Sebastián Roa's Blog

September 21, 2025

LA ESTIRPE DEL ÁGUILA

 Mi nueva novela, La estirpe del águila, se publica el ocho de octubre de 2025. La décima ya, de nuevo de la mano de Harper Collins Ibérica.


Año 1028. Ramiro dirige unareducida incursión desde el pequeño condado de Aragón. El objetivo es cruzar lafrontera musulmana y alcanzar a una partida de saqueadores que transporta unvalioso botín. La misión es peligrosa y Ramiro prescindible: aunque hijoprimogénito del rey, se trata de un bastardo. Alguien que jamás reinará, nigobernará grandes señoríos ni pasará a la historia.

Pero el destino depara aRamiro algo más que algaras fronterizas. Alfonso V, rey de León, acaba de moriralcanzado por una flecha sarracena en el condado de Portugal. Su sucesor es unniño acosado por rebeliones y deslealtades. Sancho III el Mayor, padre deRamiro, lo reclama para intervenir en favor de ese niño y defender losintereses del reino pamplonés en León.

Esta es una historia quese mezcla con la leyenda. Un relato de injusticias e infidelidades, viejasrencillas familiares y ambiciones políticas, que narra cómo el asesinato y lacalumnia pueden desatar reacciones imprevisibles. Pueden incluso convertir condadosen reinos y cambiar el futuro.

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Published on September 21, 2025 09:50

April 17, 2025

PREMI DE LES ARTS VICENTE MONFORT POR MI TRAYECTORIA LITERARIA

 

El martes, 18de febrero de 2025, recibí el Premi de les Arts Vicente Monfort, uniéndome ensu décima edición a los anteriormente galardonados en diferentes disciplinasartísticas: Josep Vicent, Sergio Peris-Mencheta, Belén Rueda, Rafael Amargo,Nacho Fresneda, Sole Giménez, María Esteve, Paco Roca y Miquel Navarro. El actotuvo lugar en el casal de la Falla de les Arts (Alameda-Avda. Francia) en unacto tan solemne como emotivo, conducido por su presidente, Manuel Cabrera, yen el que hizo entrega del premio la Fallera Mayor de Valencia, Berta Peiró.

El Premi de lesArts se creó en 2013 como homenaje al gran fallero y amante de las artesVicente Monfort, con el fin de reconocer en talento en diferentes disciplinas yfomentar el vínculo entre las Fallas y las Artes.

https://www.fallasvalencia.com/fallas/fallo-del-jurado-del-premi-de-les-arts-vicente-monfort-10a-edicion.html

https://www.fallas.com/sebastian-roa-recibe-el-premi-de-les-arts-vicente-monfort/




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Published on April 17, 2025 01:38

July 20, 2024

EL CID NO ERA UN MERCENARIO. CONCLUSIÓN

 


Desde el puntode vista lingüístico, el Cid no era ni podía ser un mercenario según lapercepción actual de dicha categoría —incluso aceptando la posibilidad deaplicar el término moderno a una realidad medieval— porque el concepto al quehace referencia tardó en cristalizar, como mínimo, siete siglos tras la muertedel Cid. 

Desde el punto de vista jurídico, el Cid no podía ser mercenario segúnla convención actual, pues esta convención no es aplicable retroactivamente —yaque el derecho es propio de su época, Cuiustempora, eius ius—; y en consonancia, la extrapolación del concepto modernoa la Edad Media encuentra obstáculos insalvables, como el requisito denacionalidad o la caracterización específica de «fuerza armada». Por si esofuera poco, el comportamiento del Cid cuando rompe con Alfonso VI tiene perfectacabida en instituciones jurídicas medievales propias (ira regia/desnaturatio, infeudación con un nuevoseñor) que no pueden identificarse con el mercenariado ni relacionarse con él. 

Desde un punto de vista social o de cultura popular medieval tampoco existenindicios de que al Cid se le considerara mercenario o algún tipo equivalentede esta categoría efectiva en el siglo XI, ni durante mucho tiempo —siglos—después de su muerte. A sensu contrario,la actuación del Cid se encuadra durante toda su vida en el modo de vida que seespera de un caballero medieval castellano del siglo XI, y encuentrasimilitudes con otros caballeros que actuaron de forma parecida o incluso másradical, sin que por ello se les haya catalogado jamás de mercenarios. 

Por otraparte, la clasificación actual de mercenario para con el Cid —pese a algúnrastro precoz en la España del primer tercio del siglo XX— coincide con lacorriente popular revisionista —que se infiltró en los sectores académicos y hallegado a lograr, siquiera parcialmente, carta de veracidad científica—tendente a descalificar todo aquello que tenga una significación simbólica parala historia de España, especialmente si los símbolos resultantes han adquiridorelevancia durante el periodo posterior a la Guerra Civil; tendencia esta quese agrava con las corrientes woke ylas pulsiones del nacionalismo periférico, muy enfocadas en la revisióndeconstructiva e interesada acerca de la historia y de los mitos fundacionales,y que atacan de manera prioritaria a dichos símbolos, sean hechos o personajes,sean históricos o legendarios, o incluso mezcla de ambos.

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Published on July 20, 2024 11:30

July 19, 2024

EL CID NO ERA UN MERCENARIO. EL MERCENARIO MEDIEVAL III

 

Abundandoen las funciones del bellatormedieval y sus circunstancias específicas en contraposición con el mercenariadode la época: «The key to understanding the mercenary in the period after AD1000, and perhaps even before, is to grasp how important war was to theEuropean upper class. It was a means of enforcing and extending their power anddefending it from their rivals. The moral justification of their economic,social and political dominance was their role as the defenders of church andsociety. Although aristocrats claimed a monopoly of war, they could not fulfilthis function on their own, and they recruited privileged followers, thechevaliers or knights, who were their bully-boys and enforcers. Some of theseheld land of their patrons, while others were paid men who might aspire to suchstatus. Both groups conceived of themselves as the honourable followers of thegreat. They lived with them in and around castles, fought with much the sameequipment and enjoyed a common lifestyle. There seem always to have been plentyof aspirants to this way of life who could be recruited at need, as the Treatyof Dover and its successor agreements suggest. Thus, when a great man went towar he was supported by his core followers, many of them related, augmented byrather similar people hired for the occasion. But such honourable men could not be called mercenaries» (JohnFrance en la introducción de la ya citada Mercenariesand paid men…).

«Código» y «Extranjería», tomados en sentido amplio ysiempre adaptados al momento del Cid, cobran especial importancia. El Cid —elhistórico y el ficticio— es un caballero que sufre la ira regia de Alfonso VI,que resulta desnaturado (según un código fijo, aunque en dos ocasionesdistintas, con diferentes consecuencias y por diversas causas). No parece queel concepto de «código» represente mucho problema, pero «it is the concept offighting for profit, together with the gradual emergence of a concept of“foreigness”, which distinguish the true mercenary… from the ordinary paidsoldier (Michael Mallett, Mercenaries andtheir masters)». Cosa distinta pasa con el concepto de «Extranjería», foreigness. A falta de nacionalidades—la nación moderna no llegará hasta el siglo XVIII— y, por lo tanto, de unaextranjería según su consideración actual, hay que buscar un concepto de«extranjería» medieval, algo equivalente, que resulte lógico en el siglo XI o,como muy tarde, en el momento de composición del Cantar de Mio Cid, esto es, principios del siglo XIII (1207) comofecha límite. Francisco Bautista («Como aseñor natural»: interpretaciones políticas del Cantar de Mio Cid») reconocela dificultad de definir el concepto de forma coetánea al personaje histórico oal legendario, pero «apunta a la sustitución de un orden previo, dominadoexclusivamente por la idea de vasallaje, por un nuevo orden en donde tal idease nivela con la de naturaleza y propicia una mayor justicia social (…) Elpoema subraya la deuda natural, que implica o promueve sobre todo unreconocimiento por parte del súbdito: “como a señor natural” (v. 895)». Bautistaindica varias fuentes que confirmarían la tendencia política del momento: «Lanaturaleza indica a fines del siglo XII un intento también de frenar lafacilidad con la que los nobles más poderosos atan y desatan sus lazosvasalláticos, y ligarlos de una forma más estable a la idea de un territorio».Esto parece positivarse avanzado el siglo XIII en la Partida IV.xxiv.2: «Laprimera e la meior [naturaleza] es la que han los onbres a su señor natural,porque tan bien ellos como aquellos de cuyo linaie desçenden nasçieron e fueronraigados e son en la tierra onde es él señor». Es verdad que esta positivación«activa» no encuentra una contrapartida explícita que pudiéramos equiparar a laextranjería, pero ¿podríamos considerar esta por omisión? Es decir, se buscaque la «naturaleza» establezca «una relación entre el señor y aquellos queviven en su tierra», y se convierte en un «elemento aglutinante en torno alprimero [el señor] sobre una base territorial más o menos establecida». Como hedicho más arriba, si hemos de tomar «extranjería» en sentido amplio, podíamosconsiderar que todo hombre excluido del concepto de «naturaleza» con respectodel señor/propietario de la tierra es, como consecuencia, un extranjero. A cadaseñor le corresponden sus naturales, que son extranjeros en las tierras de losdemás señores. También es cierto que la propia partida habla de «primera ymejor naturaleza», lo que sugiere otras de peor calidad. 

