Bea Escribá's Blog
October 1, 2026
Germán, profesor, marido y…
Germán es profesor de dibujo en la Universidad de Bellas Artes. Y también es marido.
Tiene una vida bastante ordenada, de esas que quizá no llaman demasiado la atención desde fuera, pero que uno aprende a valorar cuando sabe lo que ha costado construirlas.
Todavía conserva, en su antigua habitación de casa de sus padres, libros de historia del arte y apuntes amarillentos guardados en los cajones de su escritorio. No los necesita, pero tampoco ha querido deshacerse de ellos. Hay cosas que uno conserva porque forman parte de quien ha sido.
Y luego están las cosas que conserva simplemente porque le hacen feliz.
Como sus calcetines. Germán tiene una colección bastante peculiar: robots, dibujos animados y otros estampados que probablemente provocarían alguna que otra carcajada entre sus alumnos si los vieran asomando por debajo de sus pantalones. Aunque, para ser justos, sus alumnos tampoco deberían enterarse de todo.
A Germán le gusta tumbarse en el sofá y leer. También le gusta cocinar, especialmente los platos favoritos de su marido.
Es buen compañero en la universidad y amigo de sus amigos.
Y le gusta su rutina. Mucho. Quizá porque sabe lo que cuesta conseguir una vida que sientes que te pertenece. Por eso no necesita grandes aventuras. No necesita que todo cambie ni busca emociones nuevas. Tiene lo que quiere: familia, trabajo, su casa. Su marido. Su estabilidad.
Y la valora.
No es de esas personas que descubren lo que tenían cuando ya lo han perdido.
Germán sabe perfectamente lo que tiene.
Entonces… ¿Por qué esa mirada? ¿Por qué parece estar siempre pensando un poco más de lo que dice?
Quizá porque algunas cosas se ganan después de luchar mucho por ellas y cuando has tenido que luchar para conseguir algo, también aprendes a defenderlo.
A cualquier precio.
Así que te pregunto:
¿Qué crees que esconde Germán detrás de esa mirada?
¿Y qué crees que sería capaz de hacer si alguien intentara arrebatarle aquello que más quiere?
September 23, 2026
Escribir desde la distancia
Hay una pregunta que me hacéis a menudo: ¿Cómo puedo escribir determinadas escenas sin que me afecten? La respuesta corta es: Sí me afectan. La respuesta larga es bastante más interesante.
Cuando escribo una escena de violencia, de manipulación, de deseo mal entendido o de dolor, no lo hago desde el caos. Lo hago desde el control. Necesito tomar distancia, no para dejar de sentir, sino para poder mirar. Mirar qué está ocurriendo. Qué necesita saber el lector o qué necesito enseñarle del personaje. Qué tiene sentido que esté ahí o qué sería simplemente gratuito.
Porque si escribiera desde la emoción pura, sin dar un paso atrás, probablemente conseguiría desahogarme, pero no quiero desahogarme en una página. Quiero construir una historia y que esa historia te remueva a ti.
Cuando escribes sobre algo oscuro, existe una tentación muy fácil: mostrarlo todo. Acercar la cámara.
Hacer que el lector lo vea, lo sienta y no pueda apartar la mirada, pero no siempre hace falta. A veces, precisamente, ocurre lo contrario.
La escena puede ser mucho más poderosa cuando decides qué no vas a mostrar. Cuando dejas algo en la sombra o permites que sea la imaginación del lector la que complete aquello que tú has decidido no enseñar.
Por eso intento colocar la cámara donde debe estar. Ni un centímetro más cerca de lo necesario.
Especialmente cuando escribo sobre trauma.
No quiero convertir el dolor en espectáculo. No quiero que una escena exista solamente porque puede provocar un impacto. Tiene que servir a la historia, decir algo del personaje o cambiar algo. Si no, sobra.
Y esa decisión, aunque pueda parecer pequeña, forma parte de la arquitectura de una novela.
Porque escribir una escena intensa no consiste únicamente en hacerla intensa. Es un trabajo de arquitectura, no de intensidad.
Eso no significa que todo termine cuando escribo «fin de escena».
A veces cierro el ordenador después de escribir algo especialmente oscuro y necesito unos minutos. Quizá una ducha, un café, leer. Hacer cualquier cosa que me recuerde que mi vida real no tiene giros de guion cada tres páginas.
Porque durante un rato has estado ahí dentro, has mirado a través de los ojos de alguien que no eres tú. Quizá hayas entendido cosas que a lo mejor no compartirías. Has llevado a un personaje hasta un lugar al que tú jamás llegarías.
