería alguna de la nocheanterior, pero al abrirla me puse pálida. Sí que era una foto mía de la nocheanterior. Salía desnuda en la bañera con otros tres chicos a mi alrededor, quetambién parecían ebrios. Uno de ellos era el novio de Clara.

No lo podía creer. Aquella no podía ser yo, era imposible.Escribí a Clara que no recordaba nada de eso, que el alcohol me había hechohacer cosas que no debía y que sentía mucho si había pensado que yo y su noviohabíamos tenido algo.

Ella me contestó con barbaridad de insultos. Poco después metumbé en la cama y empecé a llorar. Ahora tendría que mantener una conversacióncon mis padres que creo que nos disgustaría a todos por igual.  A ellos porque las esperanzas de que yotuviera amigos alguna vez desaparecería y a mí porque siempre lo destrozabatodo.

<<Papá, mamá, ¿recordáis a la chica del otro día? Puesme odia porque mientras estaba borracha su novio se tomó unas fotos conmigo, ypor cierto, estaba desnuda>>. Era incapaz. No podía.

Al día siguiente en clase todos me miraban y parecíancotillear. Supongo que sabrían que había estado en aquella fiesta y Clara leshabría contado cosas horribles sobre mí. Ella era una de esas chicas. Pero misorpresa llegó cuando un niño que compartía conmigo las clases de Literatura seacercó y dijo:

            -Bonitastetas, cerda.

Aquello fue un duro golpe. Todos sus amigos reían por detrásmientras señalaban la pantalla del móvil. Me acerqué enfurecida y vi que lafoto que me había pasado Clara había sido difundida por todo el instituto. Nopude más y corrí hasta los baños más próximos. Allí intenté controlarme. Estabaaterrorizada y avergonzada. Estaba tan nerviosa que no sabía qué hacer yentonces lo único que encontré fue llorar para desahogarme. Después de unosintensos minutos agradecí que nadie hubiera entrado en ese entonces, porque millanto era muy perceptible. Salí y me enjuagué la cara tras haberme echado variastrombas de agua sobre mi rostro para disimular que había estado llorando.Cuando conseguí sentirme un poco mejor, salí y llamé a mi madre para que merecogiera. No podía estar allí más tiempo. No podría soportar otro insulto uotra mirada juzgándome.

Cuando subí al coche de mi madre, esta se percató enseguidade que había llorado y me preguntó. Simplemente le respondí que me dolía muchola barriga, pero aunque no sonó muy convincente, me dejó tranquila, algo que leagradecí.

Estuve sin asistir a clase durante una semana. Siempre lesponía excusas a mis padres y ellos ya empezaban a hacerme muchas preguntas. Enel móvil recibía una barbaridad de comentarios sobre aquella foto. La gente mehablaba preguntando si había mantenido relaciones sexuales con alguno deaquellos chicos y las chicas me acusaban de puta y desesperada. Yo entoncesapagaba el móvil por unas horas y me concentraba en dibujar en mi cuarto. Todami habitación acabó llena de dibujos. Todo el mundo que entraba a mi habitación(es decir, mis padres y el hijo del vecino una vez para entrar alservicio)  decía que estaban muy bienhechos, pero que parecían demasiados oscuros y fúnebres. Yo simplementerespondía que me gustaban así. Pero llevaban razón. Mi manera de pedir ayuda dealguna forma era mediante aquello, pero nadie parecía verlo.

