Charla en la Universidad de Princeton, N.J. U.S.A.
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Buenas tardes y muchas gracias por su invitación.
Cuando me invitaron a preparar una charla, lo primero que pensé es que no tenía nada para decir. Nada. Me pasa siempre. No me asusta. Me pone aparte de otra gente. Gente con ideas más acabadas acerca de las cosas. Gente organizada, práctica. No es mi caso. Lo habitual en mí es el desorden. Nunca sé qué voy a decir, hasta que lo digo. Mi esposa puede corroborar que no miento.
Y, si no tengo nada para decir, entonces ¿Por qué decir algo? La coartada nos la dió el ingenio de Samuel Beckett, un irlandés, como mis abuelos, diciéndonos eso de que no hay nada que decir y que, igual, hay que decirlo.
Mis abuelos, sobre todo uno, Patricio, un irlandés con nombre reglamentario, me transmitieron enseñanzas parecidas. No con frases tan precisas como las de Beckett o las de Wilde, pero sí con actos; con un modo de ser y hacer que parecía remendar constantemente el mundo a su modo, atarlo y zurcirlo, enganchar lo que tenían con lo que les faltaba y hacer de cada necesidad una virtud. Como ellos estaban ahí, como las cosas estaban ahí, ellos y las cosas tenían que inventarse una historia compartida, algo para contarse.
Entonces, como acá estoy, como estamos, voy a decirles algo. Voy a contarles. No voy a mirarlos y le voy a permitir a mi timidez refugiarse en el papel. Eso sí. Tampoco tanto.
Voy contarles algo acerca de Argentina, claro. Porque haber salido un rato de ahí me deja hablar de ahí como de otra parte, como de un lugar del que vengo. En el que puedo no estar. Porque es, en general, otra cosa: es el tiempo en el que estoy. Es el agua de la pecera. Lo obvio que habito. Una mezcla de olores y sonidos que se apelotonan como chispazos en el hocico de un perro. Señales codificadas, hechas para que alguien desarme el ovillo, tire de un hilo, y pacientemente vaya tejiendo algo menos confuso. El aire. Lo obvio que se huele, que te pega en la cara. Desde acá, un lugar. Otra parte. No voy a hablarles con claridad. No es lo mío. No soy una persona que vaya a darles un panorama esclarecedor ni certero de mi país. Ya les dije, además, sería tonto siquiera tratar. No tengo la capacidad, ni el conocimiento, ni la paciencia. Disculpen el prejuicio, pero no creo tampoco que la tengan ustedes. Porque decodificar Argentina, tratar de explicarla, es imposible. No voy a contar la historia, ni voy a analizar las condiciones políticas o sociales de la actualidad porque seguramente cambien seis veces desde que escribo esto hasta que se los esté diciendo. Nada de eso. Yo aprendí de mi abuelo irlandés a coser y remendar, a unir lo que no tengo con lo que no sé, así que voy a tener que hablarles de esa forma, que es, para mí, la única posible.
En casa no tenemos televisión. Casi no leo los diarios. Lo que sé, lo sé por otros, lo sé por cuentos y porque, en Argentina, es imposible no saber. Un argentino siempre sabe. Todo. Y, si no sabe, dice que sabe. Tiene que saber. Un argentino sobre todo, tiene que saber ser un argentino. Yo sé cosas. Sé que la inflación y la gente pobre empatan, están, ambas, en el mundo de las cifras, de la estadística, arañando el cincuenta por ciento. Sé que Buenos Aires es húmedo como una esponja y que el tránsito es un caos y que gritamos y que toda la gente se besa y que, como en todas las ciudades, hay ciertos lugares que es preferible evitar. Porque roban o matan o te cobran cualquier cosa por un bife con ensalada.
Sé que, en Buenos Aires, todos los días, en los ascensores, la gente comenta el valor del dólar aunque tenemos otra moneda que por ahora se llama peso, lo que dijo el presidente en Twitter, el caso de la chica que violaron en el campo, a la salida de la escuela, las pruebas que presentaron en el juicio por corrupción a los encargados de llevar adelante la obra pública. Sé que de todo hacemos un desastre, un drama, una broma. Sé que nos acostumbramos a ver algunas cosas que no deberíamos. Con una crispación leve que nos configura una segunda piel eléctrica hecha de estrés.
