Jaime Bayly's Blog
February 6, 2026
La pantera negra ataca de noche
Se anuncian temperaturas heladas este fin de semana. No saldré de casa. Me arroparé masivamente. Dormiré con tres pares de medias polares, zapatos puestos y dos pijamas, una sobre la otra. Sin embargo, no encenderé la calefacción. Si los ductos del aire acondicionado expulsan aire caliente, no podré dormir con placidez, me secaré como un árbol en otoño y enfermaré. Mi cuerpo diezmado repele todos los aires acondicionados: si son fríos, duermo mal, y si son calientes, también.
Es bastante insólito que en esta isla tropical la temperatura baje a cero grados centígrados. Exagerado como he sido desde niño, siento que mi existencia se encuentra amenazada por el frío insidioso que en los próximos días se deslizará en mi cuerpo, entrando el muy cabrón por los pies. En los vestidores de mi casa tengo más de veinte aparatos para calentar el ambiente. Llevo media vida en una batalla desigual contra el frío. Tengo pequeños ventiladores que soplan aire caliente haciendo un ruido irritante, radiadores de aceite que expulsan calor sin emitir ruidos, calefactores con resistencias eléctricas que se tornan anaranjadas cuando están encendidas a tope. Sin embargo, ahora que llegará un frío desusado a la isla, me rehusaré a prender alguna de esas formas de calor artificial, pues me traen malos recuerdos.
En otra época de mi vida, una época que ahora parece extranjera a mi existencia, una época que no sé si viví yo mismo o me la robó un fantasma que habitaba transitoriamente mi cuerpo, el frío no me dejaba dormir, dondequiera que estuviese. Prendía una o dos estufas y las colocaba al lado mismo de mis pies. Lo que pretendía ser un alivio acababa siendo una tortura minuciosa. Sudaba, no dormía, me resfriaba. Recuerdo con horror las noches en Buenos Aires, en un piso alto, frente al club de rugby. El frío me asaltaba con tanta saña que no podía dormir, a pesar de encender estufas, radiadores y calefactores, provocando que se cortara la luz en mi apartamento por absorber demasiada energía desde mi habitación. Enloquecí tanto que forré de gomaespuma las paredes de mi dormitorio, como si fuese una cabina radial insonorizada, pensando que así me aislaría del frío, de los ruidos de la calle y de las ásperas discusiones a gritos de los vecinos alemanes, sospechosos de un pasado vil. Mis planes fracasaron miserablemente. El monstruo del insomnio, esa pantera negra que ataca de noche, siguió devorándome, acercándome al balcón helado del piso once, poniendo en entredicho el valor minúsculo de mi vida. También recuerdo con espanto las noches en una casa que le alquilé a una finlandesa alcohólica en el barrio de Georgetown, ciudad de Washington. Como no podía dormir, me confortaba leyendo sus libros. Muy temprano caminaba a dar clases en la universidad y me sentía un fantasma, un muerto en vida. Fueron los años más desdichados. Pensé que encontraría mi destino sereno en Buenos Aires y el frío se conjuró contra mí. Pensé que en Georgetown sellaría un armisticio conmigo mismo y de nuevo el frío me redujo a escombros.
Hace quince años, cuando compré esta casa, en esta isla tropical, le dije a mi esposa que, si no conseguía dormir bien, sin padecer las perfidias del frío, moriría pronto, antes de cumplir cincuenta años. No puedo ser feliz si no duermo, le dije. Lo primero que hizo mi esposa fue alejar de mis pies todos los aparatos que expulsaban formas artificiales de calor. Pero tengo los pies fríos, helados, me quejaba. No, decía ella, tienes la cabeza fría, el frío se origina en tu cabeza, no hace tanto frío como dices, tú imaginas el frío y luego te enfermas. Ella prevaleció, escondió las estufas, los radiadores y los calefactores y me aseguró que el problema era uno de salud mental. Me dijo: Estás mal de la cabeza, por eso tienes frío en todas partes. En los aviones me congelaba tanto que forraba mi cabeza con chalinas de seda, respirando tibiamente debajo de ellas. A veces las azafatas me tocaban y preguntaban si estaba vivo, despertándome, asustándome. En los cines me forraba de ropa gruesa, como si estuviera en la nieve, y me ponía mascarillas para calentarme las vías respiratorias. En los restaurantes pedía que apagaran el aire y, por supuesto, no me hacían caso. En un hotel de Bogotá dormía sobre la alfombra, al pie de la chimenea encendida, despertando cada media hora, echando más leña al fuego, o al lado de la ducha prendida con el agua bien caliente, el baño recalentado por los vapores, una niebla espesa, conveniente, desdibujando la noche. Sentía el frío mordiéndome los pies como si fueran los colmillos de la pantera negra que me atacaba de madrugada. Pero mi esposa me decía que el origen del frío era imaginario, uno de mis tantos trastornos, una forma de locura autodestructiva.
Después de consultar a muchos médicos, y probar con numerosas pastillas recetadas y automedicadas, y sin poder recurrir a los calores artificiales de los aparatos sopladores de aires enfermizos, aquella batalla desigual contra el frío se suspendió. Era pronto, no obstante, para cantar victoria. Tal vez se trataba de una tregua, un cese temporal de hostilidades. Un médico sabio me recetó tres pastillas no para conjurar el insomnio, sino para combatir la bipolaridad. Según ese doctor, yo había pasado tantos años durmiendo mal por ser bipolar. El problema, afirmó, no estaba en mis defensas contra el frío, sino en mi cabeza, como postulaba mi esposa. Es decir que mi cabeza estaba fría, helada, gélida, y desde allí ordenaba que todo mi cuerpo se pasmase de frío. No me entraba el frío por los pies, como me decía mi madre cuando era niño, sino que penetraba por mi cabeza aterida.
Hace doce años tomo religiosamente esas tres pastillas cuando el reloj marca la medianoche, lo mismo si estoy en América que en Europa. A las doce de la noche, cumplo el ritual que me salvó la vida: tomo tres pastillas, confiando en que me hundirán en un sueño tan profundo que mi cabeza se olvidará del frío, se entibiará mansamente y, dopada, domesticada, se rendirá al sueño. No es exagerado decir entonces que estoy vivo gracias a los químicos. Mi cuerpo original es un sistema de nervios defectuosos, cuyos cables estropeados conducen al dolor y a la muerte pronta. Mi cuerpo químico, de pronto invadido por agentes externos dispuestos a combatir con denuedo por su bienestar, encuentra en la alquimia de los laboratorios, en la sabiduría de los farmacéuticos, las armas para ganar la guerra al frío y entregarse a la paz de los justos. No me han salvado los curas, los predicadores, los charlatanes que hablan de la felicidad como si la conocieran íntimamente. Me han salvado los químicos.
El fin de semana, muy a mi pesar, esa guerra habrá de reanudarse. De pronto los ejércitos invisibles del frío invadirán mi casa, subirán a mi habitación y se meterán en mi cama. Los esperaré con las estufas apagadas, con tres pares de medias polares y con los zapatos puestos toda la noche. En el peor de los casos, me pondré encima del pijama la ropa que uso cuando vamos a esquiar en Vail y Aspen: un pantalón muy grueso, negro, que pesa mucho, y una casaca gigantesca, que me convierte en un oso polar, prendas que me inmovilizan como si fuera un astronauta tendido en un iglú, y a las que recurro cuando mi cabeza se tensa de frío otra vez. A pesar de que soy un hombre mayor y mis reservas están diezmadas, no dejaré que el frío acabe conmigo este fin de semana: dormiré vestido como un alpinista, como si mi cama fuese una montaña nevada cuyas cumbres debo coronar, y resistiré a la seguidilla traicionera de noches heladas que se avecinan. Después, con suerte, volverá el calor a mi cabeza, y a mi cuerpo, y al cuerpo de mi esposa, que me calienta más poderosamente que ninguna estufa, radiador o calefactor.
Hoy, último día cálido antes de la llegada del frente frío, desperté relajado y contento, tras dormir doce horas continuas. Nunca había descansado tan bien como estos últimos años en esta casa, esta isla tropical. Contra toda probabilidad, la pantera negra que ataca de noche ha sido enjaulada. Gracias a mi esposa, a mi médico de cabecera y a las tres pastillas que me salvaron la vida, ahora mi cabeza y mi corazón están en paz, después de una guerra feroz contra el hombre con frío que me tocó ser.
January 25, 2026
Hablar con los muertos
Yo les hablo a mis muertos. Todas las noches, antes de dormir, les hablo con la certeza de que me escuchan, como si estuvieran vivos, tendidos a mi lado. No soy una persona religiosa, no creo que después de la muerte hay un cielo, un purgatorio y un infierno como me educaron cuando era niño, no creo en unos dioses severos que me juzgarán tan pronto como deje de respirar, no creo que los virtuosos serán recompensados y los impíos, castigados. Sin embargo, creo que mis muertos, liberados del cautiverio a que sus cuerpos los sometían, siguen vivos en otra dimensión, en un territorio elevado e invisible, flotando sus almas eternas entre las nubes translúcidas.
A quien más extraño entre todos mis muertos es a mi hermana. Murió pocos meses antes de cumplir sesenta años. La atropellaron mientras montaba en bicicleta una mañana trágica cerca del mar. No se detuvieron a rescatarla. Murió desangrándose lentamente, esperando a que llegaran los socorristas que por desgracia arribaron tarde. No creo que sintiera miedo antes de morir. Era creyente. Fue monja de clausura, fue poeta, publicó dos libros de poesía. Fue corredora de olas, renacía cada mañana entre las oscilaciones del mar. Fue esposa de un pintor y madre de dos hijos que, como ella, amaban el mar y vivían corriendo olas. No educó a sus hijos en un colegio convencional, los educó en la belleza del arte y la sabiduría del mar. Todas las noches, apagadas las luces, antes de dormir, pienso en ella y le hablo sin pronunciar las palabras. Le digo a mi hermana: no sabes cuánto te extraño. Le digo: te admiro porque viviste una vida limpia, decente, sabia, alejada de la exposición pública, renuente a dar entrevistas, ensimismada entre la poesía y el mar. Le digo: espero que, dondequiera que estés, puedas meterte al mar y correr olas como hacías todas las mañanas, cuando todavía respirabas entre nosotros. Le digo: pero sobre todo espero que los dioses y las vírgenes y los santos te hayan premiado porque fuiste una mujer buena, humilde, risueña, austera, una mujer que nunca le hizo daño a nadie. Por eso le ruego a mi hermana muerta: ayúdame a ser humilde y austero como fuiste tú, guíame por el camino de la bondad, conduce mis pasos vacilantes, aleja de mí las tentaciones de la soberbia y la vanidad. Finalmente, le prometo: cuando me toque morir, iré a buscarte y te daré el abrazo que no pude darte cuando eras monja de clausura.