Me parece muy significativa la mención al cambio deparadigma jurídico. Lo que las Partidashacen es un intento por positivar una nueva realidad que sustituiría a laanterior, esa que afectaría plenamente a Rodrigo Díaz de Vivar y a cualquiercaballero atado por un contrato vasallático a cualquier señor. Si no seaceptara esta posibilidad podríamos llegar a considerar un especial vínculoextracontractual ya existente entre Alfonso VI y el Cid como señor natural yvasallo respectivamente. El problema vendría cuando el Cid se desnatura.«Desnaturar» o «desnaturalizar» es expresión muy descriptiva en este contexto,nadie podría negarlo. Y si una vez desnaturado el vasallo, carece de señornatural, el concepto deja de resultar operativo. Un caballero que se desnaturade su señor, sea por iniciativa suya o del propio señor, podría buscarse otroseñor y establecer un nuevo lazo vasallático con él. La maniobra de rupturaestá dentro del código, y la vinculación subsiguiente del caballero con sunuevo señor también lo está. Cuando el Cid pierde a su señor, actúa como seespera de él, pues ha de mantener su modo de vida y su propia idiosincrasia de bellator medieval. Así pues, corre abuscar a un nuevo señor y adquiere las obligaciones de rigor a cambio de lascontraprestaciones habituales. Que este nuevo señor sea cristiano o musulmán eslo de menos, sobre todo desde el punto de vista del vasallo. Y si este nuevopacto también se disuelve y aparece un tercer pacto, seguimos dentro del códigoy de la normalidad medieval. Habiendo quedado clara la diferencia entre unvasallo y un mercenario (o término equivalente), parece claro en qué categoríadebemos situar al Cid —y aquí convendría repetir la célebre frase queidentificaba el lugar del Cid en la jerarquía social, incluso en sus peoresmomentos de relación con el rey Alfonso VI: qué buen vasallo si tuviera buenseñor—. 

«Veamos así el esquema ideal de una relaciónfeudovasallática: un hombre da, entrega, en definitiva inviste a otro, suvasallo, con un feudo, a cambio de una prestación de servicios, y ello quedareflejado en una ceremonia (investidura) en la que el vasallo jura fidelidad alseñor y la relación entre los hombres se expresa mediante el homenaje delvasallo al señor, reconociéndolo como tal en un acto ritual (p. ej. juntar lasmanos). Ciertamente, se dan diferencias, especialmente en cuanto a laexistencia del juramento y del homenaje. Y también deben ponerse de relieve lasdiferencias en la entidad del feudo: unos bienes, un castillo, unas rentas, unaparticipación en rentas, el dominio y control sobre unos hombres, etc.» (CarlosEstepa Díez en Notas sobre el feudalismocastellano en el marco historiográfico general). 

Como vemos, las formas y la denominación pueden variar, perola esencia del contrato en el caso aplicable al Cid se basa en lacontraprestación económica a cambio de la prestación militar. Los tiempos delCid, especialmente los inmediatamente anteriores, están plagados de rupturas defidelidad de los vasallos leoneses hacia sus reyes, auténticas rebeliones quecasi podrían llegar a guerras civiles y en las que a menudo participabanfuerzas musulmanas. En Rebelles,infideles, traidtores. Insumisión política y poder aristocráitco en el Reino deLeón, Mariel Pérez nos explica que «todo este conjunto de prácticas queexpresan la insumisión nobiliaria se convierten en actos de infidelitas, actos que generan laruptura de una relación personal y privada entre el rey y uno de sus vasallos.Se trata de una relación dominada por la fides,polisémica noción que abarcaba las ideas de reciprocidad, de parentesco, deorden cristiano, de confianza mutua entre compañeros de armas, de compromisoritual». Lo que se pone de relieve una vez más es precisamente la condiciónpersonal y privada de esa relación personal entre señor y vasallo. 

Existe un recodo al que sin duda se asomarán quienesinsistan en desmerecer al Cid: no existe relación feudo-vasallática posibleentre un rey musulmán y un señor cristiano. La consecuencia inmediata es que siun cristiano lucha para un rey musulmán a cambio de contraprestación, es unmercenario. O viceversa, supongo. Esto habría que cogerlo con pinzas, laverdad, y someter todo reconocimiento de sumisión a la soberanía de un señor.De otro modo no sé dónde quedarían diversas situaciones, alguna de ellasincluso documentada con ceremonia formal de vasallaje, como la relación deBorrell II con el califa al-Hakam II, o la de Zafadola con Alfonso VII, de estecon el rey Lobo o del rey Lobo con Pedro de Azagra o el conde de Urgel, de AbúZayd con Fernando III, o los musulmanes del reino de Murcia hacia Jaime II, ode los reyes nazaríes respecto de los de Castilla. Sabemos que el Cid, tras sudesnaturalización de Alfonso VI, busca nuevo señor en el condado de Barcelona,en ese momento regido por los hermanos Ramón Berenguer II y Berenguer Ramón II. De haberlo aceptado estos —conceremonia de infeudación o sin ella—, nos hallaríamos ante el pacto normalentre un bellator y su nuevo señor(nuevos señores en este caso), no con un contrato de mercenariado. Sin embargo,al rechazarlo, Rodrigo se va a Zaragoza y, allí sí, consigue vincularse con elrey Al-Mutamín. ¿Y resulta que esto sí lo convierte en mercenario? ¿No parecemás lógico pensar que vincularse militarmente con un señor a cambio de unacontraprestación es la conducta normal de un hombre de armas medieval, su modode vida? Si esto es mercenariado, todos los nobles medievales, todos susmesnaderos, incluso muchos condes y reyes de aquella época, eran mercenarios. 

Las instituciones feudo-vasalláticas, en realidad, soncambiantes a lo largo de la Edad Media aunque giren en torno al mismo concepto.«Feudo» es un término romance de no muy clara evolución etimológica pero quenos remite al foedum latino, y queestaría relacionado lingüísticamente con federalismos y confederaciones. Nosremite, en suma, al pacto. Hay momentos en que los reyes y condes cristianosprestan servicios militares a los reyes de las taifas musulmanas en virtud depactos previos de protección, incluso enfrentándose con otros reyes cristianos.Esto forma del sistema de parias: los cristianos recibían un pago a cambio deesa protección militar. ¿Hace falta que siga? Hablamos de una época en la queun musulmán avecindado en una villa foral cristiana cuenta con la proteccióndel fuero propio por encima de los cristianos que no residan en la villa. Esopor no hablar de que en el ejército almohade, por ejemplo, habremos deconsiderar mercenarios a todos los combatientes andalusíes, puesto que todosrecibían una paga por combatir, incluso con ocasión de una Yihad. ¿No será másfácil, más acorde con Ockham y su baldeo, considerar que las relaciones legalesdel medievo, sean entre cristianos o entre musulmanes, o entre cristianos ymusulmanes, poseen su propia idiosincrasia jurídica?

Siguiente sección de EL CID NO ERA UN MERCENARIO: Conclusión

 

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Published on July 19, 2024 11:19

July 17, 2024

EL CID NO ERA UN MERCENARIO. EL MERCENARIO MEDIEVAL II

 