Cuando por fin decidí contarles a mis padres lo que habíasucedido y por lo que no quería asistir al instituto, los pillé en un malmomento. Habían peleado y ninguno entraba a razones. Ahí es cuando solía entraryo y ponía paz entre ellos, pero ese día simplemente me encontraba sin ganas,así que salí de casa a dar una vuelta sin decirles nada. Subí hasta un cerroalto y me senté en un banco. Desde allí se veía todo. Y entonces me puse allorar, porque incluso mi dolor llegaba hasta allí, incluso tan alto y tanlejos de todo conseguía sentirlo. En ese momento me empecé a preguntar cómopodría acabar mi dolor. ¿Cuándo acabará todo esto? Siempre había visto a laspersonas infelices, pero no por mucho tiempo. Yo llevaba meses de esta forma.Sentía vergüenza y odio hacia mí misma por no ser lo suficientemente valientecomo para tirarme en esos momentos por aquel precipicio. Entonces me limité aseguir llorando, como hacía siempre. Cuando decidí que era una buena hora paravolver a casa bajé aquel cerro y pasé por un parque. Tuve la mala suerte de queen aquel lugar estaba Clara y algunos de sus amigos. Uno de ellos se percató demi presencia y la avisó. Yo decidí no mirar, pero podía sentir como todas susmiradas estaban fijas en mí. Escuche gritos y aceleré el paso. Empezaban aseguirme y no me sentía con fuerzas como para correr. Quedaba bastante caminohasta casa. Entonces me pregunté: ¿Qué me pueden hacer ya? Me han insultado,han conseguido bajar mi autoestima, me han humillado delante de todos, y hanconseguido llevarse mi felicidad. ¿Qué más me queda? En ese momento un cocherojo empezó a seguirme desde cerca. Una de las ventanillas se bajó y losinsultos me llovieron. No podía llorar, no allí, no me podían ver. Entonces medi una vuelta en seco, esta vez para dirigirme hacia el parque. Ellos tardaríanbastante en dar la vuelta, y así yo podría esconderme por allí y saltar parallegar a casa por otro lado. Pero fueron más rápidos de lo que había calculadoy en poco más de treinta segundos me comían los talones. Entonces muchos deellos bajaron del coche velozmente y se dirigieron corriendo hacia mí. Yoempecé a correr, pero me alcanzó un chico muy rápido y fuerte. Me pegó unempujón y caí al suelo. Conseguí apoyar las manos antes de dejarme allí losdientes. Todos los demás me rodearon mientras intentaba levantarme, pero elchico me puso un pie en la espalda y me volvió a empujar bruscamente contra elsuelo. Entonces Clara se arrodilló y me agarró del pelo.

            -Te gustanlos novios de las demás ¿no, cerda?

Todos rieron y en sus miradas conseguí ver maldad, una maldadque nacía al ver el miedo reflejado en mi rostro. Decidí no decir nada, porquetampoco sabía qué decir, pero entonces Clara alargó su mano hasta un charcocercano y agarró un montón de barro.

            -Heescuchado que a los cerdos les gusta el barro. Vamos a comprobarlo.

La mano de la chica empezó a restregar el barro por toda micara. Después sus amigos se unieron y mi ropa acabó también llena. Pero cuandocreía que me iban a dejar libre, que ya podría volver a casa sin dignidad y singanas de vivir, agarró otro puñado de barro y dijo:

            -Abre laboca.

En ese instante todo se congeló. ¿Qué se suponía que debíahacer? Entonces me acordé de aquella chica a la que no ayudé en el recreo. Laque probablemente necesitaba mi ayuda. Y entonces recordé que toda mi vidaestaba mal, y que nada de esto debería de estar pasando, pero no podía hacernada para volver en el tiempo y cambiar lo que era. Lo que soy. Y todo, incluidayo, se desvaneció por un momento. Entonces Clara empezó a meter barró en miboca, y oía carcajadas. Al tiempo se fueron, y me dejaron allí tirada, por unosmomentos mientras decidía si tenía fuerzas para volver a casa. Y en ese momentome di cuenta de que sí que podían quitarme algo más. De hecho, ya me lo habíanquitado. La esperanza, eso que suelen decir que es lo último que se pierde.Entonces me levanté, me dirigí a la fuente y me lave la cara. Fui a una tiendade ropa de segunda mano y compré unos viejos vaqueros y una chaqueta. Tiré laotra ropa y me acerqué a casa. Me tomé tantas molestias porque no quería llegary que mis padres se empezaran a preocupar y a hacer preguntas que ni siquierayo podía responder y a agobiarme aún más. Entonces llegué y suponiendo queestarían cenando me encontré a mi madre sentada en el sofá bebiendo vino. Medijo que mi padre y ella habían discutido y que papá se había marchado. Elmotivo de su discusión había sido yo. Ninguno de los dos se explicaba miextraño comportamiento de las últimas semanas y ambos se echaban las culpas eluno al otro. Entonces convencí a mamá para que fuera a buscarlo y ellaconsintió.

