Traducción: Hymn to the Immortal Wind, de Mono.
Carátula del disco.Mono es una banda japonesa de post rock instrumental, bastante conocida dentro de esa área. En el 2009, lanzó el disco
Hymn to the Immortal Wind
, un trabajo conceptual que exponía una interesantísima historia para complementar la experiencia sónica —y medio alucinógena— de un album de extraordinaria calidad compositiva.La historia, escrita por la autora Heeya So especialmente para este disco, aparece como material anexo en el paquete original del álbum. Afortunadamente, tras buscar y rebuscar por ahí, movida por la profundidad de los temas que estaba oyendo, di con un blog cuyo autor se dedicó voluntariamente a transcribir el texto, para facilitar su acceso a los interesados. La transcripción tenía bastantes errores (uno en especial, en el último apartado, especialmente grave para el sentido del relato), pero me tomé la libertad de traducirlo como pude para recuperar y difundir esta historia en español.
Sobre ésta, no sé qué podría decir. Creo que lo mejor es ir leyéndola poco a poco, sincronizando los capítulos con cada una de las pistas del disco.
Acá, el Himno al Viento Inmortal:
1. Cenizas en la nieve
Veloz como una corriente de viento que pasara de largo por ella sin dejar rastro, el Tiempo, frío e inflexible, la deja sola una vez más.
Hace mucho, hubo aquí el sonido de dos niños corriendo. Sus pisadas, nunca rezagadas las unas de las otras, aún hacen eco a través de los bosques donde una anciana camina el día de hoy.
En un calmo río rodeado de sauces, la mujer rema en su bote hacia el mar abierto. Con rostro grave mueve los remos adelante y atrás, sus ojos fijos en un acantilado cercano sobre las aguas. Examina el borde y contiene el aliento, reviviendo la escalofriante distancia que resta hasta el fondo. Su ritmo es lento y constante a medida que irrumpe a través de la niebla, que le es familiar. El sonido de las olas reventando, el persistente olor de la madera quemada y el reflejo de las ramas en el agua: todo permanece exactamente igual a como lo recuerda en su memoria, como si hubiese sido congelado en un hechizo. Ella inhala todo lo que puede y se pregunta si el invierno no habrá nunca terminado desde aquella fría noche en que se plantó en el acantilado con él. Aquí yace el paisaje de recuerdos intactos por el despertar de la primavera.
En este día, la mujer se prepara para el adiós. Pesadas son las cenizas de él, hundiéndose en su mano. Al forzarse a dejar sus restos ir, ella se vuelve a la tierra en busca de una respuesta, un recordatorio de por qué ella está aquí.
Bajo su dolor sabe que hay algo más allá de lo irrevocable de este momento. Así como la primavera nace de un cruel invierno, hay algo aquí esperando renacer. Dejando yacer su mano en el bote, ella deja que sus ojos duerman.
Observando con dificultad desde las espesuras de los bosques circundantes, el árbol de la promesa fehacientemente espera acoger este día del viaje de ambos. Con unas raíces profundamente entretejidas en la tierra, es la única cosa que ha florecido aquí donde todo lo demás ha permanecido impávido. En el medio de todo, continúa creciendo, nutriendo el voto con el que fue plantado como si fuese su propio hijo. El árbol observa tiernamente a la mujer y balancea sus ramas, enviándole una corriente de aire.
En el lugar entre el despertar y el sueño: ahí yace un puente sobre las aguas. La mujer se encuentra en un final, avanzando hacia las figuras que permanecen en el medio. Con sus brazos abiertos, se siente alzada como si hubiese vuelto a ser niña.
Pasan las horas antes de que ella despierte en el bote y en el abrazo de la tenue luz solar. Hallando las cenizas aún esperando en su mano, las bendice con su amor y las libera en una corriente de aire que las lleva sobre las aguas. La mujer vuelve a un tiempo en que ambos oraron juntos aquí, un tiempo fatal en donde hallaron consuelo en las promesas del otro.
Sus ojos siguen el vuelo de las cenizas hasta que se desvanecen en la nieve que cae ante ella: la misma nieve del invierno que amaron y que pereció aquí, junto a ellos.
2. Entierro en el mar
Él observó al pesado mar extenderse hasta el margen de la tierra, sin fallar. Sobre el horizonte, no quedaba nada más que una luna y un cielo inmaculado de humo. Bajo él, los barcos abandonados hacían olas por todos lados, medio hundidos y carcomidos por la decadencia. Por un sinfín de millas de aguas vacías, las olas oscilaban al unísono como si estuvieran de luto. La tierra lo sabía; el muchacho también.
Era el comienzo de un invierno despiadado que parecía no tene fin. Un muchacho, habiendo perdido el sentido del tiempo, corría entre los bosques hacia un claro vacío cerca del río. A cada paso se sentía más inquieto, pues no podía ver a esa pequeña figura esperándolo allí. Sin aliento, cayó sobre sus rodillas y se puso a rezar de miedo.
