La Leyenda de Amanuj
«Es la tercera o cuarta tarde de la Noche de Leneas, todos los adultos están en Bakar lo suficientemente ebrios como para caer al magma y extrañarse por su temperatura. Yo todavía soy un chiquillo, he sido rechazado esta misma semana en el día más importante de mi vida y, enfadado con todos, he recogido mis pertenencias y cruzado la isla hasta llegar al volcán donde nadie me molestará.
Soy el mayor de todos los que quedamos en el volcán; todos los jóvenes están celebrando su Noche de Leneas y los adultos bebiendo junto a ellos, estoy en mi cuarto, acompañado por varios niños pequeños que solo se dedican a molestar y alimentar a los ave fénix.
Me preparo durante toda la tarde, anudando cabos, escondiendo todas las manzanas que puedo en un zurrón, y bañando un montón de ropa en sustancias ignífugas. Al anochecer, cuando los críos duermen y dejan de resultar un incordio, me levanto de la cama, me pongo todas las prendas que he tratado, unas sobre otras hasta parecer una cebolla, y salgo de la habitación. Recojo el zurrón de la despensa y me guardo un puñado más de manzanas en los dobleces de la ropa. Saco una de las sogas y me la anudo al cuerpo, por debajo de varias capas de tela.
Recorro el volcán a oscuras, sin atreverme a encender ninguna antorcha que pueda delatarme, aunque sé que estoy completamente solo, voy a buscar a Skosej, el único ave fénix que consigo que me escuche y obedezca y le enseño una de las manzanas. Está dormido junto a una pequeña fogata, aunque reacciona al instante y estira su cuello hacia la comida, permitiéndome acariciar su plumaje y montarme sobre él; mientras se come la fruta, anudo el otro extremo de la soga a su cuerpo y comenzamos a volar.
Hacia arriba, siempre hacia arriba, recorremos los túneles, llegamos a la Plaza del Volcán y continuamos volando, ascendemos la chimenea del volcán hasta salir a la superficie y continuamos ascendiendo sin detenernos. Siento el viento golpear contra mi rostro y cuerpo, ralentizo un poco a Skosej, así que recuesto mi cuerpo contra el suyo para ayudarle. Siento cómo el aire se hace más pesado según ascendemos; siento las gotas de lluvia cayendo sobre mí, obligándome a entrecerrar los ojos para poder seguir viendo, siento también cómo va bajando la temperatura, aunque las capas de ropa y el calor que emana el fénix me mantengan en calor.
Ascendemos durante varios minutos, Skosej trata varias veces de detenerse y descender, pero le convenzo sacando una nueva manzana y ofreciéndosela. Cuando mi primera capa de ropa está calada y el fuego del fénix comienza a debilitarse, cuando pienso que no voy a encontrar lo que busco, una bola de fuego surge de una nube, cruzando el aire frente a nosotros y emitiendo un graznido antes de volver a desaparecer entre las nubes. Amanuj, el indomable.
Skosej comienza a descender, atemorizado ante la presencia del mayor fénix que se ha conocido jamás. Le pido que retome el vuelo pero me ignora; saco un par de manzanas más del zurrón, le ofrezco la primera para que vuelta a ascender y me guardo la segunda entre nuestros cuerpos. Busco la segunda soga y la anudo alrededor de mi cuerpo, formo un nudo corredizo en el extremo contrario y aguardo, con la soga en una mano y la manzana en la otra a que vuelva a aparecer el fénix.
La noche va pasando y Amanuj sigue sin aparecer; la lluvia continúa calando mis ropas, incrementando nuestro peso y dificultando el vuelo de mi compañero. Cuando veo que el fénix no puede aguantar más peso, me quito las prendas más mojadas y las arrojo al vacío. Al hacerlo, veo cómo las llamas del cuerpo de mi compañero están a punto de extinguirse, a punto de dejarlo inconsciente. «¡¿Cómo he podido ser tan irresponsable y no tener más cuidado con su vida?!», me digo a la vez que me muevo tan rápido como puedo sobre su cuerpo; cuando me inclino para buscar en el zurrón una cuchilla con la que cortar la soga que nos une, la manzana resbala entre nosotros y cae.