Ahora estoy escribiendo esta carta. Supongo que no tienesentido, como tampoco lo tiene mi vida. Solo me pregunto qué habría sido de míen otras circunstancias. Si ese chico no se hubiera chocado contra mí, si no mehubiera llamado cerda, si no hubieran subido aquellas fotos y comentarios, siel instituto hubiera hecho más para ayudarme, si hubiera parado a las chicasque acosaban a otra, si a Clara no se le hubiera pinchado esa rueda, osimplemente hubiera tocado en otra puerta, si mi madre no hubiera insistidotanto, si yo no hubiera bebido para tratar de ser alguien que no soy, si esafoto no se hubiera difundido, si mis padres hubieran hablado conmigo antes paraaveriguar qué me pasaba, si no hubiera subido a aquel cerro para después bajary encontrarme con mi pesadilla, si ninguno de aquellos chicos me hubiera vistoo no hubiera avisado a Clara, si ella hubiera sido menos cruel y me hubieradejado pasar, si yo no hubiera huido hasta aquel parque asustada por aquelcoche, si no hubieran decidido humillarme y llenarme de barro, si simplementepapá no se hubiera marchado o mamá se hubiera dado cuenta de que tenía el pelolleno de barro y me hubiera preguntado.

Si alguna de esas cosas hubiera sucedido de otra formaprobablemente no estaría escribiendo esto.

Solo os pido una cosa. Ayudad a todos los que estén pasandopor lo que he pasado yo. Conseguid bajar esa pistola.





Espero que os haya gustado. Esto que describo en este texto es ficción, pero esta pasando en todos los lugares del mundo. Tenemos que conseguir pararlo entre todos, porque juntos podemos. Apoyo a todas las personas que han pasado por algo así. 



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Published on June 28, 2017 13:43

2017

QUIERO ABRIRTE LOS OJOS


No sé cómo debería empezar esta carta. En el institutosiempre nos enseñan a cómo comenzar cartas de solicitud, de presentación y derecomendación, pero nunca han dicho cómo empezar la de suicidio. En efecto,esta es mi carta, y no pretendo excusarme aquí, ni pediros disculpas por irmeasí sin más. Sólo pretendo decir que ha pasado y daos pie a que cambiéis estemundo, que me ha guiado a tomar esta decisión.

Todos os preguntareis ¿por qué? Tranquilos, yo al principiome preguntaba lo mismo, pero es tan evidente que al final os preguntareis ¿cómohas aguantado tanto?

Pues bien, todo ha empezado con distintos sucesos que me hanmarcado profundamente y que nada puede borrar ya. No creáis que soy cobarde porhacer esto, simplemente es que ya no puedo estar aquí, es un constante ahogodel que soy incapaz de salir, esta es mi única escapatoria. Estoy segura.

Hace cosa de un año empecé un nuevo curso en mi instituto. Yono era de esa clase de personas populares que todo el mundo conoce, más bienera lo contrario. Pasaba desapercibida y no me molestaba. Estaba bien, yo mesentía cómoda así. Pero de pronto, la pequeña mariposa aleteo, y con un simplealeteo hizo que todo mi mundo empezara a derrumbarse a causa de un gigantescotornado.

Una vez que estaba en el pasillo de clase, un chico mayor queyo se chocó contra mí. Fue un accidente, no lo había visto y el golpe fue algobrusco. Cuando me vio, se quedó un instante en silencio, y después empezó areír.

            -Apártatedel pasillo cerda.

Todos los chicos que había con él empezaron a reír y en esemomento me sentí muy vulnerable. Además, otras chicas de clase que estabancerca de mí también rieron por lo bajo. En ese momento quería salir de allícorriendo, pero el profesor entró a clase y tuve que dejar mis ganas de huir y mivergüenza para otro momento.

Poco después de ese suceso, empezaron a aparecer dentro de mimochila dibujos de cerdos con mi nombre e insultos muy desagradables. Yo medediqué simplemente a ignorarlo y seguir con mi vida, pero me molestaba. Elhecho de estar un poco más gorda que las demás chicas me hacía ser débil. Todose descontroló un poco, porque después de esos dibujitos empezaron a subirfotos y comentarios ofensivos míos y hacia mí en las redes sociales. Fue unduro golpe, y es cuando decidí avisar al centro donde estudio. Lo único quehicieron fue expulsar una semana a todos los que tenían mayor culpa después dehaber borrado esas fotos y comentarios (pero la gente ya había comentado ydisfrutado con mi humillación, pero claro, esas personas se vieron impunes).

