Emma Cadwell's Blog

September 18, 2020

Posibilidades: lejos, cerca (capítulo 7)

Del proceso de escribir siempre me ha fascinado lo reales que pueden llegar a convertirse para mí los personajes en los que estoy trabajando. Con Posibilidades me está sucediendo algo especial, es la primera vez que escribo -o intento escribir- dos novelas a la vez. (No a la vez a la vez, espero que me entendáis, la novela de Martina está en una fase distinta a Posibilidades). Lo que quería contaros es que estoy escribiendo o corriendo un capítulo de Martina y pienso “si Valentina apareciera por aquí diría esto o lo otro” e igual al revés. No os cuento más tribulaciones y os dejo con un nuevo capítulo de Posibilidades.


 


Posibilidades: lejos, cerca


Capítulo 7


«Helga y Ramón, ella en la oficina de Tokyo y él en la de Barcelona, observaban a Óscar y a Valentina sin entender nada y estos no parecían estar dispuestos a explicarles qué estaba sucediendo. Más que dispuestos, no parecían capaces de hablar ni de reaccionar. Estaban inmóviles mirándose a través de las pantallas de ordenador, casi sin pestañear y apenas pronunciando nada más excepto sus nombres.


Helga, eficiente y resolutiva como siempre, tocó el hombro de Valentina hasta que esta le prestó atención y hablándole bajito le recordó que estaban en una reunión. Valentina se sonrojó, lo que produjo un efecto curioso en el pecho de Óscar, y se apartó de la cámara. No volvió a su mesa, esa del fondo de la que unos minutos antes se había levantado, sino que desapareció completamente del encuadre y la sensación esa tan peculiar del pecho de Óscar incrementó y mutó hasta convertirse en pánico.


Ramón le dio las gracias a Helga y dado que Óscar seguía allí petrificado siguió el ejemplo de la mujer y lo zarandeó un poco.


-Óscar, tenemos que empezar la reunión -fue severo, aunque no alzó la voz. En el aire todavía flotaba la extrañeza del momento.


-Sí, sí. Perdón. -Parpadeó y sacudió la cabeza-. Tengo que… -¿qué tenía que hacer? Le resultaba imposible pensar-. Tengo que… -Bajó la vista-… a ver si arreglo esto. -Las manchas de café se habían extendido y probablemente la camisa era insalvable.


-Claro. -Ramón le dio una palmada en el hombro-. Tómate tu tiempo. Pilar y yo empezaremos sin ti, añádate cuando termines ¿de acuerdo?


-Claro, claro. Gracias.


Salió apresurado de la sala de reuniones, pero en vez de ir al baño para intentar quitar esas manchas corrió hacia su despacho y puso en marcha el ordenador. «Vamos, vamos». Por fin aparecieron los iconos necesarios y abrió el correo. De un modo u otro tenía que asegurarse de que lo que acababa de suceder era verdad. Los pensamientos se golpeaban unos con otros en su cabeza para abrirse paso y el corazón le latía tan rápido que apenas podía respirar. No tenía ni idea de qué iba a escribirle, quería contarle tanto que no podía elegir cómo empezar.


Ella sí. En su bandeja de entrada lo estaba esperando un email con una única palabra en el asunto: lejos.


Lo abrió.


No puedo creerme que seas tú, el chico del metro, el chico de las gafas.Yo te llamo así… por fin sé tu nombre. Óscar. Óscar. Y estamos tan lejos, no podríamos estarlo más. Lo siento, no tiene sentido lo que estoy escribiendo es que… necesitaría dibujarlo. Tengo que irme. Ahora tengo que irme. Hasta mañana. 


Valentina


 


¿Hasta mañana? ¿Tenía que irse? Óscar observó confuso y furioso, sí, estaba furioso, la pantalla del ordenador. Era injusto que la hubiese visto, que hubiese escuchado su voz, que hubiese descubierto su nombre apenas unos minutos antes y ahora tuviera que esperar hasta mañana. Valentina. Por fin tenía un nombre para la chica del cuaderno y tener era el verbo perfecto para describir aquel instante. Ahora que sabía su nombre Óscar tenía una pequeña parte, pequeñísima, de la verdad de Valentina. Hasta aquel momento se había conformado con el cuaderno, más que conformar, se había refugiado en él, se había agarrado a aquel puñado de hojas de papel como un naufrago a una tabla. Estaba convencido de que sin el cuaderno Héctor y Ricky no habrían creído que la chica del metro era real, le habrían dicho que se la había inventado para no hablar con una chica de verdad.


Valentina era de verdad y llevaban semanas intercambiándose correos, hablando de detalles que no tenían nada que ver con el trabajo y que, al menos en su caso, no contaba a nadie. No eran secretos, solo anécdotas o curiosidades que solo había compartido con ella.


Le dio a responder y cambió el asunto del correo: cerca


Son quilómetros, Valentina. Quilómetros. Nada más. Corrí detrás de ti en una estación hace meses, estábamos en la misma ciudad, en la misma estación, en el mismo metro y no te alcancé. Ahora sé tu nombre y tú el mío. Estamos cerca. Mucho más que antes. 


Tengo tu cuaderno.


Por fin podemos ser… –dejó el cursor pensando… ¿amigos? borró esa palabra, le había anudado el estómago, y después borró la frase entera-. Por fin podemos ser


Por fin podemos conocernos


Óscar


El chico de las gafas. 


 


Le dio a enviar.


Sí, estaban muy lejos, pero podía ser peor. Él podría haber nacido cincuenta años antes que ella, un siglo antes. Podría haber vivido en otro continente toda la vida, cruzarse solo un día en un aeropuerto porque ese día y solo ese día se hubiesen alineado todas las estrellas del universo una a una, de la primera a la última. Óscar sonrió, en realidad, tenían mucha suerte. Se habían conocido y nada de lo que pasase o no pasase a partir de ahora cambiaría eso.


-Óscar, Ramón tiene una consulta -Pilar estaba de pie junto a él-, ¿todavía no has ido al baño? Dudo mucho que puedas salvar esta camisa.


Óscar bajó la vista hacia la prenda sin perder la sonrisa.


-Yo también lo dudo. No importa. Solo es una camisa. -Se levantó y fue a la sala de reuniones.


Se sentía el hombre más afortunado del mundo, un universo de posibilidades acababa de abrirse delante de él y de Valentina.


*****


Valentina estaba sentada en su banco preferido del parque que le había robado el corazón la primera vez que visitó Tokyo. Aquel día estaba muerta de miedo, nunca había viajado tan lejos y tan sola. Había sido por trabajo, el que tenía antes en una empresa donde las chicas por mucho talento que tuvieran y por más eficientes, listas o trabajadoras que fueran quedaban estancadas en ciertos puestos y perdían incluso el nombre. Su exjefe las llamaba nenas o cariño y cuando alguna se quejaba respondía airado que no tenía por qué ponerse así, que acabaría con el cejo arrugado para siempre por ser tan arisca y antipática. Aquel viaje había sido horrible, una pesadilla. Había viajado con él; su jefe lo había llamado su gran oportunidad y Valentina todavía sentía arcadas al recordarlo. No iba a pensar en eso, no quería que esos recuerdos se mezclaran de ninguna manera con lo que acababa de suceder minutos antes.


Óscar era el chico del metro.


Tendría que haberlo sabido.


Sonrió y dejó unas nueces en una esquina del banco. Había un día de aquel primer viaje que seguía siendo una nube negra, pero la mañana siguiente, justo después de que Valentina tomase esa decisión fue a pasear por la ciudad. Era temprano, apenas había salido el sol y sin saber cómo llegó a ese parque, el mismo en el que estaba ahora, y rompió a llorar. Se sentó en ese banco, dejó que las lágrimas le hicieran compañía y se prometió que todo iba a salir bien. Absurdo, por supuesto. Notó algo, unas cosquillas y se sobresaltó asustada. Abrió los ojos y vio una ardilla y después otra. No tenían nada especial, en Tokyo había ardillas voladoras y, sin embargo, esas dos eran ardillas normal y corrientes. Una sujetaba una nuez o algo parecido y la otra una flor, una margarita maltrecha que dejó justo al lado del pañuelo que Valentina había dejado caer al levantarse. Era una tontería, pero había guardado esa margarita durante mucho tiempo. Al principio la había llevado en el monedero, después la había pegado en una de las páginas del cuaderno amarillo, ese que todavía no había logrado encontrar. La margarita ya no le hacía falta, pensó, pero aquel banco seguía siendo su lugar especial en la ciudad.


Óscar.


Había empezado a creer que no volvería verlo nunca más y aun así, ahora que lo pensaba, desde que había empezado a intercambiar correos con él los sueños con el chico de las gafas habían cambiado, igual que sus dibujos. Eran más cercanos, más reales como si el destino la hubiese estado acercando a él, preparándola para ese momento.


Apenas había conseguido pronunciar dos frase con sentido y después de que Helga le recordase que tenían una reunión y que ese instante mágico había sucedido delante de uno de sus mejores clientes había tenido que irse. La realidad se le había venido encima y tenía que refugiarse. Antes le había escrito un correo a Óscar porque quería tener una prueba tangible de que le había conocido de verdad. Y porque no quería que él la llamase o la escribiera y no la encontrase.


Quizá no lo haría.


Quizá él no había pensado en ella durante estos meses, quizá no había dedicado ni un segundo de su tiempo a esa desconocida del metro a la que había pillado dibujándole meses atrás. Quizá aquel día que ella había creído verlo corriendo detrás de ella solo había sido casualidad y él había ido en busca de otra persona.


O quizá sí había pensado en ella, quizá incluso tanto como ella en él y… ¿entonces qué?


Le vibró el teléfono y miró la pantalla para ahuyentar lo imposible. Era un mensaje de Penélope.


¡¡¡¡¡Felicidades!!!!! Sabía que lo conseguirías. Hablamos luego

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Published on September 18, 2020 11:35

August 12, 2020

Posibilidades: por fin (capítulo 6)

Aquí tenéis un nuevo capítulo de Posibilidades, la historia de Óscar y Valentina se está complicando y las de sus amigos también. Os confieso que ya forman parte de mi vida y espero que también un poquito de la vuestra.


Si acabáis de descubrir Posibilidades con este post, leed los capítulos anteriores (están todos en el blog) antes de continuar

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Published on August 12, 2020 07:45

Posibilidades: por fin

Aquí tenéis un nuevo capítulo de Posibilidades, la historia de Óscar y Valentina se está complicando y las de sus amigos también. Os confieso que ya forman parte de mi vida y espero que también un poquito de la vuestra.


Si acabáis de descubrir Posibilidades con este post, leed los capítulos anteriores (están todos en el blog) antes de continuar

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Published on August 12, 2020 07:45

June 25, 2020

Posibilidades: mares y bosques (capítulo 5)

Ha empezado el verano y seguro que no podrá compararse con ninguno de los anteriores. La noche de San Juan mi madre insistió en preparar una pequeña hoguera en casa -viven en el campo y tomaron las precauciones necesarias-; no nos había avisado y después de cenar juntos nos dio a todos una cartulina y un bolígrafo. La miramos raro, no voy a engañaros. Nos contó que quería que escribiéramos lo que queríamos que desapareciera de nuestra vida y que después echaríamos juntos las cartulinas al fuego. Lo hicimos, empezando por mi padre y terminando por los más pequeños. No sé si la hoguera atenderá nuestras peticiones, pero compartir ese instante fue mágico y lo cierto es que basta con eso.


Aquí os dejo un nuevo capítulo de Posibilidades, he tardado un poco más en colgarlo porque estaba escribiendo…


Posibilidades: mares y bosques


Capítulo 5


Óscar nunca había prestado mucha atención a los colores de los mapas que vendía la empresa donde trabajaba. A decir verdad, ni siquiera había prestado atención a los mapas en sí mismos. En el departamento de recursos humanos lo importante son las personas, ese era su mantra, poco importaba si se dedicaban a vender zapatos o a fabricar cohetes que llegasen a la luna. Sin embargo ahora tenía un mapa en la mesa de la oficina y otro en casa, se lo había llevado semanas atrás después de leer el segundo correo de la chica que trabajaba en Japón, Valentina.


En los mapas los colores son muy importantes, le había explicado ella, nos cuentan muchas cosas sin que nos demos cuenta. No solo desde donde está el mar, algo obvio porque esa zona es azul, sino también lo densa que es una ciudad o lo altas que pueden ser unas montañas. Y no solo eso, un mapa puede conseguir que una ciudad te caiga mejor o peor, puede llevarte a mil aventuras o convertir tu experiencia en un desastre.


Óscar nunca había pensando nada semejante sobre los mapas, en realidad, estaba seguro de que nunca había pensando nada semejante sobre nada. Él no veía el mundo en esos términos. No se consideraba un tipo vacío, sus amigos sabían que podía pasarse horas dándole vueltas a algo y que cualquier decisión que tomaba era fruto de un proceso de reflexión. También era sensible, estaba en contacto con sus sentimientos y no tenía miedo de reconocerlos. Pero a grandes rasgos, supuso. Él era feliz a grandes rasgos o se enfadaba a grandes rasgos. Nunca se fijaba en los detalles ni le daba importancia a algo como los colores de un mapa. Él nunca le habría contestado aquel correo a aquella chica preguntándole qué significaba ser experta en colores y nunca se habría llevado un mapa a casa -justo el que esa chica, Valentina, había sugerido-. Achacaba esa reacción a que todavía seguía inquieto, aunque estaba mejor que unos meses antes seguía sin estar cómodo en su propia piel. Era como llevar un traje demasiado grande o demasiado ajustado, un traje que le había sentado muy bien durante mucho tiempo y que sin embargo ahora le picaba y necesitaba quitarse. Pero no tenía uno de repuesto. Ni sabía dónde encontrarlo o si quería dejar de llevar ese traje y, quién sabe, disfrazarse de buzo.


Salió del trabajo, ya se había acostumbrado a las nuevas oficinas y empezaba a disfrutar del barrio que seguía descubriendo. Según la calle que eligiese veía el mar al fondo, en una había una galería de arte, en otra una pequeña librería, los cafés solían estar llenos y si entraba oía siempre tres o cuatro idiomas distintos. Bajó la escalera de la estación de metro y mientras esperaba en el andén no pudo evitar buscar a la chica del cuaderno amarillo. Dudaba que algún día dejase de hacerlo, formaba parte de él y le reconfortaba, le hacía sonreír pensar que quizá llegaría a verla de nuevo. El vagón se detuvo y entró, eran solo tres paradas y durante el trayecto pensó que tenía que llamar a Héctor, llevaba dos viernes dejándolos plantados a él y a Ricky y las excusas que les había dado sonaban a eso, a excusas. Tenía que sucederle algo y Óscar no lograba entender por qué no se los había contado. Se abrieron las puertas y bajó justo a tiempo, no quería llegar tarde y como tampoco quería que la preocupación que sentía por uno de sus mejores amigos entorpeciera la cita mandó un mensaje a Héctor diciéndole que el domingo por la mañana podían salir a navegar. Seguro que no se negaría y Óscar cruzó los dedos para que el barco de su tío, el padre de Alice, estuviera libre ese día. Le mandó un mensaje a su tío y tras ver el ok que este respondió al instante guardó el móvil y aceleró el paso.