La reprobación moral puede acercarnos al quid de la cuestión. Equiparar a un soldado regular con un mercenario lo aboca a lo inmoral (en momentos del pasado y, desde luego, en el presente), y tal vez reside aquí la clave de todo: si se pretende reprobar a un combatiente, la vía rápida es negarle la condición de soldado y considerarlo un mercenario: «I will draw a distinction between, on the one hand, mercenaries, that is, soldiers who lacked political or social ties to those who employed them, and, on the other, salaried household men and paid expeditionary soldiers whose duty to serve arose, at least in part, from the demands of lordship (…) This, of course, is the pragmatic definition of a mercenary which is implicit in the medieval distinction, already referred to, between those who fought only or primarily for pay, and those who fought for other reasons» (John France citando a Richard Abels en la introducción de la ya citada Mercenaries and Paid Men…)
        Lo de los lazos sociales devendrá importante en el caso del Cid, lo mismo que en el caso de los muchos caballeros medievales que en algún momento variaron sus lazos de fidelidad basándose en las instituciones de ira regia y desnaturalización, explícita o implícitamente. Esto nos lleva a los ideales y al código de conducta, y por supuesto al modo de vida.
        ¿Y qué son la ira regia y la desnaturalización? Pues la primera es «la prerrogativa real de hacer caer en desgracia a aquellos súbditos o vasallos que hubiesen incurrido en el desagrado del rey con o sin mnotivo aparente. La "desnaturatio" es la posibilidad que tenían los naturales del rey para romper el vínculo que les ligaba a este». Así las define Sylvia Romeu Alfaro en Consideraciones sobre la «Desnaturatio», obra en la que también aclara que al concepto de «naturaleza» irá perfilándose a a partir del siglo XII como «el vínculo de sujeción de 1os súbditos respecto al rey, vinculo que dependerá esencialmente de la circunstancia de haber nacido en el territorio en el cual ejerce su imperio el monarca. Con el mismo se aludía a la relaci6n de súbdito derivada del derecho del rey sobre el territorio y los que se hallan en él, y estos súbditos lo son precisamente por ser naturales del reino, por haber nacido en él o haber adquirido la naturaleza de cualquiera de las formas reconocidas. Pero además este vínculo quedará confirmado por el juramento de fidelidad que deberán prestar todo los súbditos at monarca al comienzo de su reinado». Y esto nos lleva a que «con la "desnaturatio" no solo se manifiesta esta voluntad de despedirse si fuera vasallo real, sino que a su vez deja con ello de considerarse como natural, como súbdito del rey, y desde ese momento libre de cualquier obligación subsistente que no sea de tipo moral, como podría haberla tenido con otro su señor, aun no siendo su Rey y señor natural». Sylvia Romeu entra en el caso concreto del Cid, de su ruptura de relación con Alfonso VI y de las posibilidades jurídicas, incluidas las limitaciones a la hora de guerrear para otro señor. Porque sí, damas y caballeros: cuando el vasallo desnaturado busca nuevo señor, contrae un vínculo con él y le presta servicio militar a cambio de una contraprestación; y ¡atención!, este segundo señor puede ser incluso enemigo del primero. Estamos en todo momento ante instituciones medievales, feudales si se quiere, plenamente identificadas y descritas en el sentido de que la actuación del Cid encuentra clara cabida en ellas. ¿Se pueden cerrar los ojos ante la realidad jurídica de un momento concreto y, con toda intención, aplicar a dicho momento otra institución jurídica sacada de un tiempo distinto? Pues eso es lo que se hace cuando se llama al Cid mercenario por eso que dice Fletcher: prestar sus servicios a cambio de una paga, lo mismo a cristianos que a musulmanes.
        No existe un acuerdo total acerca de los hechos —independientemente de su calificación o de los términos que se usen— ni del nivel que el Cid ocupaba realmente en la jerarquía nobiliaria, pero sí parece que existe cierta coincidencia en afirmar que estaba atado por lazo de vasallaje a Alfonso VI. Que este lazo se rompe (dos veces, con distintas consecuencias) y que durante esos lapsos el Cid sirve militarmente, con las contrapartidas habituales, a otros señores. Con estos mimbres ha de dilucidarse si esa actividad militar como desnaturado corresponde a la propia de un señor de la guerra del siglo XI o a un mercenario.
        El doctor en Historia Bruno Padín, en su ya citado artículo De traidor al rey a héroe nacional: la figura de El Cid en la historiografía española, nos da una clave: «El castigo probablemente más común de la ira regia fue la desnaturalización, es decir, el rey priva a uno de sus vasallos de su naturaleza, con lo que deja de ser su señor natural y el castigado deja de ser natural de su reino. Por tanto, pierde todo y tiene que salir de él. La cuestión de la naturaleza explicaría bastante bien qué es lo que hizo el Cid cuando fue desnaturalizado, lo cual no encajaría con el concepto de mercenario, aunque tampoco lo evitaría».
        David Porrinas González, en Rodrigo Díaz, El Cid Campeador, un conquistador en el siglo XI, afirmaba en 2015 que «en la corte de los hudíes zaragozanos Rodrigo no es un simple mercenario, como algunos autores han querido ver (…) La Historia Roderici, fuente primordial para conocer la trayectoria cidiana a pesar de sus problemas, afirma que “Al-Mutamin apreciaba mucho a Rodrigo y lo exaltó y puso en lugar principal sobre todo su reino y toda su tierra, usando de su consejo en todos los asuntos”. Rodrigo, por su parte, servía “fielmente” a su señor musulmán, “y custodiaba y protegía su reino y su tierra”». Esta es la caracterización de un caballero medieval que, efectivamente, recibe una contraprestación por ejercer su labor fundamental, dar auxilium y consilium al señor del que se depende. Algo que no es un oficio de circunstancias, o un modo provisional de ganarse el pan, sino una forma de vida determinada por el linaje.
        Que la visión de un historiador dista mucho de lo infalible es algo demostrado gracias, precisamente, a David Porrinas, que cuatro años después del artículo citado en el fragmento anterior publicaba una de las obras de referencia en el momento actual, El Cid, historia y mito de un señor de la guerra. Por cierto que la cubierta del libro, publicado por Desperta Ferro Ediciones, cuenta con una suculenta frase promocional de Jacinto Antón: «Ensayo desmitificador, tan erudito como apasionante». Sí, hijos míos: otro historiador que desmitifica. Leticia Sabater, Raquel Welch y un lanzallamas. Pero lo importante no es eso: a lo que iba yo es a que la opinión de Porrinas de que el Cid no era un simple mercenario queda ahora rebatida por el mismo; o desterrada —como el propio Cid, el pobre—; o tal vez solo matizada. El caso es que Porrinas titula uno de los epígrafes de su libro como El primer destierro, comandante mercenario al servicio de Zaragoza. Los hechos no han cambiado, diría yo, pero sí su interpretación en el siglo XXI. Así, Porrinas explica que «desde ese verano, la vida de Rodrigo dio un giro significativo. Ya no contaba con la cobertura y protección que le proporcionaba su señor Alfonso, su reino, su tierra, sino que tuvo que forjarse un porvenir dedicándose a lo que mejor sabía hacer: luchar y comandar tropas en el campo de batalla. De magnate con una progresión en ascenso en la corte regia pasó a ser un comandante mercenario al servicio de un príncipe musulmán», o que «la victoria de Almenar le había elevado por encima del estatus de simple comandante mercenario».
        Como —repito— los hechos no varían, habría que dilucidar qué diferencia hay entre luchar al servicio de un noble a cambio de estatus (con Alfonso VI) y luchar al servicio de un noble a cambio de estatus (con Al-Mutamín). Independientemente de la evolución de los ideales caballerescos (y de la mayor o menor sinceridad de los caballeros que alardeaban de ellos) y de la existencia y solidez de un código real, el caballero medieval es un guerrero en primera instancia, esa es su forma de vida. Repito que se obliga respecto de un señor, del que recibe beneficios a cambio de su consejo y su auxilio, sobre todo en el ámbito militar. Este lazo es personal, y aunque el factor étnico o geográfico es importante cuantitativamente (y más en el medievo, cuando las distancias eran tan largas), la historia nos da ejemplos de caballeros que se obligan respecto de distintos señores sin importar etnia o procedencia. Los elementos fundamentales de esta relación descansan sobre dos pilares, a mi parecer: el primer pilar es un código —aun en sentido abstracto— que garantiza la lealtad hacia el señor, y que prevé incluso su ausencia y la consiguiente ruptura del lazo por parte del señor o del vasallo (ira regia, desnaturalización), así como las consecuencias a que ha lugar; el segundo pilar es la consideración, el valor positivo que el caballero medieval representa hacia sus iguales o hacia quienes ocupan estratos sociales inferiores, que implica temor y respeto, que constituye un baluarte del sistema social y religioso, y que llegará a «positivarse» en cualidades concretas, como la protección de las viudas y los huérfanos, la defensa de la Iglesia, la largueza, el coraje, etc. Es importante recalcar que lo anterior no es simple interpretación moderna de una realidad pretérita, y que dicha realidad no descansa sobre lo pretendidamente sincero de su esencia, sino sobre su operatividad efectiva sobre el terreno y época en los que se desarrolla.
        Siguiente sección de EL CID NO ERA UN MERCENARIO: El mercenario medieval III

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Published on July 17, 2024 11:09

July 15, 2024

EL CID NO ERA UN MERCENARIO. EL MERCENARIO MEDIEVAL I


Que la figura del Cid ha sido manipulada enuno u otro sentido no hay por qué dudarlo. Es importante dejar esto claro,porque en cuanto se pone uno a dudar de las posturas políticamente correctas,le llueven acusaciones de fascismo o de que España es unidad de destino en louniversal. Dice el doctor Bruno Padín (Detraidor al rey a héroe nacional: la figura de El Cid en la historiografíaespañola) que «el Cid pertenece al mundo de las imágenes, los mitos y lossímbolos», y analiza qué papel juegan este tipo de figuras y también el papeldel historiador, al «cimentar los fundamentos del sentimiento de identidadpatriótica (…) Esto se produce porque la historia está en buena medida alservicio de la ideología y los historiadores al servicio de un Estado». 

Añade más adelante Padín que «sondiferentes los condicionantes sociales, políticos o ideológicos que experimentaun monje que redacta su texto durante el siglo XII en su cenobio a aquelhistoriador que lo hace, por ejemplo, en el XIX, con la misión de crear unaconciencia nacional que se vertebre y sea efectiva, además, mediante el empleode instrumentos como la educación». Supongo que ahora tocaría analizar loscondicionantes políticos o ideológicos del historiador del siglo XXI que seempeña en decir que el Cid era un mercenario. En cualquier caso, insisto en queno creo que deba ser tarea consciente de un historiador el contribuir a lagrandeza del Cid mítico o al contrario: deconstruir el mito. Eso de desmitificar es tarea tan imposible como ridícula mientras el historiador carezca de la capacidadnarrativa del mitopoeta, aunque factible si el destinatario del mensaje se dejaimpresionar por los fuegos artificiales. Porque, por decirlo con una frase depropia cosecha: desmontar un mito mediante la historia es Leticia Sabaterquemando un póster de Raquel Welch.

