Félix Rodrigo Mora

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Félix Rodrigo Mora


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Naturaleza, ruralidad y civ...

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“(...) Lo que este tipo de autores pretende es un capitalismo funcionante, pletórico, en su mejor momento, acumulando a todo gas, sometiendo a nuevos sectores y quehaceres humanos bajo su férula y destruyéndolo todo, desde la naturaleza hasta la condición humana misma, sin olvidar el bien más preciado, la libertad (de conciencia, política y civil). Con él logran un máximo de consumo. Por el contrario, el capitalismo declinante, en crisis y decreciente, les indigna y subleva. Ese es su "anticapitalismo": constituir un orden neo-burgués tan perfeccionado que jamás conozca la crisis, que nunca deje de proporcionar a sus neo-esclavos más y más recursos consumibles, más y más goces del tubo digestivo, más y más barbarie hedonista, más renuncia a ser lo que son, o deberían ser y les gustaría ser, humanos.
No es ocioso recordar que una revolución anticapitalista y antiestatal es necesaria también para poner fin a la sociedad de consumo, para reducir de manera drástica el derroche ilimitado, nihilismo consumista y destructividad patológica del actual orden económico y sistema de dominación. Esta es una diferencia sustantiva con los "anticapitalistas" pro-consumo, que se proponen construir "otro" capitalismo que permita consumir aún más, si ello es posible. Con hiper-consumo o con escasez extrema, el capitalismo ha de ser desarticulado y eliminado al completo.”
Félix Rodrigo Mora, El giro estatolátrico: Repudio experiencial del Estado de bienestar

“Quien delega en otro o en otros la tarea de pensar se hace un esclavo imposible de ser emancipado o de emanciparse.”
Félix Rodrigo Mora, La democracia y el triunfo del Estado: Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora

“La universidad de los siglos XVI-XVIII proporcionó los cuadros de mando al aparato estatal de la corona y a los altos funcionarios que gobernaban las colonias, además de los propagandistas del statu quo por excelencia de entonces, el clero. Con el viraje liberal su función se amplió, formando a "la clase política", a los altos funcionarios del Estado, cuyo número creció vertiginosamente, a los escritores, periodistas y publicistas, a los sabios e ingenieros, a los pedagogos y, cómo no, a los filósofos. Todos ellos irán constituyendo el mayor aparato imaginable para la manipulación de la verdad y el moldeamiento de las mentes, hasta hoy. Su función fue crear y difundir teorías, o sistemas de ideas complejos herederos y continuadores de la teología que son óptimos para lograr el asentimiento irracional hacia el sistema de poder vigente, con algo de verdad o sin nada de ella. Hoy, además y principalmente, ha de "educar" a la juventud, valiéndose de teorías y asfixiando sus necesidades espirituales, en primer lugar la necesidad de verdad, que palpita en el fondo del espíritu de todo ser humano, la producción de hábitos, de ciertas costumbres ligadas a creencias inducidas básicas que moldean la conducta del sujeto sin que éste se aperciba de ello ni haya autorizado tal alteración. El sistema educativo y el régimen de trabajo asalariado son los dos modos de producción de hábitos más importantes en la hora presente.
Las infaustas rutinas que inculca dicho amaestramiento planeado, a través del simple estar en el medio universitario y someterse a sus regulaciones, son muchas. Acostumbra a la suspensión del entendimiento, que es obligado a permanecer años absorbiendo, silenciosa y reverentemente, lo que expone el docente pero no reflexionando por sí mismo, mucho menos cuestionando o contradiciendo. Induce a la competitividad y al medro, por medio del sistema de exámenes. Fomenta el hábito psíquico del utilitarismo y el egotismo, al tener el estudio, mecánico y repetitivo, como meta el alcanzar unas credenciales o títulos para realizar brillantes carreras profesionales. Instaura la costumbre de la jerarquización y su correlativo, el servilismo, que son presentados como las formas naturales de existencia de toda comunidad humana. Estimula la pasividad de la voluntad, pues el educando es tratado como un objeto que no decide nada de importancia, que es traído y llevado sin contar con su albedrío. Arraiga el hábito del fideísmo y las actitudes reverentes hacia las autoridades académicas e intelectuales ilegítimas, que son expresiones particulares de un personaje arquetípico de la revolución liberal, el “sacerdote-maestro” del que trata T. Veblen. Instaura el menosprecio por la sensibilidad, el alejamiento de la experiencia y de la vida, así como de todo tipo de acción transformadora y de compromiso desinteresado, dando pábulo a la holgazanería, el nihilismo, la indisciplina, la desgana y el parasitismo. Surgen mentes de repetición, todas iguales, laminadas por la verborrea profesoral y la balumba de las teorías y los dogmatismos, sin confianza en sus propias capacidades (salvo para reproducir lo absorbido por mentalización). De ese medio emergen sujetos cada día más limitados y mezquinos, incapaces de pensar y obrar con grandeza y con verdad. De ahí la intelectualmente nulificada, sin inquietudes trascendentales ni empuje transformador, carente de creatividad, hiperindividualista y no-ética juventud actual, devastada por el aparato académico y por ello mismo resignada y dócil, sin otro interés que imitar a sus padres en el conformismo, el consumo y la ausencia de fines específicamente humanos. Todo lo expuesto otorga la razón a J. F. Revel cuando alega que la universidad “sustituye la cultura por la impostura”.”
Félix Rodrigo Mora, La democracia y el triunfo del Estado: Esbozo de una revolución democrática, axiológica y civilizadora



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