Paloma estaba esperándolo en la puerta del cine. Sonrió al verlo y le dio un beso en la mejilla. Era su tercera cita y en la anterior ya se habían saludado así. Hablaron poco, faltaban un par de minutos para que empezase la película y fueron a ocupar sus asientos. Era una película italiana, de esas con distintas historias de amor que al final se entrelazan de maneras sorprendentes y con casas, paisajes y banda sonora maravillosa. Abandonaron la sala caminando el uno muy cerca del otro, sus hombros se rozaban al andar y se miraban de soslayo cuando creían que el otro no iba a pillarlos. No cenaron en un restaurante, Paloma tenía que levantarse muy temprano, se iba de fin de despedida de soltera, ese año tenía tantas que empezaba a mezclarlas, comieron una ración de pizza cada uno que compraron en un pequeño italiano que solo las servía así, en una servilleta y para comer en la calle o apoyado en la única barra que tenían y en la que cabían dos personas. El local, si podía llamarse así, apenas tenía un letrero con su nombre -eran cuatro letras granates encima de un tablón de madera de dos palmos- y era un secreto a voces en el barrio y en toda la ciudad desde que sus pizzas habían recibido varios premios.


-Me ha gustado la película, pero he echado en falta una historia más… normal -dijo Paloma entre bocado y bocado. Paseaban por el barrio gótico y la luna se reflejaba en los adoquines húmedos por la lluvia de antes. A ellos por suerte les había pillado en el cine.


-¿Qué quieres decir normal? Dejando a un lado el tamaño de las casas y los trabajos de los protagonistas, ¿tú crees que existe de verdad eso de ser decoradora de pisos en venta y que está tan bien pagado? -Paloma sonrió y se encogió de hombros-. Dejando a un lado esos detalles, las parejas me han parecido bastante realistas.


-Ninguna acaba mal.


-¿Y para ti normal es acabar mal? -Óscar silbó- Y dicen que las mujeres sois más románticas que los hombres.


-Hay de todo en la viña del señor -bromeó ella.


-Cierto.


-No, no digo que lo normal sea acabar mal, solo que a veces es mejor, incluso más romántico, dejarlo. Además, la gran mayoría de nosotros conocemos a nuestra pareja, a nuestro compañero de vida, en una situación cotidiana. Fíjate que no he dicho normal. No vamos por ahí tropezándonos y chocando con el vecino de arriba que resulta ser un artista retirado que se enamora perdidamente de nosotras nada más vernos.


-Me alegro de que vivas en una casa sin vecinos.


-Cállate -Paloma se rió-. Lo que quiero decir es que en el mundo real las personas no se enamoran como en las películas o en los libros y alguna vez me gustaría ver reflejado algo así en el cine o en una novela. Fíjate en nosotros.


Óscar se detuvo y la miró.


-¿Qué pasa con nosotros? Nos conocimos en una boda, eso sale en muchas películas.


Paloma enarcó una ceja.


-No bailamos descalzos hasta las tantas de la madrugada ni me perseguiste bajo la lluvia para pedirme el número.


-El suelo estaba asqueroso y no llovía.


-Eres un caso, pero me gustas, Óscar.


Él se quedó mirándola, ella se había sonrojado y lo miraba expectante. A pesar del tono bromista y de que acababa de afirmar que no creía en las historias de amor y que prefería historias reales, esa última frase allí, en esa calle con balcones llenos de flores y con solo la luna como testigo era romántica.


-A mí también me gustas, Paloma.


Ella sonrió y él se agachó despacio hasta que sus labios se rozaron por primera vez.


No hubo chispas, pero sí una sonrisa lenta y dulce que se extendió despacio por el rostro de Paloma y después de contagió al de Óscar.


El domingo llegó al puerto media hora antes de la convenida con Héctor. Ricky no había podido unirse a la excursión, estaba de viaje por trabajo, y le había hecho jurar a Óscar y a Héctor que el viernes siguiente ninguno fallaría y los tres se pondrían por fin al día. Sonaba tenso cuando hablaron por teléfono y afirmó que solo estaba cansado, harto incluso de ese trabajo, pero Óscar no terminó de creerle. ¿Qué les estaba pasando a los tres últimamente?


-¿Llego tarde? -saludó Héctor desde el muelle antes de subir al pequeño velero.


-No, yo he llegado temprano. Mi tío me pidió que comprobase unas cuantas cosas. Todo está listo, podemos salir cuando quieras.


Héctor había perdido peso y tenía ojeras, pero Óscar sabía que nada serviría atosigarle. Los dos trabajaron casi en silencio, habían navegado juntos un montón de veces y se habían repartido las tareas tiempo atrás. Se alejaron del muelle y cuando las olas adquirieron un ritmo constante Héctor habló.


-Mi padre está enfermo. Parkinson, grave e irremediable, acompañado de demencia. Es complicado, cruel e injusto.


-Joder, Héctor. Lo siento.


Héctor miraba hacia el horizonte hasta que se giró y agachó la cabeza fijando los ojos en el cabo que todavía sujetaba entre las manos.


-Es genético. Hereditario. No sé qué mierdas sobre un gen dormido. Mis hermanos y yo tendremos que hacernos las pruebas más adelante.


-Mierda.


Óscar no estaba siendo nada elocuente, así que se acercó a su amigo y lo abrazó. Se conocían desde niños y no podía imaginarse un mundo sin Héctor, un mundo sin el Héctor que él conocía.


-¿Podemos navegar hasta tarde?


-Claro.


-Siento no habéroslo contado antes.


-No te preocupes por eso. -Óscar notó que Héctor estrechaba el abrazo un instante antes de soltarlo y ninguno disimuló la rabia y el miedo que se había instalado en su mirada e iba a quedarse allí durante tiempo.


-Llamaré a Ricky cuando volvamos y el viernes os pondré al día de todo. -Héctor se apartó-. Ahora quiero navegar.


-Pues naveguemos.


Regresaron tarde y no volvieron a hablar del tema. Héctor se fue en su moto y Óscar optó por permanecer en el puerto. Caminó hasta un banco de piedra y se sentó mirando el mar. Obviamente su mayor preocupación era su amigo, aunque tenía que reconocer que la noticia que le había dado Héctor había revivido en él miedos y dudas que creía aparcados o al menos escondidos en alguna parte. Todo podía cambiar en un instante, en meros segundos podían arrebatarte tu identidad, tus sueños, cualquier futuro que hubieras podido imaginarte y cambiártelo por otro.


Había una imagen que no podía quitarse de la cabeza, un dibujo que había contemplado más veces de las necesarias y que ahora le hacía apretar los puños en aquel banco. Era el dibujo de un bosque espeso, con ramas enlazándose y con una bruma algo mágica flotando en el aire, se insinuaba un camino y de pie, con arbustos casi hasta las rodillas, había una chica de espaldas esperando. La chica era ella, la autora del dibujo, llevaba el pelo recogido y parecía, aunque no podía verle el rostro, perdida o quizá también triste. ¿A quién estaba buscando? ¿De verdad quería encontrarlo, fuera quién fuese? ¿Cómo era posible que sintiera que esos trazos reflejaban justo lo que estaba sintiendo? ¿Cómo podía explicarle a nadie que sabía sin lugar a duda que la persona a la que tenía más ganas de contarle lo furioso que estaba era esa chica, esa desconocida con la que nunca había hablado? La propietaria del cuaderno amarillo que descansaba justo al lado de su cama. Era injusto que no pensase en otra persona, en Paloma, para empezar, o quizá en Ricky o en sus padres. Óscar era afortunado y tenía gente maravillosa a su alrededor, él lo sabía, y por eso se había asustado. La preocupación por Héctor lo sobrepasaba todo, pero no podía quitarse de encima la sensación de que si hablase con la chica del cuaderno se sentiría mejor. Y mirando el mar se odió por ello y también la odió un poco a ella por no estar allí ni en ninguna parte.


*****


Valentina estaba dibujando el mar. Se había despertado de golpe, inquieta, sudando y con el corazón golpeándole las costillas. Había intentado recuperar el sueño, el rostro angustiado que con los ojos fijos en las olas se había colado en su cabeza mientras dormía. No pudo y aun así no tenía ninguna de que era él. Absurdo se había repetido una y otra vez mientras se echaba agua en la cara, llevaba meses sin verle, era imposible que se hubiese cruzado con él en Tokyo, había insistido su parte racional mientras ella encía la luz para ir en busca del cuaderno y un lápiz. Sabía por experiencia que todo sería inútil, no podría volver a dormirse si no sacaba aquella imagen de dentro. A él, era a él a quien tendría que sacar de su cabeza, había farfullado en voz baja sabiendo que no iba a lograrlo.


Estaba dibujando el mar, el mar de Barcelona, porque los mares son distintos según desde donde se miren y quién los mire. Los colores eran importantes. Sonrió al recordar el correo de aquella empresa que hacía mapas.


Tienes razón, había respondido ese chico, el encargado de recursos humanos, Óscar se llamaba. Nunca lo había visto así, pero los colores son importantes. Tengo una chaqueta roja, solo la utilizo cuando uno de mis amigos nos obliga a dejar la ciudad para vivir aventuras, lo que suele significar que uno de nosotros acabará con algo roto o resaca. Me basta con verla para saber que ese fin de semana sucederá algo que algún día me avergonzará contar a mis nietos. 


Siguió dibujando, no entendía qué la había llevado a mandar aquel primer correo con esa frase ni a responder al de Óscar con esa visión tan suya de los colores. Tampoco podía explicar por qué seguía respondiendo a las preguntas de él y haciéndole ella otras a cambio. Pero le gustaban esos correos y como tantas otras cosas en su vida había dejado de buscarle una explicación. La belleza, igual que la felicidad, no necesita justificarse.


Tarareó una canción indistinguible, tampoco había nadie escuchándola, y dio los últimos trazos. Tokyo le gustaba, aquel trabajo era una gran oportunidad y había empezado a hacer amigos y a sentirse un poco más en casa. De día tenía ataques de nostalgia, así los había bautizado Valentina, que la sobrecogían cuando menos se lo esperaba. Bastaba con un olor, con un color, con ver a alguien con un rasgo similar a otra persona para que pensara en casa. Esos extraños correos de Óscar, fuera quién fuese, la reconfortaban, servían para mantener a raya las lágrimas. Elias también, quizá tendría que empezar a reconocer que entre ella y Elias las cosas estaban cambiando. Él estaba resultando ser mucho más complejo de lo que ella se había imaginado nunca en Barcelona. Estar allí les estaba acercando, quizá les estaba convirtiendo en otras personas y aquel nuevo Elias y la nueva Valentina podían descubrirse juntos.


De noche era distinto. Había noches en las que no soñaba, otras en las que caía exhausta después de una jornada inacabable o porque había sido un día excitante, Japón ofrecía tanto por descubrir que quería aprovecharlo. Y otras eran como esa, noches en las que el chico de las gafas se colaba en sus sueños y no podía dejar de verlo. Era extraño, ella había soñado antes con gente, a todo el mundo le ha pasado, pero con él era distinto. Era como lanzarse al mar y nadar contra las olas o como correr hasta que te falta el aliento. Cuando se despertaba tenía que dibujar y después se pasaba horas observando el resultado.


Aquellos dibujos inexplicables eran su refugio. Días atrás, después de terminar una llamada con Penélope se había puesto a llorar. Su hermana estaba embarazada de nuevo, era una muy buena noticia, una noticia maravillosa, y Valentina no estaba allí para celebrarlo juntas. Había conseguido contener las lágrimas hasta despedirse de ella y después, cuando creía que nada iba a consolarla, decidió abrir el cuaderno y buscar el último dibujo que había hecho del chico de las gafas. Era una escena algo extraña, él estaba rodeado de arbustos en medio de un laberinto y sus ojos, que habían salido de los dedos de Valentina, la observaban expectantes, como si le estuvieran preguntando qué pensaba hacer de allí en adelante. No se lo había contado a nadie, ni siquiera Penélope, que creía en un sinfín de conjeturas místicas, lo entendería. Valentina estaba convencida de que él la entendería, de que si él hubiese estado esa tarde allí con ella habría entendido que aunque se alegraba muchísimo por su hermana odiaba que ella no se hubiese esperado a que volviera. Era irracional, por supuesto, pero él lo habría entendido. Él habría sabido qué decirle. Seguramente habría bastado con tenerlo cerca, a su lado. Habría bastado con abrazarlo.


Sacudió la cabeza. No podía pensar así, una cosa era dibujarlo y otra atribuir a esos dibujos poderes mágicos. Dejó el lápiz y buscó la caja pequeña de acuarelas, le hacían falta pocos colores. Pintó el mar embravecido, furioso, con olas azul oscuro y negras.


La chaqueta, roja.


 


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©Posibilidades, Anna Casanovas


Imágenes de Pinterest.


Gracias por leer Posibilidades, ¿qué creéis que sucederá? ¿Creéis que la teoría de Paloma sobre la gente normal es cierta? ¿O preferís creer que hay historias capaces de poner nuestro mundo y nuestra vida del revés? ¿Qué hará Óscar? ¿Y Valentina? ¿Volverán a verse? Y no penséis que con ellos se acaban las preguntas -y el misterio ;)- ¿qué le pasará a Héctor? ¿dónde está Ricky?


Esto iba a ser un relato y ahora dudo que me baste con una novela.


Dentro de unos días habrá otro capítulo y también nuevos posts ♥


 


 


 


 

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Published on June 25, 2020 10:05

Posibilidades: mares y bosques

Ha empezado el verano y seguro que no podrá compararse con ninguno de los anteriores. La noche de San Juan mi madre insistió en preparar una pequeña hoguera en casa -viven en el campo y tomaron las precauciones necesarias-; no nos había avisado y después de cenar juntos nos dio a todos una cartulina y un bolígrafo. La miramos raro, no voy a engañaros. Nos contó que quería que escribiéramos lo que queríamos que desapareciera de nuestra vida y que después echaríamos juntos las cartulinas al fuego. Lo hicimos, empezando por mi padre y terminando por los más pequeños. No sé si la hoguera atenderá nuestras peticiones, pero compartir ese instante fue mágico y lo cierto es que basta con eso.


Aquí os dejo un nuevo capítulo de Posibilidades, he tardado un poco más en colgarlo porque estaba escribiendo…


Posibilidades: mares y bosques


Óscar nunca había prestado mucha atención a los colores de los mapas que vendía la empresa donde trabajaba. A decir verdad, ni siquiera había prestado atención a los mapas en sí mismos. En el departamento de recursos humanos lo importante son las personas, ese era su mantra, poco importaba si se dedicaban a vender zapatos o a fabricar cohetes que llegasen a la luna. Sin embargo ahora tenía un mapa en la mesa de la oficina y otro en casa, se lo había llevado semanas atrás después de leer el segundo correo de la chica que trabajaba en Japón, Valentina.


En los mapas los colores son muy importantes, le había explicado ella, nos cuentan muchas cosas sin que nos demos cuenta. No solo desde donde está el mar, algo obvio porque esa zona es azul, sino también lo densa que es una ciudad o lo altas que pueden ser unas montañas. Y no solo eso, un mapa puede conseguir que una ciudad te caiga mejor o peor, puede llevarte a mil aventuras o convertir tu experiencia en un desastre.



Óscar nunca había pensando nada semejante sobre los mapas, en realidad, estaba seguro de que nunca había pensando nada semejante sobre nada. Él no veía el mundo en esos términos. No se consideraba un tipo vacío, sus amigos sabían que podía pasarse horas dándole vueltas a algo y que cualquier decisión que tomaba era fruto de un proceso de reflexión. También era sensible, estaba en contacto con sus sentimientos y no tenía miedo de reconocerlos. Pero a grandes rasgos, supuso. Él era feliz a grandes rasgos o se enfadaba a grandes rasgos. Nunca se fijaba en los detalles ni le daba importancia a algo como los colores de un mapa. Él nunca le habría contestado aquel correo a aquella chica preguntándole qué significaba ser experta en colores y nunca se habría llevado un mapa a casa -justo el que esa chica, Valentina, había sugerido-. Achacaba esa reacción a que todavía seguía inquieto, aunque estaba mejor que unos meses antes seguía sin estar cómodo en su propia piel. Era como llevar un traje demasiado grande o demasiado ajustado, un traje que le había sentado muy bien durante mucho tiempo y que sin embargo ahora le picaba y necesitaba quitarse. Pero no tenía uno de repuesto. Ni sabía dónde encontrarlo o si quería dejar de llevar ese traje y, quién sabe, disfrazarse de buzo.


