Metis II
Espero frente al trono de Voda mientras este toma una decisión. No entiendo a las oceánides, no entiendo cómo pueden perder el tiempo intentando conquistar a todo ser que se cruce en nuestro camino, encandilándoles antes de atacarles. Cómo pueden estar toda su vida sin hacer nada útil salvo preparase para la guerra, una guerra que igual no llega nunca.
Cuando empiezo a cansarme de estar de pie esperando el veredicto, Voda se levanta y se acerca a la estantería. Coge una piedra de un tono azul muy intenso y murmura: “Pensé que nunca llegaría el momento”. Le veo acercarse a mí con ella entre las manos y, antes de tendérmela, dice:
—Metis, tienes mi permiso para marchar a la Academia. Nútrete con sus enseñanzas y, cuando vuelvas, ponlas en práctica aquí en Plava para mejorar el reino. Toma esta gema, es todo lo que necesitas para que te permitan el ingreso en la Academia. Y ahora, ve, te recogeremos cuando las corrientes nos acerquen a ti.
—Cómo… ¿cómo voy a saber dónde está la Academia? —pregunto desde el umbral de la puerta.
—Tu instinto te guiará hasta allí, por eso no te preocupes.
Tras recoger mis pocas pertenencias, salgo del coral y nado hacia Golybhe. Cuando termina la primera jornada, ya he llegado a la zona continental y localizado una gruta subterránea por la que seguir mi camino.
Recorro durante varios ciclos las aguas subterráneas de Golybhe, prados y esculturas, nadando junto a grandes tesoros, huesos y restos enterrados por la historia. Nado sin ningún tipo de guía entre las rocas, dejándome llevar por mi instinto en las bifurcaciones y cruces de caminos hasta que una noche, antes de detenerme para descansar, llego a una gran cueva con un lago subterráneo. Me sorprende lo luminosa que es la estancia, sobre todo porque desde la superficie no logro ver ningún orificio desde el que pueda filtrarse la luz.
Tras descansar y alimentarme, me quedo observando la cueva sin saber, por primera vez en todo el viaje, qué dirección tomar. Puedo coger uno de los múltiples túneles que desembocan sus aguas en el lago, o el del misterioso foco de luz. O retroceder y buscar otro camino… No tengo ninguna corazonada que me diga qué camino tomar y me da rabia porque tengo la sensación de estar muy próxima a mi destino.
Decido pasar la noche en las profundidades de la cueva y esperar a que amanezca para tomar una decisión. Con el paso de las horas ya he comprobado que el foco de luz, muy posiblemente, provenga de la superficie ya que, ahora que ha anochecido, no es más que un túnel más, sin luz ni nada que lo distinga.
Cuando amanece ya he tomado una decisión, voy hacia la luz. Si estoy en lo cierto y llego a la superficie, en el peor de los casos, solo me habré equivocado de camino. Si, por el contrario, llego a la Academia… sería la criatura más dichosa de todo Golybhe.
Mientras nado, pienso en por qué he llegado hasta aquí: nunca me gustaron mis hermanas, las oceánides siempre estaban presumiendo de su belleza, intentando atraer a cualquier ser hacia ellas para atacarlo, incluso entre ellas. Yo nunca me sentí en la necesidad de comportarme así, no porque no fuese bella como ellas, nos parecemos como se parecen dos gotas de agua, sino porque mi cuerpo estaba inquieto y siempre me preguntaba el porqué de las cosas. ¿Por qué vivíamos en el mar?, ¿por qué nos costaba respirar en la superficie?, ¿por qué no teníamos una posición fija en los mapas sino que recorríamos Golybhe rodeándolo, dejándonos llevar por las corrientes?… Comencé a investigar a mi manera, le preguntaba a Voda todas mis dudas y él me respondía con lo que sabía o me enseñaba antiguos papiros con los conocimientos de nuestros predecesores. Hice pequeños experimentos con piedras y plantas que recogía del lecho marino, pero ninguno llegó a ser gran cosa. Hablé durante muchos ciclos con Voda sobre mis inquietudes hasta que le pregunté si existía algún lugar donde pudiese hallarles respuesta. Al principio pareció sorprendido y temí haber hecho algo mal, pero en seguida me habló de la Academia con el mismo cariño con el que una abuela cuenta historias a sus nietos, con la misma admiración de quién ha visto mucho y sabe mucho. No dudé ni un solo instante en pedirle que me dejase ir a aprender; él no parecía muy convencido, pero la ilusión que irradiaban mis palabras debieron jugar a mi favor.