Nos acostumbramos a estar en ese lío y a hacer lo que podemos. Es así. Cada uno hace lo suyo como puede en Argentina. Yo escribo.
Escribir literatura no es una gesta heroica. No debería. Es una decisión o una imposición. Es un impulso. En todo caso, es algo personal. Es uno el que escribe. Primero por uno, para uno, después, por otros asuntos. Escribir ficción no es algo que uno debería exponer con pompa o esconder en las charlas de los ascensores, en las sobremesas laborales, en las conversaciones casuales y breves que piden los semáforos. Escribir es algo que, en principio, no se elige. Y, si la repulsión a los lugares comunes nos obliga a no repetir eso de que “lo que escribimos nos elige”, por lo menos, tendríamos que aceptar que, si uno es argentino, uno no es el que elige dónde escribir. Para poner una letra detrás de otra y contar, para fijar en el papel un pensamiento, una imagen, para tallarla con serenidad, uno podría elegir ser algo menos vertiginoso que un argentino.
Bueno, o más bien, a partir de ahora debería decir, más que “argentino”, yo. Si uno es yo, no elige. Cualquiera sea ese yo del que estemos hablando.
El tema es que, además de ese yo, siempre hay otra gente. No podría haber ese yo, sin todo el resto. Casi la mitad de mi país es pobre, ya lo dije. Me parece un buen dato para dar contexto, pero hay otros detalles. Es difícil encontrar, incluso entre los que comen y juegan videojuegos y toman café con canela, gente serena, sin crispación, sin queja. Se vive así ya casi por tradición. No sabemos otra cosa. Y, lo cierto es que, cada uno tiene sus problemas o los inventa. No voy a ponerme a enumerar casos, se nos irían unas semanas en nada. Cada uno hace lo que puede con Argentina, ya lo dije y yo, en Argentina, escribo.
Hablar de literatura, en ese contexto que les cuento, decir que estás escribiendo una historia, un cuento, una novela acerca de lo que te vino en gana, acerca de lo que, de repente se asomó al balcón de tu cerebro y se tiró en picado a un charquito de incoherencias, es como sentarse a comer un sándwich en la Franja de Gaza. En el contexto de la urgencia, nunca es el tiempo de la literatura. Pero, para sobrevivir, yo me inventé una trampa.
Me inventé una urgencia falsa. Y empecé a escribir, como si fuera necesario, como si fuera importante. No hace mucho. Unos años. Aunque escribo desde que era un nene. Aunque desde siempre, nunca era el momento, nunca era, para los otros, justo ocupar en eso algo tan escaso como la atención, el tiempo, la fuerza, la vida.
Para hablar de eso que me inventé, como dije, voy a hablar de mí. Aunque no me gusta. Escribo más para esconderme que para mostrarme, pero voy a hablar de esa trampa que me inventé, porque creo que puede servir como ejemplo. Ser un ejemplo, tratar de encarnar un ejemplo, es siempre un poco tonto.
Pero me voy a amparar en otra frase de mi abuelo irlandés (siempre inventando cuentos para darle sentido al sinsentido), para justificarme. “Para muestra, basta un botón”, decía. De chico, literal, yo pensaba que los botones no eran todos iguales, pero que servían para lo mismo. De ahí la frase, seguramente. Se usaban y se vendían de a puñados. Aunque un mismo estilo de botón podría estar en el puño ensangrentado de la camisa de un asesino, podría estar en la manga del blazer de un policía que firma su orden de arresto. Podría estar en el pecho de un cocinero y ver cómo decide cambiar los ingredientes por veneno. Podría decorar el bolso de una adolescente que se escapa de la casa subiéndose a la moto de un tipo que conoció esa misma tarde. En fin, que cada uno, puede tener su propia historia. Sea botón, sea ejemplo. Y, puede servir esa historia, para contar todas las otras posibles. Más por estar ahí que por ser algo. Con estar, alcanza.