Salió del trabajo, ya se había acostumbrado a las nuevas oficinas y empezaba a disfrutar del barrio que seguía descubriendo. Según la calle que eligiese veía el mar al fondo, en una había una galería de arte, en otra una pequeña librería, los cafés solían estar llenos y si entraba oía siempre tres o cuatro idiomas distintos. Bajó la escalera de la estación de metro y mientras esperaba en el andén no pudo evitar buscar a la chica del cuaderno amarillo. Dudaba que algún día dejase de hacerlo, formaba parte de él y le reconfortaba, le hacía sonreír pensar que quizá llegaría a verla de nuevo. El vagón se detuvo y entró, eran solo tres paradas y durante el trayecto pensó que tenía que llamar a Héctor, llevaba dos viernes dejándolos plantados a él y a Ricky y las excusas que les había dado sonaban a eso, a excusas. Tenía que sucederle algo y Óscar no lograba entender por qué no se los había contado. Se abrieron las puertas y bajó justo a tiempo, no quería llegar tarde y como tampoco quería que la preocupación que sentía por uno de sus mejores amigos entorpeciera la cita mandó un mensaje a Héctor diciéndole que el domingo por la mañana podían salir a navegar. Seguro que no se negaría y Óscar cruzó los dedos para que el barco de su tío, el padre de Alice, estuviera libre ese día. Le mandó un mensaje a su tío y tras ver el ok que este respondió al instante guardó el móvil y aceleró el paso.


Paloma estaba esperándolo en la puerta del cine. Sonrió al verlo y le dio un beso en la mejilla. Era su tercera cita y en la anterior ya se habían saludado así. Hablaron poco, faltaban un par de minutos para que empezase la película y fueron a ocupar sus asientos. Era una película italiana, de esas con distintas historias de amor que al final se entrelazan de maneras sorprendentes y con casas, paisajes y banda sonora maravillosa. Abandonaron la sala caminando el uno muy cerca del otro, sus hombros se rozaban al andar y se miraban de soslayo cuando creían que el otro no iba a pillarlos. No cenaron en un restaurante, Paloma tenía que levantarse muy temprano, se iba de fin de despedida de soltera, ese año tenía tantas que empezaba a mezclarlas, comieron una ración de pizza cada uno que compraron en un pequeño italiano que solo las servía así, en una servilleta y para comer en la calle o apoyado en la única barra que tenían y en la que cabían dos personas. El local, si podía llamarse así, apenas tenía un letrero con su nombre -eran cuatro letras granates encima de un tablón de madera de dos palmos- y era un secreto a voces en el barrio y en toda la ciudad desde que sus pizzas habían recibido varios premios.


-Me ha gustado la película, pero he echado en falta una historia más… normal -dijo Paloma entre bocado y bocado. Paseaban por el barrio gótico y la luna se reflejaba en los adoquines húmedos por la lluvia de antes. A ellos por suerte les había pillado en el cine.


-¿Qué quieres decir normal? Dejando a un lado el tamaño de las casas y los trabajos de los protagonistas, ¿tú crees que existe de verdad eso de ser decoradora de pisos en venta y que está tan bien pagado? -Paloma sonrió y se encogió de hombros-. Dejando a un lado esos detalles, las parejas me han parecido bastante realistas.


-Ninguna acaba mal.


-¿Y para ti normal es acabar mal? -Óscar silbó- Y dicen que las mujeres sois más románticas que los hombres.


-Hay de todo en la viña del señor -bromeó ella.


-Cierto.


-No, no digo que lo normal sea acabar mal, solo que a veces es mejor, incluso más romántico, dejarlo. Además, la gran mayoría de nosotros conocemos a nuestra pareja, a nuestro compañero de vida, en una situación cotidiana. Fíjate que no he dicho normal. No vamos por ahí tropezándonos y chocando con el vecino de arriba que resulta ser un artista retirado que se enamora perdidamente de nosotras nada más vernos.


-Me alegro de que vivas en una casa sin vecinos.


-Cállate -Paloma se rió-. Lo que quiero decir es que en el mundo real las personas no se enamoran como en las películas o en los libros y alguna vez me gustaría ver reflejado algo así en el cine o en una novela. Fíjate en nosotros.


Óscar se detuvo y la miró.


-¿Qué pasa con nosotros? Nos conocimos en una boda, eso sale en muchas películas.


Paloma enarcó una ceja.


-No bailamos descalzos hasta las tantas de la madrugada ni me perseguiste bajo la lluvia para pedirme el número.


-El suelo estaba asqueroso y no llovía.


-Eres un caso, pero me gustas, Óscar.


Él se quedó mirándola, ella se había sonrojado y lo miraba expectante. A pesar del tono bromista y de que acababa de afirmar que no creía en las historias de amor y que prefería historias reales, esa última frase allí, en esa calle con balcones llenos de flores y con solo la luna como testigo era romántica.


-A mí también me gustas, Paloma.


Ella sonrió y él se agachó despacio hasta que sus labios se rozaron por primera vez.


No hubo chispas, pero sí una sonrisa lenta y dulce que se extendió despacio por el rostro de Paloma y después de contagió al de Óscar.


El domingo llegó al puerto media hora antes de la convenida con Héctor. Ricky no había podido unirse a la excursión, estaba de viaje por trabajo, y le había hecho jurar a Óscar y a Héctor que el viernes siguiente ninguno fallaría y los tres se pondrían por fin al día. Sonaba tenso cuando hablaron por teléfono y afirmó que solo estaba cansado, harto incluso de ese trabajo, pero Óscar no terminó de creerle. ¿Qué les estaba pasando a los tres últimamente?


-¿Llego tarde? -saludó Héctor desde el muelle antes de subir al pequeño velero.


-No, yo he llegado temprano. Mi tío me pidió que comprobase unas cuantas cosas. Todo está listo, podemos salir cuando quieras.


Héctor había perdido peso y tenía ojeras, pero Óscar sabía que nada serviría atosigarle. Los dos trabajaron casi en silencio, habían navegado juntos un montón de veces y se habían repartido las tareas tiempo atrás. Se alejaron del muelle y cuando las olas adquirieron un ritmo constante Héctor habló.


-Mi padre está enfermo. Parkinson, grave e irremediable, acompañado de demencia. Es complicado, cruel e injusto.


-Joder, Héctor. Lo siento.


Héctor miraba hacia el horizonte hasta que se giró y agachó la cabeza fijando los ojos en el cabo que todavía sujetaba entre las manos.


-Es genético. Hereditario. No sé qué mierdas sobre un gen dormido. Mis hermanos y yo tendremos que hacernos las pruebas más adelante.


-Mierda.


Óscar no estaba siendo nada elocuente, así que se acercó a su amigo y lo abrazó. Se conocían desde niños y no podía imaginarse un mundo sin Héctor, un mundo sin el Héctor que él conocía.


-¿Podemos navegar hasta tarde?


-Claro.


-Siento no habéroslo contado antes.


-No te preocupes por eso. -Óscar notó que Héctor estrechaba el abrazo un instante antes de soltarlo y ninguno disimuló la rabia y el miedo que se había instalado en su mirada e iba a quedarse allí durante tiempo.


-Llamaré a Ricky cuando volvamos y el viernes os pondré al día de todo. -Héctor se apartó-. Ahora quiero navegar.


-Pues naveguemos.


Regresaron tarde y no volvieron a hablar del tema. Héctor se fue en su moto y Óscar optó por permanecer en el puerto. Caminó hasta un banco de piedra y se sentó mirando el mar. Obviamente su mayor preocupación era su amigo, aunque tenía que reconocer que la noticia que le había dado Héctor había revivido en él miedos y dudas que creía aparcados o al menos escondidos en alguna parte. Todo podía cambiar en un instante, en meros segundos podían arrebatarte tu identidad, tus sueños, cualquier futuro que hubieras podido imaginarte y cambiártelo por otro.


Había una imagen que no podía quitarse de la cabeza, un dibujo que había contemplado más veces de las necesarias y que ahora le hacía apretar los puños en aquel banco. Era el dibujo de un bosque espeso, con ramas enlazándose y con una bruma algo mágica flotando en el aire, se insinuaba un camino y de pie, con arbustos casi hasta las rodillas, había una chica de espaldas esperando. La chica era ella, la autora del dibujo, llevaba el pelo recogido y parecía, aunque no podía verle el rostro, perdida o quizá también triste. ¿A quién estaba buscando? ¿De verdad quería encontrarlo, fuera quién fuese? ¿Cómo era posible que sintiera que esos trazos reflejaban justo lo que estaba sintiendo? ¿Cómo podía explicarle a nadie que sabía sin lugar a duda que la persona a la que tenía más ganas de contarle lo furioso que estaba era esa chica, esa desconocida con la que nunca había hablado? La propietaria del cuaderno amarillo que descansaba justo al lado de su cama. Era injusto que no pensase en otra persona, en Paloma, para empezar, o quizá en Ricky o en sus padres. Óscar era afortunado y tenía gente maravillosa a su alrededor, él lo sabía, y por eso se había asustado. La preocupación por Héctor lo sobrepasaba todo, pero no podía quitarse de encima la sensación de que si hablase con la chica del cuaderno se sentiría mejor. Y mirando el mar se odió por ello y también la odió un poco a ella por no estar allí ni en ninguna parte.


*****


Valentina estaba dibujando el mar. Se había despertado de golpe, inquieta, sudando y con el corazón golpeándole las costillas. Había intentado recuperar el sueño, el rostro angustiado que con los ojos fijos en las olas se había colado en su cabeza mientras dormía. No pudo y aun así no tenía ninguna de que era él. Absurdo se había repetido una y otra vez mientras se echaba agua en la cara, llevaba meses sin verle, era imposible que se hubiese cruzado con él en Tokyo, había insistido su parte racional mientras ella encía la luz para ir en busca del cuaderno y un lápiz. Sabía por experiencia que todo sería inútil, no podría volver a dormirse si no sacaba aquella imagen de dentro. A él, era a él a quien tendría que sacar de su cabeza, había farfullado en voz baja sabiendo que no iba a lograrlo.


Estaba dibujando el mar, el mar de Barcelona, porque los mares son distintos según desde donde se miren y quién los mire. Los colores eran importantes. Sonrió al recordar el correo de aquella empresa que hacía mapas.


Tienes razón, había respondido ese chico, el encargado de recursos humanos, Óscar se llamaba. Nunca lo había visto así, pero los colores son importantes. Tengo una chaqueta roja, solo la utilizo cuando uno de mis amigos nos obliga a dejar la ciudad para vivir aventuras, lo que suele significar que uno de nosotros acabará con algo roto o resaca. Me basta con verla para saber que ese fin de semana sucederá algo que algún día me avergonzará contar a mis nietos. 



Siguió dibujando, no entendía qué la había llevado a mandar aquel primer correo con esa frase ni a responder al de Óscar con esa visión tan suya de los colores. Tampoco podía explicar por qué seguía respondiendo a las preguntas de él y haciéndole ella otras a cambio. Pero le gustaban esos correos y como tantas otras cosas en su vida había dejado de buscarle una explicación. La belleza, igual que la felicidad, no necesita justificarse.


Tarareó una canción indistinguible, tampoco había nadie escuchándola, y dio los últimos trazos. Tokyo le gustaba, aquel trabajo era una gran oportunidad y había empezado a hacer amigos y a sentirse un poco más en casa. De día tenía ataques de nostalgia, así los había bautizado Valentina, que la sobrecogían cuando menos se lo esperaba. Bastaba con un olor, con un color, con ver a alguien con un rasgo similar a otra persona para que pensara en casa. Esos extraños correos de Óscar, fuera quién fuese, la reconfortaban, servían para mantener a raya las lágrimas. Elias también, quizá tendría que empezar a reconocer que entre ella y Elias las cosas estaban cambiando. Él estaba resultando ser mucho más complejo de lo que ella se había imaginado nunca en Barcelona. Estar allí les estaba acercando, quizá les estaba convirtiendo en otras personas y aquel nuevo Elias y la nueva Valentina podían descubrirse juntos.


De noche era distinto. Había noches en las que no soñaba, otras en las que caía exhausta después de una jornada inacabable o porque había sido un día excitante, Japón ofrecía tanto por descubrir que quería aprovecharlo. Y otras eran como esa, noches en las que el chico de las gafas se colaba en sus sueños y no podía dejar de verlo. Era extraño, ella había soñado antes con gente, a todo el mundo le ha pasado, pero con él era distinto. Era como lanzarse al mar y nadar contra las olas o como correr hasta que te falta el aliento. Cuando se despertaba tenía que dibujar y después se pasaba horas observando el resultado.


Aquellos dibujos inexplicables eran su refugio. Días atrás, después de terminar una llamada con Penélope se había puesto a llorar. Su hermana estaba embarazada de nuevo, era una muy buena noticia, una noticia maravillosa, y Valentina no estaba allí para celebrarlo juntas. Había conseguido contener las lágrimas hasta despedirse de ella y después, cuando creía que nada iba a consolarla, decidió abrir el cuaderno y buscar el último dibujo que había hecho del chico de las gafas. Era una escena algo extraña, él estaba rodeado de arbustos en medio de un laberinto y sus ojos, que habían salido de los dedos de Valentina, la observaban expectantes, como si le estuvieran preguntando qué pensaba hacer de allí en adelante. No se lo había contado a nadie, ni siquiera Penélope, que creía en un sinfín de conjeturas místicas, lo entendería. Valentina estaba convencida de que él la entendería, de que si él hubiese estado esa tarde allí con ella habría entendido que aunque se alegraba muchísimo por su hermana odiaba que ella no se hubiese esperado a que volviera. Era irracional, por supuesto, pero él lo habría entendido. Él habría sabido qué decirle. Seguramente habría bastado con tenerlo cerca, a su lado. Habría bastado con abrazarlo.


Sacudió la cabeza. No podía pensar así, una cosa era dibujarlo y otra atribuir a esos dibujos poderes mágicos. Dejó el lápiz y buscó la caja pequeña de acuarelas, le hacían falta pocos colores. Pintó el mar embravecido, furioso, con olas azul oscuro y negras.


La chaqueta, roja.


 


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©Posibilidades, Anna Casanovas


Imágenes de Pinterest.


Gracias por leer Posibilidades, ¿qué creéis que sucederá? ¿Creéis que la teoría de Paloma sobre la gente normal es cierta? ¿O preferís creer que hay historias capaces de poner nuestro mundo y nuestra vida del revés? ¿Qué hará Óscar? ¿Y Valentina? ¿Volverán a verse? Y no penséis que con ellos se acaban las preguntas -y el misterio ;)- ¿qué le pasará a Héctor? ¿dónde está Ricky?


Esto iba a ser un relato y ahora dudo que me baste con una novela.


Dentro de unos días habrá otro capítulo y también nuevos posts ♥


 


 


 


 

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Published on June 25, 2020 10:05

May 29, 2020

Posibilidades: Mapas y citas (capítulo 4)

Es curioso como a pesar de tener pensada una trama, o dos, o tres, tener los personajes bien definidos y hojas y hojas de libretas llenas de información sobre ellos hay capítulos de una novela que te cogen por sorpresa y necesitas pensarlo muy bien antes de escribirlos. Y no me refiero solo a esta, digamos que esta semana me ha tocado escribir escenas difíciles en varios frentes. Os cuento más otro día.


