Espigilato

Mi abuelito fue una persona muy compleja. Yo no puedo ni quiero juzgar los aspectos de una vida que no conocí, que no me tocó vivir. Lo que sí me tocó vivir fue una personalidad compleja, pero que nunca dejó de quererme y que yo también quise mucho. Mis recuerdos se van a los días en que recogíamos ciruelos de su pequeño jardín; a veces también había chabacanos, peras. Lo recuerdo así y me quedo con esa imagen: Él trabajando infatigable en su jardín, con el sol sobre su rostro, en sus ojos claros. Mirada adusta, seria, pero también alegre a su manera, sobre todo cuando platicaba conmigo. Conmigo era alegre, cariñoso. No congeniamos en muchas cosas: quería que yo fuera enfermera militar, y yo que no puedo ni seguir órdenes simples. Pero eso si, gracias a él escuché (y me volví fan) de la música clásica. Es uno de los recuerdos que tengo no sé de qué edad, pero me veo a mí misma corriendo a su casa. Ahí escuchábamos juntos la estación de radio Opus 94 del Instituto Mexicano de la Radio. A él también le gustaba la música de la estación de radio El Fonógrafo. Fue gracias a él, y sólo a él, que pude tener tener un espacio en mi infancia para disfrutar la música clásica. Me quedo con eso. Gracias abuelito, por darme la semilla de la música clásica en mi vida. Descansa en paz, te recuerdo con cariño y rezo por ti. Ya estás en tu jardín.
Este poema lo escribí para él, no sé ni en qué año, quizás 2011, no lo recuerdo. En ese tiempo escribí también para él un cuento y dos poemas. Este poema se publicó, eso sí, en 2018, pero está registrado desde 2017. Lo menciono porque la palabra del poema no es mía, ni de nadie más. Espigilato es una palabra de mi abuelito. Un día acabó en el hospital y recuerdo que lo fui a visitar. Estaba bajo los efectos de la anestesia y dijo la palabra Espigilato. Creo que también la tenía escrita en uno de sus papeles, en su casa. De eso va el poema. La palabra es suya, yo solo la recopilé.

Espigilato

Mi abuelo era huérfano, apenas si aprendió a leer.
Mi abuelo a los siete años
trabajó como ayudante de matarife
degollando reses o limpiando
el olor ferroso de la sangre pegada al piso.

Mi abuelo a los trece años
trabajó en Cuautla y contrajo paludismo
(entre los sueños febriles recordaba
el rostro de la esposa de su patrón español).

Mi abuelo salió a trabajar al ferrocarril y cuando regresó
su hija primogénita había muerto
y la estaban velando
en una caja de cartón sobre la mesa.

A sus casi ochenta años, mi abuelo me enseña una palabra:
Es-pi-gi-la-to

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Published on April 25, 2024 00:19
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