También le hablo a mi padre todas las noches, antes de conciliar el sueño. Cuando vivía, era mi enemigo o mi adversario y ahora que es uno de mis muertos añorados ya no le guardo rencor ni le tengo miedo. Lo he perdonado, nos hemos perdonado. Murió de cáncer, hace veinte años. Alcancé a despedirme de él. Besé su frente y le dije: te tocó una vida dura, hiciste lo mejor que pudiste, ahora mereces descansar. No quería que muriera pensando que yo seguía reprobándolo. Nos llevamos mal la vida entera. Creo que era un hombre desdichado, lastrado por la mala fortuna, porque fue cojo desde niño. Era creyente. Creo que a menudo pensaba: por qué los dioses se ensañaron conmigo y me castigaron, haciéndome cojo. Creo que pensaba: por qué mi padre me escondía, se avergonzaba de mí, solo por ser cojo. Creo que se lamentaba: yo no tengo la culpa de ser cojo. Pero ser cojo desgració su vida, lo llenó de complejos e inseguridades, de una rabia ciega contra la vida misma. Por eso, cuando le hablo a mi padre muerto, le digo: ojalá estés en un lugar mejor, ojalá ya no estés molesto por ser cojo, ojalá ya no seas cojo. También le digo: ojalá puedas caminar sin renguear, ojalá puedas correr, ojalá puedas jugar tenis sin la desventaja de tener una pierna más corta que la otra. Como era cojo, mi padre no corría y caminaba lo menos posible. Uno de sus zapatos era pesado, voluminoso, más grande que el otro. Entre los deportes, le gustaba nadar. Era fuerte, robusto, musculoso, y nadaba como un campeón. Entre sus aficiones, le gustaba coleccionar armas de fuego y cazar animales. Por eso, cuando hablo con mi padre muerto, le digo: espero que ya no mates animales, que hayas aprendido a amar a los animales. Al final de todo, los ojos cerrados, le digo a mi padre: no me fue tan mal, no terminé siendo un vendedor de ropa como me decías cuando estabas furioso, podríamos decir que no he fracasado del todo como escritor y he conseguido ganarme la vida como periodista. Y luego le hablo: ¿no te parece linda mi esposa? ¿No estás orgulloso de mis tres hijas, tus nietas? También le prometo: cuando volvamos a vernos, no serás cojo y jugaremos un partido de tenis y luego, gane quien gane, nos daremos un gran abrazo como nunca pudimos abrazarnos cuando estabas con vida, entre nosotros.
De todos mis muertos, el que más me duele, el que más me atormenta y llena de culpa, el que imagino todavía enojado conmigo, es el actor de teatro. No era actor de teleseries, raramente era actor de cine, era un formidable actor de teatro. Se quitó la vida poco después de cumplir cincuenta años. Era un hombre hermoso, de buen corazón, respetado por sus colegas, amado por el público. Se casó, tuvo una hija, viajó por el mundo, ganó muchos premios. Fuimos amantes antes de que se casara. Fuimos amantes clandestinos, a hurtadillas, porque él tenía una novia y yo también, y porque éramos famosos en la ciudad en que nacimos. Fue uno de los grandes amores de mi vida. No nos alcanzó el coraje ni nos acompañó el azar para ser felices juntos. Nos resignamos a pensar que nuestra pasión a contracorriente nos condenaría a la desdicha, a la soledad y al fracaso como artistas. Por desgracia, nos alejamos y ya no volvimos a estar juntos como amantes o siquiera como amigos. Fue un actor exitoso. Lo entrevisté cuatro veces. Cuando se quitó la vida, una parte de mí se murió con él. Por eso le hablo todas las noches: espero que no sigas molesto conmigo, perdóname si fui deslenguado e infidente, yo estaba orgulloso de haber sido tu amante, guardo los mejores recuerdos de ti. También le digo: ojalá sigas actuando, y recibiendo ovaciones de pie, y ganando premios, y viviendo muchas otras vidas, ahora que eres eterno, inmortal. Por último, le ruego: no me niegues un abrazo si volvemos a vernos en el más allá.
Cuando hablo con mis muertos, ¿cómo podría olvidarme de mi abuelo materno? Fue como mi padre, lo quise como no pude querer a mi padre. Viví en su casa los años cruciales de la juventud: los últimos años en el colegio, los primeros en la universidad. Me enseñó a conducir su automóvil, a fumar, a beber whiskey, a leer con lupa los avisos clasificados del periódico. Me enseñó a desconfiar de los militares y de los curas. Me enseñó a descreer de todos los políticos. Era un hombre de campo. Fue dueño de una hacienda donde sembraba manzanas y naranjas. Los peones lo querían. Tenía caballos, montaba a caballo por su finca, también se paseaba manejando sus tractores. Era infatigable, despertaba al amanecer y trabajaba el día entero hasta que oscurecía. Era un hombre bueno, que no hacía trampas, que no le robó a nadie, que no le hacía daño a nadie. Amaba a su esposa y a sus hijos. Los militares le confiscaron su hacienda en nombre de la justicia social, de la revolución, y le desgraciaron la vida. Soñaba con recuperar su finca, volver al campo, pasear a caballo por sus tierras. No pudo coronar ese sueño. Pero a veces íbamos juntos, a solas los dos, yo manejando su automóvil, hasta su hacienda. Era desolador ver cómo lo que en su día había sido próspero y fecundo ahora eran tierras baldías, abandonadas. Por eso a mi abuelo muerto le digo: cuando volvamos a vernos, te prometo que te devolverán la hacienda, y sembraremos manzanas y naranjas, y pasearemos juntos a caballo, y a la noche tomaremos whiskeys y nos reiremos de los políticos y los militares, menudos bribones. Por último, le digo: dale muchos besos a tu esposa, mi abuela, que me convidaba polen y miel de abejas, y me decía al oído, susurrando, tú vas a llegar lejos. Abuelo querido, pierde cuidado que a los que te robaron tu hacienda los mandaremos a patadas al fuego eterno, donde merecen arder.
Por qué no me hice sacerdote
Mi padre dejó embarazada a mi madre doce veces. ¡Doce veces! Diez nacimos sanos, aunque yo nunca he estado sano de la cabeza, dos murieron al nacer. Me atrevo a afirmar que mis padres no hacían el amor. Mi padre era una bestia peluda. Mi madre, una beata. Mi padre abusaba de ella. Embarazarla doce veces fue un abuso.
No sé si mi madre se casó enamorada de mi padre. Era muy joven, tenía apenas veintiún años. Cuando le he preguntado si se casó enamorada, me ha dicho que se sintió obligada a contraer matrimonio porque mi padre, cuando empezaron a salir juntos, la forzó a tener relaciones sexuales. Fiel a sus creencias religiosas, mi madre no quería hacer el amor antes de casarse. Mi padre violentó su resistencia y la obligó a perder su castidad. Desde entonces, mi madre, entregada su virginidad a mi padre, se convenció de que Dios esperaba que se casara con el hombre que la había desflorado.
Si bien mi padre era religioso y asistía a misa todos los domingos, portando un arma de fuego visible a los demás fieles y comulgando rara vez, mi madre lo superaba con creces en su entrega y devoción a la iglesia, asistiendo a misa todos los días, rezando el rosario en latín, participando en las actividades del Opus Dei, cofradía a la que donaba su tiempo y su dinero, a diferencia de mi padre, quien veía con recelo a ese instituto religioso, porque le parecía sospechoso que sus jefes vivieran en casas reservadas para varones castos que practicaban la abstinencia sexual.
Mi padre no amaba a mi madre. Nunca lo vi besarla, acariciarla, decirle un piropo. Mi padre disponía de mi madre, usaba y abusaba de ella. No era infrecuente que la insultara y la hiciera llorar delante de nosotros, sus hijos. Mi madre no amaba a mi padre. Mi madre temía a mi padre. Se sometía a él, se subordinaba a él, hacía lo que él le ordenaba. Peor aún, vivía embarazada, o a punto de quedar embarazada, tras haber dado a luz pocos meses atrás. Vivía amamantando a sus bebés, cuidando a sus niños, sin poder conciliar el sueño con una mínima placidez. Tenía empleadas domésticas que la ayudaban en las faenas de cocinar y limpiar, pero pasaba las noches confortando a sus bebés, aunque casi no durmiera. Era una madre ejemplar, dedicada por completo a sus hijos. Era una esposa rehén, secuestrada por el matón de su marido. Era una hija amorosa, aunque rara vez veía a sus padres, porque vivíamos en el campo.
Mi madre no trabajaba en una empresa. No era dueña ni empleada de una empresa. Su oficio a tiempo completo era ser madre. Nadie le pagaba por ese trabajo extenuante. Todo el dinero del que disponía se lo daba mi padre a regañadientes. Esas entregas de plata en efectivo eran irregulares, podían suspenderse, dependían del humor de mi padre. Mi padre trabajaba y tenía dinero, pero se quedaba con la mayor parte de sus ingresos y le daba a mi madre cantidades pequeñas que a duras penas le alcanzaban para pagar los gastos de sus hijos. Al llevar poco dinero en la cartera, mi madre dependía todavía más de mi padre, que de ese modo recortaba su libertad. Si ella quería ir al cine con una amiga, o comprar libros y ropa, o donar plata al Opus Dei, tenía que pedirle ese dinero a mi padre, y él podía dárselo o negárselo, según su humor. Mi madre no era entonces una mujer libre. Era sierva, vasalla de su esposo. Cuando le he preguntado por qué no dejó a mi padre, por qué no se separó de él, me ha respondido: Porque no tenía adónde ir con tantos hijos.
Mi padre salía con sus amigos, viajaba con ellos. No eran viajes de negocios ni viajes culturales. Viajaban para hacer excursiones de caza mayor. Regresaban con las cabezas disecadas de los animales que habían matado. Se creían valientes porque sabían disparar armas cortas y largas y disfrutaban cazando animales. No sé si eran valientes. Mi padre no me parecía un hombre valiente, valeroso. Un hombre valiente, valeroso, cuidaría a su esposa, a la madre de sus tantos hijos. Un hombre valiente, valeroso, no le pegaría a su esposa, a sus hijos.