De momento, aquí está una nueva entrega de Posibilidades. Cuando empecé esta aventura creía que iba a ser un relato, después vi claro que necesitaba ser una novela y ahora ya no sé si me bastará con una, quién sabe.


Mapas y citas


Capítulo 4


«Óscar llevaba más de mes sin encontrarse con ella y no había vuelto a pagar para que saliera el anuncio en el periódico. No pensaba en ello, al menos no demasiado, y cuando lo hacía sacudía la cabeza y se reprendía por no haberse acercado a ella cuando había tenido la oportunidad. Lamentarse, a pesar de que no servía de nada, era lo único que le quedaba. Intentaba no buscarla en cada estación de metro o de tren, y aunque no siempre lo conseguía, quizá desde hacía un par de días ya no se le aceleraba tanto el corazón cuando un vagón se detenía delante de él y abría las puertas. O quizá sí.


Su jefe, el señor Ramón, acababa de llamarlo al despacho así que guardó el archivo en el que estaba trabajando y se levantó de la silla. Mientras recorría el pasillo se aseguró de tener el móvil en silencio y en la pantalla se encontró un mensaje de Ricky recordándole que esa tarde habían quedado para salir a correr. Le respondió con un emoticono y devolvió el móvil al bolsillo, le iría bien hacer ejercicio y seguro que Ricky se encargaría de recordarle que era un idiota por darle tantas vueltas a algo que ya no tenía remedio.


No sabía que esa tarde tendría muchas más cosas que contarle a su amigo.


-¿Cómo que tu empresa se traslada? ¿Dónde? ¿Por qué? -Ricky estaba tan perplejo como Óscar.


-Hemos crecido demasiado, les va demasiado bien. No te imaginas la cara que tenía Ramón, cualquiera diría que me estaba comunicando el cierre y no una expansión -le respondió Óscar, intentando mantener el ritmo de la respiración mientras corrían-. Él quiere ese despacho como si fuera un hijo, diría que incluso más que a alguno de ellos. Odia la idea del traslado.


-Es su empresa, si no quiere trasladarla que no la traslade -señaló Ricky quien al parecer todavía podía respirar perfectamente.


-Se lo he dicho, pero no es posible. Falta espacio y donde están ahora ya no pueden crecer. No hay nada que hacer, dentro de un mes estaremos en el nuevo edificio.


-Bueno, lo cierto es que la zona del 22@ le pega más a tu empresa.


-No es mi empresa.


-Ya me entiendes. -Ricky se detuvo de golpe y se secó el sudor de la frente-. Espera un momento. Este mal humor es porque vas a tener que cambiar de línea de metro.


No fue una pregunta.


-¿Qué? ¡No! -Óscar reanudó la marcha sin esperarlo-. No digas tonterías.


-¡Es por eso! -Ricky aceleró y lo atrapó en pocos segundos-. Es por eso.


Óscar apretó los dientes y apresuró el paso, se preparó para el discurso de Ricky donde sin duda le diría que tenía que dejar de pensar en esa chica a la que ni siquiera conocía y que se centrase de una vez.


-Mira, Óscar, sé que a veces es difícil dejar de pensar en alguien. Joder, a veces es incluso imposible.


Ricky lo cogió tan desprevenido que Óscar giró la cabeza para asegurarse de que su amigo no le estaba tomando el pelo, pero lo encontró con la mirada fija hacia delante y los puños cerrados tan fuertes que incluso vibraban.


-¿Estás bien, Ricardo? ¿Te ha sucedido algo?


-Tienes que dejar atrás la chica del cuaderno amarillo, olvidarte de ella.


Óscar esperó a que su amigo añadiera algo más, sin embargo se quedó en silencio y apretó el ritmo.


-Tienes razón -aceptó y añadió después-. ¿De verdad estás bien?


-Lo estaré, no te preocupes por mí.


Terminaron la carrera en silencio sin volver a hablar de ese tema ni de ningún otro hasta que se despidieron en la misma esquina donde se habían encontrado un par de horas antes.


-Este sábado he quedado con Paloma, la amiga de mi prima.


Ricky arrugó las cejas.


-¿No habíais quedado hace unas semanas?


-Sí, pero a Paloma le surgió algo a última hora y tuvimos que posponerlo. Un familiar llegó de viaje y tuvieron na especie de celebración improvisada. Nos hemos mandado un par de mensajes estos días.


-Genial. ¿Nos vemos el viernes?


-Claro.


El semáforo se puso en verde, Ricky asintió a modo de despedida y cada uno se dirigió a su casa. Óscar tuvo el presentimiento de que el viernes, cuando coincidieran también con Héctor en el bar de siempre, Ricky no mencionaría nada sobre sí mismo ni sobre aquellas respuestas tan raras que hoy le había dado. Al menos, pensó mientras se duchaba, no era el único de sus amigos que estaba hecho un lío.


El sábado a las siete de la tarde Óscar y Paloma entraban en el jardín d’Horta de Barcelona, brillaba el sol y hacía calor, soplaba una brisa agradable que insistía en despeinar el pelo largo y rubio de Paloma. Ella sonreía y se colocaba el mechón detrás de la oreja derecha.


-No puedo creerme que sea la primera vez que estoy aquí -afirmó cuando se detuvieron ante la escultura de Eros justo en el corazón del laberinto-. Es precioso.


-Lo es. -Óscar se alegraba de haber escogido aquel lugar. Esa mañana lo había dudado, había visitado el jardín de pequeño varias veces y le fascinaba desde entonces y nunca había llevado allí a nadie-. ¿Cuándo te mudaste aquí?


-Hace cinco años. La ciudad siempre me había gustado y ya tenía varios amigos aquí, como tu prima, así que cuando me surgió la oportunidad la aproveché. ¿Tú has vivido en alguna otra ciudad?


Óscar sonrió.


-Me temo que en ese sentido no soy nada aventurero. Siempre he vivido aquí, exceptuando el Erasmus que hice en Dublín, pero no quiero echar a perder la imagen que tienes de mí con anécdotas de esos meses.


-Oh, vamos, tienes que contármelo. Ya sabes lo que dicen, lo que pasa en un Erasmus no cuenta.


-¿Eso dicen?


Paloma se encogió de hombros.


-Ni idea, estoy intentando convencerte para que sueltes la lengua y me cuentes todos tus secretos.


-¿Todos? ¿Ahora?


-Bueno, quizá podríamos empezar por uno y ver qué pasa. Y eso vale para los dos, ¿qué te parece?


La miró, el sol empezaba a despedirse de la ciudad y la sonrisa de Paloma hacía que le brillasen los ojos y que él quisiera creer en principios felices. Era mejor creer en principios que en finales, Óscar siempre lo había visto así.


-Me parece una gran idea.


*****


Valentina no había vuelto a encontrarse con él y tampoco había encontrado el viejo cuaderno amarillo. Había puesto la habitación patas arriba, el comedor, la cocina. Nada. El cuaderno no estaba en ninguna parte. A pesar de que sabía que era absurdo, porque no lo había llevado nunca allí, también lo buscó en casa de sus amigos y de su familia y en el trabajo. El cuaderno no estaba en ninguna parte y a ella le escocían los ojos cada vez que se decía a sí misma que tenía que asumir que lo había perdido para siempre. Le escocían los ojos y se le retorcía el estómago. No se veía capaz de resignarse a la idea de haberse quedado sin esos dibujos. Había intentado repetirlos todos, los de sus sobrinos, los esbozos del parque, cualquier garabato que le había pasado por la cabeza y que había ido a parar a ese viejo cuaderno lo repetía ahora en el nuevo con la esperanza de que así su imaginación adquiriera poderes sobrehumanos y recordase cada detalle de entonces por pequeño que fuera. No había funcionado.


Al chico de las gafas sí conseguía dibujarlo, algo le decía que podría hacerlo siempre, pero el logotipo de la empresa donde supuestamente él trabajaba no. Había dibujado distintas combinaciones de letras y formas y había buscado como una posesa por las páginas amarillas, google maps y cualquier otra opción posible y sí, había hecho una especie de lista, pero ¿qué podía hacer? ¿llamar y preguntar si allí trabajaba un chico alto, moreno, con gafas y con la sonrisa ladeada? Tendría suerte si no la insultaban antes de colgarle el teléfono. Esa idea había sido una estupidez, una de esas ideas absurdas que solo salen bien en las películas de Hollywood.


La otra opción, sin embargo, la de resignarse, no se la había planteado porque sabía que de un modo u otro iba a encontrase de nuevo con él. Lo sabía.


-Eh, Valentina, ¿estás lista para embarcar? Ya han abierto la puerta de nuestro vuelo.


Levantó la mirada, se había pasado los últimos minutos con los ojos fijos en las baldosas del aeropuerto, pensando en el chico de las gafas y buscando flores imaginarias en el estampado del mármol. Elias la observaba paciente, él siempre lo era.


-Sí, estoy lista. -Se levantó y se colgó el bolso del hombro-. ¿Vamos?


Elias le sonrió.


-¿En qué estabas pensando? Parecías algo preocupada.


-He perdido mi cuaderno amarillo, el viejo -añadió cuando él clavó la mirada en el cuaderno que ella sujetaba en la mano.


-Lo encontrarás, ya lo verás. Seguro que está debajo de alguno de esos montones de papeles que tienes en tu mesa.


-¿Te estás burlando de mí?


-No, bueno, vale, quizá un poco. Los dos sabemos que no eres lo que se dice ordenada.


-Soy ordenada a mí manera. Tú podrías dirigir un ejército.


-Cierto.


Elias le entregó al empleado de la compañía aérea su perfecta tarjeta de embarque junto con el pasaporte abierto en la página correcta y completamente alineado para que pudiese leerlos ambos sin moverlos. Valentina le dio la tarjeta arrugada, la había doblado para meterla en el bolso, y tuvo y que buscar la página del pasaporte. Dentro del avión ocuparon sus asientos, uno al lado del otro, y se dispusieron a pasar las trece horas de vuelo hasta Japón.


Cuando a Valentina le preguntaban dónde trabajaba ella respondía en una fábrica de colores. Seguro que el departamento de dirección se quejaría si lo supiera, era una manera muy simplista de definir el alcance de lo que hacía esa compañía, pero eso era a lo que se dedicaban: a hacer colores. Fabricaban las tintas físicas que después se vendían a las imprentas de casi todo el mundo y también las imágenes de las tintas que aparecen en las pantallas de los ordenadores. Era algo difícil de explicar, aunque Valentina conseguía hacerlo muy bien. Ella decía: ¿cómo sabes que el azul de la pantalla de tu ordenador es el mismo azul que el de la mía? Pues porque yo o alguno de mis compañeros nos hemos asegurado de que lo sea.


De entrada podía parecer un trabajo poco o nada creativo, la misma Valentina lo había creído así el primer día que entró allí para hacer prácticas como estudiante, y en contra de todo pronóstico la enamoró por completo. Sí, había días aburridos, pero otros, como cuando por ejemplo se pasó una semana buscando el lila perfecto para las ilustraciones de un cuento infantil antes de que lo mandasen a imprenta, durante los que se sentía como si fuera una especie de maga. O quizá un hada, como la llamaba una de sus sobrinas, el hada de los colores.


Ahora Elías y ella iban a pasarse dos meses en Japón porque su empresa se había fusionado con una de allí y tenían que sincronizar su departamento, el departamento de colores, con el japonés. A ella siempre le había fascinado el país nipón, el modo en que tenían de enfocar el arte y sus distintas facetas, la importancia que le daban a cada detalle. En su último viaje había asistido a una reunión en la que se habían pasado dos horas hablando de los distintos matices que podían tener las hojas y las flores de un cerezo. En Barcelona probablemente lo habrían solucionado con un: ¿de verdad tiene que salir ese árbol en esa escena? ¿No podemos quitarlo?


Cerró el cuaderno, había estado dibujando al pequeño Miguel, su último sobrino. Tenía muchos, nunca demasiados. El padre de Valentina, al que ella adoraba aunque no siempre se llevase bien con él, se había casado tres veces y por eso ella tenía un montón de hermanastros y hermanastras y de primas que en realidad no lo eran o sí lo eran, según con quién hablases. Ella había dejado de buscar etiquetas y simplemente se sentía muy afortunada de tener a tanta gente en su familia. Guardó el cuaderno porque vio que iban a servirles el almuerzo o la cena, ya había perdido la noción del tiempo, antes de aterrizar y despertó a Elias.


-Eh, despierta y no pongas esa mala cara. Me pediste que te despertase, insiste.- Le sacudió por el hombro de nuevo-. Me dijiste que si no comías o bebías algo antes de aterrizar no servirías para nada.


-Está bien, está bien -farfulló-, deja de sacudirme.


-Usted perdone -se burló-. Veo que eres de los que necesitan mimos por la mañana.


-Quizá. -Estiró los brazos-. Quién sabe, diría que todo depende de quién haga los mimos. -Le guiñó el ojo-. ¿Qué toca ahora, cena, almuerzo, desayuno?


-No tengo ni idea.


Los dos sonrieron y aceptaron las bandejas.


Elías era un par de años mayor que Valentina, se habían conocido una mañana en el trabajo, cuando ella volvió allí al terminar la carrera de bellas artes y tras aceptar un puesto fijo. Él era químico y se encargaba de que las combinaciones que a veces sugería Valentina para las tintas físicas no fuesen dañinas para los humanos y no hicieran estallar las máquinas. Él exageraba al explicarlo así, aunque algo de razón tenía. Se habían hecho amigos casi al instante, después de que él le pidiese para salir una semana después de conocerla y de que ella lo rechazase aduciendo que no quería salir con alguien del trabajo y mucho menos justo después de empezar. Él había asentido y le había dicho: bueno, pues entonces seremos buenos amigos.


Una vez al año, como si fuera una especie de tradición, él volvía a pedirle una cita “no como amigos”, siempre le decía: ahora ya no eres nueva en el trabajo y de todos modos casi todo el mundo cree que salimos juntos.


Era cierto, no había manera de convencer a ninguno de sus compañeros de que ellos dos solo eran amigos. Vale, ellos no ayudaban, a menudo llegaban juntos a los actos sociales de la empresa porque Elias pasaba a recogerla o porque ella se detenía en casa de él de camino, pero nada más. Y solían comer juntos al menos un par de veces por semana, pero solo porque sus trabajos les llevaban a coincidir casi a diario.


Y ahora iban a pasar dos meses juntos en Japón. En habitaciones separadas, por supuesto.


Además, Elias no tenía ningún problema en lo que a citas se refería y estaba al tanto de la “situación con el chico de las gafas”, él siempre levantaba las manos y dibujaba comillas en el aire con los dedos para referirse a él, incluso se había ofrecido a ayudarla a buscarlo. Valentina de momento se había negado.


-Por cierto, ¿llegaste a encontrar alguna pista sobre el chico de las gafas? -le preguntó como si le hubiese leído la mente.


-No, por ahora nada.


-Vaya, lo siento. -Engulló el zumo de naranja-. No te preocupes, seguro que cuando vuelvas tendrás más suerte.


-Quién sabe.


-Eh, no pongas esa cara. -Le levantó el rostro sujetándola por el mentón y le sonrió-. Piensa que quizá te has salvado de una buena, quizás el chico ese es un imbécil. No todos pueden ser como yo.


-No, claro que no -sonrió y Elias se apartó porque había conseguido su objetivo.


-Me alegro de que lo tengas claro.


La primera semana pasó sin que Valentina tuviera tiempo de respirar ni de pensar en nada excepto trabajo, cuando llegó el viernes lo único que quería hacer era volver al pequeño apartamento que les habían alquilado y desmayarse en el sofá.