Y aquí estoy ahora, a punto de llegar al final del túnel. A punto de descubrir si detrás de la luz se encuentran el lugar con el que llevo soñando desde que tengo uso de razón, el lugar donde se dan las respuestas a todas las preguntas de la vida.
Emerjo en un estanque tranquilo y solitario, a mi alrededor veo colinas llenas de vegetación, pero no hay nadie por ningún lugar. Cuando estoy a punto de dar media vuelta y volver al túnel escucho una voz, oculta en algún lugar:
—Llevábamos tiempo esperándote. —Me sumerjo asustada en el agua hasta que solo se ve la parte superior de mi cabeza. La voz continúa hablando sin darse a conocer—. Sé bienvenida a la Academia. Por favor, dirígete al edificio de administración para poder ingresar.
—¿Dónde está?, ¿dónde estás? —pregunto al aire, asustada al no conocer el origen de la voz pero radiante de dicha por haber llegado a mi destino.
Nadie me responde.
Vuelvo a ocultarme en el estanque mientras buscó qué dirección tomar. Cierro los ojos y estudio las aguas que me rodean, encuentro varias conexiones con el estanque, varios hilillos de agua que llegan hasta donde me encuentro. Me desplazo por el primero de ellos hasta llegar a un bebedero en una cocina; el segundo me lleva a una arqueta colocada en una estancia en penumbra, escucho una voz muy similar a la del estanque, pero esta habla de los recuerdos y cómo recordar recuerdos olvidados. El tercer reguero me lleva a unos dormitorios y, con el cuarto, llego a una fuente decorativa.
Frente a mí se encuentra una mujer sentada, perdida entre cientos de papeles. Cuando me ve, pregunta:
—¿Qué quieres? —Me sorprende la sequedad con la que lo dice, volviendo la vista a los papeles inmediatamente después de preguntarme y haciéndome sentir como si la estuviese molestando.
—Vengo a ingresar en la Academia —respondo.
—Enséñame tu carta de recomendación —dice la mujer, sin mirarme y poniéndome nerviosa.
—¿Qué carta? Disculpe, no tengo ninguna carta.
—La carta que te haya dado tu familia, tu líder o quien sea en tu reino para poder ingresar. Sin ella no podemos admitirte.
—No me han dado ninguna carta, ¡no tenemos casi papel en Plava! —respondo, asustada.
Estoy viendo que he hecho todo el trayecto en vano, que me he ilusionado durante todos estos ciclos y al final me voy a quedar a las puertas de mi sueño por un papel mojado. Creo que no me habría dolido tanto si no hubiese llegado hasta el estanque y hubiese visto las instalaciones, preferiría llorar por un sitio que solo conozco por mi imaginación que de un lugar que ya he visto y sé cómo es.
—Entonces, márchate, no puedo perder el tiempo en vano. —Al escuchar sus palabras, comienzo a llorar, todo ha terminado.
Antes de volver por el riachuelo hasta el estanque, siento cómo mi cuerpo es atraído sin motivo hacia las paredes de la fuente. Comienzo a sentirme pesada e incapaz de moverme hasta que me doy cuenta de que es la piedra de Voda la que, en verdad, está siendo atraída. Una pequeña esperanza brota de mi interior, después de quitarme la piedra de encima y separarla de la fuente, se la muestro a la señora y digo:
—Mi líder, Voda, me entregó esto antes de partir… no sé si servirá.
—Trae aquí, niña. Déjame verlo —dice la mujer, haciéndome gestos para que me acerque a ella. Busco alguna forma de llegar en contacto con el agua, pero solo encuentro vapor entre nosotras dos y no me atrevo a verter el agua de la fuente para poder avanzar. Con esfuerzo, salgo del agua y me acerco a ella para entregarle la piedra. La veo observar la superficie en silencio, asintiendo de vez en cuando mientras yo espero a que siga hablando—. De acuerdo, ¿cómo has dicho que te llamabas?
—Metis, señora —respondo, confundida.
—Muy bien, Metis… bienvenida a la Academia, tu carta es correcta y ya has ingresado en la institución. Solo te queda firmar aquí —dice, señalando un pequeño cuadrado en uno de los papeles. Me cuesta reaccionar, no me puedo creer que haya dicho que ya estoy dentro.