Cierta vez mi padre le dio una bofetada tan fuerte a mi madre que la derribó al suelo. A mí no me daba bofetadas. Me pegaba con su cinturón de cuero. Me obligaba a bajarme los pantalones y los calzoncillos, a darle la espalda y a doblarme hacia adelante. Entonces me golpeaba en las nalgas con su correa. No sé por qué le gustaba humillarme de esa manera retorcida. Me pregunto si esa herida perturbó mi identidad, confundió mis deseos. Tal vez, ya siendo adulto, busqué el amor en un hombre porque mi padre no quiso amarme o no supo amarme y se acostumbró a odiarme. Ahora creo que me odiaba porque yo me parecía a mi madre. Genéticamente, era idéntico a ella.
Mi madre y yo éramos inseparables. Yo era su hijo mayor. La amaba con devoción y hasta con desesperación. Rezábamos el rosario, a mi regreso del colegio. Me llevaba a los clubes del Opus Dei y me enviaba de campamento con los jefes de esa cofradía. Cuidaba mi pureza espiritual, mi alma sin manchas. Yo me confesaba todas las semanas ante un religioso del Opus Dei y asistía a misa con mi madre. Era un niño pío, un niño puro. Ninguno de mis amigos del colegio rezaba tanto como yo. Yo quería irme al cielo con mi madre para escapar por fin de mi padre. Estar a solas con mi madre era en cierto modo como llegar al cielo. Nadie habría de quererme luego como me quiso ella con todo su corazón. Solía decirme: prométeme que nunca me dejarás sola. Yo le decía: siempre te cuidaré, siempre estaré a tu lado.
Los jefes del Opus Dei le decían a mi madre que yo tenía una vocación religiosa, que debía educarme para ser sacerdote del Opus Dei, o jefe laico del Opus Dei, viviendo en una casa reservada para varones castos, reprimidos, obligados a la abstinencia sexual. Tal vez mi madre esperaba que yo me hiciera sacerdote. Yo estaba dispuesto a seguir ese camino para complacerla y hacerla feliz. Mi madre me decía: escucha la voz de Dios en tu corazón, Él te llamará si quiere que seas su ministro.
Sin embargo, yo escuchaba las voces de mis amigos en el colegio. Ellos hablaban de tocamientos furtivos, caricias que se practicaban a solas, placeres que me parecían prohibidos. En los recreos del colegio, me mostraban revistas de mujeres desnudas. Uno de ellos, hijo de un cazador de animales que era amigo de mi padre, me prestó una revista de mujeres desnudas. La llevé a escondidas a casa de mis padres. A solas en mi habitación, quedé asombrado al ver tanta belleza prohibida en las fotos de aquella revista. Deslumbrado, hechizado, maravillado por esas mujeres que me sonreían desde el infierno mismo y me prometían placeres impensados, reñidos con el pudor, seguí los consejos de mi amigo. Puse de espaldas a los dioses y a las vírgenes y a los cristos en la cruz para que no atestiguasen mi primera visita guiada al infierno. Luego seguí las instrucciones lujuriosas de mi amigo y, contemplando a esas mujeres que él me había presentado, me entregué a unas caricias solapadas, clandestinas, culposas, que hasta entonces no conocía, y de las que mis amigos del colegio hablaban con jactancia, alardeando de su virilidad.
Esa noche mi vida cambió para siempre. Comprendí que no había nacido para ser puro, tan puro como mi madre hubiera querido. Comprendí que no podría ser ministro de Dios ni jefe laico del Opus Dei. Comprendí que mi destino era el pecado, la mancha, la impureza, el placer. Comprendí que mi alma nunca más sería inmaculada.
Unos días después, mi madre me llevó a misa. Yo no me había confesado. Abatido por la culpa, no me atreví a comulgar al lado de ella, como había recibido la hostia desde mi primera comunión a los siete años. Yo tenía entonces trece años. Me quedé sentado en la banca, avergonzado de mí mismo. Mi madre caminó a comulgar y, al volver, me miró con estupor. Llegando a la casa, me preguntó por qué no había comulgado. Le confesé que había pecado gravemente con pensamientos y tocamientos impuros. Esa fue la primera vez que hice llorar a mi madre.
Dame tus medias ahora mismo
UNO
El invitado a mi programa de televisión, un hombre adinerado, que usa relojes de medio millón de dólares, que conduce autos de trescientos mil dólares, llega al estudio minutos antes de que yo lo entreviste en directo. No hay tiempo para que lo maquillen. Se sienta frente a mí y de pronto dice: ¡Tengo medias grises! ¡Así no puedo salir al aire! Por un instante pienso que está bromeando. Ofuscado, se levanta y le pregunta al camarógrafo canoso: ¿Qué medias tienes? El técnico lleva veinte años trabajando conmigo. No comprende la pregunta, yo tampoco. El invitado insiste a gritos: ¿De qué color son tus medias? El camarógrafo se levanta los pantalones y muestra unos calcetines negros cubiertos por zapatillas. ¡Dame tus medias ahora mismo!, exige el invitado. Asustado por el tono imperioso de la orden, el camarógrafo se aleja de su posición habitual, se sienta en una de las sillas reservadas para el público, se despoja de las medias presurosamente y se las entrega al invitado. A pocos segundos de salir al aire, el invitado se saca los zapatos y se pone las medias negras del camarógrafo encima de sus calcetines grises. Cuando todavía está poniéndose unas medias encima de las otras, yo estoy al aire hablando, haciendo tiempo para que termine la brusca incautación de los calcetines y comience entonces la entrevista. El invitado cruza las piernas, confirma que las medias negras han encubierto del todo a las grises y sonríe, confiado en su buena fortuna. Sigo perplejo. Nunca había visto una confiscación de calcetines en un estudio de televisión, segundos antes de salir al aire. Mientras hago la entrevista, pienso: ¿El invitado se quedará con las medias del camarógrafo? ¿Se las llevará puestas a su casa? ¿O se las devolverá, concluida la entrevista? En el control maestro, los operadores se ríen del incidente. Sigo incrédulo. Antes de irse, el invitado se quita las medias negras, se las devuelve al camarógrafo y le da una propina.
DOS
Quedamos pocos trabajando en el canal de televisión. Casi todos han sido despedidos. No viene público al estudio, no tengo productores, raramente recibo invitados, casi siempre salgo al aire a solas, presentando las noticias. Me ve poca gente, pero cuando levanto la voz, digo una ironía o afirmo una opinión, me engaño y pienso que son muchos quienes están viéndome. Ese malentendido permite que el programa siga en pie. Es el más longevo del canal. Comenzó cuando el canal se fundó. En agosto cumpliremos veinte años en antena. Mi sueldo se adelgaza con los años. Ahora gano la cuarta parte de lo que ganaba hace veinte años. Uno de los pocos que trabajan en el canal es un español de barba canosa. Ha sido contratado recientemente. Es el jefe del control maestro. Cuando nos cruzamos en los pasillos, lo saludo y me ignora, no me mira a los ojos, no me devuelve el saludo. Me pregunto por qué es tan descortés conmigo, si no recuerdo haberlo agraviado. Le pregunto a mi editor por qué el jefe del control maestro se resiste a saludarme. Me lo explica: Porque es fanático del presidente, y usted critica al presidente todas las noches. Le digo a mi editor: Pero no por eso debería negarme el saludo. Mi editor vuelve a sonreír: Es tan fanático del presidente que, cuando usted hace el programa, él baja el volumen a cero y se niega a escucharlo. Yo me río: Pero cómo va a suprimir el volumen de mi programa, si es el jefe del control maestro. Mi editor me dice: Usted no se imagina cuánto él lo odia. Pienso que será mejor no saludarlo más. Desde entonces, nos cruzamos en el pasillo y nos ignoramos. Todo por culpa del presidente, su héroe, el jefe de su control maestro.
TRES
El candidato a la presidencia de la república está de paso por la ciudad en la que vivo hace muchos años. En tiempos lejanos, yo también soñaba con ser presidente, siempre que me permitiesen gobernar desde el exilio. En aquella época, cuando éramos íntimos amigos, el candidato presidencial y yo hablábamos en inglés entre nosotros, si él se encontraba de paso en la ciudad donde continúo viviendo. Han pasado los años y no es frecuente que yo hable en inglés. Lo hablo con mi hija menor, que me habla casi siempre en inglés. Pero con el candidato presidencial, mi amigo de toda la vida, ya no hablo en inglés. Recuerdo aquellos días lejanos y pienso que éramos dos tontos esnobs hablando en inglés, como si eso nos hiciera mejores personas. ¿Seguiremos siendo dos tontos esnobs, tantos años después? Yo ciertamente me siento más orgulloso hablando en español que en inglés. Sin embargo, a veces sueño en inglés, me peleo en inglés, seduzco en inglés. Amo cuando mi esposa me habla en inglés, no porque su inglés sea mejor que el mío, sino porque la amo en cualquier idioma, incluso cuando me habla en alemán o en italiano, la lengua que está aprendiendo. Había pensado entrevistar a mi amigo, el candidato presidencial. Había pensado donar dinero para su campaña. Me temo que no lo haré. He leído que se opone a la unión civil entre personas del mismo sexo. Dice que no discrimina a los homosexuales, pero enseguida afirma que no aprueba la unión civil entre homosexuales. Pensé que mi amigo, el candidato presidencial, era un liberal. Por lo visto, no lo es. Me ha decepcionado. Será mejor que no lo invite a mi programa, a menos que la entrevista sea en inglés.