El cielo había proyectado un manto deprimente sobre la tierra, cubriendo hasta la última criatura. Un rastro de nubes de humo y erupciones distantes confinaba a la gente en sus hogares. Su mundo ahora era un pueblo fantasma donde el sonido de la risa de los niños estaba ahogado por los lamentos de hambre. Aun los perros de la aldea se habían vuelto locos y deambulaban errantes por las calles. Lo que alguna vez había sido una vida sencilla ahora era una batalla para sobrevivir cada día. Tal vez, la tierra se estaba preparando para limpiarse, pues era el fin del tiempo, un renacimiento del tiempo.
Un par de pequeñas manos le cubrieron los ojos y él se volteó para encontrar a una pequeña niña con un rastro de hollín en la cara. Él la abrazó estrechamente al desvanecerse su pánico, y al resultarle imposible dejarla ir, terminaron dándose calor el uno al otro hasta que llegó la noche. Ambos respiraron el aire a su alrededor, podrido por el aroma del pino quemado y la helada de la tarde, un aroma familiar del lugar al que alguna vez llamaron hogar. Sus familias habían muerto y todo lo que les quedaba era la voluntad de estar juntos. Día a día, se observaban a sí mismos rendirse ante el inevitable sentido de la tierra.
***
Allí yacía, en la parte trasera de una cabaña desierta. El niño lo había encontrado meciéndose en un macetero como si estuviese esperándolo, verde y lleno de vida. Esa mañana en que pudiese crecer, algo que pudiese sobrevivir. Tras buscar en una fila de fundos, había avistado al joven árbol, abandonado. Los bordes de las hojas se habían oscurecido y la suciedad se había secado en ellas, pero aun así vivía.
Satisfecho, no pudo hacer más que reír a toda voz mientras acarreaba su nuevo tesoro. Pero al correr para encontrarse con ella, oyó unas fuertes pisadas a su espalda. Antes de que pudiera asomarse, una enorme figura lo arrojó al suelo, mandando al árbol a volar.
El hombre había visto al niño hurgando en su cabaña. Comenzó a patearlo como si no fuese más que un leño en el suelo. El niño se oyó gritar, pero su propia voz se desvaneció, pudiendo oír sólo el sonido de su cuerpo contra los puños y pies del hombre. Por un momento, ignoró la fuerza bruta del agresor y lo vio observar hacia adelante, en blanco. La mirada en sus ojos estaba más vacía que la villa en que se encontraban.
Al fin solo, tras lo que habían parecido horas, el niño despertó en agonía. Pero, rodeado por los pedazos del macetero destrozado, el árbol permanecía incólume, ahora con sus saludables raíces al desnudo. Fortalecido por esta visión, ignoró el dolor de su cuerpo y se puso de pie.
Cuando la niña lo vio cojeando hacia ella en el bosque, lo tomó en sus brazos y lo limpió con sus blancas ropas rasgadas sin preguntarle por lo que había pasado. Sosteniendo su rostro entre sus manos, lloró por él al verlo intentar ocultar sus heridas por la vergüenza. Se sentaron juntos y en silencio, oyendo al viento pasar sobre sus cabezas e imaginándose su destino en un lugar mejor de aquel en donde yacían.
El niño trajo al árbol y lo colocó entre ellos. El rostro de ella se vio frágil, aunque de alguna forma esperanzado. No había cambiado desde los años que él la conocía. Cuando cerraba sus ojos, ella aún aparecía ante él.
—Este árbol es más fuerte que nosotros ahora. Cuando ya no estemos más aquí, en esta tierra, continuará creciendo.
—¿La tierra será hermosa otra vez, algún día? —preguntó ella, poniéndose una hoja seca en el pelo como adorno.
—Sí. Entonces nos encontraremos aquí —dijo él.
Esa tarde plantaron el árbol en la tierra y le confiaron parte de sus memorias y su voto. Recolectaron piedras blancas del río y las colocaron formando un anillo visible en la tierra alrededor del árbol, dejándole espacio al tronco para que creciera. Juntos elevaron una plegaria al cielo, pidiendo que el árbol sobreviviera al cruel invierno y pudiera ser resguardado hasta que ellos pudieran regresar algún día.
Mientras rezaban sobre sus rodillas, la nieve cayó como lágrimas sobre el suelo: la primera nieve del invierno.
Esa noche, dos cuerpos frágiles avanzaron tambaleantes por el acantilado más alto cerca del mar. A tres pasos del borde, ella se preguntó qué esperaba al otro lado de las aguas negras. A dos pasos de distancia, él examinó su cara, comprometiéndose a recordar. En su último paso, sus ojos se cerraron, un silencioso recordatorio de su promesa. Dejando atrás cualquier temor, saltaron de la mano, un salto de fe hacia las frías e inhóspitas olas de abajo.