Y después tienes que volver: a tu vida, a tus cosas. A ti misma.
Ese es, probablemente, el precio de escribir desde la oscuridad.
Y lo pago con gusto, porque esa distancia es también la que me permite acercarme a determinados temas con respeto. Sin convertirlos en morbo, sin buscar el impacto fácil. Sin olvidar que, aunque mis personajes sean ficción, aquello que sienten puede ser muy real para quien los lee.
Todo esto parece muy teórico hasta que estás delante de una escena y tienes que decidir. ¿Lo muestro? ¿Lo escondo?
¿Hasta dónde dejo entrar al lector? ¿Dónde tiene que estar la cámara?
¿Y qué necesita comprender de este personaje antes de juzgarlo?
Durante meses he estado tomando esas decisiones con Naufragio. Una detrás de otra.
Algunas han sido fáciles, pero otras no tanto. Una novela no se construye solamente escribiendo escenas; se construye decidiendo qué decir, qué callar y qué dejar para después. Ahora la historia está terminando de pasar por otras manos.
Y mientras espero sus impresiones, yo también intento tomar distancia. Mirarla desde fuera, como harás tú cuando llegue el momento de leerla.
Todavía quedan unos meses.
Y durante este tiempo quiero enseñarte algo que normalmente no se ve: cómo se construye una historia antes de que llegue a tus manos.
Sin desvelarla.
Sin destriparla.
Pero dejando pequeñas grietas por las que puedas mirar.
Nos vemos la próxima semana.
September 16, 2026
Míralos
Solo eso.
Míralos.
Y ahora imagina qué pueden esconder.
¿Cuál de ellos te parece que guarda más secretos? ¿Cuál te transmite que tiene algo que contar? ¿Cuál parece el más peligroso? ¿Y cuál te inspira más confianza?
No te dejes engañar. Si has leído mis novelas, ya sabes que no siempre es inocente quien más lo parece. Que el personaje que parecía destinado a ser el antagonista puede terminar tocándote el corazón. Que las personas más interesantes suelen esconder algo detrás de aquello que enseñan.
Así que míralos otra vez. ¿Cuál de los tres crees que está a punto de perderlo todo? ¿Y cuál sería capaz de hacer cualquier cosa para evitarlo?
No voy a decirte quién es quién. Todavía. Falta un poco para que los conozcas.
Pero podemos jugar.
Míralos. Elige uno. Y dime en los comentarios: ¿Qué crees que esconde?
Te prometo que dentro de unos meses quizá vuelvas a leer tu propia respuesta y sonrías.
O quizá te preguntes cómo pudiste equivocarte tanto.
September 15, 2026
Feliz cumpleaños
No se hacer regalos. Parece una tarea fácil que empieza por conocer muy bien a la persona que va a recibir el regalo, pero no se me da bien.
Yo soy muy transparente. Cualquiera que me conozca un poco, sabe qué regalarme, pero parece que yo no logro ver bien eso que más ilusión le haría a los demás.
Recuerdo algunos de los regalos que me habéis hecho. El peluche blanco. El reloj.
Recuerdo los últimos regalos que te hice. El CD. La corbata azul.
Yo me ilusiono con poco. No sé qué te hacía ilusión a ti. No sé cuántos años cumplirías. No me acuerdo. Quizás no te conocía lo suficiente. Pero te quería, porque todavía te quiero.
Este año he querido hacerte un regalo, quizás de los pocos que he hecho desde dentro. Un regalo que no verás, que no sé si te gustaría, si leerías, si te haría ilusión. Estas palabras.
Todavía te hecho muchísimo de menos, papá.
Feliz cumpleaños, Noviembre.
September 9, 2026
La pandemia como escenario, no como tema
¿Por qué he elegido el año 2020 para mi nueva historia? Es fácil.
¿Qué recuerdas de aquel año? Probablemente lo mismo que yo: Restricciones, calles vacías, aislamiento. Soledad no deseada y silencio. Mucho silencio.
Y recordando todo aquello, mi imaginación se puso en marcha. Empezó a preguntarse qué podía ocurrir en una ciudad en la que casi nadie podía salir de casa. Porque, aunque no he querido comprobarlo demasiado (la verdad, prefiero quedarme en la ficción…
), estoy segura de que hubo personas que aprovecharon aquel silencio. Las calles desiertas, la confusión, el miedo y el deterioro de la salud mental de millones de personas.
Personas que decidieron delinquir. Hacer daño. Cruzar límites. Y entonces pensé: ¿No es un escenario perfecto para una novela?