Pero vamos a lo que vamos: la posibilidadde que el Cid fuera un mercenario. Como hemos visto, el término «mercenario» ysus sinónimos a lo largo del tiempo se corresponden con conceptos diversos y enconstante evolución, al igual que evoluciona su consideración social yjurídica, lo que a su vez se relaciona íntimamente con el panorama social yjurídico imperante en cada época. En cuanto a la mentalidad dominante —si esque algo así existe—, parece algo pretencioso acceder a la realidad —o mejordicho: a las realidades— del siglo XI sin vivir en el siglo XI. Obviamente nolo es investigar, esforzarse en hallar los indicios y examinarlos. El problemaviene cuando saltamos de lo meramente descriptivo, de lo objetivo, a losjuicios de valor, y pretendemos dar a estos carta de validez, como siestuvieran libres de subjetividad. Incluso en el caso de que un habitante delsiglo XXI fuera capaz de recrear un escenario objetivamente auténtico del sigloXI, validado por la comprobación directa, sin intermediarios y en tiempo real,lo observaría y juzgaría con la mirada y el criterio de alguien que vive diezsiglos después. Cuánto más difícil es interpretar y llegar a conclusiones si loque se tiene son indicios fragmentarios y de dudosa fiabilidad. Esto sirve paralo honorable —según el criterio moral occidental moderno— y para lo que no loes. Huizinga, en El otoño de la EdadMedia, aprecia este problema al hablar del ideal caballeresco inclusocuando los «investigadores» son cronistas coetáneos de los hechos quedescriben, los que habitan los últimos siglos medievales: «Es como si elespíritu de estos escritores —un espíritu superficial, digámoslo— emplease laficción caballeresca como un correctivo de la incomprensibilidad que su tiempotenía para ellos (…) Incapaz de descubrir en nada de esto una verdaderaevolución social, la historiografía se apoderó de la ficción del idealcaballeresco, para reducirlo todo por medio de ella a un hermoso cuadro dehonor de príncipes y de virtud de caballeros, a un lindo juego de noblesreglas, y crear, por lo menos, la ilusión de un orden». Bien, se trata decronistas de la Edad Media, ¿no? Limitados a las herramientas de que disponenen tal momento, y por tanto merecedores de cierta indulgencia.

Recordemos lo que decía Fletcher, elhispanista guiaburros: que el Cid prestaba sus servicios a cambio de una paga,lo mismo a cristianos que a musulmanes. Y lo definía, por si no nos habíaquedado bien claro: el Cid era «un soldado mercenario». Al parecer, Fletcherpudo decir esto porque sus súper poderes británicos le permitieron aprehendertoda la realidad material y cultural —incluso espiritual— del siglo XI hispano y, dueñode imparcialidad absoluta, invulnerabilidad a los anacronismos culturales e impolutaobjetividad, fue capaz de aunar la infabilidad historiográfica con una altacompetencia jurídica, filológica, política y hasta ética. Podemos creer talcosa, y podemos creer que, en fin, Fletcher era también lo que se conoce comomedievalista, y tal vez fue eso, sin más, lo que lo situó en una posiciónprivilegiada para juzgar a un sujeto medieval como el Cid. 

Recurramos a otros medievalistas, a ver si piensan igual queFletcher. Porque si no es así, tendremos que concluir que ser medievalista no teengalana con la infalibilidad pontificia. 

Kelly De Vries (Medieval mercenaries: Methodology,definitions and problems, en Mercenariesand Paid Men: The Mercenary Identity in the Middle Ages) nos explica que sehace descansar al concepto de «mercenario» en dos términos básicos: extranjeríay paga, que por su modernidad no son capaces de encajar perfectamente con lasnecesidades del historiador militar medieval. El término «extranjero» esespecialmente conflictivo si lo sacamos de un contexto moderno. Este autor pasapor multitud de ejemplos de varios momentos medievales en los que guerrerosconsiderados como mercenarios aparecen identificados por su origen étnico, y sedetiene en la consideración de que incluso esta práctica, identificarcontingentes por el origen étnico de sus miembros, da lugar a dificultadescuando no a incoherencias. Tal es el caso cuando llega a asimilarse el origenétnico a la cualidad de mercenario, o cuando estos contingentes se componían desujetos con diferentes procedencias, como ocurre con los sajones en el sigloVII, con la Guardia Varega en  el sigloXI o los brabanzones en el XIII, los almogávares en el XIV o los condotieros ylas Compañías Libres en el XV. Podría añadirse un ítem más de confusión; elcaso de grupos humanos que sufren metonimias y sinécdoques sucesivas, comoocurre con los almogávares aragoneses, asimilados a unidades militares en elsiglo XIII y a mercenarios catalanes a partir del XIV. En cuanto al término,«paga», la cosa también se complica porque el sueldo —la soldada— no es más queuna contraprestación, y el servicio militar medieval siempre ha sido unaprestación personal a la que correspondía contraprestación, previa o posterior.Dinero, tierras, esclavos, botín diverso, condición de villano, salvación espiritual.Contraprestaciones. De Vries también nos recuerda que el propio término«Feudalismo» remite a un patrón de jerarquía socioeconómica. No está malincidir en que los fueros medievales establecen pagas a la actividad guerreraconcejil, graduándolas incluso según el tipo de unidad en la que se combate —loque se determina por el estrato social. Es decir: por el poder adquisitivo—.Pactos feudales y fueros concejiles no son sino bases jurídicas que creanobligaciones, para con el señor en un caso, para con la villa en el otro. 

Decía también SúperFletcher que «la figura del Cid sólo puede ser interpretada de un modo correcto dentrodel contexto de su propia época y con ayuda, únicamente, de las fuentes que leson contemporáneas». Pues bien, gran máster del universo: ¿cuándo seempieza a considerar al Cid un mercenario? ¿Alguien lo hizo mientras él estabavivo? ¿Se consideraba a sí mismo un «mercenario» Rodrigo Díaz de Vivar? ¿Loconsideraban mercenario sus hombres? ¿Sus enemigos? ¿Los que lo conocieron uoyeron de hablar de él en sus tiempos? 

No seamos rígidos y ampliemos el plazo algo más allá del año1099, fecha admitida como la de muerte del Cid. Lo cierto es que existe, ya enla Edad Media, una minusvaloración del concepto. El routier, el ribaldo —el «mercenario medieval»—, se caracteriza portrabajar solo por dinero y por ser ajeno a la moral caballeresca o a nada quese le parezca. Esta idea, por romántica que suene, es importante. La motivaciónreal, profunda y jamás confesada de un sujeto puede ser el simpleenriquecimiento, por supuesto; pero si reviste su actividad de formas moral ysocialmente aceptadas, no recibirá reprobación. Por el contrario, un ribaldopodría muy bien empatizar con la causa de su contratador, pero si persiste enactuar públicamente como «mercenario», su actividad será reprobable —digna deexcomunión, incluso—. Probablemente es este el aspecto más susceptible de sertrasladado a la actualidad sin sufrir las consecuencias del anacronismo. Cuandouno piensa en las Brigadas Internacionales que lucharon por la República en laGuerra Civil Española, ni se le ocurre considerarlos mercenarios. Y sin embargoeran extranjeros y cobraban una soldada (en principio igual a la de loscombatientes españoles).

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Published on July 15, 2024 11:03

July 13, 2024

EL CID NO ERA UN MERCENARIO. «MERCENARIO». Conceptos jurídicos y sociales, y hasta en la cultura popular II



Pérez-Reverte o Iron Maiden no son casosúnicos en poner de relevancia el aspecto honorable y épico del mercenario, ensubrayar la ausencia de artificio para mostrar al sujeto auténtico, «de ley»,más comprometido con el cumplimiento a rajatabla de sus principios que con laconsideración social mayoritaria de dichos principios. Existen tambiénmanifestaciones audiovisuales que, en la historia reciente, se han alejado deuna visión ortodoxa para romantizar al mercenario. En la apertura de cadaepisodio de la seria ochentera El equipoA, el narrador nos explicaba que, encarcelados por un delito que no habíancometido, los protagonistas se fugaron de la prisión; «hoy, todavía buscadospor el gobierno, sobreviven como soldados de fortuna. Si tiene usted algúnproblema y si los encuentra, tal vez pueda contratarlos». De forma parecida, lafranquicia de acción The expendables(Los mercenarios en España) recurre aadmiradas y viejas glorias de los años ochenta y noventa para mostrar a ungrupo de mercenarios de élite que, lejos de conformarse con cobrar por gastarmunición en guerras privadas, luchan por el bien en la sempiterna batalla blockbuster contra el mal.