3. Vuelo silencioso, amanecer soñoliento
Sobre y bajo ellos, el sonido de las alas batiéndose. Sus brazos se mecían libremente al planear juntos. Puesto que recordaban las historias que viajaban a la aldea, sabían que éste debía ser el lugar donde los niños vuelan, el lugar donde todas las cosas terminan y comienzan otra vez. Con sus manos inseparables, se alzaron cada vez más alto hasta que pudieron ver bajo ellos que había una manta de terciopelo azul con parches de profundo verde. Por primera vez se sintieron más grandes que el mar, más grandes que la tierra. Alzados y cobijados a salvo bajo la gentil ala del viento, se zambulleron a través de las nubes con sus ojos cerrados y las bocas abiertas de regocijo.
Qué bella vista la que se tendía ante ellos, como un sueño desplegándose en cámara lenta.
—Llévanos hasta que despertemos —rezaron.
4. Puro como la nieve (huellas de la tormenta de invierno)
Bajo el frío peso de la nieve, la tierra finalmente hiberna. Es un milagro de invierno. Los copos caen como si hubieran sido enviados para pausar el tiempo antes que las estaciones comiencen otra vez. Algunos son bastos, otros llenos de gracia, pero cada uno sabe cuál es su lugar para situarse en la tierra.
El único movimiento aquí es el de una joven mujer buscando una brecha entre las ramas entrelazadas de pino. Su vestido blanco se camufla contra la nieve. Perdida en esta capilla de ensueño, avanza a través de este polvo blanco, extendiendo sus manos en él para despertar su memoria.
Quebrando las ramas, sigue un sendero despejado ante ella, torciendo bruscamente hasta dar con un puente de piedra adornado con carámbanos. Alguien la está esperando ahí, una figura gris, un extraño que la observa a través de la lluvia de blanco que media entre los dos. Ellos ignoran por qué han venido, pero ambos anhelaban hacerlo. Aunque ella no puede identificar su rostro, de alguna forma sabe que lo conoce. Mientras permanecen juntos, un único rayo de luz crece desde atrás, envolviéndolos en su tibieza hasta que ambos se disipan en él. Cuando ella despierta, una nube de aire invernal aún flota sobre su cuerpo. Había sido sólo un sueño otra vez.
En esta mañana, un hombre despierta del mismo sueño, uno que había venido suciendo tan a menudo que a veces se sentía incompleto sin él. Lo tenía obsesionado. Cuando cerraba sus ojos, el rostro de ella se le aparecía, pero no era uno que él pudiera reconocer.
Su recuerdo más antiguo era de cuando era un niño sentado con su familia, sin poder hablar o caminar por su propia cuenta. Lloraba por días y noches con sus pequeños puños cerrados, hasta un día en que no pudo recordar ya por qué estaba tan triste. Junto a los otros niños, aprendió a reír y correr otra vez. Esto se volvió su nueva vida, y todo lo que estuviera antes de esto no parecía ya pertenecerle.
El hombre observa las hinchadas nubes desde su ventana y no puede sino anticipar la llegada de algo para hoy. Los cuerpos van de aquí para allá ante él al sentarse afuera, pero son como sombras murmurantes. Pasan inadvertidos, pues sus ojos van a caer sobre una joven mujer vestiada de blanco, que yace tras la muchedumbre. Él se siente cómodo, casi aliviado de verla, y anhela estar cerca de ella.
Sus ojos se encuentran, un extraña mirada de nostalgia que en ese momento nada puede cortar. Los ojos de ella son como dos pozos profundos de historias; tal vez él ha oído una de ellas antes. Los ojos parecen húmedos, listos para derramarse.
En la distancia, suenan las campanas de la iglesia. El zumbido y movimiento del mundo se filtran para perturbar su paz. Si ella es un espejismo, desparecerá pronto, piensa él. Pero ella permanece así, inmóvil. Esta vez no es un sueño.
Dándole una última mirada, la mujer desaparece lentamente en un mar de cuerpos. Una firme aguanieve se mece en el viento, hasta que el no puede ver más que el movimiento del blanco. Caótica, como una oleada de emoción, y sin embargo pura y delicada, la tormenta de nieve sigue pareciéndole un enigma. Cuando prueba la nevada, ve un único rayo de luz desgarrando una nube, y no puede evitar sonreír.