CUATRO
Mi madre cumple ochenta y cinco años. Convoca a un almuerzo en su casa. Todos sus hijos varones, ocho nada menos, la acompañamos en su aniversario. Todos vamos con nuestras esposas, nuestros hijos. Es, por tanto, una reunión tumultuosa. Por suerte, la casa de mi madre se extiende en unos jardines muy grandes porque ella ha tenido la sabiduría de comprar las casas vecinas, mandar a derribarlas y convertirlas en jardines con flores hermosas. Mi madre es ella misma una flor hermosa que no se marchita. Está de buen humor. Traen los bocaditos habituales: las pequeñas tostadas con palta y salmón, con queso y jamón serrano, los tequeños, las empanadas de carne. Sin dudarlo, mi madre come una empanada, la saborea, se deleita, y enseguida come una más, y dice que está deliciosa. Cuando se dispone a comer la tercera empanada, uno de sus hijos, el atleta, se enoja con ella, retira bruscamente la fuente de empanadas y la amonesta con severidad: ¡Cómo se te ocurre comer tres empanadas seguidas, mamá! ¡Es muy malo para tu salud! ¡Ya basta de comer empanadas, por Dios! Entonces otro de mis hermanos, el más culto de todos, se enfada con mi hermano atleta, que le ha prohibido a nuestra madre comer una empanada más: ¡Eres un ridículo! ¿Quién te has creído para prohibirle a mamá que coma una empanada? Entonces mi hermano culto acerca la fuente de empanadas a nuestra madre, sin contar con la reacción virulenta de mi hermano atleta, que de un solo golpe arroja las empanadas al piso, mientras algunos observamos la escena con estupor. ¡Estas empanadas son pura grasa!, dice mi hermano atleta, y nuestra madre suelta entonces una carcajada gloriosa, que disuelve la tensión del momento. Cuando mi hermano culto llega a su casa, descubre que mi hermano atleta lo ha bloqueado en sus redes sociales. Todo por una empanada.
CINCO
Mi amigo, el periodista argentino, es también amigo del presidente de su país. El portero del edificio donde vive el periodista argentino tiene un apellido parecido al del presidente de la nación. Una mañana el periodista argentino despierta y, antes de darse una ducha, leer las noticias y salir a la radio, descubre que tiene la terraza inundada por una filtración del piso de arriba. Entonces le escribe al portero del edificio: Tengo la terraza llena de agua, por favor vení cuanto antes a secarla. Como escribe deprisa y envía el mensaje de texto sin detenerse a corregirlo, no advierte de que está enviándoselo no al portero del edificio, sino al presidente de la nación, su amigo, quien lee el mensaje del periodista argentino: Tengo la terraza llena de agua, por favor vení cuanto antes a secarla. El presidente coge el teléfono móvil y llama a su amigo: ¿En serio querés que vaya a secar el piso de tu terraza? Abochornado, el periodista argentino le dice: No, me equivoqué, mil disculpas, el mensaje no era para vos. Sin embargo, el presidente sale de la casa de gobierno, se dirige al edificio donde vive su amigo, el periodista argentino, y al llegar lo sorprende: Traje unos trapeadores, ¿secamos juntos la terraza? Luego se funden en un gran abrazo.
January 11, 2026
La niña que cuidaba a sus padres
UNO
Una mujer de cuarenta años, madre de una niña de siete, se siente tan desdichada, tan incomprendida, que decide quitarse la vida. No le dice a su esposo, abogado de un banco, que ha resuelto suicidarse. Se lo dice a su hija. Tendida en su cama, la mujer llama a la niña, le muestra unos frascos de pastillas y le dice que va a tomar esas pastillas porque necesita dormir. Le dice a su hija: me voy a dormir y ya no voy a despertar más, porque estoy cansada de vivir. La madre llora al despedirse de su hija. La niña no sabe qué hacer para impedir que su madre tome esas pastillas que la dormirán para siempre. La madre le dice a su hija: debes ser fuerte, debes cuidar a tu papá, debes sacar buenas notas en el colegio. La niña le dice: no quiero que te duermas, no quiero que te vayas, no me dejes sola. La madre toma las pastillas, mientras su hija la observa, pálida, sollozando, temblando de miedo. La madre quiere a su hija, pero no desea seguir viviendo, está desesperada por descansar. La niña se siente culpable de que la madre prefiera irse a dormir para siempre, antes que seguir viviendo con ella. La madre se hunde en un sueño mórbido, profundo. Desolada, la niña llora a su lado, sin saber qué hacer. Luego se tiende al lado de su madre y trata en vano de conciliar el sueño. Al día siguiente, la madre despierta. Ha querido matarse, pero no lo ha conseguido. La niña vivirá con esa culpa el resto de su vida.
DOS
Un abogado de un banco se aburre en su trabajo. Aunque le pagan bien, no es rico. Divorciado, padre de tres hijos, no ve con frecuencia a su exesposa y a los niños porque se han mudado a otro país. El abogado ha vuelto a casarse. Su esposa trabaja en una compañía de autos importados y gana más dinero que él. Sin embargo, es depresiva, no desea seguir viviendo. Ambos tienen una hija de siete años. El abogado aguarda con impaciencia los fines de semana para escaparse al club de playa. No va con su esposa y su hija, prefiere ir solo a reunirse con sus amigos. El abogado encuentra la felicidad en el club de playa con sus amigos. Juegan partidos de frontón, sudan copiosamente en la sauna y luego toman hasta emborracharse. Tarde en la noche, el abogado llega a su casa. Su esposa duerme o trata de dormir con pastillas. Su hija, la niña de siete años, lo espera. El padre está tan borracho que a duras penas puede caminar. La niña lo lleva a su habitación, le quita la ropa delicadamente, toda la ropa, incluso la ropa interior, y luego le pone la ropa de dormir, lo ayuda a echarse en la cama y le da las buenas noches. La niña ve a su madre durmiendo y sabe que ella preferiría no despertar más. La niña ve a su padre con hipo, tratando de conciliar el sueño, y tiene miedo a los comentarios mordaces, cáusticos, que él se permite decirle cuando está borracho. La niña piensa que su deber es cuidar a sus padres. Si no los cuido, se van a morir, piensa.
TRES
Al salir del colegio todas las tardes, un joven de quince años se dirige al centro de la ciudad y trabaja en un periódico de derechas. Si bien le gustan las mujeres, no se ha inaugurado sexualmente. Sus amigos del periódico, mayores que él, lo llevan a un burdel. El joven trata de copular con una prostituta. No lo consigue. Fracasa. Queda traumado. Guarda el secreto. Abrasado por una duda quemante, atormentado por el mal recuerdo, el joven se pregunta si le gustan las mujeres. Por eso se obliga a tener sexo con una mujer. No se atreve a volver al burdel. No puede hablar de esa herida con sus padres porque son muy religiosos. El joven vive con sus abuelos y tampoco se anima a contarles que está angustiado porque no ha podido aparearse con una prostituta. Leyendo los avisos del periódico, averigua que hay una casa de masajes en un barrio acomodado de la ciudad. Tímido, ensimismado, acude solo a esa casa de masajes. Quiere pagarle a una mujer para fornicar con ella, aun si no le resulta atractiva. Quiere sentirse un hombre, saberse un hombre. A pesar de que es un adolescente, lo reciben en la casa de masajes, le asignan una mujer de apariencia extranjera y pasa a una habitación. La masajista apaga las luces, lo desnuda, lo tiende en una camilla, lo cubre con una toalla y lo acaricia. Por fin el joven se relaja y experimenta cierto placer. La masajista logra complacerlo. Una vez que concluye la breve sesión de caricias íntimas, el joven se siente orgulloso. Si bien no ha poseído a la masajista, ha conseguido terminar en sus manos diestras. Le da una buena propina, se despide de ella con un beso en la mejilla. Al salir de la casa de citas, el joven se encuentra en la puerta con su padre, banquero, coleccionista de armas, cazador de animales. El padre no le pregunta a su hijo qué hace allí. Lo mira con orgullo y le dice: Mi cachorro, eres un machazo. El joven sonríe sin saber qué decir. Su padre le dice: Esto no ocurrió, tu madre nunca se va a enterar de esto. El joven responde: Claro, por supuesto. Luego se aleja, caminando deprisa. Siente que se ha quitado un peso de encima.
CUATRO
El político quiere ser presidente, ha querido ser presidente toda su vida. Ha sido periodista, ha publicado algunos libros, siente que su destino es ser presidente de su país. Está casado con una señora de alta sociedad, tienen hijos, son razonablemente felices. Nadie sabe con certeza en qué trabaja el político, pero se permite un buen pasar. Llega el fin de semana y la familia se dispone a salir rumbo a la casa de playa. El político le dice a su esposa que prefiere quedarse en casa, encerrado en su biblioteca, escribiendo un ensayo. La esposa sube a la camioneta con sus hijos y se dirige a la playa. De inmediato, el político llama por teléfono a una prima de su esposa y le dice que ya está solo. Sin perder tiempo, la prima conduce hasta la casa del político. Tan pronto como la prima toca el timbre anunciando su llegada, el político interrumpe su trabajo intelectual, la recibe, la lleva el dormitorio, la despoja de su ropa y se dispone a amarla en la cama matrimonial donde suele dormir con su esposa. No imaginan el político y su amante, la prima, que la esposa, dirigiéndose a la playa, descubre que ha olvidado un bikini que deseaba ponerse, y por eso regresa deprisa a su casa. Al entrar en su dormitorio, descubre a su esposo y a su prima desnudos, besándose en la cama. Con notable elegancia, la señora guarda silencio, se sienta en la sala y espera a que su prima se retire sin decir palabra. Luego su esposo, el político, ya vestido, se acerca a ella y le dice: No es lo que parece, no ha pasado nada, solo estábamos meditando, era un encuentro espiritual. Pasado un tiempo, la esposa perdona al político. Está segura de que él será presidente. Y ella quiere ser la primera dama.
CINCO
La niña de siete años crece cuidando a sus padres. Su madre no llega a suicidarse. Su padre deja de tomar bebidas alcohólicas. La niña es ahora una adolescente. Ama los deportes. Es futbolista, tenista, karateca. Le gustan los chicos, pero más le gusta su profesora del colegio. Con apenas catorce años, le confiesa a su profesora que está enamorada de ella. La profesora le explica con paciencia y ternura que no pueden besarse porque la echarían del colegio y terminaría en la cárcel. La adolescente siente entonces que nadie la quiere: ni su madre, ni su padre, ni la profesora. Vivirá el resto de su vida con esa culpa, esa tristeza, preguntándose cómo habría sido su vida si la profesora hubiera correspondido su pasión amorosa. Cuando cumple dieciocho años, conoce al hombre que a los quince años fracasó en el burdel. Es ahora un periodista famoso. Aunque tiene éxito y es rico, toma muchas pastillas para dormir con la malsana esperanza de no despertar más. La joven y el periodista se enamoran. La joven le promete que, así como cuidó y salvó a su madre y a su padre, ahora va a cuidarlo y salvarlo a él. Quince años después, la joven y el periodista siguen amándose. Increíblemente, son felices.
