Liminalidad [Relato]

Cuando te conocí lo supe de inmediato. Que ya te amaba.

Era verano y el sol iluminaba las casas rojas de nuestro condominio. No había sombras, solo ese brillo que hacía que todo pareciera estar en un umbral. ¿Por qué tenías que mirarme así la tarde en que nos conocimos? Mi amiga nos presentó, y sentarme a tu lado, entre nuestro grupo que conversaba en el pasto, se sentía como padecer ese abrazo, ese beso, esa seguridad que tenía tu risa despreocupada. Ese pelo con rulos tan desordenado, que solo en ti significaba orden. Tu aroma a colonia de señor, que me armonizaba mientras la cordillera, sobre esos techos resecos, se asomaba como un gigante de un dulce color malva. Ese olor a pasto me recordaba al verano, a ese verano en que todo se vuelve tan distante, como si las protecciones de las ventanas se dilatarán con alma propia. Que eras tú, que se recogía en mi mente cuando, luego de conocerte, me invitaste a buscar tréboles. Entre tréboles aplastados por el calor, campanillas blancas que subían por las rejas y ese olor dulce a damasco caído que traía el viento, nos hablamos. Me hiciste sentir la sutileza que era estar junto a ti. Tu mano, ese roce. ¿Por qué tenías que mirarme así la tarde en que nos conocimos?

Y entonces, oscuridad, inseguridades. Quizás no estaba lo suficientemente arreglada, no esperaba encontrarme contigo. Era verano en mi condominio. Solos estaban los de siempre, las amistades de la infancia, como todavía este recuerdo que recorre lo que soy y lo que seré, y se queda tocando mi columna, agujas de hielo clavadas en mi columna, y vuelve a dar vueltas. Siento que no volverá.

La noche de estrellas, y la fiesta en la casa de mi amiga. Arreglarme, salir apurada. Quería llegar antes que ti, verte, saborear tu mirada, tu nombre al encontrarme contigo. Saborear nombres, colorearlos. Estar del otro lado de la pista de baile que armamos en el living corriendo los sillones, y tú, mirándome, siempre mirándome con esos ojos de contorno que me recordaban a las avellanas que traía mi mamá después del trabajo. Esas son tus manos, con las que tomaste las mías, mientras las luces multicolores bailaban sobre ti en un cauce infinito. Con la música, todo parecía estar en constante movimiento. Como la memoria, en esos sueños que me diluyen cada noche. Tus manos se arrimaban a mis dedos, y ese roce me alejaba de mí, la noche se detuvo en ese gesto. En tus antebrazos y esa pulsera de cobre que todavía no entiendo por qué ni cómo me hacía sentir tantas emociones.

Luego la música. Siempre la música, el alcohol, la melodía triste, luego alegre. Sombras nos rodeaban. Me tomaste la cintura, nos miramos y te pasé las manos por los hombros; sentí tu aliento húmedo, tu agarre gentil, esa mandíbula que me hacía sentir que él era más real que el resto. Y que ahora no recuerdo ni cómo ni por qué. Pero te extraño. ¿Por qué tenías que irte? ¿Por qué tenías que mirarme así la tarde en que nos conocimos?

Soy una tonta. Debí haberte tratado por tu apellido, como todos lo hacían. Debí no reírme con cada chiste, nunca tuve que hacerme rulos con el dedo. Jamás debí mirarte de esa manera, con los ojos bien abiertos, con el rostro levantado, con las pupilas encadenadas a esa persona que me hace feliz, que sé que me puede hacer feliz. El verano solo dura dos meses. Nuestro verano quizás ni siquiera alcanzó ese tiempo.

Te dejé entrar a mi hogar esa mañana; ni siquiera era necesario que tocaras la puerta. ¿Sabes que fui feliz junto a ti? ¿Sabes que nunca había creído posible sentirme tan segura en un abrazo, en un beso? Ni siquiera tenías que tocar la puerta. Y yo te abrí, te mostré todas las habitaciones. Hasta te di una copia de las llaves. ¿Por qué tenías que mirarme así la tarde en que nos conocimos?

Dos meses. Dos meses. Ni siquiera fueron dos meses. Son tantas sombras, pero no de los cipreses ni de las casas, ni de ese sol tan amarillo que jamás volvió a envolverme. Ese olor a tarde de verano, tan fresco y liviano como la brisa que me obligaba a detenerme y tomarme la falda, como un momento que se escapa entre mis manos, y las sábanas, y la primera cita en que me sentí la única en tu memoria. Éramos solo yo y tu obsesión, tu cariño. Me deseabas como si yo pudiera ser suficiente para alguien. Y yo te agradecí: en la segunda cita conocimos el tacto sutil de la tela, la entrega del amor en su momento. Con las cortinas volando aunque no hubiera viento. En esas habitaciones que llevaban a pasillos que se repetían una y otra vez. Ese rostro tuyo tan hermoso, que parecía ajeno a la marea que nunca ahoga, lo que tú llamaste vida, hecha de fragmentos que se resbalan sobre ese rostro. De un aspecto sutil, tan masculino. Como los dos meses. Como esa pregunta que me niego a repetir porque siento que ya he llorado demasiado. ¿Por qué tenías que mirarme así la tarde en que nos conocimos?

Nosotros de verdad teníamos algo especial, algo que ninguno de ustedes pudo entender. La cordillera no era color malva, y el sol quizás no me quemaba. ¿Por qué no quemaba ese sol tan amarillo ni esas casas tan rojas? ¿Por qué todo parece ocurrir al mismo tiempo, y el presente solo es una continuación del pasado y otro dibujo del futuro? Tú eres el todo que ocurre a la vez, mientras el futuro es ahora y el pasado nunca me miró, y no entiendo cómo. ¿Por qué me dejaste sola?

Fueron dos meses. No debí dejarte entrar a mi casa. Nunca tuve que mostrarte los muebles ni las sábanas. Debí tratarte por tu apellido. Como todos lo hacían. ¿Por qué tenías que dejarme sola? Como mi papá, como mi abuelo. ¿Qué repito sin querer que siempre me deja sola? Para sentirme segura en los brazos de esa persona que amo, o creí amar, y que me abandonó, como hizo mi papá la tarde que no volvió del trabajo. Y mis hermanos me dijeron que ya volvería, y yo miraba la ventana cada tarde, esperando su vuelta: su camisa que le quedaba grande, su aroma a colonia de señor, su abrazo, un beso, la caricia en la cabeza. En las mañanas mi mamá me peinaba las trenzas demasiado apretadas. No tenía paciencia. Yo no tengo paciencia. Excepto contigo. ¿Por qué me dejaste sola?

Debí haberte llamado por tu apellido.

Cuando los meses pasaron, el verano se marchitó como es campanilla blanca que me regalaste. Como esa mirada. Como todo lo que todavía duele de tanta luz que hay. ¿Por qué todos son sombras? ¿Por qué mi reloj ya no funciona? ¿Por qué tenías que mirarme así la tarde en que nos conocimos?

Ahora mis amigos dicen que te vayas a la “mierda”. Y yo juro que siento que no fue para tanto. En el fondo, no eres tan malo como dicen. Sé que no era tu intención. Sé que me amabas… porque me lo dijiste, ¿cierto? Aun cuando secaste mis emociones, aun cuando lloré tantas noches contra la almohada, aun cuando te insulté esa tarde después de que te fuiste… pienso que, en el fondo, no eres tan mal hombre.

¿Por qué?
 •  0 comments  •  flag
Share on Twitter
Published on December 03, 2025 06:18
No comments have been added yet.