-Ah, todavía estás aquí. -Una de sus compañeras, una alemana instalada en Tokyo desde hacía años apareció frente a su mesa-. ¿Puedo pedirte un favor?


-Claro -aceptó, bien podía esperar media hora más-. Dime.


-¿Puedes mandar un correo a esta empresa de Barcelona? Mi ordenador ha muerto y tengo que irme ya.


-Claro -repitió y la alemana suspiró aliviada y le dejó un papel en el escritorio antes de salir disparada gritándole que no hacía falta que fuese muy formal, que el chico que iba a recibirlo era encantador.


El correo decía así:


 


Hola, Óscar


Soy Valentina, Helga me ha pedido que te escriba en su nombre. Su ordenador ha pasado a mejor vida.


¿Puedes mandarme a mí los contratos?


 


Gracias y saludos (agotados) desde Tokyo


 


Valentina


 


Recibió la respuesta unos minutos después, pero ella ya había apagado el ordenador. Esto es lo que decía:


 


Hola, Valentina


 


Estos son los contratos que necesita Helga. Gracias por escribir en su nombre, dale el pésame por su ordenador, espero que el pobre no haya sufrido demasiado. 


Saludos desde Barcelona,


Óscar.


Por cierto, ¿qué significa exactamente lo de creadora de colores? Lo he visto en tu firma. 


 


Óscar esperó a ver si recibía una respuesta, pero pasados unos minutos sin éxito volvió a centrarse en lo que estaba haciendo. El traslado había sido un caos y para empeorar las cosas sus jefes habían decidido contratar los servicios de una empresa japonesa para los siguientes proyectos y le había tocado a él “porque tú te entenderás mejor con ellos” gestionar ciertos temas. Él no acababa de entender a qué se debía el cambio, al fin y al cabo ellos hacían mapas. Mapas. ¿Qué diferencia podía haber entre imprimirlos allí o en Japón?


Actualizó de nuevo la bandeja de correo y aunque recibió unos cuantos ninguno era de esa chica. Valentina. No sabía qué le había llevado a bromear con ella, quizá aquel agotados entre paréntesis o quizá el nombre, al leerlo había tenido una sensación extraña, o quizá… le vibró el móvil. Era un mensaje de Héctor recordándole que habían quedado esa tarde.


Tenía que dejar de pensar en tonterías y terminar lo que estaba haciendo.»


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© Posibilidades, Anna Casanovas


Imágenes de Pinterest.


¿Qué creéis que pasará ahora? Dos meses en Japón dan para mucho y quizá Elías y Valentina descubran algo nuevo y hasta ahora desconocido sobre su relación o quizá no. Y Óscar y Paloma, su paseo por el jardín de Horta fue mágico, claro que el lugar ayuda mucho. ¿Y qué creéis que le pasa a Ricky? Porque está claro que algo le pasa. ¿Volverán a intercambiar correos Óscar y Valentina o sucederá como en esa última estación donde no llegaron a encontrarse? ¿Creéis que en algún momento él sabrá que le ha escrito un correo a la chica del cuaderno amarillo? Y ella ¿sabrá que él es el chico de las gafas?  Contadme qué opináis

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Published on May 29, 2020 03:33

Posibilidades: Mapas y citas

Es curioso como a pesar de tener pensada una trama, o dos, o tres, tener los personajes bien definidos y hojas y hojas de libretas llenas de información sobre ellos hay capítulos de una novela que te cogen por sorpresa y necesitas pensarlo muy bien antes de escribirlos. Y no me refiero solo a esta, digamos que esta semana me ha tocado escribir escenas difíciles en varios frentes. Os cuento más otro día.


De momento, aquí está una nueva entrega de Posibilidades. Cuando empecé esta aventura creía que iba a ser un relato, después vi claro que necesitaba ser una novela y ahora ya no sé si me bastará con una, quién sabe.


Mapas y citas


«Óscar levaba más de mes sin encontrarse con ella y no había vuelto a pagar para que saliera el anuncio en el periódico. No pensaba en ello, al menos no demasiado, y cuando lo hacía sacudía la cabeza y se reprendía por no haberse acercado a ella cuando había tenido la oportunidad. Lamentarse, a pesar de que no servía de nada, era lo único que le quedaba. Intentaba no buscarla en cada estación de metro o de tren, y aunque no siempre lo conseguía, quizá desde hacía un par de días ya no se le aceleraba tanto el corazón cuando un vagón se detenía delante de él y abría las puertas. O quizá sí.


Su jefe, el señor Ramón, acababa de llamarlo al despacho así que guardó el archivo en el que estaba trabajando y se levantó de la silla. Mientras recorría el pasillo se aseguró de tener el móvil en silencio y en la pantalla se encontró un mensaje de Ricky recordándole que esa tarde habían quedado para salir a correr. Le respondió con un emoticono y devolvió el móvil al bolsillo, le iría bien hacer ejercicio y seguro que Ricky se encargaría de recordarle que era un idiota por darle tantas vueltas a algo que ya no tenía remedio.


No sabía que esa tarde tendría muchas más cosas que contarle a su amigo.


-¿Cómo que tu empresa se traslada? ¿Dónde? ¿Por qué? -Ricky estaba tan perplejo como Óscar.


-Hemos crecido demasiado, les va demasiado bien. No te imaginas la cara que tenía Ramón, cualquiera diría que me estaba comunicando el cierre y no una expansión -le respondió Óscar, intentando mantener el ritmo de la respiración mientras corrían-. Él quiere ese despacho como si fuera un hijo, diría que incluso más que a alguno de ellos. Odia la idea del traslado.


-Es su empresa, si no quiere trasladarla que no la traslade -señaló Ricky quien al parecer todavía podía respirar perfectamente.


-Se lo he dicho, pero no es posible. Falta espacio y donde están ahora ya no pueden crecer. No hay nada que hacer, dentro de un mes estaremos en el nuevo edificio.


-Bueno, lo cierto es que la zona del 22@ le pega más a tu empresa.


-No es mi empresa.


-Ya me entiendes. -Ricky se detuvo de golpe y se secó el sudor de la frente-. Espera un momento. Este mal humor es porque vas a tener que cambiar de línea de metro.


No fue una pregunta.


-¿Qué? ¡No! -Óscar reanudó la marcha sin esperarlo-. No digas tonterías.


-¡Es por eso! -Ricky aceleró y lo atrapó en pocos segundos-. Es por eso.


Óscar apretó los dientes y apresuró el paso, se preparó para el discurso de Ricky donde sin duda le diría que tenía que dejar de pensar en esa chica a la que ni siquiera conocía y que se centrase de una vez.


-Mira, Óscar, sé que a veces es difícil dejar de pensar en alguien. Joder, a veces es incluso imposible.


Ricky lo cogió tan desprevenido que Óscar giró la cabeza para asegurarse de que su amigo no le estaba tomando el pelo, pero lo encontró con la mirada fija hacia delante y los puños cerrados tan fuertes que incluso vibraban.


-¿Estás bien, Ricardo? ¿Te ha sucedido algo?


-Tienes que dejar atrás la chica del cuaderno amarillo, olvidarte de ella.


Óscar esperó a que su amigo añadiera algo más, sin embargo se quedó en silencio y apretó el ritmo.


-Tienes razón -aceptó y añadió después-. ¿De verdad estás bien?


-Lo estaré, no te preocupes por mí.


Terminaron la carrera en silencio sin volver a hablar de ese tema ni de ningún otro hasta que se despidieron en la misma esquina donde se habían encontrado un par de horas antes.


-Este sábado he quedado con Paloma, la amiga de mi prima.


Ricky arrugó las cejas.


-¿No habíais quedado hace unas semanas?


-Sí, pero a Paloma le surgió algo a última hora y tuvimos que posponerlo. Un familiar llegó de viaje y tuvieron na especie de celebración improvisada. Nos hemos mandado un par de mensajes estos días.


-Genial. ¿Nos vemos el viernes?


-Claro.


El semáforo se puso en verde, Ricky asintió a modo de despedida y cada uno se dirigió a su casa. Óscar tuvo el presentimiento de que el viernes, cuando coincidieran también con Héctor en el bar de siempre, Ricky no mencionaría nada sobre sí mismo ni sobre aquellas respuestas tan raras que hoy le había dado. Al menos, pensó mientras se duchaba, no era el único de sus amigos que estaba hecho un lío.


El sábado a las siete de la tarde Óscar y Paloma entraban en el jardín d’Horta de Barcelona, brillaba el sol y hacía calor, soplaba una brisa agradable que insistía en despeinar el pelo largo y rubio de Paloma. Ella sonreía y se colocaba el mechón detrás de la oreja derecha.


-No puedo creerme que sea la primera vez que estoy aquí -afirmó cuando se detuvieron ante la escultura de Eros justo en el corazón del laberinto-. Es precioso.


-Lo es. -Óscar se alegraba de haber escogido aquel lugar. Esa mañana lo había dudado, había visitado el jardín de pequeño varias veces y le fascinaba desde entonces y nunca había llevado allí a nadie-. ¿Cuándo te mudaste aquí?


-Hace cinco años. La ciudad siempre me había gustado y ya tenía varios amigos aquí, como tu prima, así que cuando me surgió la oportunidad la aproveché. ¿Tú has vivido en alguna otra ciudad?


Óscar sonrió.


-Me temo que en ese sentido no soy nada aventurero. Siempre he vivido aquí, exceptuando el Erasmus que hice en Dublín, pero no quiero echar a perder la imagen que tienes de mí con anécdotas de esos meses.


-Oh, vamos, tienes que contármelo. Ya sabes lo que dicen, lo que pasa en un Erasmus no cuenta.


-¿Eso dicen?


Paloma se encogió de hombros.


-Ni idea, estoy intentando convencerte para que sueltes la lengua y me cuentes todos tus secretos.


-¿Todos? ¿Ahora?


-Bueno, quizá podríamos empezar por uno y ver qué pasa. Y eso vale para los dos, ¿qué te parece?


La miró, el sol empezaba a despedirse de la ciudad y la sonrisa de Paloma hacía que le brillasen los ojos y que él quisiera creer en principios felices. Era mejor creer en principios que en finales, Óscar siempre lo había visto así.


-Me parece una gran idea.


*****


Valentina no había vuelto a encontrarse con él y tampoco había encontrado el viejo cuaderno amarillo. Había puesto la habitación patas arriba, el comedor, la cocina. Nada. El cuaderno no estaba en ninguna parte. A pesar de que sabía que era absurdo, porque no lo había llevado nunca allí, también lo buscó en casa de sus amigos y de su familia y en el trabajo. El cuaderno no estaba en ninguna parte y a ella le escocían los ojos cada vez que se decía a sí misma que tenía que asumir que lo había perdido para siempre. Le escocían los ojos y se le retorcía el estómago. No se veía capaz de resignarse a la idea de haberse quedado sin esos dibujos. Había intentado repetirlos todos, los de sus sobrinos, los esbozos del parque, cualquier garabato que le había pasado por la cabeza y que había ido a parar a ese viejo cuaderno lo repetía ahora en el nuevo con la esperanza de que así su imaginación adquiriera poderes sobrehumanos y recordase cada detalle de entonces por pequeño que fuera. No había funcionado.


Al chico de las gafas sí conseguía dibujarlo, algo le decía que podría hacerlo siempre, pero el logotipo de la empresa donde supuestamente él trabajaba no. Había dibujado distintas combinaciones de letras y formas y había buscado como una posesa por las páginas amarillas, google maps y cualquier otra opción posible y sí, había hecho una especie de lista, pero ¿qué podía hacer? ¿llamar y preguntar si allí trabajaba un chico alto, moreno, con gafas y con la sonrisa ladeada? Tendría suerte si no la insultaban antes de colgarle el teléfono. Esa idea había sido una estupidez, una de esas ideas absurdas que solo salen bien en las películas de Hollywood.


La otra opción, sin embargo, la de resignarse, no se la había planteado porque sabía que de un modo u otro iba a encontrase de nuevo con él. Lo sabía.


-Eh, Valentina, ¿estás lista para embarcar? Ya han abierto la puerta de nuestro vuelo.


Levantó la mirada, se había pasado los últimos minutos con los ojos fijos en las baldosas del aeropuerto, pensando en el chico de las gafas y buscando flores imaginarias en el estampado del mármol. Elias la observaba paciente, él siempre lo era.


-Sí, estoy lista. -Se levantó y se colgó el bolso del hombro-. ¿Vamos?


Elias le sonrió.


-¿En qué estabas pensando? Parecías algo preocupada.


-He perdido mi cuaderno amarillo, el viejo -añadió cuando él clavó la mirada en el cuaderno que ella sujetaba en la mano.


-Lo encontrarás, ya lo verás. Seguro que está debajo de alguno de esos montones de papeles que tienes en tu mesa.


-¿Te estás burlando de mí?


-No, bueno, vale, quizá un poco. Los dos sabemos que no eres lo que se dice ordenada.


-Soy ordenada a mí manera. Tú podrías dirigir un ejército.


-Cierto.


Elias le entregó al empleado de la compañía aérea su perfecta tarjeta de embarque junto con el pasaporte abierto en la página correcta y completamente alineado para que pudiese leerlos ambos sin moverlos. Valentina le dio la tarjeta arrugada, la había doblado para meterla en el bolso, y tuvo y que buscar la página del pasaporte. Dentro del avión ocuparon sus asientos, uno al lado del otro, y se dispusieron a pasar las trece horas de vuelo hasta Japón.


Cuando a Valentina le preguntaban dónde trabajaba ella respondía en una fábrica de colores. Seguro que el departamento de dirección se quejaría si lo supiera, era una manera muy simplista de definir el alcance de lo que hacía esa compañía, pero eso era a lo que se dedicaban: a hacer colores. Fabricaban las tintas físicas que después se vendían a las imprentas de casi todo el mundo y también las imágenes de las tintas que aparecen en las pantallas de los ordenadores. Era algo difícil de explicar, aunque Valentina conseguía hacerlo muy bien. Ella decía: ¿cómo sabes que el azul de la pantalla de tu ordenador es el mismo azul que el de la mía? Pues porque yo o alguno de mis compañeros nos hemos asegurado de que lo sea.


De entrada podía parecer un trabajo poco o nada creativo, la misma Valentina lo había creído así el primer día que entró allí para hacer prácticas como estudiante, y en contra de todo pronóstico la enamoró por completo. Sí, había días aburridos, pero otros, como cuando por ejemplo se pasó una semana buscando el lila perfecto para las ilustraciones de un cuento infantil antes de que lo mandasen a imprenta, durante los que se sentía como si fuera una especie de maga. O quizá un hada, como la llamaba una de sus sobrinas, el hada de los colores.


Ahora Elías y ella iban a pasarse dos meses en Japón porque su empresa se había fusionado con una de allí y tenían que sincronizar su departamento, el departamento de colores, con el japonés. A ella siempre le había fascinado el país nipón, el modo en que tenían de enfocar el arte y sus distintas facetas, la importancia que le daban a cada detalle. En su último viaje había asistido a una reunión en la que se habían pasado dos horas hablando de los distintos matices que podían tener las hojas y las flores de un cerezo. En Barcelona probablemente lo habrían solucionado con un: ¿de verdad tiene que salir ese árbol en esa escena? ¿No podemos quitarlo?