El vuelo del pelícano triste
En un vuelo nocturno a Buenos Aires, mi esposa me dio la buena noticia de que por fin había tenido la regla y no seríamos padres nuevamente. Conmovido, me puse de pie y la abracé. Me sentí aliviado, como si me hubieran quitado un peso de encima, y luego jubiloso, eufórico, como si hubiera ganado la lotería. No quería ser padre por cuarta vez, a los sesenta y un años. No tengo ya fuerzas para comenzar de nuevo. Tengo planeado morir a los setenta años, como muy tarde. Ser padre sin desearlo, a esta edad otoñal, me parecía una locura, un salto al vacío. Peor aún, cuando hacía números, calculando el costo de ser padre otra vez, y sumaba el colegio y la universidad de una nueva hija, las cifras eran cuantiosas. La escuela privada de mi hija menor me cuesta sesenta mil dólares al año, y las universidades privadas a las que asistieron mis hijas mayores me costaron setenta mil dólares al año cada una, y una de mis hijas, la mayor, estudió dos carreras. Al final de cuentas, traer al mundo una nueva vida, por accidente o por descuido, acabaría por costarme, cuando menos, un millón de dólares. La regla tardía que le sobrevino a mi esposa en el avión de noche me ahorró ese dinero, además de muchos dolores de cabeza. Por eso llegué encantado a Buenos Aires, como si hubiera recibido un gran regalo en vísperas de las fiestas navideñas, el regalo de preservar ciertos espacios de libertad, ciertas zonas de bienestar, que habría perdido siendo padre.
Era un domingo por la mañana, salimos deprisa del aeropuerto y el tráfico fluyó sin tropiezos ni sobresaltos. El chofer no paraba de hablar y me daba información turística como si yo no conociera la ciudad. Yo lo dejaba hablar. No quería interrumpirlo, ser brusco, desairarlo. He venido muchas veces a Buenos Aires. He vivido en Buenos Aires. He grabado programas en Buenos Aires. Me he enamorado en Buenos Aires. He comprado departamentos en Buenos Aires. He organizado fiestas en Buenos Aires. Sin embargo, el chofer me hablaba como si fuese un advenedizo, un recién llegado, y yo estiraba las piernas y lo oía a lo lejos, pero sin escucharlo, sin prestarle atención.
A finales de diciembre, aprovechando un tipo de cambio favorable, muchos de quienes viven en Buenos Aires se van al mar, o tan cerca del mar como pueden: los más pudientes, a las playas uruguayas, y los no tan pudientes, pero acomodados, a las playas brasileñas y chilenas, y a las frías, desangeladas playas argentinas. Me he bañado en los mares de Pinamar, de Cariló, de Mar del Plata, y mi magra contextura de pelícano triste se ha estremecido, aterida, por culpa de aquellas aguas heladas, casi tan gélidas como las de Zapallar y Cachagua, en Chile. Acostumbrado como estoy a las playas de Miami, donde vivo hace tres décadas, los mares argentinos me tensan de frío, me dejan trémulo y pasmado. Por eso nos hemos alejado de las playas de Miami, tan cerca de nuestra casa, pero no para refrescarnos en las aguas congeladas del coño sur, sino para pasar unos días caminando por las calles despobladas de Recoleta, bajo un calor suave, agradable, a ratos interrumpido por un viento bienhechor.
Como yo dormía hasta las cuatro de la tarde hora argentina, mi esposa y nuestra hija adolescente pasaban la mañana y las primeras horas de la tarde en la piscina al aire libre del hotel, en tumbonas a la sombra, atendidas por unos camareros guapos, atentos, serviciales, que llevaban bebidas espirituosas para la señora y jugos de frutas para la señorita. A las cuatro y media de la tarde, ya sabiendo cómo me llamaba y en qué ciudad me encontraba, yo bajaba al spa del hotel con un traje de baño y un cronómetro, y me deslizaba sigilosamente en el cuarto de vapor, y me sometía a tres sesiones de diez minutos cada una, transpirando copiosamente, como una bestia. Cumplida esa rutina de purificación, salía a la piscina y pedía bananas y jugos de mango. Las aguas de la piscina me recibían a una temperatura perfecta, ni fría ni cálida, sabiamente regulada. No hay un hotel en el barrio de Recoleta, y tal vez en toda la ciudad, que ofrezca una piscina tan agradable como la del Four Seasons. Desde que me enamoré de Buenos Aires a los dieciocho años, he dormido muchas noches en el noble y señorial hotel Alvear, pero si uno quiere disfrutar de una piscina en exteriores, a cielo descubierto, sin duda el Four Seasons es la mejor opción, aunque algunos bañistas confianzudos, procedentes de la ciudad donde nací, me pedían fotos al pie de la piscina o, peor aún, dentro de ella.
Tras grabar el vídeo diario en mi suite y subirlo a YouTube a las apuradas, salíamos a cenar, ya de noche. Me inauguro a continuación como crítico gastronómico: Elena, muy bien; Fervor, sobresaliente (el puré de manzana es como un postre anticipado); Alvear Grill, excelente (una maravilla la milanesa con tallarines); Nuestro Secreto, bien; Palacio Duhau, bien (atención a la sopa de calabaza); Presencia, inaugurado hace pocos meses por una pareja de holandeses, excelente (aunque el pollo orgánico no trae pechuga, menuda decepción). Para comer algo de paso a media tarde, el bar del hotel Alvear y la cafetería de Presencia superaron a otros competidores, aunque Josephina’s, al final de la calle Parera, no defraudó.
No pocos peatones, paseantes y vecinos de Recoleta me reconocieron, me saludaron con afecto, me pidieron fotos y hasta me dieron consejos. Algunos, desbordados de cariño, me riñeron por no estar más en la televisión argentina. Una señora en el bar del Alvear me dijo: Te has desaparecido de mi televisor y te has metido en mi celular. Le prometí que pronto volveré a introducir mi magra contextura de pelícano triste en su televisor. No sé si me creyó. La verdad es que no depende de mí. Como soy un bobo sentimental, quiero seguir haciendo televisión convencional, a la antigua, pero los canales ya no saben quién soy, y si lo saben, prefieren olvidarlo. Un productor argentino, de nombre Gustavo, me escribió y propuso un programa. Le respondí con entusiasmo. Al día siguiente me escribió: Mis jefes no aprobaron el proyecto. De nuevo, como en la ciudad del polvo y la niebla, donde me ofrezco a los canales de aire sin que nadie responda, me sentí desilusionado. Seguiré haciendo un programa heroico en Miami, mientras buenamente pueda, además de mi pequeño canal de YouTube.
No todos los momentos en Recoleta fueron felices. Hubo noches contrariadas, que se torcieron y nos hicieron discutir y llorar. Vimos una película perturbadora, Mátate amor, que me pareció insufrible. Vimos otra película violenta, Bugonia, que hizo llorar a nuestra hija. Por suerte, gracias a la generosidad de sus directores, pude ver, en exhibición privada, Homo Argentum, y quedé maravillado: qué gran actor es Francella, todos los argentinos caben en Francella, joder.
Pero el momento más triste del viaje nos asaltó de pronto, una noche aciaga, viendo vídeos musicales en la suite de mi esposa y nuestra hija: ellas pusieron vídeos de Rosalía (vimos La Perla varias veces), y luego nuestra hija pidió Vienna, de Billy Joel, y enseguida yo gocé con Puerto Madero, del gran Kevin Johansen, y mi esposa eligió un par de canciones de Billie Eilish. Poco después, mi esposa quiso complacerme con varias canciones del cantante libanés y británico Mika. Entonces ocurrió una pelea tremenda, inesperada: nuestra hija dijo que odiaba las canciones de Mika y que le molestaba en particular vernos cantar esa linda canción gay que es Billy Brown. De pronto enojada, me preguntó en tono inamistoso si yo era gay y le preguntó a su madre si era lesbiana. Todo se fue al carajo: mi esposa le dijo a nuestra hija que era más homofóbica que mi madre misma, una venerable señora del Opus Dei, al tiempo que yo me retiraba deprisa, refugiándome en mi suite, mientras ellas peleaban a gritos. Era el 24 de diciembre, Nochebuena, y yo no estaba en Lima con mi madre, como hubiera querido, sino en Buenos Aires, oyendo a lo lejos cómo mi esposa y nuestra hija discutían por ciertas canciones de Mika, traspasadas de sensibilidad gay. Quedé profundamente triste, afligido, descolocado. Sentí que me encontraba en el lugar equivocado. Me prometí que la próxima Nochebuena la pasaría con mi madre, aunque mi esposa y nuestra hija se opusieran. Me puse a leer una novela para no llorar. Después abrí la tableta electrónica y, como no podía dormir, me rebajé a la miseria moral de ver gente desnuda, lo que me dejó más triste todavía, avergonzado de mí mismo y en cierto modo arrepentido de haber viajado a Buenos Aires a pasar las fiestas navideñas.
Y todo por culpa mía
Amarnos sin protección fue culpa mía. Hace pocas semanas, de visita en Nueva York, en vísperas de una fiesta familiar, mi esposa y yo, que habíamos tenido una pelea feroz por unas licencias suyas que me parecieron excesivas y desataron en mí la fiebre de los celos, nos reconciliamos como suelen ser las reconciliaciones, de un modo súbito y apasionado, ya de madrugada, y a pesar de que ella me previno de que estaba con la regla y procuró refrenarme, hicimos el amor sin protección. La noche siguiente asistimos a la boda de mi hija, mientras yo pensaba que, por calentón, por bobo y sentimental, por amar temerariamente a mi esposa, tal vez ella estaba ya en su primer día de embarazo.
El domingo, todavía en Nueva York, mi esposa, concluido su período, deslizó suavemente el anillo protector en sus partes privadas y me dijo que ya podíamos amarnos sin correr riesgos de volver a ser padres. Pero yo estaba seguro de que estaba embarazada. Así se lo dije: te aseguro que cuando te saques el anillo en unas semanas, no te vendrá la regla. Ella se rio, lo tomó a la ligera y me dijo: yo conozco bien mi cuerpo y estoy segura de que no estoy embarazada. Unos días más tarde, llegando a la isla de Miami en que vivimos, acudí a la farmacia y pedí la píldora del día siguiente, pero el boticario me aconsejó que mi esposa no la tomase porque, pasada una semana desde la osadía amatoria, ya no hacía efecto.
Como habíamos hecho el amor en el hotel Carlyle de Nueva York, les dije a mi esposa y a nuestra hija adolescente que el bebé, fuese mujer o fuese hombre, se llamaría Carlyle, pero la idea no les hizo gracia y fue desestimada por ellas. Enseguida mi esposa dijo que no estaba embarazada, mi hija dijo que no quería tener un hermano ni una hermana más y yo dije que la otra noche había soñado que mi esposa daría a luz en nueve meses a una niña.