5. Seguir el mapa
El mar está hecho de nuestras lágrimas saladas, medita él. Mientras el hombre se hunde en el sueño, se ve a sí mismo sumergirse en el mar de lo profundo. La luz del sol le aparta un sendero para que pueda nadar y las corrientes lo llevan hacia el lugar donde la luz toca el lecho del océano. A pesar de su tibieza, estas aguas le son desoladoras. Desciende cada vez más bajo con sus palmas juntas, anhelando algo que no puede recordar en su totalidad. Mientras más lejos se hunde, más joven se vuelve y más profundo viaja hacia su memoria.
En el fondo del mar, unas figuras y líneas desconcertantes se desperdigan en todas direcciones como un mapa de algún tesoro. Imágenes de la vida sobre el agua —una montaña, un acantilado y un árbol— enlosan la superficie alrededor de una muchacha en un profundo sueño. Su rostro descansa pacíficamente, como si parte de ella estuviese a la deriva en otro lado, en otro mundo. Desde donde está él, todo le parece una pintura, el retrato de una muchacha esperando pacientemente bajo el agua.
Sus ojos siguen las pisadas que llevan de su cuerpo al dibujo de un árbol que permanece solo. Las corrientes del mar lo empujan hacia delante y se imagina las ramas oscilando con el movimiento del agua. Con sus dedos, traza un anillo alrededor del árbol, una vez tras otra, como si se hubiera vuelto real ante sus ojos.
Sin despertarla, él se tiende y cierra sus ojos para dormir cerca de ella, esperando conocerla en otro lugar, otro sueño, adonde sea que ella viaje en su letargo.
6. La batalla al cielo
Hacia el final mismo de un túnel, una tenue luz blanca titila como un hoyo en un muro negro. El hombre intenta atisbar el final antes de entrar y comienza una ardua caminata a lo largo del sendero más largo que haya visto. De dentadas cuestas y agujeros, el túnel se vuelve una prisión donde sus demonios y adversarios lo jalan de todos lados para mofarse de él. Pero mientras trastabilla por los escombros bajo sus pies, sus ojos nunca abandonan el agujero del final, que crece a cada paso que da. Pisa y pisa, escuchando el latir de su corazón haciendo eco hasta que despierta lentamente de su sueño.
Vestida de blanco, la misma mujer está ante él con su cabeza inclinada. Su rostro es solemne y hay ruego en sus ojos al colocarle una carta en sus manos. Y entonces, como un fantasma que fuese y viniese de sus días, ella ya se había ido.
Siempre cambiando, creciendo y buscandoa través de las extensiones del tiempo, más allá de la vida y la muerte,éste es el viaje que toda alma hace.Mi viaje siempre me traeal lugar entre la vigilia y el sueño,un paisaje de recuerdos,donde tú y yo nos encontramos una y otra vez.Aun en la noche más oscura, en la tormenta más pesada,siempre hallo mi camino para volver a ti.Cuando lo recuerdes, por favor regresa al lugar que ambos conocemos.
Tras leer sus palabras otra vez esa noche, el hombre se duerme y se encuentra caminando fuera del mismo túnel. Avanza fieramente con sus brazos extendidos, como si estuviese empujando al viento. El aire hiede a pino quemado y escarcha helada, como si el final estuviese a punto de hacerse visible. Cuando se guía a sí mismo hacia la luz, sus manos rozan una superficie dura, mucho más alta y ancha de lo que él puede abarcar. Lo que yace en las afueras del túnel es un árbol crecido, rodeado por un círculo de piedras blancas. Él cae sobre sus rodillas, tocando sus raíces y dando vuelta cada piedra, en un gesto de incredulidad.
Recuperar un recuerdo perdido es como una represa rompiéndose y liberando toda el agua que ha estado impidiendo fluir. Al sentarse aquí, cada momento con ella en este bosque resurge en su interior. Sostiene una piedra en sus manos y llora al recordar su promesa.
7. Luz imperecedera
Ella ha viajado lejos para estar aquí otra vez: dentro del bote, la anciana revive cada estación de su tiempo juntos. Escuchando el sonido distante de las alas batiéndose, gentilmente libera las cenizas que quedan hacia el río, pero no se hunden. En vez de ello, son barridas por el viento y toman vuelo hacia el horizonte que se extiende adelante. Ella las observa emigrar, maravillándose ante la tenacidad de su eterno viaje.
Cuando se voltea, sentándose ante ella yace un anciano que la observa fielmente. Afortunados de haber alcanzado ese día juntos, ambos ríen: la primavera finalmente despierta a su alrededor. Pasan en fila por los sauces y un conocido árbol aún rodeado de piedras blancas. Un puente brilla en la luz de la puesta de sol, y él toma la mano de ella para ayudarla a pisar el suelo. De la mano, ambos caminan por el puente hacia un túnel de pura luz, sin un final que pueda atisbarse.
No estamos atados por el paso del tiempo.Bajo cada capa del recipiente que llamamos cuerpo, ahí yace sólo el alma,donde viven los recuerdos.
Published on June 18, 2012 13:19
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