 Desde ese momento todose relajó un poco, y con el tiempo la gente se fue olvidando de aquel horriblemote. Pasados unos meses estaba sentada con varios chicos y chicas de mi claseen un banco repasando y preguntando dudas de un exámen, cuando me percaté deque dos chicas estaban arrinconando a otra mientras parecía que le gritaban. Mequedé observando a la chica, indefensa y algo pálida. Ella no estaba gorda, noera fea, tenía un cuerpo bonito, estaba en mi mismo curso y era inteligente. Entonces,¿por qué la acosaban? Conmigo al menos tenían excusa, mi peso determinaba mipopularidad, pero aquella chica no tenía nada malo. Y entonces me sentí furiosapor ella. ¿Por qué si era perfecta no se defendía ni hacía nada para queaquellas chicas parasen? De pronto la sirena tocó y cada persona que había allíse dirigió hacia su destino. Nadie intentó parar a aquellas chicas, y nadiepareció ver aquella escena, y sin embargo, si alguien la había visto no habíahecho lo más mínimo para pararlo, yo inclusive. No fue hasta que llegue a casaque me di cuenta de que no hay excusa para el bullying. No por tener un pesodistinto tienes que ser acosado, ni por ser diferente, ni por ser másinteligente que los demás. Fue entonces cuando me di cuenta de que cualquierpersona podría sufrir acoso escolar, por muy perfecto que fueras. Pero sinembargo, nadie hacía nada para pararlo. Me pregunté entonces por qué no habíahecho nada en ese momento. La respuesta fue tan sencilla que no tardé dossegundos en horrorizarme de mi misma. En ese momento la pistola estabaapuntando a otra persona, y obviamente nadie quiere que esa arma se vuelvacontra su propia cabeza. Por miedo. Por miedo estábamos muchos aislados,desconcertados y deprimidos. Porque esa pistola nos obstruye y cada vez quecallamos nos oprime más la cabeza hasta el punto de que sufres tanto que túmismo aprietas el gatillo.