Semanas después, cuando mi esposa se retiró el anillo protector y aguardó a que le viniera la regla, sospeché que los hechos consumados me darían la razón y que, tratándose de mí, tan calentón, tan bobo y sentimental, la regla sería que no le viniera la regla, y la excepción a la regla sería que le viniera la regla. Presentía que bien pronto habría de confirmarse que volveríamos a ser padres, y todo por culpa mía. Mi esposa se reía, se burlaba de mis crisis nerviosas, me pedía que me calmase, me relajase. Pero yo no podía relajarme. Yo temía que volvería a ser padre a la edad improbable de sesenta y un años, siendo ya padre de tres hijas grandes.
La verdad es que yo no quería ser padre nuevamente. En lugar de ilusionarme, la idea me resultaba abrumadora. Sin embargo, por amor a mi esposa, por devoción a su cuerpo, por respeto a una vida nueva, no pensaba pedirle que abortase. Mi esposa me dijo que no quería volver a ser madre, que estar nueve meses embarazada le parecía una pésima idea, que volver a parir le daba mucha flojera, que tener un bebé en la casa recortando nuestras libertades era lo último que hubiera deseado. No obstante, aclaró, si estaba embarazada, de ninguna manera podría abortar, por amor al bebé y por amor a mí. Defensores de que el aborto fuese siempre una facultad legal en el primer tramo del embarazo, mi esposa y yo descubrimos de pronto una verdad maciza, no negociable: nos queríamos tanto que, por razones puramente sentimentales, no abortaríamos y, con temores comprensibles, volveríamos a ser padres, teniendo ya una hija adolescente, cerca de cumplir quince años.
El día que debía venirle la regla a mi esposa, un martes de diciembre, no se presentó ese alivio, aquel desahogo, y entonces la tensión creció en mi cabeza y mi corazón. Yo procuraba fingir que todo estaba bien, que no pasaba nada, pero en verdad estaba aterrado. Al día siguiente, miércoles otoñal, y a pesar de que yo rezaba pidiendo que le viniera la regla, mi esposa me dijo, al final del día, tendidos en la cama, que seguía atrasada en su período. Te aseguro que estás embarazada, lo he vuelto a soñar, afirmé. Luego añadí: y no será mi primer hijo hombre, será mi cuarta hija mujer. De pronto preocupada, mi esposa me preguntó: ¿Prefieres que aborte? Respondí: no, de ninguna manera. Ella volvió a preguntar: Y si sabemos que es mujer, ¿quieres que aborte? Respondí: no, de ninguna manera. Luego añadí: en ciertas culturas, la fortuna de una familia la define la hija menor, ¿qué tal si nuestra hija resulta una estrella y nos hace inmensamente felices?
Al día siguiente, jueves de ansiedad creciente, tampoco le vino la regla, el desembarazo, y era ya bastante desusado que su período se retrasara tres días. Mientras cumplía las tareas habituales del día, yo pensaba todo el tiempo, obsesivamente, hundido en el pesimismo: joder, voy a ser padre, qué desastre, qué catástrofe, y ahora cómo hago para salir vivo de todo esto. Curiosamente, mi esposa estaba tranquila, relajada, contenta, y no parecía asustada en modo alguno. En cambio, yo, tan cobarde como egoísta, me encontraba aterrado. Pensaba: amo a mi esposa, tengo salud, tengo dinero, vivo en una casa grande, no debería darme tanto miedo volver a ser padre a los sesenta y un años. Sin embargo, la noticia del posible embarazo me había sentado fatal, casi como si me hubieran dicho: estás enfermo y vas a sufrir.
Esa noche, al volver de la televisión, le pregunté a mi esposa si había novedades y me dijo que no. En realidad, respondió: todavía no. Yo le dije: no te hagas ilusiones, mi amor, estás embarazada. Luego le conté algo que acababa de ocurrirme: al volver de la televisión, conduciendo la camioneta a las once de la noche, subiendo el puente de camino a casa, de pronto vi algo que me pareció insólito, bello, surreal: un pequeño pato amarillo cruzando la autopista, sin saber que se jugaba la vida. Entonces hice una maniobra brusca y evité pisarlo, pero vi por el espejo retrovisor que el patito se detuvo, asustado, y fue arrollado por un auto. La muerte de ese polluelo de pato me dejó llorando y, al contársela a mi esposa, aún consternado, le dije: los dioses pusieron a ese patito en mi camino para recordarme que nuestro bebé es como un patito al que no podemos matar. Luego, increíblemente, mi esposa me contó otra historia de final trágico: esa misma mañana, cuando ella manejaba deprisa al gimnasio, hacia las nueve, de pronto una ardilla cruzó la calle, mi esposa frenó, pero ya era tarde y la atropelló, dejándola sin vida en el pavimento. Llegamos entonces a la misma conclusión: los dioses nos habían enviado al patito y a la ardilla para decirnos que en ningún caso debíamos abortar a nuestra hija.
Resignados a que volveríamos a ser padres, llegó el viernes y la esperada regla tardona tampoco se presentó para salvarnos de tantas angustias, preocupaciones y desasosiegos. Yo no tenía dudas, lo supe desde aquella noche en Nueva York, mi mujer estaba embarazada. El viernes a medianoche le di una mala noticia, antes de irnos a dormir: el canal me pagará la mitad el próximo año, creo que en unos meses voy a renunciar. Luego sumé otra desventura: nuestros ingresos han bajado bastante. Entonces me animé a decirle: cuando nazca nuestra hija, que será mujer, volveremos a contratar a una nana para que nos ayude, y no viajaremos a ninguna parte en los primeros cinco años de nuestra hija, porque no queremos alejarnos de ella ni viajar con ella, y cuando esté en edad de ir al colegio, irá a la escuela pública, porque los colegios privados son demasiado caros. Mi esposa estuvo de acuerdo, salvo en lo de no viajar. Nuestra hija puede quedarse con la nana y viajamos tranquilos, sugirió. De ninguna manera, le dije. Luego afirmé: nos hará bien no viajar unos años, ahorraremos mucha plata, y además estoy cansado de viajar. ¿Y cómo va a llamarse nuestra hija?, preguntó mi esposa, de pronto ilusionada. Carlyle, respondí. Carlyle Bayly. Y si es hombre, también.
Ir al paraíso, donde nadie me espera
Mi hija recién casada le escribió un correo a mi esposa, una nota escueta y al parecer suspicaz, preguntándole por qué, al regalarles a ella y a su flamante esposo unos relojes de una casa francesa al día siguiente de su casamiento en Nueva York, no les habíamos entregado los obsequios en las cajas rojas de esos relojes de pulsera, sino en unos estuches pequeños del mismo color. Tras leer el correo, mi esposa y yo llegamos a la conclusión de que, si mi hija reclamaba las cajas de los relojes, tal vez sospechaba maliciosamente que esos relojes no eran nuevos, sino usados, y por eso los entregamos en estuches y no en cajas. No tardé entonces en escribirle a mi desposada hija, diciéndole que los relojes eran nuevos, por supuesto, y que no los llevamos en sus cajas originales a Nueva York porque abultaban demasiado en nuestros equipajes de mano. Mil disculpas, le dije. No pensé que las cajas eran importantes, añadí. Sin replegarse, mi hija me pidió que por favor le enviase las cajas. Antes de despacharlas por correo, le hice llegar la factura de la casa francesa que consignaba la compra de esos relojes, para dejar constancia escrita de que eran nuevos. Días después, fui al correo y le envié las cajas vacías. No sé si las ha recibido. No ha vuelto a escribirme. Ahora tiene los relojes, los estuches y las cajas, además de la factura, por si quiere cambiarlos o hacerles enmiendas. Lo que me dejó pensativo: si los relojes hubiesen sido usados, y sin embargo vendidos con garantías, ¿eso necesariamente descalificaba el regalo y lo convertía en una operación tramposa o amañada? ¿Regalar un reloj usado es algo de mal gusto y que agravia al destinatario del obsequio? Y finalmente quedé con el sinsabor habitual que deja la paternidad: uno hace lo mejor que puede, pero siempre es insuficiente cuando son los hijos quienes nos juzgan. En lugar de apreciar los relojes, recelan por la ausencia de sus cajas y piden pruebas de que estas existen. Ser padre es entonces aprender a perder.
Mi hija mayor todavía no casada, que se ha graduado en dos universidades que pertenecen a la selecta liga de las más elitistas en este país, que ejerce como abogada en un estudio de gran prestigio, que con apenas treinta y dos años despacha en una oficina espectacular con secretaria privada, que no cesa de asombrarme por su inteligencia, su ambición y su ética de trabajo, me pidió que le consiga un boleto aéreo para viajar en vísperas de las fiestas de fin de año. El pequeño detalle es que no desea pasar las fiestas conmigo, pues prefiere compartirlas con su madre, mi exesposa. La entiendo perfectamente. Ella vino al mundo gracias a su madre y a pesar de mis dudas y temores tan cobardes como egoístas. Por eso está bien que celebre la vida con su madre, quien supo protegerla en las circunstancias más adversas. Por eso apruebo que pase las navidades y el nuevo año con su madre. Por eso no dudé en comprarle el billete aéreo en la mejor clase, el mejor asiento. Ser padre es entonces aprender a perder.
Mi esposa, una mujer joven, de treinta y siete años, apenas un lustro mayor que mi primera hija, no quiere viajar a pasar las fiestas con sus padres. Nuestra hija menor tampoco se declara urgida por visitar a sus abuelos. Ya los veremos en marzo, me dice. Yo sí quería viajar a esa ciudad porque echo de menos a mi madre, a quien no veo hace meses, y me gustaría pasar la nochebuena con ella, inspirado por su bondad. Sin embargo, hay nubarrones en el horizonte y por eso me temo que no viajaremos a la ciudad del polvo y la niebla. La primera y más inquietante nube gris es que están construyendo dos edificios al lado de mi apartamento en aquella ciudad y meten una bulla endemoniada desde las ocho de la mañana, lo que no me dejaría dormir. El otro nubarrón oscuro, preñado de tempestades, es que estoy enemistado con tres de mis siete hermanos y la idea de compartir la cena de nochebuena con ellos me alerta de unos peligros no menores: pasados de copas, podrían darme un sopapo, o propinarme un rodillazo en las pelotas, o empujarme a la piscina, y entonces la noche acabaría torciéndose. Al final, mi esposa y nuestra hija han ganado la votación familiar y han resuelto que pasaremos las fiestas en Buenos Aires, el paraíso donde nadie nos espera, donde seremos libres y acaso felices. Ser padre es entonces aprender a perder. Lo siento por mi madre y por mis suegros, a quienes echaré de menos. Ya nos veremos en marzo, si llegamos a marzo.