 

Estos casos de mercenarios «honorables» noson únicos, digo, pero distan de lo habitual. Lo habitual, especialmente en elcaso del Cid, es que aludir a su condición de presunto mercenario precisamenteconduzca a lo contrario que los ejemplos anteriores, así en lo ficticio como enlo histórico: lo despoja tanto de honor como de épica, lo «sanea» de oropelesmíticos, desromantiza su figura. Se pretende abofetear al iluso: ¡Despierta!¡El Cid no es alguien de quien sentirse orgulloso, no es un modelo a seguir y,como mito fundacional, solo podría servir a un ideal casposo! ¿Acaso no sabesla verdad? ¡¡El Cid era un mercenario!! 

 

Tal es la opción de Unamuno, tal como vemosen el Espistolario americano, antesincluso de que el POUM, la revista La batalla, Franco y la madre que losparió a todos volvieran fascista al Cid: «Pero es que la casta de los Pizarro,los guerrilleros, llevó a la América la guerra civil endémica en España, lanacida de los profesionales de la espada, de los cruzados jubilados, la delCid, mercenario y traficante del honor castrense».

Y también, aunque sin usar el término«mercenario» (como vimos más arriba), es esta la opción de Dozy y susprecursores «cidofóbicos». En relación con lo que Ibn Bassam nos dice a travésde Dozy, opina Bruno Padín Portela (Detraidor al rey a héroe nacional: la figura de El Cid en la historiografíaespañola) que «esta afirmación de Dozy vendría a despojar al Cid de susvirtudes, sin ideales por los que luchar, presentándolo simplemente como unmercenario al que solo movía el interés por sobrevivir, independientemente desi lo hacía del lado cristiano o del musulmán. En primer lugar, el Campeadordefensor del cristianismo desaparecía si esa sentencia era cierta (…) Además,el Cid podía ser considerado traidor al haber entrado en combate con losejércitos a los que antes pertenecía y haciéndolo, para más deshonra, alservicio del principal enemigo de la fe católica. Y por último, aceptar que elCid había sido un mercenario desacreditaba, no ya en el plano individual almismo personaje, sino a un nivel más general, un jalón esencial del carácternacional».

 

Estos tonos de burla amarga de Unamuno o decidofobia decimonónica pueden detectarse también en El Cid (The quest for El Cid,1990), de Richard Fletcher, uno de esos británicos a los que llamanhispanistas. ¿Solo hay hispanistas británicos, por cierto? Qué curiosa lafigura del hispanista. ¿Hay britanistas entre nosotros? Va, que me lío. Decíaque Fletcher —muy de quitarnos la tontería a los bárbaros mediterráneos con unbofetón de realidad civilizada— se lo guisa y se lo come él solito al presentarsu obra:

«Pero aunque hubiera muchos cides sóloexiste un héroe nacional en España (y más concretamente en Castilla): el Cid,guerrero cruzado que libró batallas de reconquista por el triunfo de la Cruzsobre la Media Luna y la liberación de la patria del dominio moro. Pero en eseaspecto, existe una falta de conexión entre la realidad del siglo XI y lamitología posterior. En la época del Cid había muy poco sentimiento denacionalidad, cruzada o reconquista en los reinos cristianos de España. Comoveremos más adelante, el mismo Rodrigo estaba dispuesto a luchar junto a losmusulmanes contra los cristianos como a la inversa. Era su propio señor yluchaba en beneficio propio. Era, pues, un soldado mercenario. En su usoactual, el término “mercenario” tiene connotaciones peyorativas; es cierto quelos mercenarios de hoy en día —los del África postcolonial, por ejemplo— noconstituyen un grupo digno de imitación. De igual modo, es muy posible que suspredecesores del siglo XI tampoco fueran personajes especialmente atractivos.Por tanto deberíamos evitar tratar la figura del Cid de un modo romántico. Seacomo fuere, en este libro el término “mercenario” será empleado en el sentidode “alguien que presta sus servicios a cambio de una paga”. El Cid vivía de laguerra: era un soldado profesional. Y desde luego muy afortunado; más quemuchos y sólo menos que muy pocos. A partir de un origen modesto en laaristocracia de Castilla la Vieja, prosperó de tal modo que acabó su vida comogobernante independiente de un principado conquistado por él mismo en Valencia.¿Cómo lo hizo? ¿Cómo y por qué la leyenda póstuma le transformó en lo que nohabía sido en vida? ¿A qué se debe que la imagen así creada mantenga suvigencia en la mitología nacional española? (…) Nuestro razonamiento de partidaes que la figura del Cid sólo puede ser interpretada de un modo correcto dentrodel contexto de su propia época y con ayuda, únicamente, de las fuentes que leson contemporáneas».

 

Chico, no veo más que contradicciones eneste texto. Pero en fin, dejemos ahora de lado esa sensación de que Fletcher sedirige a una troupe de imbéciles alos que tiene que desasnar y, tal como nos enseña este buen hombre, sigamosanalizando cada figura en el contexto de su propia época y mediante fuentes quele son contemporáneas. Mario Urueña-Sánchez [Mercenarios y Compañías Militares y de Seguridad Privadas. Cáp 2.De mercenarios, redes normativas y actores legitimadores. 2. 1. Sobre losmercenarios: hacia la (re) construcción de una definición] dice que «Tal vez laaproximación más cercana a delimitar el universo del mercenarismo provino delhistoriador Arriano de Nicomedia, quien para describir a los mercenariosreclutados por Alejandro Magno los calificó como xenos-mistophoros para resaltar tanto su carácter de extranjeroscomo de asalariados (Trundle, 2004: 16). Por lo tanto, se puede establecer ensu origen que la definición de mercenarismo apunta preliminarmente a dosaspectos: su condición de foráneo y la búsqueda de una recompensa material». Acontinuación, Ureña-Sánchez hace una reflexión de lo más juicioso y que vale lapena reproducir entera, porque viene a sintetizar las razones de este escrito:

«Sin embargo, se considera que tomar ambossentidos acríticamen­te termina por generar más interrogantes que certezas,incluyendo los siguientes: ¿Acaso la condición de extranjero tiene para uncomba­tiente la misma connotación en los tiempos de las polis griegas o de losfeudos medievales, que en el Estado-nación moderno? ¿Constituye la remuneracióno los incentivos económicos a los soldados regulares un paso hacia elmercenarismo? ¿Son mercenarios aquellos comba­tientes que se dan al saqueo,amparados por las órdenes de sus supe­riores? Estas inquietudes obligan arecurrir a un análisis etimológico del mercenarismo, del cual se infiere lacomplejidad para brindar una definición unívoca de este si no se quiere correrel peligro de convertir este término en algo ahistórico, ajeno a laespecificidad de cada era y de cada contexto en el que ha sido utilizado».

A continuación Ureña-Sánchez identificavarias aproximaciones conceptuales (Mockler, Singer, Contamine, Hampson) quepretenden dotar al concepto de «mercenario» un tratamiento ahistórico; mientrasque otros autores (Thomson, Percy) luchan por superar las limitacionesautoimpuestas por los anteriores, y lo hacen rechazando precisamente unadefinición cerrada o reduciendo sus elementos constitutivos. Lo que se vadefiniendo, parece, es la sensación de que, históricamente, el mercenariado es un fenómeno muy complejo ydependiente del contexto temporal propio; que en lo jurídico ocurre otro tanto,como es natural conforme evolucionan los marcos de derecho; que desde el puntode vista social —como causa y a la vez consecuencia de lo anterior—, en cadamomento se crean, modifican, recuperan o eliminan las connotaciones que loacompañan; que, desde una óptica ética, las variables anteriores determinanfiguras distintas en cada época e incluso hay momentos en que el mercenariadopuede gozar de distintas consideraciones (en el sentido de que las haypositivas y negativas que coexisten). De hecho, Ureña-Sánchez (pág. 51 yss.) termina por considerar que un mercenario es todo experto militar que reúnetres rasgos distintivos —y tremendamente cambiantes— basados en la externalidaddel individuo respecto de la ideología, la política y la geografía.