 Después de variassemanas, estaba más tranquila, tenía la horrible y pobre esperanza de quepronto todo estaría bien y yo sería feliz como los demás chicos de mi edad. Adiferencia de los otros, yo no salía nunca, a pesar de que mis padres meinsistían mucho no tenía con quien salir. No es que no me gustara la gente,sino que yo no parecía agradarles demasiado a ellos. Pero de pronto, una noche,una chica del instituto tocó a la puerta de casa, yo abrí. Me dijo que unarueda de su coche se había pinchado y que necesitaba ayuda. Mi padre se lacambió mientras mi madre, Clara (así es como se llamaba la chica) y yotomábamos té en el salón. Clara nos contó que iba camino de una fiesta, y mimadre, como no, empezó a decirle que nunca salía y que necesitaba hacer amigose ir a fiestas, entonces a la chica se le ocurrió la espantosa idea deinvitarme a esa velada. Yo obviamente estaba muerta de vergüenza, pero mi madreme impidió negarme y me mandó rápidamente a mi habitación, diciendo que debíaestar preparada en veinte minutos. Unos 10 minutos estuve pensando qué ponerme.No tenía mucha ropa arreglada ya que nunca salía, pero me decidí por algo sencillo.Cuando bajé, la rueda ya estaba cambiada y Clara y yo nos dirigimos en su cochehasta aquella fiesta. Aquello era una barbaridad. Había muchísima gente y grancantidad de alcohol. Cuando entramos a una sala, Clara saludó a algunas de susamigas y besó a un chico. Era bastante guapo y me sonaba del instituto, pero nosabía su nombre y nunca había hablado con él. Clara me presentó a todos ellos.Yo entré con un poco de timidez, pero a lo largo de la noche me fui soltandocada vez más. Llegó un momento temido. Me ofrecieron alcohol. Me aterrorizabamucho la idea de estar bebida, y más con tanta gente desconocida, pero recordélas últimas palabras de mi madre antes de salir de casa: “Adáptate”. Supongoque no se refería a aquello, pero no encontraba otra forma mejor, puesto que silo rechazaba me tomarían por más aburrida y no me volverían a invitar a ningunafiesta, y mis padres empezarían a pensar que tengo problemas para relacionarmecon la gente, y volverían a llevarme a ese odioso psicólogo que sesea todo yempezaría a creer que estoy mal y todo esto sería un bucle del que nuncasaldría. Así que cogí el vaso y me lo bebí en muy poco tiempo. Empecé acomportarme de manera inusual, pero no se estaba mal. Me reía por cosas sinsentido y estaba más sociable que nunca antes. Pero seguí bebiendo y cada vezera menos consciente de lo que hacía y mi cuerpo se tambaleaba como un cojointentado mantener el equilibrio sobre la cuerda floja. Lo que recuerdo despuésde aquella noche son ráfagas de fotos sin sentido golpeando mi cerebro. A laspocas horas desperté en un baño. Estaba medio desnuda tumbada en una bañera. Norecordaba nada y me levanté rápidamente para coger la ropa que estaba tirada enel suelo. Cuando salí medio confusa y con un tremendo dolor de cabeza, encontréque todo estaba hecho una pocilga. Había más chicos tirados en el sofá oincluso en el suelo (no podía hablar, yo estaba en la bañera), había un montónde vasos y latas de bebida por todos lados y olía fatal. Empecé a buscar mimóvil en el bolsillo de mi chaqueta, que estaba colgada en el vestidor. Loencontré y lo primero que vi fueron más de veinte llamadas perdidas de mispadres. Los llamé corriendo y les pedí que me recogieran. Ni mucho menosesperaban que me comportara así en mi primera fiesta. Me castigarían toda lavida por esa resaca. Después de disculparme un millón de veces, me encerraronen mi habitación y me impusieron un castigo de dos semanas sin salir. A pesarde que no les gustaba mi comportamiento, dijeron que era una adolescente y quesi prometía que era la última vez que bebía podrían dejarme salir otra vez conClara alguna noche más. En el fondo mis padres querían decir que se alegrabande tener una hija medio normal que va de fiesta con algunos amigos, y yo nopuse ninguna pega a aquel castigo. Cuando entré en mi habitación para ducharme,Clara me envió una foto. Cogí el móvil suponiendo que sería alguna de la nocheanterior, pero al abrirla me puse pálida. Sí que era una foto mía de la nocheanterior. Salía desnuda en la bañera con otros tres chicos a mi alrededor, quetambién parecían ebrios. Uno de ellos era el novio de Clara.

No lo podía creer. Aquella no podía ser yo, era imposible.Escribí a Clara que no recordaba nada de eso, que el alcohol me había hechohacer cosas que no debía y que sentía mucho si había pensado que yo y su noviohabíamos tenido algo.

Ella me contestó con barbaridad de insultos. Poco después metumbé en la cama y empecé a llorar. Ahora tendría que mantener una conversacióncon mis padres que creo que nos disgustaría a todos por igual.  A ellos porque las esperanzas de que yotuviera amigos alguna vez desaparecería y a mí porque siempre lo destrozabatodo.

<<Papá, mamá, ¿recordáis a la chica del otro día? Puesme odia porque mientras estaba borracha su novio se tomó unas fotos conmigo, ypor cierto, estaba desnuda>>. Era incapaz. No podía.

Al día siguiente en clase todos me miraban y parecíancotillear. Supongo que sabrían que había estado en aquella fiesta y Clara leshabría contado cosas horribles sobre mí. Ella era una de esas chicas. Pero misorpresa llegó cuando un niño que compartía conmigo las clases de Literatura seacercó y dijo:

            -Bonitastetas, cerda.

