Paula Vargas

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En la casa de los...
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by Carmen Maria Machado (Goodreads Author)
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Coyhaiqueer
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Carmen Maria Machado
“(LA CASA DE LOS SUEÑOS COMO) NOVELA LESBIANA BARATA

La portada te cuenta lo que necesitas saber. Inversión depravada. Seducción. Machorras lascivas y seductoras tetonas. Un amor que no se atreve a pronunciar su nombre.

Hay que pasar la censura, así que la cosa tiene que acabar en tragedia. Estaba escrito en el ADN de la casa de los sueños, quizá incluso desde que no era más que una casa, quizá incluso desde que solo era Bloomington,
Indiana, o los territorios del noroeste, o la nación de los miami, aún sin colonizar. O antes de que los humanos existieran allí, cuando únicamente era tierra cruda y anónima.

Te preguntas si, en algún momento de la historia, alguna criatura pasó a toda velocidad por lo que, eones más tarde, sería el salón, y ladeó la cabeza para escuchar unos sonidos apenas perceptibles: gritos, llantos. Fantasmas
de un futuro que aún no había tenido lugar.”
Carmen Maria Machado, In the Dream House

Óscar Contardo
“Con Myrna Uribe fueron inseparables. Compartía con ella mucho tiempo, tanto o más que con Pía Barros o Carmen Berenguer. [...]. Intenté hablar con ella [...].

"Hablar de Pedro me da pudor, él es como un caleidoscopio, cada persona que lo conoció tiene un fragmento de él, una parte de lo que representa en nuestras vidas, no es fácil hablar de una personalidad tan abismante y diversa”
Óscar Contardo, Loca fuerte. Retrato de Pedro Lemebel

Armonía Somers
“—No lo sé exactamente —respondió ella—. Ven, toca, estoy desnuda. Tomé mi libertad y salí. He dejado los códigos atrás, las zarzas me arañaron por eso. El bosque me lanzó el aliento a la cara, la serpiente quiso volver a intentar la sucia historia de la fruta. Eran las mismas cosas de antes, de cuando yo les pertenecía”
Armonía Somers, The Naked Woman

“No hablamos del tiempo ni de sus arbitrariedades mientras avanzamos en la misma dirección. Ha estado buscando trabajo desde hace horas y el desánimo le surge feroz de sus ojos grises.
Yo también le cuento una historia de abandonos y de calendarios inútiles. A ella no le importa que el agua se le meta por el cuello.
-El mundo se va a acabar- me dice serenamente- pero quedarán algunos, los elegidos, ¿me entiénde?
Yo no respondo, la invito a tomar un café, al lugar de Rosas.
Ella acepta y sonríe triste. Me gustan sus ojeras y la tomo del brazo como si la conociera desde siempre.
Hablamos durante horas y la lluvia no declina. Con el cuerpo tibio salimos a la calle, espero que se despida, retarda el momento, debe tener otras cosas que hacer, seguir buscando trabajo, o tomar el bus de vuelta. Me pregunta: ¿vamos al centro? Por primera vez, la hora no me preocupa. Le digo: sí.
Caminamos lentamente por calles que yo conozco demasiado, algunas veces ella se detiene a mirar las vitrinas. Sin embargo ella no mira, sus ojos se pierden en un camino recto, interminable, atraviesan los maniquíes, como si quisieran ir más allá de todo. El viento me refresca cuando veo cómo una anciana busca desesperada un taxi, con un pedazo de papel protegiendo su cabeza.
Después de una hora de peregrinación le propongo entrar a un hotel. No entiendo mi propia invitación, por qué no a mi casa, allí estaríamos a solas, sin interrupciones, además hace tiempo que ya no recibo visitas inesperadas. Pero, ¿por qué este querer estar solas?, sé que ella también lo siente, por eso nuevamente acepta, sin mirarme, aunque le adivine su sonrisa de pecados secretos.
Es bella cuando se saca el abrigo de paño negro y su cuerpo se refleja mohoso en el espejo. Mi cabeza se asoma detrás de ella. La abrazo.
Contemplamos esta escena por un tiempo suprimido. Ella no parece darse cuenta de su protagonismo y mira asombrada cómo yo le retiro el pelo húmedo de los hombros y lo ordeno hacia arriba, dejando libre su cuello, soplando despacio para darle más calor a sus orejas frías. Cierra los ojos y permite que le desabroche la blusa. Poco a poco va girando hasta encontrarnos en pechos que se rozan. Quiero que sus pezones aparezcan erectos y enormes. Los adorno de saliva. Sus pezones brillan rosados, ínfimos, como semillas de granada. Ella gime a medida que mi lengua baja hasta su ombligo. Se recuesta en la cama y abre sus piernas. Mi lengua desciende, ella se arquea, las caderas oscilan, me frena y susurra algo.
La beso. Me busca los labios. Ciega cachorra. Oigo que cantan afuera, los hacen callar, siguen haciéndolo hasta que los cantos se pierden, luego, a lo lejos, oigo el ulular de una sirena.
Ella se deja ir como en un baile antiguo. Me abraza y echa su cuerpo hacia atrás en un apuro que trato en vano de retener, hasta que grita estremecida por sueños desenfrenados.
La elegida grita muriendo sobre mi. La elegida dormita con su cara pegada a mi clavícula. La elegida no se da cuenta de que por la claraboya del techo se descuelga la lluvia y que ya da igual este silencio de noche clausurada. La abrazo tratando de buscar calor en toda su humedad y espero que ella se despierte.
II. Usted no quiso abrir sus ojos, y cuando lo hizo fue como despertar de un mal sueño, algo nuevo, incómodo quizás.
¿Habrá oído mis canciones? Sus manos buscan a tientas el espacio que yo he invadido. Silenciosa se toca el cuerpo, intentando reconocerse, se toca las piernas, el vellón triangular de su pubis. Pero sus manos siguen buscando lo que añora, en una nostalgia llena de casualidades.
Ella me pregunta dónde estoy.
Usted se refiere a un episodio de su vida, intenta contarme lo que ya sé, un encuentro casual entre dos mujeres. Tartamudea, se arregla la ropa, se alisa el pelo, se palpa las mejillas, sus palabras tropiezan y caen.
¿La volveré a ver? usted se esconde frente al espejo para no responder.”
Lilian Elphick

Camila Sosa Villada
“Y claro, con esa presencia que derrochaba glamur, a muchas de nosotras se nos subieron a la cabeza las aspiraciones, las pretensiones. María la Muda quiso vestirse como ellas y un día entró a comprar ropa en una tienda de moda del centro: las vendedoras se asustaron como si hubieran visto un muerto. Flaca, negra, con los brazos cubiertos de esos canutillos de plumas y su lenguaje de mugidos, por favor, que no se malinterprete, era una escena de pesadilla para esas empleaduchas tilingas de tres por cuatro. La pobre María sólo estaba tratando de entrar en otro mundo tal como Las Cuervas entraban en el nuestro cada vez que querían. Pero esa operación al revés era inaceptable: las vendedoras se rieron escandalizadas y hostiles, llamaron al guardia de seguridad y echaron a los empujones a María, que nunca más, hasta que fue pájaro, intentó cagar más alto que el culo.”
Camila Sosa Villada, Bad Girls

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