«Y, riéndonos, bailábamos por la habitación como en un vals violento. Padre e Hija. Amante y Amada. Te puedes imaginar lo satisfactorio que era que Lestat no nos envidiara, que simplemente sonriera desde lejos, esperando a que ella se acercara a él. Entonces la sacaba a la calle y me saludaban desde el pie de la ventana y se iban a compartir lo que compartían: la cacería, la seducción, la matanza.»
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