Cerró el cuaderno, había estado dibujando al pequeño Miguel, su último sobrino. Tenía muchos, nunca demasiados. El padre de Valentina, al que ella adoraba aunque no siempre se llevase bien con él, se había casado tres veces y por eso ella tenía un montón de hermanastros y hermanastras y de primas que en realidad no lo eran o sí lo eran, según con quién hablases. Ella había dejado de buscar etiquetas y simplemente se sentía muy afortunada de tener a tanta gente en su familia. Guardó el cuaderno porque vio que iban a servirles el almuerzo o la cena, ya había perdido la noción del tiempo, antes de aterrizar y despertó a Elias.


-Eh, despierta y no pongas esa mala cara. Me pediste que te despertase, insiste.- Le sacudió por el hombro de nuevo-. Me dijiste que si no comías o bebías algo antes de aterrizar no servirías para nada.


-Está bien, está bien -farfulló-, deja de sacudirme.


-Usted perdone -se burló-. Veo que eres de los que necesitan mimos por la mañana.


-Quizá. -Estiró los brazos-. Quién sabe, diría que todo depende de quién haga los mimos. -Le guiñó el ojo-. ¿Qué toca ahora, cena, almuerzo, desayuno?


-No tengo ni idea.


Los dos sonrieron y aceptaron las bandejas.


Elías era un par de años mayor que Valentina, se habían conocido una mañana en el trabajo, cuando ella volvió allí al terminar la carrera de bellas artes y tras aceptar un puesto fijo. Él era químico y se encargaba de que las combinaciones que a veces sugería Valentina para las tintas físicas no fuesen dañinas para los humanos y no hicieran estallar las máquinas. Él exageraba al explicarlo así, aunque algo de razón tenía. Se habían hecho amigos casi al instante, después de que él le pidiese para salir una semana después de conocerla y de que ella lo rechazase aduciendo que no quería salir con alguien del trabajo y mucho menos justo después de empezar. Él había asentido y le había dicho: bueno, pues entonces seremos buenos amigos.


Una vez al año, como si fuera una especie de tradición, él volvía a pedirle una cita “no como amigos”, siempre le decía: ahora ya no eres nueva en el trabajo y de todos modos casi todo el mundo cree que salimos juntos.


Era cierto, no había manera de convencer a ninguno de sus compañeros de que ellos dos solo eran amigos. Vale, ellos no ayudaban, a menudo llegaban juntos a los actos sociales de la empresa porque Elias pasaba a recogerla o porque ella se detenía en casa de él de camino, pero nada más. Y solían comer juntos al menos un par de veces por semana, pero solo porque sus trabajos les llevaban a coincidir casi a diario.


Y ahora iban a pasar dos meses juntos en Japón. En habitaciones separadas, por supuesto.


Además, Elias no tenía ningún problema en lo que a citas se refería y estaba al tanto de la “situación con el chico de las gafas”, él siempre levantaba las manos y dibujaba comillas en el aire con los dedos para referirse a él, incluso se había ofrecido a ayudarla a buscarlo. Valentina de momento se había negado.


-Por cierto, ¿llegaste a encontrar alguna pista sobre el chico de las gafas? -le preguntó como si le hubiese leído la mente.


-No, por ahora nada.


-Vaya, lo siento. -Engulló el zumo de naranja-. No te preocupes, seguro que cuando vuelvas tendrás más suerte.


-Quién sabe.


-Eh, no pongas esa cara. -Le levantó el rostro sujetándola por el mentón y le sonrió-. Piensa que quizá te has salvado de una buena, quizás el chico ese es un imbécil. No todos pueden ser como yo.


-No, claro que no -sonrió y Elias se apartó porque había conseguido su objetivo.


-Me alegro de que lo tengas claro.


La primera semana pasó sin que Valentina tuviera tiempo de respirar ni de pensar en nada excepto trabajo, cuando llegó el viernes lo único que quería hacer era volver al pequeño apartamento que les habían alquilado y desmayarse en el sofá.


-Ah, todavía estás aquí. -Una de sus compañeras, una alemana instalada en Tokyo desde hacía años apareció frente a su mesa-. ¿Puedo pedirte un favor?


-Claro -aceptó, bien podía esperar media hora más-. Dime.


-¿Puedes mandar un correo a esta empresa de Barcelona? Mi ordenador ha muerto y tengo que irme ya.


-Claro -repitió y la alemana suspiró aliviada y le dejó un papel en el escritorio antes de salir disparada gritándole que no hacía falta que fuese muy formal, que el chico que iba a recibirlo era encantador.


El correo decía así:


 


Hola, Óscar


Soy Valentina, Helga me ha pedido que te escriba en su nombre. Su ordenador ha pasado a mejor vida.


¿Puedes mandarme a mí los contratos?


 


Gracias y saludos (agotados) desde Tokyo


 


Valentina


 


Recibió la respuesta unos minutos después, pero ella ya había apagado el ordenador. Esto es lo que decía:


 


Hola, Valentina


 


Estos son los contratos que necesita Helga. Gracias por escribir en su nombre, dale el pésame por su ordenador, espero que el pobre no haya sufrido demasiado. 


Saludos desde Barcelona,


Óscar.


Por cierto, ¿qué significa exactamente lo de creadora de colores? Lo he visto en tu firma. 


 


Óscar esperó a ver si recibía una respuesta, pero pasados unos minutos sin éxito volvió a centrarse en lo que estaba haciendo. El traslado había sido un caos y para empeorar las cosas sus jefes habían decidido contratar los servicios de una empresa japonesa para los siguientes proyectos y le había tocado a él “porque tú te entenderás mejor con ellos” gestionar ciertos temas. Él no acababa de entender a qué se debía el cambio, al fin y al cabo ellos hacían mapas. Mapas. ¿Qué diferencia podía haber entre imprimirlos allí o en Japón?


Actualizó de nuevo la bandeja de correo y aunque recibió unos cuantos ninguno era de esa chica. Valentina. No sabía qué le había llevado a bromear con ella, quizá aquel agotados entre paréntesis o quizá el nombre, al leerlo había tenido una sensación extraña, o quizá… le vibró el móvil. Era un mensaje de Héctor recordándole que habían quedado esa tarde.


Tenía que dejar de pensar en tonterías y terminar lo que estaba haciendo.»


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© Posibilidades, Anna Casanovas


Imágenes de Pinterest.


¿Qué creéis que pasará ahora? Dos meses en Japón dan para mucho y quizá Elías y Valentina descubran algo nuevo y hasta ahora desconocido sobre su relación o quizá no. Y Óscar y Paloma, su paseo por el jardín de Horta fue mágico, claro que el lugar ayuda mucho. ¿Y qué creéis que le pasa a Ricky? Porque está claro que algo le pasa. ¿Volverán a intercambiar correos Óscar y Valentina o sucederá como en esa última estación donde no llegaron a encontrarse? ¿Creéis que en algún momento él sabrá que le ha escrito un correo a la chica del cuaderno amarillo? Y ella ¿sabrá que él es el chico de las gafas?  Contadme qué opináis

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Published on May 29, 2020 03:33

May 21, 2020

La Sociedad Literaria

A finales de enero colgué una foto en Instagram con cuatro libros de mi montaña de pendientes y pregunté si alguien se animaba a leer alguno conmigo. La respuesta que recibí es una de las cosas más bonitas que me han sucedido este año, probablemente la que más. Así nació La Sociedad Literaria, más que un club de lectura.


Ese final de mes elegimos, a través de los comentarios de esa foto en Instagram, que el libro que iba a inaugurar La Sociedad en febrero sería “El secreto de Helena” de Lucinda Riley y durante cuatro viernes nos lo pasamos en grande comentándola. Yo, además, aprendí muchísimo, porque para mí esa es la magia de La Sociedad, que aprendo a descubrir el placer de la lectura de otra manera, una mucho más rica porque deja de ser un acto individual para convertirse en colectivo. Aprendo a ver los personajes de otra manera, a hacerme preguntas sobre la trama que si no las hicierais alguna de vosotras  a mí no se me ocurrirían. Y, lo más importante, sonrío cada semana cuando leo los capítulos que tocan para ese viernes porque me imagino cómo los comentaremos.


Este mes de mayo que está a punto de acabar es el cuarto mes de vida de La Sociedad y con este post quiero dar las gracias a todas y a todos los que os habéis animado a leer conmigo la novela elegida, las que habéis votado una u otra historia aunque al final os haya sido imposible uniros a la lectura y también a las que quizá no habéis ni votado ni leído la novela pero os pasáis por la foto y os anotáis el título de ese libro para añadirlo a vuestra lista de pendientes. Gracias de corazón.


También quiero explicar aquí, en mi blog, el funcionamiento de La Sociedad por si no la conocíais y queréis darle una oportunidad a esta aventura.


¿Cómo funciona?


La tercera semana de cada mes (la fecha exacta puede variar un poco) cuelgo una foto en mi Instagram con cuatro libros de mi montón de lecturas pendientes como candidatas para el mes siguiente. Intento que los cuatro libros tengan algo en común, un hilo que los una, y así poneros un poco más difícil la elección -y tentaros con los cuatro, eso también-. Vosotras votáis dejando un comentario en esa fotografía y yo después los cuento a mano, a la vieja usanza. Aclaro aquí que los libros que propongo los he comprado siempre yo con mi dinero y que La Sociedad no está vinculada de ninguna manera a ninguna editorial.


Dejo unos cuantos días para votar y cuando habéis elegido el libro (yo no voto porque obviamente si en algún momento de mi vida me he comprado esos cuatro libros señal que me apetece leerlos por igual) cuelgo, de nuevo en Instagram, la foto del libro elegido con el calendario y con los capítulos que tocan para cada semana.


Los viernes de cada mes cuelgo la foto y comentamos los capítulos. Podéis comentar cualquier día de la semana, cualquier hora y tantas veces como os apetezca. Yo cuelgo la foto los viernes para tener un día fijado, pero todas las participantes son maravillosas y comentamos cualquier día. De nuevo, gracias a todas las que estáis haciendo que La Sociedad sea este regalo.


Y así funciona. Nada más. No tenéis que apuntaros en ningún lado y podéis uniros o “desuniros” siempre que queráis sin tener que hacer nada. Estamos aquí para compartir risas, para conocer distintos puntos de vista y para descubrir libros y personas maravillosas.


Si os apetece escribir una reseña del libro, colgar fotos en vuestras redes sobre la lectura o sobre La Sociedad y me etiquetáis de alguna manera, a mí me encantará compartir esas fotos, posts o lo que sea en mis redes. Pero en ningún caso es necesario que hagáis nada.


Si sentís curiosidad por saber qué libros hemos leído hasta ahora, son estos:


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Al final del post tenéis los links para descargaros los marcapáginas


Febrero: “El secreto de Helena” de Lucinda Riley


Marzo: “Lo que esconden las olas” de Emma Lira


Abril: “El aroma del tiempo” de Núria Pradas


Mayo: “Ahora que lo dices” de Kristan Higgins


¿Por qué hice esa foto en enero? ¿De dónde surge la idea de La Sociedad Literaria?


Sí, tengo muchos libros pendientes de leer y sí, pensé que si compartía lecturas con alguien así “me obligaría” a hacerlas, pero si os soy sincera, y aquí siempre lo soy, la idea de La Sociedad Literaria la tuve en septiembre del año pasado cuando empecé un curso -que todavía estoy haciendo- sobre el oficio de la edición y en una de las primeras clases nos explicaron que los libros que tiene una persona en su biblioteca deberían servir para explicar su vida, sus experiencias y también para describirla. Me pareció una idea maravillosa y muy cierta: los libros que elegimos, y también los que descartamos, explican en cierto modo nuestra historia.


Mi intención es que La Sociedad crezca, que vaya más allá de ser un club de lectura, aunque esto de por sí ya me parece un tesoro, y que a la larga elija y edite sus propias historias. Para esto todavía tengo que recorrer un largo camino y seguir formándome, por no mencionar que no voy a dejar de escribir, pero haber dado estos primeros pasos está siendo una gran experiencia y compartirla con vosotras, leer con vosotras, hace que todavía sea mejor.


En este sueño-proyecto de momento ya he contado con la ayuda de mi hermano Guillem, él ha diseñado el logo y los marcapáginas que aparecen en la fotografía. Ojalá pueda tener una bolsa de La Sociedad para este verano, ya os contaré si le convenzo y os la enseñaré. De momento aquí podéis descargar los marcapáginas e imprimirlos si os apetece usarlos

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Published on May 21, 2020 06:33

May 8, 2020

Posibilidades. Casi (capítulo 3)

Hace tiempo leí en alguna parte que hacen falta 21 días para crear un hábito. 21 días y el día 22 ya es imposible que te olvides de ir al gimnasio o de tejer un rato antes de acostarte (vivo al límite, por eso se me ocurren estos ejemplos). No sé si este dato tiene alguna base científica, si la tiene y si alguien la conoce que me deje por favor la explicación en los comentarios del post, yo diría que esto de los hábitos depende de la persona y del hábito en sí porque qué queréis que os diga, aun en el caso de que por algún milagro yo consiguiera estar 21 días seguidos viendo partidos de fútbol dudo mucho que empezase a gustarme.


Pero lo que sí me gusta es tener tradiciones, hay algo mágico en esperar un día en concreto porque sabes que va a suceder algo especial. Hace años, antes de que existieran Netflix allegados, los jueves me gustaban porque Marc y yo veíamos CSI y pedíamos pizza y el viernes yo comentaba el capítulo –y lo ciego que estaba Grissom respecto a Sarah- con mis compañeros de trabajo.


Todo esto os lo cuento primero porque con La Sociedad Literaria -el club de lectura que tenemos en Instagram- hemos creado una tradición maravillosa durante los cuatro meses que llevamos, y aunque este no es un post sobre La sociedad, quería empezar a celebrarlo. El post de La Sociedad es para la semana que viene.


Y segundo porque estoy intentado crear otra tradición con Posibilidades esta novela que primero era un relato y ahora es algo más. El qué todavía no lo tengo del todo claro, pero os aseguro que Posibilidad está aquí (en el blog y en mi cabeza) para quedarse, lo que suceda cuando necesite más espacio lo descubriremos entre todos. De momento quiero buscar un día y fijarlo -dentro de mis posibilidades- como el día de Posibilidades, el día de publicación de cada ¿entrega, capítulo, sorpresa? ¿Tenéis alguna preferencia? Contadme.


La entrega de hoy se titula Casi, una palabra que despista, que engaña porque parece inocente y sin embargo puede ocultar detrás de cada letra el montón de posibilidades que se han escurrido por entre ellas.


Casi


Capítulo 3


«Óscar se estaba planteando seriamente la posibilidad de solicitar un nuevo número de teléfono. Los primeros días había recibido unas cuantas llamadas absurdas, pero justo cuando creía que lo peor ya había pasado apareció esa periodista pidiéndole permiso para hablar de su historia. Se había enterado a través de la encargada de objetos perdidos de la estación, eran vecinas, y la mujer, aunque no conocía todos los detalles, le había regalado la oreja sobre lo preocupado que parecía aquel chico tan guapo por devolver el cuaderno a su misteriosa propietaria.


Él se había negado en redondo (y en su cabeza había maldecido la fértil -y acertada- imaginación de la encargada de objetos perdidos), pero al parecer la periodista había hablado de él de todos modos en su programa. Un programa del que Óscar nunca había oído a hablar y que al parecer echaban cada tarde. El programa tampoco tenía tanta audiencia, pero el recorte donde hablaban del chico que buscaba a la chica del cuaderno amarillo salió en todos lados. Héctor y Ricky se encargaron de recopilarlos todos por si Óscar se había perdido alguno, los muy cretinos.


La noticia no decía nada del otro mundo, a decir verdad, no salía en ningún momento el nombre de Óscar ni tampoco su cara pues él no les había dadp permiso. Pero salía el anuncio y una “recreación de los hechos realizada por actores profesionales”. Óscar quería morirse cuando su madre lo llamó para decirle que tendría que hacer algo para parecerse más al Óscar de dicha recreación y Alice, con quien se suponía que había enterrado el hacha de guerra, le mandaba fotos casi a diario del actor en cuestión.