Aquello fue un duro golpe. Todos sus amigos reían por detrásmientras señalaban la pantalla del móvil. Me acerqué enfurecida y vi que lafoto que me había pasado Clara había sido difundida por todo el instituto. Nopude más y corrí hasta los baños más próximos. Allí intenté controlarme. Estabaaterrorizada y avergonzada. Estaba tan nerviosa que no sabía qué hacer yentonces lo único que encontré fue llorar para desahogarme. Después de unosintensos minutos agradecí que nadie hubiera entrado en ese entonces, porque millanto era muy perceptible. Salí y me enjuagué la cara tras haberme echado variastrombas de agua sobre mi rostro para disimular que había estado llorando.Cuando conseguí sentirme un poco mejor, salí y llamé a mi madre para que merecogiera. No podía estar allí más tiempo. No podría soportar otro insulto uotra mirada juzgándome.

Cuando subí al coche de mi madre, esta se percató enseguidade que había llorado y me preguntó. Simplemente le respondí que me dolía muchola barriga, pero aunque no sonó muy convincente, me dejó tranquila, algo que leagradecí.

Estuve sin asistir a clase durante una semana. Siempre lesponía excusas a mis padres y ellos ya empezaban a hacerme muchas preguntas. Enel móvil recibía una barbaridad de comentarios sobre aquella foto. La gente mehablaba preguntando si había mantenido relaciones sexuales con alguno deaquellos chicos y las chicas me acusaban de puta y desesperada. Yo entoncesapagaba el móvil por unas horas y me concentraba en dibujar en mi cuarto. Todami habitación acabó llena de dibujos. Todo el mundo que entraba a mi habitación(es decir, mis padres y el hijo del vecino una vez para entrar alservicio)  decía que estaban muy bienhechos, pero que parecían demasiados oscuros y fúnebres. Yo simplementerespondía que me gustaban así. Pero llevaban razón. Mi manera de pedir ayuda dealguna forma era mediante aquello, pero nadie parecía verlo.

Cuando por fin decidí contarles a mis padres lo que habíasucedido y por lo que no quería asistir al instituto, los pillé en un malmomento. Habían peleado y ninguno entraba a razones. Ahí es cuando solía entraryo y ponía paz entre ellos, pero ese día simplemente me encontraba sin ganas,así que salí de casa a dar una vuelta sin decirles nada. Subí hasta un cerroalto y me senté en un banco. Desde allí se veía todo. Y entonces me puse allorar, porque incluso mi dolor llegaba hasta allí, incluso tan alto y tanlejos de todo conseguía sentirlo. En ese momento me empecé a preguntar cómopodría acabar mi dolor. ¿Cuándo acabará todo esto? Siempre había visto a laspersonas infelices, pero no por mucho tiempo. Yo llevaba meses de esta forma.Sentía vergüenza y odio hacia mí misma por no ser lo suficientemente valientecomo para tirarme en esos momentos por aquel precipicio. Entonces me limité aseguir llorando, como hacía siempre. Cuando decidí que era una buena hora paravolver a casa bajé aquel cerro y pasé por un parque. Tuve la mala suerte de queen aquel lugar estaba Clara y algunos de sus amigos. Uno de ellos se percató demi presencia y la avisó. Yo decidí no mirar, pero podía sentir como todas susmiradas estaban fijas en mí. Escuche gritos y aceleré el paso. Empezaban aseguirme y no me sentía con fuerzas como para correr. Quedaba bastante caminohasta casa. Entonces me pregunté: ¿Qué me pueden hacer ya? Me han insultado,han conseguido bajar mi autoestima, me han humillado delante de todos, y hanconseguido llevarse mi felicidad. ¿Qué más me queda? En ese momento un cocherojo empezó a seguirme desde cerca. Una de las ventanillas se bajó y losinsultos me llovieron. No podía llorar, no allí, no me podían ver. Entonces medi una vuelta en seco, esta vez para dirigirme hacia el parque. Ellos tardaríanbastante en dar la vuelta, y así yo podría esconderme por allí y saltar parallegar a casa por otro lado. Pero fueron más rápidos de lo que había calculadoy en poco más de treinta segundos me comían los talones. Entonces muchos deellos bajaron del coche velozmente y se dirigieron corriendo hacia mí. Yoempecé a correr, pero me alcanzó un chico muy rápido y fuerte. Me pegó unempujón y caí al suelo. Conseguí apoyar las manos antes de dejarme allí losdientes. Todos los demás me rodearon mientras intentaba levantarme, pero elchico me puso un pie en la espalda y me volvió a empujar bruscamente contra elsuelo. Entonces Clara se arrodilló y me agarró del pelo.