Yo tengo sesenta años cumplidos y no sé si llegaré a los setenta. Cuando debo tomar una decisión más o menos importante, me pregunto qué haría si tuviese la certeza de que moriré en diez años. Recordar la creciente proximidad de la muerte me ayuda a elegir mejor las cosas que quiero hacer, los libros que debo escribir, los viajes aún pendientes, los pequeños actos de valor a los que todavía no me atrevo. Mi hermana falleció antes de cumplir sesenta años. Mi padre murió con setenta y un años. Mi abuelo paterno no llegó a cumplir ochenta años. El legendario tío Bobby, el hombre más inteligente de la familia, se apartó para siempre de su velero Finisterre con apenas setenta y cinco años. Es decir que la historia de mi familia me advierte de que probablemente no llegaré a ser un octogenario. Cuando recuerdo estas cosas, cuando leo los obituarios en el periódico, cuando presiento la cercanía de la muerte, de pronto me digo que sería un error no pasar la nochebuena con mi madre, un error que aún estoy a tiempo de corregir.
La verdad es que estos últimos días la muerte se me ha aparecido más viva que nunca, dándome señales de que sigue gozando de plena, fantasmal salud. Un amigo del colegio, que ahora vive en Ginebra, a quien visité el año pasado, tiene cáncer, lo que me ha dejado consternado. Un veterano colega de la televisión, que compartió estudio conmigo durante muchos años, pues presentaba un programa a las ocho de la noche, una hora antes de que comenzara mi programa, y que fue cesado por esa televisora el año pasado, ha anunciado que tiene cáncer y se ha retirado de la vida pública. Un amigo entrañable, camarógrafo de ese canal de televisión, que trabajó conmigo más de quince años, y que me daba sabios consejos sobre política y sobre la vida misma, unos consejos que yo agradecía regalándole botellas de whiskey, acaba de morir estos días, a pesar de que era fuerte como un toro y noble como un árbol centenario: cómo se alegraba el querido chino cuando yo criticaba al presidente rubicundo que no gozaba de sus simpatías.
Si me dijeran que me quedan diez años de vida, trataría de ser más valiente y menos tonto. Pasaría más tiempo con mi madre y menos tiempo viajando. Renunciaría mañana mismo al canal de televisión. Seguiría grabando videos para mi canal personal, pero no hablaría de política, qué pereza. Publicaría las novelas inacabadas sobre el tío billonario y sobre la sagrada familia en que me tocó nacer. Publicaría dos libros de cuentos que guardo en mis archivos. No me exhibiría en ferias de libros ni en firmas de libros. Pasaría a la clandestinidad. No apoyaría a ningún político, no iría a votar, procuraría mirar por encima de la política, vil oficio que es un pugilato de enanos acanallados, una riña liliputiense, una bronca de bellacos, bobos y bribones. Trataría de amistarme con mis tres hermanos inamistosos. Haría grandes regalos, sin retirarlos de sus respectivas cajas, faltaba más, a mis hijas. Pagaría por un pedazo de tierra en el cementerio donde enterraron al tío Bobby y a mi abuelo materno, que fue como un padre para mí. Compraría un apartamento en la capital argentina, a ser posible en la calle en honor al músico español Blas Parera, en Recoleta, cuyo himno me conmueve desde que era un niño. Y esperaría la muerte escribiendo todos los días y rogando a los dioses que, si hay una vida más allá, y si mi padre sigue enojado conmigo, casi mejor que no me reúnan con él, sino con el tío Bobby, para darle el abrazo que quedó pendiente, y para llegar luego al paraíso, donde nadie me espera.
Cómo jugar polo con caballos enanos
Cuando nos retiramos del hotel en Nueva York, me enviaron por correo electrónico la cuenta de la suite que ocuparon mi esposa y nuestra hija adolescente, pero no la factura de la suite en que yo dormí a solas, roncando como un oso en invierno. Mientras esperábamos en el aeropuerto el vuelo de regreso a casa, le dije a mi esposa: Estos bobos del hotel me han cobrado tu suite, pero no la mía, qué maravilla, qué suerte tengo. Estaba ilusionado porque los abultados gastos en restaurantes, bares, peluquerías y masajes del hotel los había cargado a mi suite. Si por error los recepcionistas del hotel omitían cobrarme esa suite, ahorraría un dinero no menor. Soy tan tonto que pensaba: es un regalo de los dioses por haberme portado bien en la boda de mi hija, celebrada esos días de otoño en aquella ciudad. Una semana después, llamé a la tarjeta de crédito y pregunté por mis gastos recientes en Nueva York. Por supuesto, el hotel me había cobrado las dos suites, todo, incluyendo los banquetes y los saraos, las ostras y el caviar, la champaña y el vino, los peinados en forma de suflé y los masajes. Aunque estaba en pleno derecho de cobrarme por esos servicios correctamente prestados, yo sentí que el hotel había sido descomedido al cargarme una cuenta que, de pronto maravillado por mi buena fortuna, ya pensaba no pagar.
Antes de irnos de Nueva York, me reuní en el bar del hotel, en un ambiente privado, con mi hija recién casada, a solas los dos. Ella pidió champaña. Como yo no debo beber alcohol, me desquité comiendo: ordené un pan con queso a la plancha y sopa de tomate. Bajando la voz, en tono conspirativo, le pregunté a mi hija cuánto nos costaría la fiesta de casamiento que dará en unos meses, en Lima, la ciudad del polvo y la niebla, donde yo nací, pero ella no, pues vino al mundo en Miami, hace treinta años. Con buenos modales, me dijo que de eso podíamos hablar más adelante. Insistí en que me diera una cifra aproximada, tentativa. Cuando mencionó el monto, quedé mudo, empalidecí, me asaltaron espasmos y temblores. Es lo que gano en medio año en la televisión, pensé, con mezquindad, pero no se lo dije, porque no hallaba palabras para salir del mareo moral que me embargaba. Una vez que recuperé la voz, alcancé a decirle que si ya se había casado tan dichosamente en Nueva York, y todo había salido tan lindo, tan perfecto, tal vez no convenía casarse también en Lima, y no para ahorrarnos el dinero, qué ocurrencia, sino porque parecía imposible que la fiesta adicional en Lima fuese tan hermosa como la de Nueva York, una celebración preciosa, bella, insuperable, no solo porque reinó el amor y tuvo lugar en el hotel más refinado de la ciudad, sino porque, enhorabuena, yo no pagué nada. Mi hija me dijo que ya era tarde para cancelar las celebraciones suplementarias en Lima, pues las invitaciones se habían cursado y los convidados internacionales habían comprado sus boletos aéreos, y además le hacía ilusión esa segunda fiesta matrimonial o ese repechaje nupcial porque allá, en la ciudad del polvo y la niebla, tenía muchas amigas que no habían asistido a la boda en Nueva York. Le sugerí: por qué no les mandas fotos del evento en Nueva York y así se sienten en cierto modo invitadas, aunque sea tarde. Añadí: las segundas partes nunca fueron buenas. Con una sonrisa, ella dijo que de todas maneras se casaría en Lima, aunque no en una iglesia, sino en un club ecuestre del que, faltaba más, no soy socio.
Resignado entonces a pagar por la segunda fiesta matrimonial o secuela nupcial de mi hija recién casada, no me quedó más remedio que negociar avariciosamente con ella, tratando de rebajar todo lo posible la cantidad exorbitante que me había pedido. Le dije: bien sabes, hija mía, que no bebo alcohol, y que mi padre fue alcohólico, y que detesto a los borrachos, y por eso pienso que, si yo pagaré esa fiesta, prefiero no ofrecer alcohol, porque las bebidas espirituosas sacan lo peor de la gente, así que mejor ofrecemos limonadas, chicha morada, bebidas gaseosas y jugos de frutas. Mi hija me miró, perpleja, desconcertada, pensando que yo bromeaba. A continuación, le dije: lo que nos están cobrando por la comida es un abuso, mi amor, déjame que yo me ocupe de eso, tengo una amiga que trabajaba conmigo en la televisión y ahora se gana la vida haciendo bocaditos para fiestas de cumpleaños, no sabes lo ricos que son, puedo pedirle que nos haga panecillos con jamón y queso, pan con huevo frito, pan con chicharrón, y pan con palta, ¿qué te parece? Y que nos prepare, como en los santos infantiles, gelatinas rojas y amarillas, cancha dulce y salada, picarones y bizcochos de chocolate con una mínima adición de cannabis para que la gente esté bien contenta. Mi hija dijo entonces que ya había contratado a un amigo de la familia que organiza las fiestas más elegantes de la ciudad y prefería seguir tramando los detalles con él.
Por último, tratando de recortar los gastos, opiné que el banquete de bodas no debía celebrarse en el club hípico, sino en la casa señorial de mi madre. Ya hablé con mamá, está muy ilusionada, recuerda que no la invitaron a la boda en Nueva York, no quisiera romperle el corazón de nuevo, dije. Luego me permití añadir: además, mamá consigue a unos curas amigables que no nos cobran porque ella los mantiene por lo bajo, y también nos ofrece orquestas de cumbias y bandas de mariachis que ella contrata con frecuencia para sus fiestas. Levemente contrariada, mi hija me aclaró: no quiero un cura, papá, porque no nos casaremos por la religión, y no quiero cumbias ni mariachis, esa no es la música que vamos a bailar. Luego argumentó: además, en el club habrá un partido de polo, porque mi novio y sus amigos son polistas, y mis primos también. Derrotado, me replegué: ahí sí estoy frito, mi amor, porque en el jardín de mi madre no podemos jugar polo, pero mamá puede conseguir unos ponys y jugamos mini-polo, ¿te parece? Y así nos ahorramos el club, que nos está cobrando una fortuna.