No tengo tiempo para verla desaparecer en la oscuridad, una mancha rojiza vuelve a atravesar el cielo, agarrando la manzana con el pico y haciéndola desaparecer en su interior.
—Viuela —grito, terminando de romper la cuerda e impulsándome para separarme de mi compañero. El tiempo se detiene a mi alrededor, veo a Skosej separarse de mí por la inercia del movimiento, convertirse en una bola de fuego y descender en picado hacia el suelo; veo las manzanas que quedaban en el zurrón, salir de él y caer al vacío, lanzo la soga hacia el segundo fénix en un intento desesperado de alcanzarle y siento mi cuerpo caer cada vez más rápido, sin sentir ninguna resistencia en el otro extremo del cabo que me indique que he logrado mi objetivo.
Me siento ligero, me siento pesado, no sé cómo me siento. Cierro los ojos y trato de darme la vuelta para mirar al cielo oscuro, nunca pensé que fuese a morir de esta manera, nunca pensé que algo tan cercano pudiese llegar a darme tanto miedo; sin embargo, no estoy preparado para ver el suelo acercase a mí. Sé cuánto voy a tardar en morir, exactamente nada desde que mi cuerpo golpee contra la tierra y se pulverice por la fuerza de la caída, el dolor no es algo que me pueda preocupar. Aprieto con fuerza los ojos, aguardando al momento en el que escucharé el golpe y todo terminará, por ahora, solo escucho el sonido del aire al pasar junto a mí.
Una leyenda forja su propia historia, Amanuj ha sido siempre uno de los grandes mitos de Bakar; los pocos que le habían visto, habían vuelto con secuelas, mencionando solo a un gran pájaro de fuego. Ninguno de ellos se atrevió jamás a volver a volar, se encerraron en sí mismos y se perdieron en sus pensamientos. Algunos fueron a buscarle, se organizaron partidas de caza para localizarle y saber a ciencia cierta cómo es, pero los baknicios que volvían, no se atrevían a hablar; los demás, morían en misteriosas condiciones.
Las historias surgieron como las esporas, algunas más creíbles que otras, pero todas ellas con una gran bestia de fuego como protagonista. Ninguna leyenda hace justicia al verdadero Amanuj, lo he visto dos veces en una misma noche, encuentros tan breves que no podría responder las infinitas las preguntas que me hiciesen los baknicios. Pero ha sido en vano, no podré volver como hicieron algunos, moriré y, con surte, encontrarán mi cuerpo.
Un chillido irrumpe en mis oídos, seguido de un golpe más suave de lo que esperaba y un aumento de temperatura en mi cuerpo. «Si esto es la muerte, no es tan horrible como dicen», pienso, hasta que me doy cuenta de que la corriente de aire que rodea mi cuerpo llega desde otra dirección.
Intento abrir los ojos pero no lo consigo; intento moverme, pero el cuerpo me pesa demasiado. Al final, pierdo el conocimiento.
Horas más tarde despierto, siento mi cuerpo apoyado sobre algo duro debajo mío, y algo caliente y mullido en un lateral, escucho ruido a mi alrededor pero no logro entender qué lo origina. Abro los ojos y trato de ver dónde estoy. Abro los ojos y trato de ver dónde estoy, solo distingo
Despierto con el cuerpo dolorido, siento algo duro apoyado debajo de mí, y algo caliente y mullido envolviéndome por los laterales; escucho ruido y voces a mi alrededor, pero no logro entender qué lo origina ni qué están diciendo. Abro los ojos y trato de ver dónde estoy, solo distingo el color acre del suelo, con una tonalidad más rojiza de lo normal; trato de moverme pero tengo el cuerpo entumecido. «¿Es esto lo que hay después de la muerte?», me pregunto, «una tierra igual de dura y seca que la de Bakar, donde la única diferencia es que hace aún más calor».
Giro el cuello para dejar de mirar al suelo y averiguar qué me está cubriendo, solo veo plumas rojas y anaranjadas a mi alrededor, como si fuesen las alas de Skosej…, aunque de mayor tamaño. «Definitivamente, estoy muerto, arropado por el padre de todos los ave fénix», pienso antes de cerrar los ojos y tratar de dormir, con una lágrima recorriendo mi rostro hasta caer al suelo.