Las llamadas se incrementaron exponencialmente igual que el surrealismo de las propuestas que las supuestas y supuestos propietarios de la libreta. Óscar les hacía a todos la misma pregunta: ¿qué hay en el cuaderno? y había respuestas que jamás lograría borrar de su mente y que todavía le producían escalofríos.


Aun así era reticente a cambiar de número. Ella aún podía llamarlo. Era posible que no hubiese visto el anuncio y que tampoco se hubiese enterado del reportaje o de los memes que habían hecho sobre su situación.


-Claro, si ha pasado el último mes en el Polo Norte -sugirió Héctor.


-O encerrada en un castillo de Transilvania con sus múltiples amantes -añadió Ricky, ganándose que Héctor le diese un codazo y le susurrase que así no ayudaba.


-Yo no me habría enterado -justificó Óscar.


-Pero tú eres… tú -puntualizó Héctor a lo que Ricky asintió.


-Sí, y ella es ella.


-Vale, pero al menos reconoce que lo del anuncio no ha salido cómo esperabas. Si de verdad quieres encontrar a esa chica, tienes que hacer algo más.


-Eso en el peor de los casos suena a asesino psicópata y en el también peor, pero quizá con una pena de cárcel menos grave, a acosador. -La cara de Óscar dejó claro lo que opinaba de ambas circunstancias-. Quizá sea mejor dejar las cosas así. Si volvemos a encontrarnos, me acercaré a ella y le diré que tengo su cuaderno. Quizá ha visto el anuncio y la noticia y ha decidido que no quiere llamar. Tal vez le da igual haber perdido el cuaderno.


-Tal vez -secundó Héctor.


-Sí, claro, tal vez -Ricky terminó la conversación.


Ninguno de los amigos se creyó ni por un segundo la indiferencia y resignación de Óscar, pero zanjaron el tema porque sabían que a pesar de que carecía de lógica él lo estaba pasando mal. No lograban entender por qué una chica con la que no había hablado nunca era tan importante para él. No volvieron a mencionar el cuaderno y tampoco a su desaparecida propietaria y en sus cabezas los dos siguieron buscando maneras de ayudarlo. Al menos se había animado a llamar a esa amiga de Alice, Paloma les había dicho Óscar que se llamaba, y tenía una cita con ella la semana siguiente.


No, Óscar no se había cambiado el número de teléfono ni había accedido a salir en televisión o en la radio y tampoco había colgado pósters en el metro ni había contratado un anuncio más llamativo. No había hecho nada de eso. Lo que sí hacía era ir a la misma estación de metro cada viernes a la misma hora, la estación donde la había visto por última vez, y esperar allí durante un rato.


De momento no había tenido suerte. De momento, se repetía cada viernes cuando por fin se subía a un metro para irse de allí. Llevaba más de un mes con aquel comportamiento y aunque una parte de él le decía que no podía seguir así otra insistía en que cualquier otra opción era impensable. Aunque solo fuera para devolverle el cuaderno, tenía que volver a verla.


*****


El trabajo de Óscar no era excitante como el de Ricky ni trascendental como el de Héctor, lo que no significaba que no fuese importante o a que a él no le gustase ni le resultase gratificante. A pesar de que en muchas películas los encargados de recursos humanos de una empresa aparecían representados como robots o seres sin alma al servicio del diablo él defendía que eran justo lo contrario. Lo que le había llevado más de un disgusto, eso también tenía que reconocerlo. Igual que tenía que reconocer que había partes de su trabajo que odiaba, como por ejemplo la que tenía aquel día: una reunión en una multinacional en el centro de la ciudad para compartir técnicas de motivación y de incremento de la productividad. Él había intentado explicarle a sus jefes que su empresa, una pequeña editorial de libros infantiles, tenía poco o nada en común con un imperio que incluía desde revistas a canales de televisión. Tenemos que estar, le habían respondido, lo llaman networking.


Esa mañana, anticipando la jornada de networking y el dolor de cabeza que esta le conllevaría, Óscar se había tomado un café doble mientras transcribía en unas tarjetas los puntos básicos de los que iba a tratar su charla. Sí, además de asistir tenía que dar una charla. Todo genial. Llevaba el ordenador, por supuesto, pero siempre le había resultado más útil escribir los datos importantes a mano en esas tarjetas y repasarlas durante el trayecto o en los ratos muertos que solían abonar esa clase de encuentros. Fue a la estación de metro y buscó la línea que no solía utilizar habitualmente porque era la mejor para llegar al edificio de Mordor. El vagón estaba bastante lleno así que se abrió paso como pudo hasta el lateral de la puerta y se sujetó de la barra con una mano para extraer con la otra una de las tarjetas del bolsillo del pantalón. Iba más arreglado que de costumbre, no se lo había exigido nadie pero aquel atuendo era una especie de protección, algo así como un disfraz. Los zapatos con cordones, el pantalón gris más ajustado y la camisa blanca producían el mismo efecto que la capa de invisibilidad de Harry Potter. Era un atuendo tan común entre los trabajadores de la multinacional que nadie se fijaría en él.


Le costó extraer la primera tarjeta y la releyó sin prestarle demasiada atención, se sabía de memoria los criterios que regían su departamento. Los había escrito él. Se bajó un poco las gafas y se apretó el puente de la nariz, el dolor de cabeza estaba llegando antes de lo previsto, mejor sería que cerrase los ojos e intentase relajarse. El vagón se detuvo y el cochecito de la compra de una señora le dio un golpe al salir. La mujer farfulló una disculpa y Óscar iba a decirle que no pasaba nada cuando vio que de la puerta del vagón anterior salía ella.


La chica del cuaderno amarillo.


Tardó unos segundos en reaccionar. Parpadeó dos veces para ver si así la imagen se desvanecía cual espejismo, pero ella seguía allí, caminando, alejándose del metro para subir la escalera y dejar el metro atrás.


Saltó del vagón sin pensarlo, la puerta casi captura su pie izquierdo y no le importó. Corrió tras ella. Esa estación estaba llena de gente y que fuera hora punta no ayudaba nada. Óscar iba esquivando y pidiendo perdón a todo el que golpeaba en su frenética carrera. Ella había subido la escalera pero en vez de salir a la calle, lo que sin duda habría facilitado la vida a Óscar, había optado por girar hacia la derecha y dirigirse hacia la escalera mecánica que conducía al andén exterior.


Iba a coger otro tren, probablemente el que anunciaban por los altavoces y que estaba a punto de salir.


Ella estaba en lo alto de la escalera mecánica y Óscar en el otro extremo. Ojalá supiera su nombre, pensó por encima del ruido ensordecedor que causaba el corazón golpeándole las costillas. Ojalá pudiera llamarla por su nombre y no solo ahora.


La escalera se detuvo, un adolescente había tenido la genial idea de apretar el botón de alarma y la maquinaria había dejado de moverse en seco. El señor que iba delante de Óscar trastabilló y casi le cae encima, varias bolsas y maletas se sacudieron y la acompañante del causante de todo empezó a cuestionar la inteligencia de su amigo en voz alta. La chica del cuaderno saltó el último escalón y miró hacia el andén, lo tenía pocos metros y acababa de sonar el último timbre. Como si acabase de tomar una decisión, se colocó bien la bolsa que llevaba colgando del hombro y se puso a correr, pero antes…


-Espera -la palabra escapó de los labios de Óscar sin su permiso.


Era imposible que ella le hubiese oído, había demasiado ruido; la gente quejándose, el pitido de la escalera porque se había disparado su alarma, los timbres de los distintos trenes de la estación. Casi imposible.


Ella se giró, tal vez porque quería asegurarse de que no se le había caído nada al suelo tras la sacudida o tal vez algo la había impulsado a hacerlo. Se giró y sus ojos tropezaron con los de Óscar.


La sorpresa y la sonrisa de ella al reconocerlo hizo que Óscar diese un paso hacia delante y que el caballero de antes lo insultase por haberlo pisado y no tener paciencia.


Sonó el timbre del tren que estaba en el andén y ella giró la cabeza hacia allí mordiéndose el labio inferior. Fuera cuál fuese su destino a Óscar le resultó evidente que ella tenía que llegar a él y decidió que valía la pena provocar la ira de todos los pasajeros que como él habían quedado atrapados en esa escalera mecánica si con ello conseguía llegar a tiempo de hablar con ella.


Ella que acababa de girarse de nuevo hacia él para mover los labios y pronunciar un lo siento sin voz antes de iniciar una vertiginosa carrera hacia el tren.


Un último silbido.


Las puertas se cerraron


La chica del cuaderno había conseguido entrar.


Cuando Óscar llegó por fin al anden el tren ya se alejaba. Apoyó las manos en las rodillas e intentó recuperar el aliento, no se lo había robado solo la carrera.


Casi.


Casi había conseguido hablar con ella.


Tardó varios minutos en deshacer el camino y llegó tarde a la reunión, aunque ahora se alegraba de que la hubiesen convocado y de que le hubiesen invitado. Ella no le había llamado y quizá ni siquiera sabía que él tenía su cuaderno amarillo, pero le había mirado y sonreído, algo mejor, le había reconocido y Óscar sentía en sus entrañas que de haber podido ella no se habría subido a aquel tren.


-Óscar, Óscar -lo llamó el maestro de ceremonias del encuentro.


-Sí, perdón. -Tenía que centrarse-. Dime.


-Es tu turno. Tu presentación -le especificó ante la perplejidad de Óscar.


-Sí, claro, por supuesto.


Todavía no sabía cómo había salido airoso, un par de asistentes incluso lo felicitaron al terminar, en su cabeza no había podido dejar de pensar en las posibilidades que tenía de volver a encontrarse con la chica del cuaderno.


Ojalá supiera su nombre, necesitaba saberlo. Ricky le había sugerido que eligiese uno al azar, cualquiera que le gustase, pero Óscar se negaba a hacerlo. Quería llamarla por su nombre de verdad.


Cogió el metro de vuelta a casa y la buscó en cada rincón sin hallarla. ¿Cuánto tiempo más podía seguir así? Buscándola siempre y apenas encontrándola, sin llegar nunca a hablar con ella. Hoy casi lo había conseguido. Casi.


Si era sincero consigo mismo no le bastaba con aquel casi.


*****


Le había encontrado otra vez. Valentina todavía temblaba cuando ocupó su asiento en el tren. Le había visto en una estación donde nunca antes habían coincidido y a una hora completamente distinta a la de sus anteriores encuentros. Le había visto y casi había escuchado su voz.


Por eso se había dado media vuelta antes de salir a la carrera hacia aquel maldito tren, porque había tenido la sensación de que alguien le había pedido que esperase. Era imposible, había demasiado ruido, y sin embargo estaba convencida de que había sido así.


Le había mirado, seguro que se había sonrojado y no le importaba. Él estaba algo distinto, llevaba camisa y el pelo peinado hacia un lado a pesar de que un mechón le caía en la frente. ¿Había estado corriendo? No se atrevió a imaginarse que había corrido tras ella. Las gafas eran las de siempre y la sonrisa. La sonrisa casi había estado a punto de detenerle el corazón.


Si no hubiese tenido que coger aquel tren. Había intentado disculparse, aunque no estaba segura de que él le hubiese leído los labios. Tendría que haber gritado. Al menos tendría que haberle preguntado cómo se llamaba. Pero no había tenido tiempo, ojalá no hubiera tenido que salir corriendo.


Soltó el aliento. De nada servía pensar qué habría hecho si no hubiera tenido que subirse a aquel tren porque allí estaba, sentada en ese vagón con el corazón en un puño y con cosquillas en los dedos de las ganas que tenía de volver a dibujarlo.


Casi había hablado con él.


Casi.


Visto estaba que sus encuentros desafiaban cualquier cálculo de posibilidades. Al menos Valentina quería creerlo así. Volvería a verlo y la próxima vez sería distinto.


Abrió el cuaderno y trazó las primeras líneas, las de su mandíbula, después bajó por el cuello y siguió con la camisa. Las gafas y la sonrisa las dejaría para el final igual que los ojos. Cuando terminó deslizó la mirada por el retrato. Valentina había dibujado a un sinfín de desconocidos, lo hacía para practicar y porque era un reto intentar capturar la esencia de alguien con quien nunca había hablado en una página. Ella lo veía así, capturaba el instante de la vida de alguien a quien ella no volvería a ver jamás.


Con el chico de las gafas era distinto, desde el primer día, desde el primer dibujo había tenido el presentimiento de que a él sí volvería a verlo.


Quizá había llegado el momento de no dejar esos encuentros en manos del destino. Quizá el destino ya había hecho demasiado.


Tuvo una idea. Ojalá tuviera su antiguo cuaderno amarillo, todavía no se había recuperado de disgusto de haberlo perdido. En ese cuaderno había dibujado al chico de las gafas con una bolsa con el logotipo de una empresa, pero quizá si hacía memoria conseguiría recordarlo y volver a dibujarlo. Era un tiro al aire, pero quizá funcionaría. Sabía donde él solía coger el metro y buscaría si alguna de las empresas cercanas a la estación tenían ese logotipo, si lograba recordarlo.


Haría memoria y seguiría buscando su viejo cuaderno. Tenía que estar en alguna parte.


Cuando volviera encontraría la manera de dar con el chico de las gafas y hablar con él.


Cuando volviera.


Ojalá no fuera demasiado tarde. »


 


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©Posibilidades Anna Casanovas


Fotos de Pinterest.


¿Dónde creéis que va Valentina? ¿Creéis que volverá a tiempo y que conseguirá encontrar a Óscar? Y Óscar, ¿qué hará mientras? ¿cómo será su cita con Paloma? Me gustaría conocer vuestras teorías, aunque obviamente yo tengo la mía ya más que prevista 

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Published on May 08, 2020 05:04

Posibilidades. Casi

Hace tiempo leí en alguna parte que hacen falta 21 días para crear un hábito. 21 días y el día 22 ya es imposible que te olvides de ir al gimnasio o de tejer un rato antes de acostarte (vivo al límite, por eso se me ocurren estos ejemplos). No sé si este dato tiene alguna base científica, si la tiene y si alguien la conoce que me deje por favor la explicación en los comentarios del post, yo diría que esto de los hábitos depende de la persona y del hábito en sí porque qué queréis que os diga, aun en el caso de que por algún milagro yo consiguiera estar 21 días seguidos viendo partidos de fútbol dudo mucho que empezase a gustarme.


Pero lo que sí me gusta es tener tradiciones, hay algo mágico en esperar un día en concreto porque sabes que va a suceder algo especial. Hace años, antes de que existieran Netflix allegados, los jueves me gustaban porque Marc y yo veíamos CSI y pedíamos pizza y el viernes yo comentaba el capítulo –y lo ciego que estaba Grissom respecto a Sarah- con mis compañeros de trabajo.


Todo esto os lo cuento primero porque con La Sociedad Literaria -el club de lectura que tenemos en Instagram- hemos creado una tradición maravillosa durante los cuatro meses que llevamos, y aunque este no es un post sobre La sociedad, quería empezar a celebrarlo. El post de La Sociedad es para la semana que viene.


Y segundo porque estoy intentado crear otra tradición con Posibilidades esta novela que primero era un relato y ahora es algo más. El qué todavía no lo tengo del todo claro, pero os aseguro que Posibilidad está aquí (en el blog y en mi cabeza) para quedarse, lo que suceda cuando necesite más espacio lo descubriremos entre todos. De momento quiero buscar un día y fijarlo -dentro de mis posibilidades- como el día de Posibilidades, el día de publicación de cada ¿entrega, capítulo, sorpresa? ¿Tenéis alguna preferencia? Contadme.