Al final de cuentas, mi hija recién casada me dijo: Papá, es mi matrimonio, es mi fiesta, yo quiero dirigir todo, aunque sea más caro, y si no quieres pagar nada, no te preocupes, mi esposo y yo pagaremos la fiesta. Tocado en mi honor, di un respingo y exclamé: ¡No, hija mía, qué ocurrencia, yo pagaré todo! Luego, con gestos ampulosos, y tomando aire como si fuese a saltar en paracaídas, saqué mi billetera, extraje un cheque, escribí el nombre de mi hija, anoté el monto que me había pedido y lo firmé con aire triunfal, como si fuera un hombre rico que podía solventar aquella fiesta sin despeinarse. Mi hija me agradeció, me abrazó y me pidió que confiara en ella, que todo saldría de maravillas. Me sentí un buen padre, un padre generoso a pesar de todo. Había negociado de buena fe, procurando rebajar el costo de la parranda, pero ella había ganado, así que, al escribir el cheque para solventar la juerga bulliciosa en nombre del amor, firmé mi rendición, mi honrosa capitulación.
Sin embargo, en el vuelo de regreso a casa, le dije a mi esposa, bajando la voz, en tono conspirativo: Estoy tranquilo porque el cheque que le di a mi hija va a rebotar. Mi esposa se sorprendió: ¿No tiene fondos? Le dije: Sí tiene fondos, pero cuando el cheque es por una cantidad tan elevada, el banco me consulta, por seguridad, si apruebo o desapruebo que se realice la transacción. Le dije: Cuando el banco me pregunte, pulsaré la tecla roja de emergencia, marcaré NO, no apruebo la transacción, no apruebo el matrimonio en dos ciudades, no apruebo los gastos onerosos en bebidas alcohólicas, no apruebo el partido de polo, no apruebo nada, joder. Pero vas a quedar fatal con tu hija, no puedes hacerle eso, me dijo mi esposa. Le diré que fue un error del banco y que pronto le mandaré un nuevo cheque, me defendí. ¿Pero vas a pagarle la fiesta o no?, preguntó mi esposa. Respondí: Solo pagaré la fiesta si es en casa de mi madre, con curas amigos, orquestas de cumbia y mariachis, panes con huevo frito y chicharrón, y partidos de polo con caballos enanos.
La fiesta inolvidable
He sobrevivido a la boda de mi hija en Nueva York. Contra todo pronóstico, ella tuvo la generosidad de invitarme. Pensé que no me invitaría. No hace mucho me escribió un correo diciendo que estaba cansada de ser mi hija. Cuando escribió estoy cansada, quiso decir estoy decepcionada, o estoy frustrada, o estoy harta. ¿Por qué se había cansado de ser mi hija? Porque soy un padre desastroso, un padre ausente. Si bien he pagado toda su educación y todos sus gastos mientras ella cursaba estudios en una universidad privada de Nueva York, no he asistido a sus graduaciones del colegio ni de la universidad, no he participado en sus fiestas de cumpleaños, no he viajado con ella en los últimos veinte años y no hemos compartido las fiestas de Acción de Gracias y de Navidad. Por eso pensé que no me invitaría a su casamiento. Por suerte, me equivoqué. Además de invitarme, convidó también a mi esposa y a mi hija adolescente, dándome una lección de buenas maneras y amor a la familia.
Tenía miedo de viajar a Nueva York para acompañarla en su matrimonio. Desde joven he sido renuente a participar en esos eventos sociales. No me gusta asistir a una boda, prefiero acudir a honras fúnebres. Me he permitido la desfachatez de faltar a todas las bodas de mis hermanas y mis hermanos, ocho matrimonios en total, todos religiosos. No participo de esas celebraciones porque la felicidad desmesurada y la imprudente fe en el amor me provocan una tristeza profunda que, supongo, nace de la envidia. Como no voy a casamientos, ya nadie me invita cuando se casa. Yo mismo me he casado en dos ocasiones, y la verdad es que me costó bastante trabajo presentarme a la hora señalada, acompañado de la novia, en el despacho del juez. A punto estuve de cancelar la formalidad legal y salir corriendo, como si huyera de un incendio. Mi primer matrimonio duró cinco años y nos incineró a mi esposa y a mí. El segundo lleva quince años felices y sigue en pie. En ninguno de esos enlaces hubo ceremonia religiosa, pues soy agnóstico, ni fiestas para festejar el amor, porque sentía que, al contraer matrimonio, me había rendido y capitulado, perdiendo mi libertad. He sido un novio tan tarado que en ninguna de mis nupcias improbables llevé anillos ni testigos, y a la segunda asistí en pijama, lo que no es ilegal, y sin haberme bañado.
Mi hija y su novio no han querido jurarse amor eterno en una confesión religiosa, frente a un pastor iluminado y baboso, o un clérigo barbudo y casposo. Mi hija fue bautizada en la fe católica, aunque no ejerce dicho credo, porque, como yo, tiende a pensar que los dioses y las vírgenes son nobles invenciones humanas. Su novio pertenece a una familia judía de Nueva York, pero tampoco pidió casarse con apego a los rituales de esa religión. Para mí fue un alivio saber que no entraría en un templo católico llevando del brazo a mi hija. Temía que las almas pías allí presentes me abuchearan. También fue una buena noticia saber que no se casarían cumpliendo los ritos y las ceremonias de las bodas judías.
En lugar de casarse a la antigua, con pompa y boato y copas rotas, los novios eligieron una ceremonia breve y leve, genuina y conmovedora. No los desposó un juez. Mi hija mayor, abogada exitosa, recibió unos poderes especiales que el juez ausente le otorgó para unirlos en matrimonio. Los novios se casaron entonces ante la hermana mayor de ella y el hermano menor de él. Ellos, los hermanos, fueron las autoridades legales, los custodios espirituales. Ambos pronunciaron unos discursos preciosos, nacidos en la zona más cálida del corazón. No cayeron en el error de dar consejos y admoniciones morales a la pareja, ni decirles cómo debían amarse o conducirse en la vida conyugal. Antes bien, contaron historias divertidas sobre los novios. En un momento, la hermana mayor de la novia se emocionó tanto que su voz se quebró y derramó unas lágrimas. No pocos lloramos con ella.
Después de la ceremonia, mi hija mayor se esmeró en cuidarnos a mi esposa, a mi hija adolescente y a mí. Su dedicación en protegernos de cualquier mal rato, emboscada, desaire o riña verbal me pareció conmovedora. Me sentí orgulloso de ella, pues nos acompañó en todo momento y nos entretuvo con una conversación chispeante y apasionada. Tras firmar los novios la alianza matrimonial, mi hija mayor nos llevó al club nocturno de ese hotel. Me impresionó que todo fuese tan bello y refinado, tan discreto y elegante. El padre del novio había reservado el club para celebrar la boda. Debió de costarle una fortuna. Todo era perfecto: la música en vivo no era estruendosa y la banda tocaba hermosas canciones de amor, las luces tenues se apiadaban de nosotros los viejos, los camareros ofrecían comidas y bebidas deliciosas, el ánimo de los concurrentes era festivo, pero no ruidoso.
Yo estaba contento porque veía felices a mis tres hijas, y a mi exesposa, la madre de la novia, y a mi esposa. También me sentía encantado porque los bocaditos eran espléndidos y, cuando venía un camarero ofreciéndolos, yo retiraba de la bandeja no uno, sino tres o cuatro. Pero sobre todo me encontraba rebosante de felicidad porque no había pagado nada de nada. Sé más o menos lo que cuesta solventar una fiesta como esa. Después de zamparme un bocadito más, hacía los números y me daba vértigo pensar en lo que mi honorable consuegro había apoquinado para costear aquella fiesta inolvidable.
Tan contento estaba que saludé con cariño a toda la familia de la novia: a su madre, mi exesposa; a sus tías y a sus primos, todos tan guapos; a su abuelo materno, invicto al paso del tiempo. No estaban las abuelas: su abuela materna falleció no hace mucho, y su abuela paterna, mi madre, una adorable señora de ochenta y cinco años, no fue invitada, debido a su avanzada edad. La eché de menos, sentí su ausencia, imaginé cuánto habría gozado en esa celebración del amor.
Después de atacar los bocaditos con el apetito depredador de un tiburón, y dichoso porque no había pagado un céntimo, sugerí que debíamos marcharnos hacia las nueve de la noche. Ocurrió entonces un incidente que agrió las cosas. Le dije a mi hija mayor que no me iría de la fiesta sin despedirme de su hermana, la novia, y de su madre, mi exesposa. Caminé hacia ellas, abracé a la novia, le dije cuán orgulloso estaba de ella, y enseguida abracé a mi exesposa y le dije que era una gran mamá, que la felicitaba y que, si quería venir a cenar con nosotros, estaba cordialmente invitada. Mientras yo le susurraba esas palabras al oído, mi exesposa al parecer dirigió una mirada esquinada a mi esposa, torciendo el gesto en expresión de disgusto. Por eso, cuando salimos del club y nos atacó el frío, mi esposa lucía seria, contrariada, en silencio. Me sorprendió verla ofuscada. Le pregunté por qué estaba molesta. Me respondió: Porque todo fue falso. Preferí guardar silencio. Sin embargo, llegando al hotel, bajamos al bar y argumenté que nada fue falso aquella noche: ni el amor de los novios, ni el genuino cariño de mi hija mayor por nosotros, ni la felicidad de los invitados. La discusión se tornó acalorada porque mi esposa sugirió que yo había arrullado algo indebido o subido de tono al oído de mi exesposa al despedirme de ella, y por eso mi exesposa la había mirado con disgusto, fastidio o reprobación a mi conducta de veterano donjuán que al parecer quería seducir a su esposa y a su exesposa en la misma fiesta. Afirmé que no le dije un piropo a mi exesposa, solo la invité a cenar. Pero ya la noche se había torcido.
Un par de noches después, los flamantes esposos y mi hija mayor vinieron a comer con nosotros en el restaurante del hotel, donde los camareros y sus capitanes me conocen de toda la vida. La cena fue un festín, les dimos regalos a los esposos (mi amigo Alejandro les obsequió un cheque sustancioso, mi amigo Camilo una moneda de plata, y yo relojes de una casa francesa) y me comprometí a pagarles la fiesta en Lima, donde ninguno de los dos nació. Antes de que se fueran, le pregunté a mi hija recién casada cuánto me costaría la fiesta. Mencionó el monto. Casi me desmayo. Le dije: Mil disculpas, pero no he traído mi chequera, ya te mandaré la plata más adelante. No sé cómo haré para pagar la celebración. Me temo que tendré que pedirle un auxilio financiero a mi madre. Más vale que esta vez sí la inviten a la fiesta.
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