            -Te gustanlos novios de las demás ¿no, cerda?

Todos rieron y en sus miradas conseguí ver maldad, una maldadque nacía al ver el miedo reflejado en mi rostro. Decidí no decir nada, porquetampoco sabía qué decir, pero entonces Clara alargó su mano hasta un charcocercano y agarró un montón de barro.

            -Heescuchado que a los cerdos les gusta el barro. Vamos a comprobarlo.

La mano de la chica empezó a restregar el barro por toda micara. Después sus amigos se unieron y mi ropa acabó también llena. Pero cuandocreía que me iban a dejar libre, que ya podría volver a casa sin dignidad y singanas de vivir, agarró otro puñado de barro y dijo:

            -Abre laboca.

En ese instante todo se congeló. ¿Qué se suponía que debíahacer? Entonces me acordé de aquella chica a la que no ayudé en el recreo. Laque probablemente necesitaba mi ayuda. Y entonces recordé que toda mi vidaestaba mal, y que nada de esto debería de estar pasando, pero no podía hacernada para volver en el tiempo y cambiar lo que era. Lo que soy. Y todo, incluidayo, se desvaneció por un momento. Entonces Clara empezó a meter barró en miboca, y oía carcajadas. Al tiempo se fueron, y me dejaron allí tirada, por unosmomentos mientras decidía si tenía fuerzas para volver a casa. Y en ese momentome di cuenta de que sí que podían quitarme algo más. De hecho, ya me lo habíanquitado. La esperanza, eso que suelen decir que es lo último que se pierde.Entonces me levanté, me dirigí a la fuente y me lave la cara. Fui a una tiendade ropa de segunda mano y compré unos viejos vaqueros y una chaqueta. Tiré laotra ropa y me acerqué a casa. Me tomé tantas molestias porque no quería llegary que mis padres se empezaran a preocupar y a hacer preguntas que ni siquierayo podía responder y a agobiarme aún más. Entonces llegué y suponiendo queestarían cenando me encontré a mi madre sentada en el sofá bebiendo vino. Medijo que mi padre y ella habían discutido y que papá se había marchado. Elmotivo de su discusión había sido yo. Ninguno de los dos se explicaba miextraño comportamiento de las últimas semanas y ambos se echaban las culpas eluno al otro. Entonces convencí a mamá para que fuera a buscarlo y ellaconsintió.

Ahora estoy escribiendo esta carta. Supongo que no tienesentido, como tampoco lo tiene mi vida. Solo me pregunto qué habría sido de míen otras circunstancias. Si ese chico no se hubiera chocado contra mí, si no mehubiera llamado cerda, si no hubieran subido aquellas fotos y comentarios, siel instituto hubiera hecho más para ayudarme, si hubiera parado a las chicasque acosaban a otra, si a Clara no se le hubiera pinchado esa rueda, osimplemente hubiera tocado en otra puerta, si mi madre no hubiera insistidotanto, si yo no hubiera bebido para tratar de ser alguien que no soy, si esafoto no se hubiera difundido, si mis padres hubieran hablado conmigo antes paraaveriguar qué me pasaba, si no hubiera subido a aquel cerro para después bajary encontrarme con mi pesadilla, si ninguno de aquellos chicos me hubiera vistoo no hubiera avisado a Clara, si ella hubiera sido menos cruel y me hubieradejado pasar, si yo no hubiera huido hasta aquel parque asustada por aquelcoche, si no hubieran decidido humillarme y llenarme de barro, si simplementepapá no se hubiera marchado o mamá se hubiera dado cuenta de que tenía el pelolleno de barro y me hubiera preguntado.

Si alguna de esas cosas hubiera sucedido de otra formaprobablemente no estaría escribiendo esto.

Solo os pido una cosa. Ayudad a todos los que estén pasandopor lo que he pasado yo. Conseguid bajar esa pistola.





Espero que os haya gustado. Esto que describo en este texto es ficción, pero esta pasando en todos los lugares del mundo. Tenemos que conseguir pararlo entre todos, porque juntos podemos. Apoyo a todas las personas que han pasado por algo así. 



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Published on June 28, 2017 13:43