No sé cuánto tiempo pasa, pero el fénix que me rodea se mueve en el sitio y me deja descubierto. Un grito inconfundible me llama por mi nombre, el verdadero, el que solo conoce mi madre: Uriel. Abro los ojos de nuevo y trato de levantarme cuando siento todo el peso de su cuerpo sobre el mío, abrazándome, zarandeándome para que despierte. Todavía vivo, un muerto no podría sufrir al sentir su magullado cuerpo ser tratado de esa manera. Intento hablar, pedirle que pare, pero solo consigo emitir un gruñido, lo suficiente para que sepa que sigo vivo.
La gente se acerca más a mí, me cargan en brazos y me llevan en volandas a donde el sol no me molesta, antes de caer inconsciente de nuevo por el dolor, veo a Amanuj caminando a mi lado, picoteándome los dedos de la mano.
Despierto en una cueva, las gemas de las paredes, la poca decoración y la luz me indican que estoy en Bakar, en mi cuarto. Hay varias personas murmurando en un extremo de la habitación, alzo la cabeza para saber quiénes son y veo a Trava hablando con un anciano, y a mi madre sentada a mi lado, dormida. De la parte de la estancia que puedo ver desde mi posición, no parece haber cambiado nada desde que me fui; sin embargo, hace más calor de lo normal. Me revuelvo sobre el lecho para quitarme las telas que me cubren, sin éxito, el calor sigue presente; muevo un poco el brazo, sorprendido, sin ningún dolor, mi cuerpo no se resiente de nada.
Me encojo sobresaltado al sentir algo frío apoyarse sobre mi hombro. Me vuelvo y me relajo al ver a mi madre, ha debido de despertarse con mis movimientos. Pregunta por cómo me encuentro, me da la enhorabuena y se marcha de la estancia antes de dejarme tiempo para responder. Veo a Trava y al anciano girarse para verla marchar, mirar en mi dirección y dejar su conversación para acercarse a mí. Intento hacer una reverencia ante mi líder, pero él me detiene con un chistido y se arrodilla frente a mi lecho, felicitándome por mi trabajo.
No sé si me sorprende más que me felicite o que se incline ante mí, sobre todo porque desconozco qué he hecho para merecerlo, más allá de estar a punto de sacrificar a mi compañero y de matarme. Le miro interrogante, pero solo me sonríe antes de volverse al anciano y continuar hablando sobre aves fénix; por suerte, mi madre no tarda en aparecer, con una bandeja llena de comida entre las manos.
—¿Qué ha ocurrido? —pregunto mientras desayuno como si llevase una primavera sin comer— ¿Cuánto tiempo ha pasado?
—Casi cuatro días enteros desde que te encontraron —responde el anciano mientras doy un bocado a una de las manzanas—, la Noche de Leneas ya ha acabado… Tu marcha fue un duro palo para tu familia, mucha gente se sorprendió por tu fracaso, aunque es probable que te recuerden por lo que has conseguido.
—¿Qué es? —pregunto, cada vez más alterado e irritado al ver a la gente comportarse de manera extraña conmigo y eludir la respuesta a la pregunta.
—Tú compañero —dice Trava, señalando con la mano a los pies del lecho donde estoy— Felicidades.
Gateo por la cama hasta la parte baja, me asomo y veo a Skosej durmiendo profundamente. No es Skosej, él ocupa la mitad o menos de lo que ocupa este fénix; es él.
—¿A… Amanuj?
—El mismo —responde el líder, acercándose a mi y susurrando en mi oído—, en unos días habrá una celebración en el volcán y te nombrarán Maestro de Bakar; procura no volver a escaparte.
Asiento por inercia, tratando entender cada una de sus palabras, vuelvo a mirar a Amanuj, el indomable, dormido en mi cuarto. «¿Qué pasó aquella noche?», me pregunto, la respuesta llega sola: «Me salvó la vida…». Acerco con cuidado la mano a su lomo para acariciarle, cierro los ojos y siento en mis dedos el calor que emana a través de su plumaje, siento su respiración lenta y uniforme moviendo las distintas partes de su cuerpo, y siento un leve picotazo en una mano. Abro los ojos y le encuentro mirando mis dedos con fijación, acercando su pico a cada uno de ellos como si estuviera buscando algo.