—Pero, es una piedra —digo, después de firmar y darme cuenta de que ha dicho que mi carta era correcta.
—Carta, piedra, es lo mismo. Al final es un simple formalismo —responde la mujer con un intento de sonrisa en su rostro—. Y ahora, por favor, márchate, ninguna de las dos tiene tiempo que perder.
De vuelta en el estanque veo a un anciano sentado en la hierba, con los pies a remojo. Vuelvo a esconderme en el agua antes de que se fije en mí.
—Ahora ya sí, bienvenida a la Academia, Metis —dice, con la mirada perdida en el horizonte. Su voz me hace salir a verle; es la persona que hablaba antes sin que la viese—. Aquí recibirás la enseñanza que precises, todo nuestro conocimiento, el de tus compañeros y el tuyo propio están a tu disposición para ayudarte con cualquier duda que tengas. El aprendizaje es libre, pero pautado: sobre tu cama te encontrarás los libros necesarios para aprender lo más básico de nuestra enseñanza. Cuando tú te consideres preparada y lo decidas, se te examinará para ver si puedes pasar al siguiente nivel; si lo superas con éxito recibirás nuevos libros para seguir aprendiendo —«¿Y si no supero las pruebas?», pregunta una voz en mi interior. No me atrevo a preguntárselo, debo dar una imagen buena y segura de mí misma. El anciano saca los pies del agua y se levanta mientras sigue hablando—. Las comidas se sirven al amanecer, a mediodía y al atardecer, sin excepciones. —Antes de marcharse, añade—. Un último consejo: duerme, sobre todo antes de las pruebas. Nunca es agradable ver a alguien dejar la Academia por falta de descanso.
No vuelvo a verle en mucho tiempo. Durante el primer ciclo no veo a nadie más que a las personas que me sirven las comidas. Duermo sola en mi cuarto, pero nunca escucho ningún ruido proveniente de las demás habitaciones, no sé dónde estarán los compañeros que me dijo el anciano que me ayudarían.
La mayor parte del libro son explicaciones de inventos de épocas perdidas en la noche de los tiempos, cómo hacer retículas en el terreno y desbordar canales de agua para conseguir nivelar un suelo y construir encima, cómo guiarse por las estrellas y las constelaciones para disponer grandes piedras, empujándolas con troncos y creando colinas artificiales para después retirar la tierra y dejarlas en su posición definitiva o cómo colocar pequeñas piedras unas sobre otras consiguiendo que se sujeten a sí mismas y no se caigan. Cientos de inventos, ideas y recursos que en algún momento de la historia fueron de gran utilidad.
Me alivia comprobar que el libro está pensado para que guardemos todas esas ideas y las tomemos como apoyo para realizar nuestras pruebas, porque las soluciones de muchos inventos nunca se me habrían ocurrido, ni me habría planteado la duda siquiera, simplemente por vivir en los océanos de Plava.
La vida en la Academia es monótona, estudio y trabajo siempre que hay luz, por las noches solo duermo. A veces, si mi cuerpo está saturado de procesar la misma información durante tanto tiempo seguido, salgo al exterior a buscar despejarme y buscar inspiración en la propia naturaleza. Así, paseando por la Academia siempre en contacto con algo de agua, un día descubro una estancia llena de vida y conocimiento, una estancia con miles y miles de libros, en todas las paredes, rincones, columnas, estanterías… todo repleto de libros.
Una estancia donde, además, están mis compañeros. Un primer impulso me incita a acercarme a ellos y saludarles, saber quiénes son y cómo llevan el aprendizaje, pero les veo a todos concentrados en las mesas, rodeados por varias pilas de libros y consumidos por las ojeras. No les saludo, ni intercambio ninguna palabra con ellos.
A partir de ese día comienzo a visitar la Biblioteca más a menudo; me despejo curioseando libros de todo tipo, buscando y resolviendo mis propias dudas como siempre he soñado. Ahí me enamoro del arte y sus ingeniosos detalles para resolver las imperfecciones y problemas, me zambullo en las ciencias de la naturaleza, las reacciones de los distintos materiales, las formas de comunicación de las distintas especies y su adaptación al entorno y aprendo a realizar los cálculos necesarios para que todo funcione correctamente.