 

Una muestra de los factores específicos decada momento y lugar resulta de la descripción del cambio ideológico o ethos épico griego al del hoplita y lafalange (Leaving no warriors behind,de Samet; y Soldados y fantasmas:historia de las guerras en Grecia y Roma, de Lendon). Un nuevo paradigmacompuesto de modalidades distintas de valor y actitudes militares que rompíancon lo homérico y que impuso Esparta manumilitari, que abrió las puertas a la «colectivización» del esfuerzoguerrero y, por lo tanto, al mercenariado, lo que hizo crecer el prestigio delos mercenarios hasta un curioso punto de ruptura (Expedición de los Diez Mil,campaña asiática de Alejandro Magno). Estas circunstancias específicas de loheleno contrastan con lo sucedido en el contexto romano, que vivió sus propiassacudidas en la organización militar con las sucesivas reformas; igualmente conlo medieval y la organización mercenaria en bandas itinerantes denominadassegún sus lugares de procedencia, que suponían una amenaza tanto para el pueblollano como para los intereses de los estratos sociales superiores (pág. 73), eincluso repelían al concepto medieval agustiniano de Guerra Justa, y llevó alegislar contra ellos. Célebre es el caso de la Cruzada Albigense, con laexcomunión de ribaldos y el tratamiento que los combatientes ordinarios lesdispensaban (v. g. Simón de Montfort y su contencioso con Martín de Algai), oel hecho de que se diferenciara claramente entre las compensaciones debidas porun lado a los caballeros durante el tiempo estipulado de servicio, y por otrolos pagos a las partidas mercenarias. El concepto medieval del mercenariadosufriría una evolución que corrió parejas con el asentamiento, a finales delsiglo XIII, de una noción de «extranjería» —no comparable jurídicamente, porsupuesto, con la vigente hoy en día— y llegó a institucionalizar su uso en lasllamadas Compañías Libres. El efecto fue también normativo (véanse lasregulaciones florentinas para los condotieros del siglo XIV, o los modos deevadir la norma en el caso de la Guardia Suiza o los Tercios Españoles, yaconcluida la Edad Media) y penetró hasta lo macroeconómico en el siglo XVII conla entrada en juego de las llamadas Compañías Mercantiles. Sucesivos cambios demodelos, operantes en cada marco jurídico y social al mismo tiempo que entrabanen conflicto con él. Por poner un ejemplo, es ilógico comparar el genocidio debandaneses por parte de la Compañía Neerlandesa de las Indias Orientales,perpetrado en 1608 para obtener el monopolio del comercio de la nuez moscada yejecutado por mercenarios japoneses, con la regulación de la actividad corsariaen 1243 por Enrique III, rey de Inglaterra, y su derecho a la mitad de laganancia. Un punto clave en esta evolución jurídico-histórica llegaría en 1856,con la Declaración de París respecto al Derecho del Mar, considerada normaantimercenaria clave que, según Percy (Mercenaries,the history of a norm in international relations), es el paso definitivohacia la estatalización de la violencia.

Todas estas particularidades jurídicas temporales puedenresumirse mediante la máxima Cuistempora, eius ius: a cada tiempo su derecho. Nada más lógico cuando sehabla de distintas realidades históricas, cada una con su propia organizaciónpolítica, sus normas, mecanismos sociales y mentalidades.

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Published on July 13, 2024 10:52

July 11, 2024

EL CID NO ERA UN MERCENARIO. «MERCENARIO». Conceptos jurídicos y sociales, y hasta en la cultura popular I

 


Según laConvención de Ginebra (APGC77), un mercenario ha de cumplir seis requisitos:

·                   Ha sido reclutado para un conflicto armado específico,

·                   participa activamente en dicho conflicto,

·                ánimo de lucro como motivación principal, conestipendio superior en todo caso al de las tropas regulares equivalentes,

·                   no ha de ser nacional ni residente de nunguna de laspartes en conflicto,

·                   no ha de pertenecer a las fuerzas armadas de ningunade las partes en conflicto,

·                  no ha sido enviado por un estado ajeno a las partes enconflicto en cumplimiento de su deber como fuerza armada.

 

Como vemos, el concepto jurídico es restrictivo. ¿La causade tanta precisión? Es probable que la norma trate de proteger al combatiente,sea del tipo que sea, puesto que el estatus de mercenario acarrea consecuenciasnegativas —más negativas, quiero decir, que para un soldado regular— en caso decaptura. Y es que, como hemos visto al analizar la evolución del vocablo, elconcepto de «mercenario» tiende casi siempre a lo negativo, incluso a lopeyorativo. Y las pocas veces que no lo hace es por su aura de aventura, inclusode épica. No en vano se suele usar «mercenario» como sinónimo de «soldado defortuna». Esta segunda posibilidad corresponde a la que vemos en el tema deIron Maiden The mercenary (del album Brave new world), cuya letra nos pintaal guerrero arrojado por su destino a lo más crudo de la matanza:

 

Nowhereto run, nowhere to hide

You’vegot to kill to stay alive

 

Podemos imaginar al veterano cruzado de cicatrices, durocomo el suelo sobre el que duerme cada noche, forjado con hierro y sangre,acostumbrado a ver cómo caen los compañeros. Un tipo que afila sus armas ensilencio, a solas con sus recuerdos, sus traumas y sus miedos, sobre el queconstantemente cuelga la amenaza de la derrota y que trata de retrasarla conlos únicos medios a su alcance:

Showthem no fear, show them no pain

 

Atención, paréntesis: un militar profesional es alguien quese prepara para la guerra y cobra por ello, pero podría pasar toda su vida sinluchar en un solo conflicto. Como mucho, y salvo raras excepciones, participaráen las guerras que libre su país. Un mercenario lucha siempre porque no es queviva de la milicia: es que vive de la guerra. Busca conflictos en los queparticipar y, cuando acaba uno, va a por otro. Atesora por ello más experienciaque un soldado regular y se convierte en estereotipo de, entre otras cosas, unguerrero eficaz, que no es otra cosa que el que sobrevive a muchas batallas.Podría decirse que el objetivo y el deseo de un militar regular es la paz. Elde un mercenario es la guerra perpetua o, mejor dicho, las guerras sin fin.Ciérrese paréntesis.

 

Cabría aquí también, y a modo de ejemplo literario bienconocido, la visión de Pérez-Reverte en su paso por el personaje del Cid (Sidi, un relato de frontera, novela delaño 2019). De hecho podría este ser uno de los arquetipos más usados por él envarias de sus obras, y que encajaría a la perfección en la canción de Maiden:

 

«Sin duda había cálculo en ello; pero lo cierto era que,cada uno desde su desigual posición, monarca y mercenario simpatizaban. Elfranco aplomo del guerrero castellano y la inteligente bonhomía del rey moro lohacían todo fácil, cordial, casi espontáneo. De haber sido de más semejantecondición, concluyó Ruy Díaz, tal vez Mutamán Benhud y él habrían podido seramigos; o con igual naturalidad, llegado el caso, matarse con tranquilo y mutuorespeto en un campo de batalla» (pág 122).

 

Esa era una de las dos ocasiones en las que Pérez-Reverteusa la expresión «mercenario» en la novela. Es en boca del narrador. La segundallega en una parte dialogada, conversación entre el Cid y el conde deBarcelona:

 

«Soltó el conde una maldición. Casi una blasfemia.

—¿Lo sabes, dices?... Tú no sabes nada. No eres más que undesterrado sin patria —señaló a Barbués y los otros—. Tú y esa gente soismercenarios y buscavidas. Chusma de frontera.

También reflexionó Ruy Díaz sobre ese punto.

—Tengo un caballo y una buena espada, señor... Lo demás,Dios lo proveerá» (pág 286).

 

Sidi esuna novela, y por tanto un constructo de ficción que precisa ser inteligiblepara el lector actual —y el futuro, a poder ser—, y que se sirve de su propiocódigo, vigente y operativo solo en su propio universo diegético. Usar eltérmino «mercenario» en ese universo —sobre todo en boca del narrador— es tanválido como hacer que los personajes se expresen en castellano moderno o incluir en la trama, aunque sea porelipsis, la Jura de Santa Gadea. Para una visión complementaria a la lectura deSidi, importante en cuanto a lasintenciones del creador, contamos con DePer Abbat a Pérez Reverte: el Cid, entre la tradición y el superventas en Sidi,de Alfonso Boix. Boix también se detiene en el código narrativo relacionado conlos arquetipos del Western, lo que a su vez enlazaría el Cid de Pérez Revertecon el de Anthony Mann en la película de 1961, con Charlton Heston y SophiaLoren. La película El Cid, comoartefacto audiovisual al servicio del arte, carece de límites creativos y noestá ni debe estar constreñida por la historia. Pero a esta toma de posicionesen el campo de la ficción hay que añadir que Pérez-Reverte, hablando sobre lanovela para los medios, califica al Cid —al personaje histórico esta vez, no asu personaje novelesco— como mercenario, bien que no para denostarlo, sino pararevestirlo de ese halo fatalista y romántico que —todo hay que decirlo— sueleverse en sus personajes protagonistas:

«El Cid era un tipo que, en un territorioturbulento, sangriento e incierto se buscaba la vida. Primero con su rey[Alfonso VI], como debe ser, pero luego se va con el catalán [Berenguer II] yéste lo rechaza, algo de lo que después se arrepentirá, porque más tarde loderrotó y capturó dos veces. Y como no lo quiere, se va con un rey moro[al-Muqtadir] que sí lo quiere. ¡Era un mercenario! Yo he conocido mercenarios.De hecho muchos de ellos son todavía amigos míos. Tú eres un mercenario. Yo losoy y lo he sido en la televisión. Otra cosa es que compartas o no el ideal detu jefe. Eso sí, hay mercenarios infames ymercenarios muy honorables. Y te digo una cosa, en una mala situación,en momentos críticos, y eso digo por experiencia, prefiero tener al lado unmercenario bien pagado eficaz, profesional y consecuente con su trabajo yconsigo mismo que un voluntario entusiasta. ¿Por qué? Porque al voluntario lemueve el ideal; y el ideal, a veces muy a menudo, la realidad lo destruye. Peroel mercenario dice: No, yo estoy aquí porque me pagan. Intentaré estar vivocuando termine mi trabajo, largarme y cobrar». (Entrevista de Javier Flores en Historia National Geographic, agosto de 2021, las negritas corresponden a lapublicación original)

 

A menudo la realidad destruye el ideal,dice Pérez-Reverte. Hasta parece una anticipación de lo que viene ahora.