Pero solo eso. El escenario. No he escrito una novela sobre la pandemia. No quería contar lo que ya vivimos. Ni quería recrearme en lo duro que fue ni volver a explicar algo que todos recordamos demasiado bien.
Quería utilizarlo. Porque 2020 fue, entre muchas otras cosas, el principio del fin de muchas cosas.
Y ahí empieza mi historia: Año 2020. Estado de alarma. Confinados.
Bueno… Casi todos.
Porque había personas que tenían que seguir saliendo, como los policías, personal de supermercados. Farmacéuticos.
Trabajadores esenciales. Personas que, mientras la mayoría mirábamos el mundo desde nuestras ventanas, seguían atravesando esas calles vacías.
Imagina la escena. Una ciudad casi desierta. Un trabajador que vuelve a casa. Una calle demasiado silenciosa. Y una sombra que ha tomado una decisión.
Eso es lo que me ofrecía aquel momento. No necesitaba inventar un mundo posapocalíptico. No necesitaba construir una distopía. La realidad ya había creado un escenario extraño, frágil y perfectamente creíble. Solo tenía que colocar allí a mis personajes.
Cuando el mundo se detieneDespués del inicio, la pandemia continúa como telón de fondo. Los días pasan. La vida sigue detenida.
No puedes abrazar a quien quieres. No puedes acercarte. Ni puedes hacer muchas de las cosas que hasta entonces parecían insignificantes.
Y entonces ocurre algo curioso. Cuando te quitan algo tan sencillo como un abrazo, descubres cuánto significaba.
Una mano, una caricia. Tener una conversación sin distancia. La posibilidad de estar cerca. Aquello que antes parecía cotidiano se convierte en algo casi extraordinario. Y mis personajes también viven esa ausencia. Pero ellos la miran desde otro lugar. Porque hay personas que, cuando pierden el suelo bajo los pies, buscan dónde agarrarse. Y otras que se hunden. Ahí llegó una palabra que empezó a rondarme la cabeza mientras escribía esta historia.
NaufragioNo como una catástrofe. No necesariamente como el momento en que todo se hunde. Sino como aquello que ocurre después. Cuando ya estás en el agua y tienes que decidir qué haces para sobrevivir. Porque no todos encuentran un salvavidas. No todos llegan a la orilla. Y, quizá, no todos quieren ser salvados.
Eso es lo que me interesa contar. Lo que ocurre con las personas cuando el mundo que conocían deja de funcionar. Cuando desaparecen las certezas. Cuando la soledad deja de ser una circunstancia y empieza a convertirse en parte de esas certezas.
Y cuando aparece alguien. Alguien que puede convertirse en salvavidas. O quizá en algo mucho más peligroso.
Pero eso… eso tendrá que esperar.
September 2, 2026
Escribir desde la oscuridad (sin vivir en ella)
Hay una pregunta que me hacen a menudo cuando alguien lee mis novelas: ¿De dónde saco estas historias?
La respuesta quizá sea menos interesante de lo que esperabas. Porque no las saco de mi vida. En absoluto.
Escribo desde mucha distancia emocional. Eso no significa que no sienta lo que sienten mis personajes. Al contrario. Soy muy empática y, mientras llevo a uno de ellos hasta el borde del abismo, yo misma me asomo un poco para mirar qué hay ahí abajo. Pero después cierro el libro. Paso la página. Vuelvo a mi vida.
Bueno… quizá vuelvo un poco distinta. Porque para escribir sobre la oscuridad no necesitas haber vivido en ella. Necesitas atreverte a mirar.
No hay historia sin conflicto. Es el motor que obliga a los personajes a avanzar, retroceder, equivocarse, desear, perder y volver a intentarlo. A mí me interesa especialmente cuando ese conflicto no está fuera. Está dentro, en su cabeza. En esa mochila que todos llevamos, aunque algunos sepan esconderla mejor que otros. Traumas, miedos, deseos.
La manera de entender el amor. La forma de enfrentarse al odio. La necesidad de controlar. El miedo a perder. La dificultad para dejarse querer. Somos seres sociales, enamoradizos, apasionados. Carnales. Y tremendamente complicados.
Por eso me gusta mezclar el thriller psicológico con el romance oscuro. Porque el amor puede convertirse en el lugar perfecto para poner a prueba aquello que un personaje creía controlar. Es entonces cuando aparece otro personaje. Alguien que puede ser refugio, tentación o amenaza. O las tres cosas al mismo tiempo. Ahí empieza la diversión.