Se me ocurre coger una manzana de la bandeja y mostrársela, al instante, gira la cabeza hacia mí, clavando sus ojos en los míos, se levanta y extiende las alas alrededor de mi cuerpo. Poco a poco acerco la mano a su pico, con un ligero temblor al estar tan cerca de un ser tan grande y majestuoso como es y recordar todas las historias que se dicen de él; sin dejar de mirarme ni un solo segundo, Amanuj acerca su pico a mi mano y comienza a comerse la fruta. Ninguno de los dos aparta la mirada mientras él come, estableciendo un extraño vínculo entre nosotros, un vínculo para el que voy a necesitar muchas manzanas.
La gente se aparta cuando paso a su lado; he decidido bajar por los túneles hasta las aguas termales para darme un baño y todos, sin excepción, me dan la enhorabuena o me felicitan antes de apartarse y dejarme el camino libre. Me gustaría creer que he hecho algo increíble domando a Amanuj, pero en realidad ha sido él quién parece haber decidido mostrarse ante mí y quedarse conmigo, yo solo he tenido la suerte de caer al vacío desde una altura de vértigo y que el me salvase mientras volaba en busca de manzanas.
—Maestro —grita alguien por detrás de mí, me doy la vuelta para ver quién es, pero no hay nadie buscándome. Pienso en lo que me ha dicho Trava, voy a ser uno de los Maestros de Bakar, un honor reservado solo para los baknicios que han hecho grandes proezas; hazañas que han escaseado durante las últimas primaveras, por lo que los Maestros más jóvenes, son ancianos seniles deseosos de transmitir sus conocimientos y descansar. Nunca nadie, en toda la historia del reino, ha llegado a ser Maestro siendo tan joven y sin pasar la Noche de Leneas; todos tenían más de veinte o treinta primaveras cuando les nombraban, yo solo tengo diez y dos primaveras.
Veo a Trava aparecer en las aguas termales, va acompañado por el anciano de mi cuarto y otros dos que no había visto antes. Me hace un gesto para que me acerque a ellos y comienzo a nadar hacia la orilla. Cuando salgo, los dos ancianos me felicitan y comienzan a preguntarme por Amanuj y cómo conseguí domarle. Les cuento la historia sin ocultar ninguna parte, hablo con la voz algo entre cortada, avergonzado por mi ocurrencia y el riesgo que corrí. Hablo durante varios minutos, hasta que no puedo evitar callarme y escuchar al baknicio que está gritando a nuestro lado, contándole a sus compañeros cómo vio caer una bola de fuego del cielo y alejarse hacia el Volcán—. Skosej —murmuro, no puedo evitar alegrarme al saber que mi compañero conservaba las fuerzas para caminar y volver al hogar, aunque me preocupa que no llegue y muera en el camino.
Los ancianos me miran expectantes por mi silencio, termino de contar la historia y me preguntan— ¿Es verdad? —No respondo, no sé a qué, de todo lo que he contado, se refieren— Lo que cuenta el señor — prosiguen. Asiento con lentitud, sabiendo que voy a recibir un castigo por mis actos—. Muy bien, buen trabajo, Uri; a veces, la gloria sabe mejor cuando sacrificamos algo. —Me saludan con solemnidad y se alejan por el túnel.
Me dirijo hacia mi cuarto molesto con los líderes; me gustaría saber por qué no están Trava ni los Maestros de Bakar molestos conmigo: me he escapado de Bakar, me he escapado del Volcán con material y alimentos de la reserva, dejando solo a los pequeños, aunque no hubiese nadie responsable con ellos cuando llegué. ¡Y he estado a punto de matar a Skosej!; la vida de ningún fénix vale más que la de mi compañero, por muy grande que sea o muchas historias hablen de él.
Cuando me acuesto en el lecho y cierro los ojos, pienso en cómo será la celebración en el Volcán».