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Published on July 11, 2024 10:39

July 9, 2024

EL CID NO ERA UN MERCENARIO. «MERCENARIO». El término y su correspondiente concepto III

 


Ya hemos vistoque el término es de origen latino, pero no así el concepto, al menos engeneral. Antes de la aparición del vocablo «mercenario» (y también después) alos guerreros que luchaban por estipendio se los conocía por otros nombres, y cuandose dio uso a «mercenario», no fue específicamente para referirse a la milicia. 

En El mercenariado enla Grecia Antigua, Margarita Durán distingue hasta tres vocablos con losque los griegos designan «la situación de mercenario»: Xenoi (que incide en la condición de extranjero), misthoforoi (cuya posible diferencia conlos anteriores sería su enrolamiento a título permanente) y stratiostoi (que indicaría unaequivalencia con la profesionalización). Presentados los términos, analiza elconcepto: Aymard indica que el soldado profesional (por oposición almercenario) lucha en el ejército de su país y de su soberano, y arriesga lavida en una causa elegida por él, mientras que «el mercenario, obligado por sucontrato, acepta el eventual sacrificio de su vida sin estar jurídicamenteobligado ni sentimentalmente incitado a correr tal riesgo». Yvón Garlandestablece pocas diferencias, pues tanto el soldado-ciudadano como el mercenarioencuentran en la guerra una actividad lucrativa, y considera el «ardorpatriótico» algo muy etéreo, o incluso inexistente en el caso de campañas endefensa de aliados. Marinóvich tampoco traza límites claros. Sí lo haceRomilly, «destacando el matiz ideológico que marca» al soldado-ciudadano.

 

Hay algo muyjuicioso, que nos debe mover a reflexión y que afirma Daniel Gómez Castro en El mercenario en el mundo griego a la luz delos estudios contemporáneos: reflexión teórica y nuevas tesis. «El granproblema del estudio del mercenario en el mundo antiguo es su inevitablecomparación con el mercenariado moderno». Y avisa Gómez Castro del peligro de«dejarnos seducir por ese “fetichismo de las palabras” que tanto daño hace alestudio de la Historia», máxime cuando la principal causa de confusión es queno existe un término específico en las fuentes griegas para definir lo queahora, en sentido amplio, conocemos como mercenariado.

 

Sí que existeese término en el mundo latino, aunque no es específico. Cornelio Nepote, en suDe viris illustribus, nos habla en elcapítulo XX (Timoleón) de «milites mercenarios» —en  nota de Alfonso Gómez Zapata a una edición de1825, se aclara el significado de «mercenários. Que estaban á sueldo:asalariados»—. El término aparece otra vez en XVIII (Eumenes): «mercenarii scribae»:de los escribas a sueldo.

 

Y Julio César,en De bello civili, usa aisladamenteel término, pero lo hace en un contexto que permite aventurar posibilidades.Enumera las tropas de Pompeyo, y dice que tiene nueve legiones completas deciudadanos romanos: cinco sacadas de Italia, una veterana de Sicilia, otra deCreta y Macedonia, y dos de Asia. Además reparte por las legiones, comosuplemento, un gran número de reclutas de Tesalia, Beocia, Acaya y Épiro, ytropas restantes de la derrota de Cayo Antonio. Además esperaba que Escipióntrajera de Siria dos legiones, y aquí viene lo bueno, porque en estas doslegiones había «sagittarios, ex Creta, Lacedaemone, Ponto, atque Syria,reliquisque civitatibus tria millia numero habebat, funditorum cohortes sex, mercenariasduas, equites septem milia»; esto es: tenía tres mil: arqueros, de Creta (oarqueros de Creta, no queda claro), Lacedemonia, Ponto, Siria y otras naciones,seis cohortes de honderos, dos de mercenarios y siete mil jinetes. Y sigue unpoco más adelante diciendo que «Huc Dardanos, Bessos, partim mercenarios,partim imperio, aut gratia comparatos»; es decir: a estos se añadían lostracios dardanios y los tracios besos, parte eran mercenarios, parte adquiridospor poder o favor.

Por lo que seve, tanto uno como otro autor latino tienen claro que los soldados luchan pordiversas causas, siendo el ánimo exclusivo de lucro solo una de ellas, y eneste caso se especifica que se trata de mercenarios. «Mercenario», pues, no esun sustantivo que funcione autónomamente para describir a un guerrero; es másbien adjetivo que solo explica de qué tipo de guerrero se habla, igual quepuede explicar a qué tipo de escriba se refiere el texto.

 

Es posible,rastreando el registro escrito, encontrar el término en otras lenguas a lolargo de la historia, aunque no en la época del Cid. Parece ser que en inglésocurre lo mismo que en italiano, francés y español, con la evolución delconcepto, aunque el término se encuentra antes. El Oxford English Dictionary informa de que la primera evidencia deuso de la palabra «mercenary» es de entre 1387 y 1395, por el poeta GoeffreyChaucer. Existe la posibilidad de que el término aparezca en El príncipe, escrita en el siglo XVI, sibien solo he tenido acceso a ediciones en italiano moderno —cabría comprobarqué término usó Maquiavelo en su italiano vernáculo—. En cualquier caso, en laversión en italiano moderno se usa en femenino y como adjetivo, para referirsea las clases de tropa.

 

Conviene serprecavido, porque en caso de traducción es más fácil caer en esta suerte depresentismo lingüístico. Uno de los autores que más rabiosamente ha atacado alCid fue Reinhart Dozy, e incluso cobró fama en su día la rivalidad a cuenta deeste hecho con Menéndez Pidal, que llegó a decir que escribía «contra unacorriente de cidofobia que había tenido graves negligencias en el acopio de lasfuentes y había cometido multitud de errores al interpretarlas y acoplarlas».Menéndez Pidal se tomaba esto como una empresa personal, por supuesto.Consideraba al Cid uno de los mayores héroes españoles y luchaba por preservarsu dignidad. La verdad es que ni una cosa ni otra deberían suceder, al menoscuando hay historiadores metidos en el ajo, ¿no?

 

Pero vamos alresbalón lingüístico. Al parecer, en 1844, Dozy nos regaló su visión delpersonaje a través de la crónica de un coetáneo del Cid, Ibn Bassam. Es algocurioso leer en 2003 esto, en Mío Cid alservicio y señor de los musulmanes, de Paulina López Pita, profesora deHistoria Medieval en la UNED, citando a Ibn Bassam: «Ese Cid asoló de la maneramás cruel una provincia de su patria; ese aventurero cuyos soldados pertenecíanen gran parte a la hez de la sociedad musulmana, y que combatió como verdaderomercenario, ora por Cristo, ora por Mahoma, preocupado únicamente por el sueldoque había de percibir y del botín que podía pillar».

Ahora va uno ala obra de Dozy, Recherches surl’histoire et la littérature de l’Espagne pendant le Moyen Âge, que es dedonde ha salido ese texto, y lee: «Un chevalier espagnol du moyen âge necombattait ni pour sa patrie ni pour sa religion: il se battait, comme le Cid,“pour avoir de quoi manger”, soit sous un prince chrétien, soit sous un princemusulman, et ce que le Cid a fait, les plus illustres guerriers, sans enexcepter les princes du sang, l´ont fait avant et aprés lui».

 

Es decir, queel Cid se bate para tener qué comer (pouravoir de quoi manger). ¿Dónde está la expresión «mercenario»? En ningúnsitio. ¿Es una traducción torticera o se hace presentismo sin querer? Y consteque aún no llego al fondo de la cuestión, que sigo hablando de términos yconceptos lingüísticos. No voy a entrar en que Dozy califique al Cid como chevalier espagnol, pero no me resisto asoltar esto: ¿sabéis qué es curioso? Que los que niegan la Reconquista porqueesa palabra, «reconquista» no se usaba en la Edad Media, son casimatemáticamente los mismos que insisten en tachar de mercenario al Cid. Ah, quéépoca la presente, en la que la literalidad ha ganado la partida a lainteligencia, a la sensibilidad y al sentido crítico... cuando interesa.Tolkien estaba convencido de que las palabras creaban la realidad. Eso tiene suparte bonita, muy de luz refractada —los oriundos de la Comarca me entenderán—pero también trae contrapartidas, como la posibilidad de manipular la historiamediante el dominio político del relato y por la mutación artificiosa de lalengua —y aquí los que me entenderán son los damnificados por el Ministerio dela Verdad—.