Siempre me ha interesado esa frontera incómoda entre el bien y el mal. ¿Quién decide dónde está? ¿Un acto concreto basta para convertirte en una mala persona? ¿Y si nunca has levantado la mano contra nadie, pero has hecho daño de otras maneras?
Esos son los personajes que me gusta colocar en el centro de mis historias. Los hombres que quizá nunca han golpeado a nadie, pero… Los que sonríen y parecen inocentes, pero… Los que aman y, sin embargo, pueden hacer cosas que no deberían.
En Fuego negro, Héctor fue siempre ese personaje que arrasaba con todo para conseguir lo que quería. Un manipulador. Un hombre difícil de justificar. Y, sin embargo, cuando apareció su conflicto interno, algunos lectores encontraron una grieta por la que entrar en él. Andy, entonces, dejó de ser simplemente «el bueno». Y aquello que había empezado casi sin querer se convirtió en uno de los juegos que más he disfrutado escribiendo.
En Rabia y libertad la cuestión tomó otra forma. Eduardo es un protagonista involuntario. Un hombre de cuarenta y un años que todavía tiene que descubrir quién es, qué quiere y cuánto está dispuesto a arriesgar para conseguirlo. Y frente a él aparece alguien que es luz, refugio. Un ancla. Hasta que el refugio puede convertirse en jaula y el amor, en dependencia.
Porque esa es otra de las cosas que me interesan: ¿En qué momento dejamos de amar y empezamos a necesitar?
Supongo que por eso mis historias pueden resultar incómodas. Me gusta el suspense, la psicología. Me gusta la parte menos romántica del amor. La que no queda tan bonita cuando apagamos la música y dejamos de mirar la historia desde fuera.
Mis personajes toman decisiones cuestionables. A veces hacen cosas que yo jamás haría. Y no, no están basadas en hechos reales. No conozco a estos hombres ni he vivido sus historias. Son ficción, pero una ficción que intenta hacer algo más que entretener. Quiero que cierres el libro y te quedes pensando. Que una escena vuelva a tu cabeza mientras estás haciendo otra cosa. Que te preguntes si aquello que acabas de leer era amor, obsesión, necesidad o simplemente miedo disfrazado.
Y si, después de todo, la realidad supera a la ficción, quizá sea porque la ficción se atreve a mirar aquello que nosotros preferimos no mirar demasiado tiempo.
Eso no significa que yo esté de acuerdo con la manipulación, los celos o la violencia. Todo lo contrario. Me interesa escribir sobre ellos precisamente porque quiero explorar qué hacen con nosotros. Y después cerrar el libro. Respirar y volver a la vida real.
Después de Héctor. De Eduardo. Después de todos esos hombres que me han obligado a jugar con la moralidad, el deseo y los límites del amor… volvió a aparecer una pregunta.
¿Se puede justificar cualquier acto cuando creemos que estamos amando? ¿Se puede perdonar cualquier cosa? ¿Puede el amor esconder una obsesión?
¿Y qué pensarías si te dijera que mi nuevo personaje encuentra la paz en alguien mucho más joven?
No te voy a contar todavía quiénes son. Ni qué les ocurre. Ni por qué esa relación puede hacerte cambiar de opinión más de una vez. Todavía tendrás que esperar.
Solo puedo decirte algo: si ya has leído mis novelas, probablemente sabes que no suelo llevar a mis personajes por caminos demasiado cómodos. Y esta vez tampoco.
Quizá porque, al final, la oscuridad no está para vivir en ella. Está para entrar, mirar y descubrir qué somos capaces de encontrar allí.
Nos vemos en la próxima.
July 6, 2026
Reencuentro
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SuscribirseJuly 4, 2026
Muy Eduardo… 🖤
Le gusta leer historia. De vez en cuando deja caer en sus manos algo de mitos y leyendas. Pero lo que quiere saber, lo que de verdad le interesa, es descubrir cómo, cuándo y por qué la humanidad había llegado donde estaba. Por lo general, después de leer un libro, necesita contrastar la versión leída. Otros puntos de vista. Hechos relacionados que le permitan hacerse una idea propia del asunto. No se deja intimidar por palabras técnicas y busca en el diccionario el significado de palabras que no conoce. Podrías pensar que te hablo de alguien culto, un buen conversador o incluso aventurar que me refiero a alguien con un físico más bien pequeño. Déjame decirte que no aciertas… te daré más detalles.
Es más bien callado, prefiere escuchar. Aunque tampoco tendría con quien hablar de épocas pasadas.
Actúa por el bien común y nunca se atribuye ningún mérito.
