Farándulas pascuales
Hace ya días que terminó la Semana Santa, uno de mis periodos favoritos del año, por no decir directamente mi preferido. Una afirmación que a menudo induce a una creencia errónea y que me veo en la obligación de desmentir: se supone que en realidad, el tiempo pascual es el verdadero inicio de un ciclo que debe de durar todo el año.
Mientras le daba vueltas a esto, al mismo tiempo que disfrutaba del retorno de un tipo de Semana Santa que creí que no volvería jamás, fui consciente del cambio tan brutal que hay desde sus días punta hasta pasado el Domingo de Resurrección. Es decir, que en vez de cruzar de muerte a vida, se cruza de la temporada alta a la temporada desértica. Es por esto, que me veo obligada a expresar una necesidad urgente.
Es probable que tú también lo hayas intuido en más de una ocasión. La ostentación externa es tan llamativa que acaba eclipsando el verdadero propósito, rozando el presumir de algo de lo que en realidad carecemos. Lo hemos visto mucho en estos últimos años, marginando cual leproso al hombre asaltado que estaba tirado justo al lado de nuestro camino, por temor a quedar impuros de cara a nuestros compromisos. Quizás es por esto que yo he notado más la presencia del protagonista de la Semana Santa cuando mis intenciones no eran recargadas. Y es que es muy peligroso lo que sucede cuando permitimos que a la Semana Santa le ocurra lo mismo que a la Navidad: que se quede en una farándula más.
Por supuesto que hay que conservar el patrimonio artístico, y luchar con tal de no perder esa cultura histórica que nos aporta una identidad singular como pueblo y nación, y más en esta era en donde predomina la tan tóxica cancelación. No cabe duda de que ésa es una parte muy importante en cuanto a combatir una obsesiva corrección política. Pero si yo solo soy capaz de sentir espiritualidad extática cuando hay máximo apogeo material durante unas fechas limitadas, y pasada la Semana Santa se esfuma ese sentir de la noche a la mañana, algo estamos haciendo mal. Peor todavía cuando ni siquiera en Semana Santa tenemos el más mínimo ápice de espiritualidad extática, sino solo el perfeccionismo e integración en una apariencia muy vistosa. Unas atracciones mal llevadas que pueden conducirnos a tentaciones que alimentan el ego.
No busques a propósito el primer lugar en la mesa del banquete, quedando ya pagado sin habértelo ganado con un mérito sincero que te da el maestro de ceremonias. No pretendas aumentar la riqueza del templo trasladando allí tus mercancías, pues llegará un momento en que lo más simple acabe expulsándolas a latigazos. El verdadero valor está en la adoración en silencio anónimo.
Mientras le daba vueltas a esto, al mismo tiempo que disfrutaba del retorno de un tipo de Semana Santa que creí que no volvería jamás, fui consciente del cambio tan brutal que hay desde sus días punta hasta pasado el Domingo de Resurrección. Es decir, que en vez de cruzar de muerte a vida, se cruza de la temporada alta a la temporada desértica. Es por esto, que me veo obligada a expresar una necesidad urgente.
Es probable que tú también lo hayas intuido en más de una ocasión. La ostentación externa es tan llamativa que acaba eclipsando el verdadero propósito, rozando el presumir de algo de lo que en realidad carecemos. Lo hemos visto mucho en estos últimos años, marginando cual leproso al hombre asaltado que estaba tirado justo al lado de nuestro camino, por temor a quedar impuros de cara a nuestros compromisos. Quizás es por esto que yo he notado más la presencia del protagonista de la Semana Santa cuando mis intenciones no eran recargadas. Y es que es muy peligroso lo que sucede cuando permitimos que a la Semana Santa le ocurra lo mismo que a la Navidad: que se quede en una farándula más.
Por supuesto que hay que conservar el patrimonio artístico, y luchar con tal de no perder esa cultura histórica que nos aporta una identidad singular como pueblo y nación, y más en esta era en donde predomina la tan tóxica cancelación. No cabe duda de que ésa es una parte muy importante en cuanto a combatir una obsesiva corrección política. Pero si yo solo soy capaz de sentir espiritualidad extática cuando hay máximo apogeo material durante unas fechas limitadas, y pasada la Semana Santa se esfuma ese sentir de la noche a la mañana, algo estamos haciendo mal. Peor todavía cuando ni siquiera en Semana Santa tenemos el más mínimo ápice de espiritualidad extática, sino solo el perfeccionismo e integración en una apariencia muy vistosa. Unas atracciones mal llevadas que pueden conducirnos a tentaciones que alimentan el ego.
No busques a propósito el primer lugar en la mesa del banquete, quedando ya pagado sin habértelo ganado con un mérito sincero que te da el maestro de ceremonias. No pretendas aumentar la riqueza del templo trasladando allí tus mercancías, pues llegará un momento en que lo más simple acabe expulsándolas a latigazos. El verdadero valor está en la adoración en silencio anónimo.
Published on April 30, 2022 08:30
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Un Alma Libre De Mente Inquieta
Reflexiones introspectivas y personales de la escritora Irene Maciá.
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