Hablo entonces de mí. Soy un escritor argentino. Uno de cuarenta y pico, porteño. A medida que me voy asumiendo como escritor, me interesan cada vez más, las vidas de otros escritores y, sobre todo, sus rutinas de trabajo, sus modos de encontrar los momentos para escribir. En casi todos los casos, encontré algo parecido: una disciplina. Levantarse a cierta hora, acostarse a cierta hora, cerrar las ventanas, abrir las ventanas, caminar por el mismo sendero, tomar notas en bares bulliciosos o en campos desolados. En casi todos los casos, encontré personas que escribían de a ratos, trabajando de otras cosas, deseando tener más tiempo, más cabeza, más concentración, menos demandas. En 1900 y en 2019. Siempre. Una insatisfacción que empuja.
Me ha tocado, a veces, contestar a las preguntas que contestaron alguna vez esos escritores admirados. ¿Cómo es tu rutina de trabajo? ¿Cómo es tu metodología? ¿Cuándo, cómo, dónde, por qué escribís?
Respondo que todos los días me despierto a las siete. A veces antes, duermo mal, pero me quedo en la cama. Doy vueltas. Suena el despertador. Que es el teléfono. Todo es el teléfono. Lo apago y se prende. Es más inteligente que yo o, por lo menos, más responsable. Se enciende y ya tiene mensajes, ya trabaja. Publicidades, asuntos que quedaron fuera del rango de la vida el día anterior. Afuera, no hay ruidos por un rato. Vivo en un departamento que está rodeado de otros departamentos. Siempre hay ruido, menos en ese momento de insomnio. Mientras me voy despegando del sueño, pienso en las cuentas por pagar, en las cosas por hacer, en lo que estoy escribiendo. A veces, tengo una idea y anoto: cómo organizar los pagos, qué va a decir una mujer que está hablando con su padre enfermo acerca de su embarazo. En general, esas ideas, no sirven.
Me levanto y me visto, mi esposa prepara a los chicos, yo, las bolsas con los almuerzos. Vamos a la escuela, los dejo y tengo una hora antes de entrar a trabajar. En esa hora, voy a un bar. En el bar pido siempre un café, la consumición mínima. Un café negro que tiene el mismo gusto que las mesas. Quiero decir que, asumo que, si uno las chupara, tendrían ese sabor a humedad y azúcar y plástico. Es una hipótesis sin verificar, pero la creo muy probable. Me gusta ese bar porque la gente que va es siempre parecida. No la misma, pero parecida. Siempre hay una señora que está loca. Lee con la cara pegada a un libro y carcajea. Siempre hay reuniones de dos hombres con barba y saco. Siempre tienen planes.
El wi fi anda poco y mal. La clave es Manhattanbar. El edificio imita el Chrysler, pero de un modo grotesco. Voy a ese bar desde hace mil años. Siempre es feo. Pero hay un bullicio parejo. Hay televisores sin sonido. Hay una misma conversación con el mozo.
El bar Manhattan, es el edificio más feo de Buenos Aires, según algunas guías de viaje. Y tienen un poco de razón. Asumo que los que escribieron esa guía, hicieron su trabajo de campo y entraron al bar, porque lo cierto es que no es tan feo por afuera como por adentro. Pero es un refugio. El mozo, desde hace más de quince años, ve cómo me siento a escribir o leer. Antes, cuando era más joven, me preguntaba: ¿estudiando? Ahora me dice ¿trabajando? Siempre digo que sí. Me parece irrespetuoso no acatar su visión del mundo: la gente trabaja, la gente estudia. La gente no lee porque lee, no escribe porque escribe. La gente no disfruta y está bien. Desde hace quince años, el mozo y yo no hablamos mucho más que de eso. Comentamos cosas que pasan en la tele. Un partido de fútbol, el precio del dólar. Él me dijo que el dólar no le interesa, me dijo que el fútbol no le interesa. Así que seguro que le interesan otras cosas de las que no habla y, en la intimidad, debe sentir pena por mi vida opaca de estudio y trabajo y charlas insípidas acerca de fútbol y devaluación con él. Hablando con el mozo, aprendí a asumir la escritura como una urgencia práctica. A él le miento con suspiros y quejas. Me toca hacer eso que me ve hacer. Me toca simularme abrumado. Es importante, en Argentina, estar a la par del descontento, no es bueno mostrarse muy satisfecho con lo que uno hace: es sospechoso. ¿Cómo podría disfrutarse el tiempo diario, la rutina de trabajo?