La entrega de hoy se titula Casi, una palabra que despista, que engaña porque parece inocente y sin embargo puede ocultar detrás de cada letra el montón de posibilidades que se han escurrido por entre ellas.


Casi


«Óscar se estaba planteando seriamente la posibilidad de solicitar un nuevo número de teléfono. Los primeros días había recibido unas cuantas llamadas absurdas, pero justo cuando creía que lo peor ya había pasado apareció esa periodista pidiéndole permiso para hablar de su historia. Se había enterado a través de la encargada de objetos perdidos de la estación, eran vecinas, y la mujer, aunque no conocía todos los detalles, le había regalado la oreja sobre lo preocupado que parecía aquel chico tan guapo por devolver el cuaderno a su misteriosa propietaria.


Él se había negado en redondo (y en su cabeza había maldecido la fértil -y acertada- imaginación de la encargada de objetos perdidos), pero al parecer la periodista había hablado de él de todos modos en su programa. Un programa del que Óscar nunca había oído a hablar y que al parecer echaban cada tarde. El programa tampoco tenía tanta audiencia, pero el recorte donde hablaban del chico que buscaba a la chica del cuaderno amarillo salió en todos lados. Héctor y Ricky se encargaron de recopilarlos todos por si Óscar se había perdido alguno, los muy cretinos.


La noticia no decía nada del otro mundo, a decir verdad, no salía en ningún momento el nombre de Óscar ni tampoco su cara pues él no les había dadp permiso. Pero salía el anuncio y una “recreación de los hechos realizada por actores profesionales”. Óscar quería morirse cuando su madre lo llamó para decirle que tendría que hacer algo para parecerse más al Óscar de dicha recreación y Alice, con quien se suponía que había enterrado el hacha de guerra, le mandaba fotos casi a diario del actor en cuestión.


Las llamadas se incrementaron exponencialmente igual que el surrealismo de las propuestas que las supuestas y supuestos propietarios de la libreta. Óscar les hacía a todos la misma pregunta: ¿qué hay en el cuaderno? y había respuestas que jamás lograría borrar de su mente y que todavía le producían escalofríos.


Aun así era reticente a cambiar de número. Ella aún podía llamarlo. Era posible que no hubiese visto el anuncio y que tampoco se hubiese enterado del reportaje o de los memes que habían hecho sobre su situación.


-Claro, si ha pasado el último mes en el Polo Norte -sugirió Héctor.


-O encerrada en un castillo de Transilvania con sus múltiples amantes -añadió Ricky, ganándose que Héctor le diese un codazo y le susurrase que así no ayudaba.


-Yo no me habría enterado -justificó Óscar.


-Pero tú eres… tú -puntualizó Héctor a lo que Ricky asintió.


-Sí, y ella es ella.


-Vale, pero al menos reconoce que lo del anuncio no ha salido cómo esperabas. Si de verdad quieres encontrar a esa chica, tienes que hacer algo más.


-Eso en el peor de los casos suena a asesino psicópata y en el también peor, pero quizá con una pena de cárcel menos grave, a acosador. -La cara de Óscar dejó claro lo que opinaba de ambas circunstancias-. Quizá sea mejor dejar las cosas así. Si volvemos a encontrarnos, me acercaré a ella y le diré que tengo su cuaderno. Quizá ha visto el anuncio y la noticia y ha decidido que no quiere llamar. Tal vez le da igual haber perdido el cuaderno.


-Tal vez -secundó Héctor.


-Sí, claro, tal vez -Ricky terminó la conversación.


Ninguno de los amigos se creyó ni por un segundo la indiferencia y resignación de Óscar, pero zanjaron el tema porque sabían que a pesar de que carecía de lógica él lo estaba pasando mal. No lograban entender por qué una chica con la que no había hablado nunca era tan importante para él. No volvieron a mencionar el cuaderno y tampoco a su desaparecida propietaria y en sus cabezas los dos siguieron buscando maneras de ayudarlo. Al menos se había animado a llamar a esa amiga de Alice, Paloma les había dicho Óscar que se llamaba, y tenía una cita con ella la semana siguiente.


No, Óscar no se había cambiado el número de teléfono ni había accedido a salir en televisión o en la radio y tampoco había colgado pósters en el metro ni había contratado un anuncio más llamativo. No había hecho nada de eso. Lo que sí hacía era ir a la misma estación de metro cada viernes a la misma hora, la estación donde la había visto por última vez, y esperar allí durante un rato.


De momento no había tenido suerte. De momento, se repetía cada viernes cuando por fin se subía a un metro para irse de allí. Llevaba más de un mes con aquel comportamiento y aunque una parte de él le decía que no podía seguir así otra insistía en que cualquier otra opción era impensable. Aunque solo fuera para devolverle el cuaderno, tenía que volver a verla.


*****


El trabajo de Óscar no era excitante como el de Ricky ni trascendental como el de Héctor, lo que no significaba que no fuese importante o a que a él no le gustase ni le resultase gratificante. A pesar de que en muchas películas los encargados de recursos humanos de una empresa aparecían representados como robots o seres sin alma al servicio del diablo él defendía que eran justo lo contrario. Lo que le había llevado más de un disgusto, eso también tenía que reconocerlo. Igual que tenía que reconocer que había partes de su trabajo que odiaba, como por ejemplo la que tenía aquel día: una reunión en una multinacional en el centro de la ciudad para compartir técnicas de motivación y de incremento de la productividad. Él había intentado explicarle a sus jefes que su empresa, una pequeña editorial de libros infantiles, tenía poco o nada en común con un imperio que incluía desde revistas a canales de televisión. Tenemos que estar, le habían respondido, lo llaman networking.


Esa mañana, anticipando la jornada de networking y el dolor de cabeza que esta le conllevaría, Óscar se había tomado un café doble mientras transcribía en unas tarjetas los puntos básicos de los que iba a tratar su charla. Sí, además de asistir tenía que dar una charla. Todo genial. Llevaba el ordenador, por supuesto, pero siempre le había resultado más útil escribir los datos importantes a mano en esas tarjetas y repasarlas durante el trayecto o en los ratos muertos que solían abonar esa clase de encuentros. Fue a la estación de metro y buscó la línea que no solía utilizar habitualmente porque era la mejor para llegar al edificio de Mordor. El vagón estaba bastante lleno así que se abrió paso como pudo hasta el lateral de la puerta y se sujetó de la barra con una mano para extraer con la otra una de las tarjetas del bolsillo del pantalón. Iba más arreglado que de costumbre, no se lo había exigido nadie pero aquel atuendo era una especie de protección, algo así como un disfraz. Los zapatos con cordones, el pantalón gris más ajustado y la camisa blanca producían el mismo efecto que la capa de invisibilidad de Harry Potter. Era un atuendo tan común entre los trabajadores de la multinacional que nadie se fijaría en él.


Le costó extraer la primera tarjeta y la releyó sin prestarle demasiada atención, se sabía de memoria los criterios que regían su departamento. Los había escrito él. Se bajó un poco las gafas y se apretó el puente de la nariz, el dolor de cabeza estaba llegando antes de lo previsto, mejor sería que cerrase los ojos e intentase relajarse. El vagón se detuvo y el cochecito de la compra de una señora le dio un golpe al salir. La mujer farfulló una disculpa y Óscar iba a decirle que no pasaba nada cuando vio que de la puerta del vagón anterior salía ella.


La chica del cuaderno amarillo.


Tardó unos segundos en reaccionar. Parpadeó dos veces para ver si así la imagen se desvanecía cual espejismo, pero ella seguía allí, caminando, alejándose del metro para subir la escalera y dejar el metro atrás.


Saltó del vagón sin pensarlo, la puerta casi captura su pie izquierdo y no le importó. Corrió tras ella. Esa estación estaba llena de gente y que fuera hora punta no ayudaba nada. Óscar iba esquivando y pidiendo perdón a todo el que golpeaba en su frenética carrera. Ella había subido la escalera pero en vez de salir a la calle, lo que sin duda habría facilitado la vida a Óscar, había optado por girar hacia la derecha y dirigirse hacia la escalera mecánica que conducía al andén exterior.


Iba a coger otro tren, probablemente el que anunciaban por los altavoces y que estaba a punto de salir.


Ella estaba en lo alto de la escalera mecánica y Óscar en el otro extremo. Ojalá supiera su nombre, pensó por encima del ruido ensordecedor que causaba el corazón golpeándole las costillas. Ojalá pudiera llamarla por su nombre y no solo ahora.


La escalera se detuvo, un adolescente había tenido la genial idea de apretar el botón de alarma y la maquinaria había dejado de moverse en seco. El señor que iba delante de Óscar trastabilló y casi le cae encima, varias bolsas y maletas se sacudieron y la acompañante del causante de todo empezó a cuestionar la inteligencia de su amigo en voz alta. La chica del cuaderno saltó el último escalón y miró hacia el andén, lo tenía pocos metros y acababa de sonar el último timbre. Como si acabase de tomar una decisión, se colocó bien la bolsa que llevaba colgando del hombro y se puso a correr, pero antes…


-Espera -la palabra escapó de los labios de Óscar sin su permiso.


Era imposible que ella le hubiese oído, había demasiado ruido; la gente quejándose, el pitido de la escalera porque se había disparado su alarma, los timbres de los distintos trenes de la estación. Casi imposible.


Ella se giró, tal vez porque quería asegurarse de que no se le había caído nada al suelo tras la sacudida o tal vez algo la había impulsado a hacerlo. Se giró y sus ojos tropezaron con los de Óscar.


La sorpresa y la sonrisa de ella al reconocerlo hizo que Óscar diese un paso hacia delante y que el caballero de antes lo insultase por haberlo pisado y no tener paciencia.


Sonó el timbre del tren que estaba en el andén y ella giró la cabeza hacia allí mordiéndose el labio inferior. Fuera cuál fuese su destino a Óscar le resultó evidente que ella tenía que llegar a él y decidió que valía la pena provocar la ira de todos los pasajeros que como él habían quedado atrapados en esa escalera mecánica si con ello conseguía llegar a tiempo de hablar con ella.


Ella que acababa de girarse de nuevo hacia él para mover los labios y pronunciar un lo siento sin voz antes de iniciar una vertiginosa carrera hacia el tren.


Un último silbido.


Las puertas se cerraron


La chica del cuaderno había conseguido entrar.


Cuando Óscar llegó por fin al anden el tren ya se alejaba. Apoyó las manos en las rodillas e intentó recuperar el aliento, no se lo había robado solo la carrera.


Casi.


Casi había conseguido hablar con ella.


Tardó varios minutos en deshacer el camino y llegó tarde a la reunión, aunque ahora se alegraba de que la hubiesen convocado y de que le hubiesen invitado. Ella no le había llamado y quizá ni siquiera sabía que él tenía su cuaderno amarillo, pero le había mirado y sonreído, algo mejor, le había reconocido y Óscar sentía en sus entrañas que de haber podido ella no se habría subido a aquel tren.


-Óscar, Óscar -lo llamó el maestro de ceremonias del encuentro.


-Sí, perdón. -Tenía que centrarse-. Dime.


-Es tu turno. Tu presentación -le especificó ante la perplejidad de Óscar.


-Sí, claro, por supuesto.


Todavía no sabía cómo había salido airoso, un par de asistentes incluso lo felicitaron al terminar, en su cabeza no había podido dejar de pensar en las posibilidades que tenía de volver a encontrarse con la chica del cuaderno.


Ojalá supiera su nombre, necesitaba saberlo. Ricky le había sugerido que eligiese uno al azar, cualquiera que le gustase, pero Óscar se negaba a hacerlo. Quería llamarla por su nombre de verdad.


Cogió el metro de vuelta a casa y la buscó en cada rincón sin hallarla. ¿Cuánto tiempo más podía seguir así? Buscándola siempre y apenas encontrándola, sin llegar nunca a hablar con ella. Hoy casi lo había conseguido. Casi.


Si era sincero consigo mismo no le bastaba con aquel casi.


*****


Le había encontrado otra vez. Valentina todavía temblaba cuando ocupó su asiento en el tren. Le había visto en una estación donde nunca antes habían coincidido y a una hora completamente distinta a la de sus anteriores encuentros. Le había visto y casi había escuchado su voz.


Por eso se había dado media vuelta antes de salir a la carrera hacia aquel maldito tren, porque había tenido la sensación de que alguien le había pedido que esperase. Era imposible, había demasiado ruido, y sin embargo estaba convencida de que había sido así.


Le había mirado, seguro que se había sonrojado y no le importaba. Él estaba algo distinto, llevaba camisa y el pelo peinado hacia un lado a pesar de que un mechón le caía en la frente. ¿Había estado corriendo? No se atrevió a imaginarse que había corrido tras ella. Las gafas eran las de siempre y la sonrisa. La sonrisa casi había estado a punto de detenerle el corazón.


Si no hubiese tenido que coger aquel tren. Había intentado disculparse, aunque no estaba segura de que él le hubiese leído los labios. Tendría que haber gritado. Al menos tendría que haberle preguntado cómo se llamaba. Pero no había tenido tiempo, ojalá no hubiera tenido que salir corriendo.


Soltó el aliento. De nada servía pensar qué habría hecho si no hubiera tenido que subirse a aquel tren porque allí estaba, sentada en ese vagón con el corazón en un puño y con cosquillas en los dedos de las ganas que tenía de volver a dibujarlo.


Casi había hablado con él.


Casi.


Visto estaba que sus encuentros desafiaban cualquier cálculo de posibilidades. Al menos Valentina quería creerlo así. Volvería a verlo y la próxima vez sería distinto.


Abrió el cuaderno y trazó las primeras líneas, las de su mandíbula, después bajó por el cuello y siguió con la camisa. Las gafas y la sonrisa las dejaría para el final igual que los ojos. Cuando terminó deslizó la mirada por el retrato. Valentina había dibujado a un sinfín de desconocidos, lo hacía para practicar y porque era un reto intentar capturar la esencia de alguien con quien nunca había hablado en una página. Ella lo veía así, capturaba el instante de la vida de alguien a quien ella no volvería a ver jamás.


Con el chico de las gafas era distinto, desde el primer día, desde el primer dibujo había tenido el presentimiento de que a él sí volvería a verlo.


Quizá había llegado el momento de no dejar esos encuentros en manos del destino. Quizá el destino ya había hecho demasiado.


Tuvo una idea. Ojalá tuviera su antiguo cuaderno amarillo, todavía no se había recuperado de disgusto de haberlo perdido. En ese cuaderno había dibujado al chico de las gafas con una bolsa con el logotipo de una empresa, pero quizá si hacía memoria conseguiría recordarlo y volver a dibujarlo. Era un tiro al aire, pero quizá funcionaría. Sabía donde él solía coger el metro y buscaría si alguna de las empresas cercanas a la estación tenían ese logotipo, si lograba recordarlo.


Haría memoria y seguiría buscando su viejo cuaderno. Tenía que estar en alguna parte.


Cuando volviera encontraría la manera de dar con el chico de las gafas y hablar con él.


Cuando volviera.


Ojalá no fuera demasiado tarde. »


 


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©Posibilidades Anna Casanovas


Fotos de Pinterest.


¿Dónde creéis que va Valentina? ¿Creéis que volverá a tiempo y que conseguirá encontrar a Óscar? Y Óscar, ¿qué hará mientras? ¿cómo será su cita con Paloma? Me gustaría conocer vuestras teorías, aunque obviamente yo tengo la mía ya más que prevista 

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Published on May 08, 2020 05:04

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