 

En fin, noconsidero que haya sido exhaustivo con esto, pero vale para hacerse una idea. Nopodemos saber si existe una relación de causa y efecto entre estos usos deltérmino desde el siglo I, sus apariciones aisladas e imprecisas en lenguasforáneas y la sacudida lingüística del XIX en España. No podemos saber si esasacudida llegó desde Italia o desde otro lugar. Lo que sí sabemos, salvo pruebaen contrario, es que el término «mercenario» desaparece de nuestro registroescrito en cuanto a relación con la milicia, y durante ese lapso —que dura comomínimo hasta la Baja Edad Media— tampoco se le encuentran connotacionesnegativas. Y esto es algo que durará hasta la modernidad, cuando empieza aasentarse el concepto de «mercenario» que tenemos ahora.

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Published on July 09, 2024 10:30

July 7, 2024

EL CID NO ERA UN MERCENARIO. «MERCENARIO». El término y su correspondiente concepto II



Interesan lasacepciones de nuestro entorno latino porque el asedio del que hablé en elepígrafe anterior, el que llevó a la sacudida y acabó con la transformación delconcepto de mercenario, pudo venir desde fuera de España. Saltamos al sigloXIX. Hacia la primera mitad, el término en italiano ha sufrido unatransformación, o eso parece. Primero un vistazo a la acepción más inocente Nuovo dizionario de’ sinonimi della linguaitaliana, de Tommaseo, 1833; esta no creo que sea necesario traducirla:

 

«Mercenario chiserve altrui per mercede; l’idea di mercenario non ha punto di spregevole insé: ma parlando di colore i quali per istituto dovrebero operare a fine dicarità, di giustizia, d’onore, allora acquisia mal senso».

 

El matiznegativo se reserva para quien opera con fines de caridad, justicia y honor. Seentiende que estos objetivos son tan elevados que cobrar estipendio por ellosrebaja a quien los busca. ¿Comprendería esto a la milicia, aunque no se nombreexplícitamente? Es de suponer que sí, pero también comprendería a otrasocupaciones. Sin embargo, quince años más tarde aparece una referencia militaren la Antologia italiana giorniale discienze, lettere de arti, de 1848. En el apartado «Sulla guerra e suglieserciti» en el capítulo III. Truppe mercenarie— el texto asegura que «Lacivilizzazione va debitrice alla istituzione delle leve annuali di uno de’ suoimaggiori progressi: il licenziamento dei mercenarii stranieri, dei qualipresentemente rimangono apenna pochi reggimenti al servizio di Napoli e diRoma».

 

Se insistedespués en el progreso que supone esta reforma militar: se pretende extender laleva ciudadana en contraste con el empleo, preferiblemente a evitar, demercenarios extranjeros. Se considera apropiado «militarizzare un paese dalunga pezza occupato da mercenarii stranieri». Hay que poner esto en relacióncon el momento histórico italiano y sus antecedentes, pero lo que interesa aquíes que el concepto de «mercenario» que se acerca más al nuestro actual podríahaber surgido en Italia —¿lógico, teniendo en cuenta el protagonismo de los condottieri en la historia italiana?—. Eincluso se nos ofrece ya una definición. Primero por lo negativo, al decir queno son mercenarios todos los individuos que sirven por un salario. Tampoco esmercenario el soldado propio que recibe del gobierno una retribución, seaescasa o ajustada. ¿Qué podemos considerar, entonces, como mercenario? Pues «atutto rigore, é mercenario colui che serve a stipendio straniero, lungi dallasua patria, e senza autorizzazione del governo legittimo del suo paese».

 

Sea por culpade lo italiano, sea por camino paralelo o por cualquier otro, nuestro conceptoevoluciona (o involuciona, según se guste) en el mismo sentido, y de elloaparecen muestras unos años más tarde. ElDiccionario militar, etimológico, histórico y tecnológico de José Almiranteya asume en 1869 una acepción militar que sumar a la civil, y hasta entra en eldetalle del matiz negativo, lo cual incluso sorprende al señor Almirante:

 

«MERCENARIO.Del latín merces, en castellano merced, que, seg. Dicc Acad., es premio ógalardon que se da por el trabajo, especialmente al jornalero. MERCENARIO, elque sirve por su estipendio. En el día se toma esta palabra en mala parte sinsaber por qué. En su sentido recto y general, todo el que recibe SUELDO esmercenario; y en ningún tiempo ha sido vergonzoso, sino muy recomendable ymeritorio, “recibir estipendio por su trabajo”. Aunque el vocablo se concrete yexclusivamente se aplique al SOLDADO AVENTURERO y al OFICIAL DE FORTUNA, que seponen á sueldo de una causa o de una nación extraña; la moral, la filosofía, elpatriotismo podrán acaso tener algun escrupulo, el ARTE MILITAR ninguno, siesos SOLDADOS son “buenos”».

 

Dos añosdespués, 1871, en el tomo XXI de la Revistade España aparece este ilustrativo texto:

«Tratando deherir en lo más vivo el sentimiento del honor militar, se dice que el soldadovoluntario es un miserable mercenario, y se olvida la relación etimológica queexiste entre las palabras sueldo, soldada y soldado, y el que esto dice sueleser un oficial, un jefe ó un general que sirve á su patria y cobra su sueldo,lamentándose de la rebaja del 10 por 100 á que se halla sujeto por los apurosdel Erario público. No es mercenario en el sentido despreciativo que sepretende dar á esta palabra, el soldado que sirve á su patria y cobra susoldada, como tampoco lo es el oficial que cobra su sueldo en pago de losservicios que en su empleo presta. En el sentido más amplio de la palabra,tanto el soldado, como el oficial, como cualquier empleado del órden civil yjudicial, los ministros inclusives, son mercenarios, pues el Diccionario de lalengua castellana (edición de 1803) dice así: Mercenario, mercenaria, adjetivoque se aplica al que trabaja ó sirve por su paga. Cese, pues, esta calificaciónde mercenarios aplicada en son de menosprecio a soldados voluntarios, que debenser los mejores soldados del ejército, que lo han sido en lo pasado, que loserán sin duda en lo porvenir el día que existe una bien entendida organizaciónde la fuerza armada».

 

Quince años mástarde, 1886, la acepción principal sigue siendo la del asalariado, sin juiciosde valor. Pero la acepción militar, así como las connotaciones negativas delconcepto en general, aparecen definitivamente aceptadas en castellano a tenordel Diccionario de las lenguas española yfrancesa comparadas, de Nemesio Fernández Cuesta:

 

«MERCENAIRE(mersnér): adj.: mercenario, el que trabaja por estipendio ó jornal. ||Mercenario, que sólo tiene por objeto un interés más ó menos sórdido. || Fig.:interesado, ávido de ganancia. || Dictado, inspirado, motivado por el interés.V Mil.: mercenario, soldado aventurero y oficial de fortuna que se ponen á sueldode una causa ó de una nación extraña. || Áme mercenaire, alma que se vende, vilsobornable, || Main mercenaire, mano mercenaria, todos los trabajos, artes queno tienen otro móvil que la ganancia. || s. m.: jornalero, bracero, trabajadorque trabaja pro un jornal ó estipendio convenido. V Tropa que sirve en laguerra á un príncipe extranjero por cierto estipendio. || Fig.: hombrecorrompido, que se vende, corrupto.

Et. del latinmercenarius; de merx, mercancía, unido á mercrí, merecer, y quizás al griegomeros, moros, mora, parte, partición, meiromai, partir, formas del sanscritomar, dividir, cortar. Antiguo español mercendero, el que recibía gracia ómerced; provenzal y catalan mercenari; italiano mercenario».

 

¿Nos acercamosun poco más al sentir de la calle? En el Diariode Sesiones del Senado del año anterior, 23 de diciembre de 1876, sereproduce un debate entre el senador Fernández San Román y el general Concha.Aparte de comprobar la educación erudita con la que discutían aquelloscaballeros (nada que vez con la zafiedad poligonera de los canis y chonis quetenemos ahora en todas las instancias políticas), hace San Román un sucintorepaso a la historia —por entonces reciente— a propósito del sistema dereclutamiento militar, y recuerda que la institución de los ejércitospermanentes, aunque no como obligatorios, data del siglo XVI, como iniciativadel cardenal Cisneros: «Si bien sin sorteos, quintas, conscripciones ni maneraalguna de sacar el Estado los hombres para el servicio de armas. La idea de ejércitopermanente viene de que el Estado, no siendo entonces el único que convocabagentes para la guerra, asumió el derecho y mantuvo constante fuerza pública. Amediados del siglo XVII, que en mi concepto termina por completo el serviciomercenario, despues de la guerra de los treinta años, vienen las quintas,establecidas en tiempos de Luis XVI, como ha dicho bien el Sr. Ruiz Gomez, y vaprogresando esta forma de reclutamiento á proporcion de las necesidades de laguerra y de los Estados».

¿Significa esterepaso que jamás en la antigüedad hubo relación específica entre el término«mercenario» y la acción bélica? Pues no se puede decir tal cosa. Para empezar,la guerra es una ocupación en toda época y, como las demás ocupaciones, erasusceptible de hacerse por dinero. De un labrador por cuenta ajena en el sigloII d. C. podría predicarse ahora que era un mercenario. Y también de un soldadoque cobraba, claro. La cuestión es: ¿realmente se decía entonces?

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Published on July 07, 2024 10:19

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Sebastián Roa
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