La primera prueba es asequible, nos preguntan por algunos inventos del libro y nos proponen otras formas de solucionarlo en distintos escenarios. Pero ahí termina el sueño bonito en el que vivo: el segundo libro requiere unos conocimientos muy elevados de temas que no he tratado en mi vida. Así comienzan mis largas noches de no dormir, las jornadas en las que me pierdo la cena por estar hasta altas horas de la madrugada en la Biblioteca estudiando libros, donde en la transparencia de mi rostro comienzo a ver ojeras y mi mesa de estudio se parece, cada vez más, a la de mis compañeros.
Dos primaveras después de mi ingreso llego al tercer nivel de la enseñanza, con mucho esfuerzo consigo ir pasando las pruebas, desesperándome en infinidad de ocasiones y sintiéndome una inútil total al ver que necesito ciclos enteros para aprender y asimilar conceptos que mis compañeros aprenden en una jornada. Las pruebas son cada vez más difíciles, pidiéndonos solucionar problemas utópicos en condiciones casi imposibles y con los recursos más básicos de los disponibles. Pruebas donde terminamos recurriendo a la idea feliz o al pequeño reducto que queda en nuestro interior del libro grueso y polvoriento que ojeamos hace cinco ciclos de madrugada.
Una noche, mientras estudiamos en la Biblioteca, veo a una compañera sufrir lo indecible mientras trabaja con agua. Por simple curiosidad, me acerco a ella y veo la portada de su libro, es de un nivel superior al mío, pero siento que habiendo agua por medio, soy capaz de ayudarla. Después de preguntarle y ponerme en situación sobre el problema, me pongo a pensar junto a ella en cómo conseguir moler grandes cantidades de hojas sin apenas esfuerzo y tiempo, empleando agua y ramas de árboles. Me enseña los dibujos que ha hecho, todos los bocetos donde ha ido plasmando cada alternativa, cada detalle necesario para que se lleve a cabo y comienzo a dibujar mis propias ideas.
Estamos varias horas en silencio, pensando cada una en qué se puede hacer, buscando la forma de juntar nuestras incógnitas y llegar a una solución. De vez en cuando descanso, no puedo evitar despejarme para poder seguir pensando con claridad; me recuesto en la silla y miro, de reojo, a mi compañera. No me había fijado en ella en toda la noche, pero debajo de las ojeras, se ve un rostro tan concentrado que parecería que está intentando ver a través de los bocetos, tratando de desentrañar un problema, recurriendo a todos los conocimientos que ha adquirido para tener una idea. Me fijo en las ondulaciones extrañas que le hace el cabello al caer por la cabeza, y no es hasta que se lleva las manos a la cabeza para peinarse un poco, que no me doy cuenta de que tiene la causante de las ondulaciones son las orejas puntiagudas que tiene.
Es algo estúpido, pero me sorprende, la había visto otras veces en la Biblioteca, pero siempre pensé que era una humana y no una elfa. Me mira con un intento de sonrisa para agradecerme el estar ayudándola, pero harta de devanarse en encontrar una solución y es cuando lo veo claro en mi interior. Tomamos varias ramas y las conectamos entre sí, hacemos que el orificio de entrada y de salida tengan tamaños con una diferencia considerable y buscamos una piedra del tamaño de cada orificio. Después de rellenar el tubo con agua y cerrarlo con las piedras, colocamos las hojas en la mesa, el orificio de mayor tamaño sobre ellas, cubriéndolas y apretamos la piedra pequeña como si quisiésemos hundirla en el tubo. El sonido de la piedra golpeando la madera, junto al sonido de las hojas resquebrajándose, nos indica que hemos logrado solucionar la parte más difícil del mecanismo.
A partir de ese día la impresión de mis capacidades mejora, comienzo a hablar con mis compañeros, preguntarles dudas y ofrecerles mi ayuda para las pruebas que requieren de agua, igual que ellos me ayudan en los temas que más controlan.
Sé que no soy la más inteligente que ha pasado por la Academia, ni la que tiene las mejores ideas ni nada que me haga especial respecto a los demás, pero tampoco soy una inútil como llegué a creer. Hay partes del aprendizaje en los que necesito más tiempo que mis compañeros para aprender, pero hay otros en los que destaco sin ninguna duda. Al final la clave está en complementarnos los unos a los otros para facilitarnos las pruebas, aportar cada uno su parte por y para el conocimiento del resto.