Cuando termino el desayuno, voy a la oficina. En mi trabajo principal, paso nueve horas sentado. Enfrente de una computadora. Sin necesidad. Podría estar menos tiempo, podría moverme. Correr en la oficina, patear escritorios. Algo más apegado al instinto. Y todo pasaría más o menos igual. Digo, podría hacer lo que hago para que me paguen. Pero me pagan también por estar ahí sentado, y me siento. Nueve horas. Trabajo en marketing y odio el marketing, pero por ahora conseguí ese trabajo. En Argentina, el trabajo, más que nada se encuentra, se consigue, no se elige. Odio el márketing. Me parece una de las formas más acabadas de la estupidez. Pero es fácil de hacer, y paga. Además, me sirve para tener un contraste que ubique a la escritura del lado del escape, de la urgencia y la necesidad. Si paso nueve horas inventando eslóganes para marcas de postres y estratégias de comunicación para estartaperos, es necesario compensar. Escribo para balancear el mundo que me inventé. Una línea al día, un párrafo. Mientras vivo nueve horas con otros. En ese trabajo somos siete personas. A dos, les encanta estar, a los otros no. Pero convivimos. Nueve horas, de lunes a viernes. De los siete, uno sabe que escribo, el resto no. O, si sabe, no le importa. No hablamos de eso.
Cuando salgo de mi trabajo, voy a mi otro trabajo. Doy clases de escritura creativa, un taller. Es porque necesito el dinero, pero, además, porque me gusta, porque lo creo mejor que lo otro, más propio y necesario. El taller lo doy en un altillo y, si hace calor, en una terraza. Los chicos escriben poesía, cuentos, novelas. Siempre falta alguno, pero van, insisten. El flyer con el que lo promociono dice que “Es mentira que no tenés tiempo para escribir” y, en eso nos basamos. El taller termina a las nueve de la noche. A ninguno de los alumnos les resulta fácil ir, pero es el momento del día en el que no mentimos. A eso de las diez, ya estoy en casa. Ceno. Hablo con mi esposa. Nos dormimos viendo una serie, leyendo un libro. Tengo la suerte de estar enamorado.
En algunos huecos, tengo otros trabajos ocasionales. Ocupo el tiempo. Mi esposa trabaja, también, claro, mucho, y además, se ocupa de un montón de asuntos que son para mí un misterio y que hacen andar el mundo familiar. Ella sabe el lugar en el que están las medias, el turno del odontólogo, la fecha del cumpleaños de nuestros sobrinos. También escribe. Y muy bien.
¿Cómo hacemos? Ella, por impulso y de a ratos, yo, como dije, mintiéndome.
Yo me inventé que la escritura es necesaria, que es algo que tengo que hacer.
No todo lo demás. Todos los días, una línea que compensa las noticias alarmantes del portero, del taxista, del tipo del supermercado. Estamos mal y vamos a estar peor. Pero, yo, escribo.
No creo que escribir, ya lo dije, sea una gesta heróica, un acto de valentía. Creo que es tratar de hacer algo con lo que se tiene y ponerlo a circular en el mundo. Algo que no sea lo que hay, que sea otra cosa. Algo que refresque por oscuro o por luminoso, por improbable. Algo que abra un hueco a la fatalidad elegida de mi país. Sin embargo, todas esas horas crispadas, esa manía por el vértigo y el colapso, se filtran y termino escribiendo siempre acerca de un cierto extrañamiento. En lo que escribo, todo el tiempo está a punto de pasar algo que no pasa, todo el tiempo está a punto de saberse algo que no se sabe. No es una búsqueda. Es más bien un extravío, es el lugar en el que estoy. Y aunque esté perdido, en el caos, cosiendo lo que no sé con lo que no pasa, aunque no tenga nada para decir, puedo decirlo.
Published on October 14, 2019 19:31
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