También compagina el hábito de la lectura con un par de horas entrenando en el gimnasio. Pesa cien kilos y mide casi dos metros de altura. Tiene el pelo del color del chocolate, una barba anaranjada perfectamente recortada y unos ojos llenos de curiosidad, de cosas por vivir y de historias pasadas que pesan. Son del color de la naturaleza, tonos verdes y marrones, magnéticos y un poco desconfiados. «Bea… ¿Quién es ese ser…? Inteligente… con ese cuerpo…». Espera, que te sigo contando…
«De carne y hueso»Las circunstancias lo han hecho impulsivo. Cuando tenía veinte años, todo era intenso: el amor, la lucha por los ideales, los anhelos por un futuro soñado… Pero esa intensidad sigue en su mirada. Está convencido de que entre todos podríamos cambiar el mundo, que todas las personas tienen derecho a ser felices y que cualquiera, si es lo que quiere, puede vivir un amor que parezca sacado de un libro, que le haga reír, temblar y soñar despierto.
Imagínate, con este carácter, vivir en una ciudad gobernada por alguien totalmente opuesto: individualista, corrupto y ambicioso. Alguien que podría pisar a quien fuera con tal de conseguir lo que quiere y alguien con la mente cerrada donde no cabe el amor ni la libertad… Pues fíjate lo que voy a contarte… Su mayor batalla no era contra quien gobernaba la ciudad. Era contra la parte de sí mismo que quería huir de aquello que sentía.
¿Qué puede salvar a alguien que está intentando escapar de lo que siente?Y es que lo que empezaba a sentir lo hacía sentir inseguro. ¿Qué pensarían su familia, sus amigos? ¿Cómo iba a poder vivir en la ciudad? Luego se dio cuenta de que era fallarse a sí mismo, a sus principios. ¿Cómo iba a ser negativa la paz que sentía cuando notaba sus dedos entre el pelo? O la felicidad contagiosa de su sonrisa y sus miradas, un día y otro, como si siempre fuese la primera vez que lo ve…
Por eso se alejaba. Hasta que cada paso que intentaba dar a contracorriente para huir le dejaba una grieta más profunda en el corazón. Y empezó a preguntarse cuánto tiempo podría seguir alejándose antes de romperse por completo… ¿Quieres conocer qué lo salvó…? Aquí
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July 3, 2026
El beso prohibido
La lluvia empieza a caer. Camina rápido y sus botas chapotean en el agua que se va acumulando en las aceras. Pese al tiempo, hay gente por la calle que tiene que ir esquivando. Aprieta los dientes y los puños, metidos en los bolsillos de su chaqueta. Piensa que si no estuviese tan tenso, podría ir más rápido, pero no lo puede evitar. Está muy nervioso. Ha tomado una decisión.
Esta vez, no se ha dejado guiar por su impulsividad, ni mucho menos. Se ha pasado mirando al techo de su habitación más de tres noches seguidas, viendo cómo se hacía de día sin conseguir dormir. Solo pensando. En las consecuencias. En cómo hacerlo, en qué lugar… Pero… ¿Y después? ¿Qué tiene que hacer…? Frena sus pasos en seco. Vuelve a dudar. Mira alrededor. La tarde llega a su fin, dejando tras ella una noche oscura, fría. Debería volver. No está seguro. No lo ha pensado lo suficiente. Ni en él…
Y no poder…Mete la llave en la cerradura y se arrepiente, pero ya con la rabia como compañera, se encierra en su habitación con la ropa mojada.

Aitor no sabe por qué lee novelas románticas. Supone que quiere imaginarse en el papel protagonista y viviendo esa pasión. Ha leído la página tres veces…

«—El aire está tan lleno de besos frustrados como de suspiros…
—¿Besos frustrados?
—Claro, como el beso de Wendy a Peter Pan. Demasiado inocente, el tal Peter. Mira que poner la mano en lugar de los labios…
—¿Y se sienten? Esos besos frustrados en el aire, ¿se pueden sentir?
—Es posible. Quizá te caiga uno si antes has suspirado.
—El tal Peter, demasiado inocente, y tu idea, demasiado romántica…
—¿Lo harás? Por si acaso… ¿Suspirarás?
—¿Tanto miedo te da darme un dedal…?
—A lo mejor los besos más bonitos son los que no se dan. Los que se quedan colgados en el aire, esperando un suspiro.
—¿Bonitos? Yo diría los más tristes. Los besos que no das no son nada. Pero sí, por si acaso…
Y suspiró».
Él también ha suspirado. Luego se lo ha imaginado: ese beso imposible, prohibido, apasionado.
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