DIÁLOGO INTERIOR
“In the depths of winter, I finally learnedthat within me there lay an invincible summer.”(“En las profundidades del invierno, finalmentedescubrí que dentro de mí reside un verano invencible.”)Albert Camus
Hay frases que revelan verdades incomunicables. Sí, es una paradoja. Pero solo cuando las leemos nos damos cuenta de que su contenido es cierto y entonces nos alegramos de que otros hayan hecho el trabajo por nosotros y de que además hayan sido tan generosos como para compartir el fruto de ese trabajo. Eso es comunicar de verdad.
Y es que cuando leemos algo así nos damos cuenta de que no son solo las palabras que integran la frase las que la convierten en una sentencia inapelable. Es también la contundencia, la certeza con que son pronunciadas. Frases así son descubrimientos para quien las lee, pero para quien las escribe tienen un significado profundo. Porque sabemos que a semejantes conclusiones no se llega automáticamente, que detrás hay un arduo trabajo interior, una viva y reconcentrada atención a lo esencial. Quien escribe una frase así se ha tomado tiempo para observarse y para observar el movimiento invisible del universo, ese que casi nadie percibe. La mayoría se queda en las profundidades del invierno y dice: “la vida es así”. Son pocos los que sienten que ese verano invencible está siempre pujando por salir, luchando por florecer, por brillar.
Esta frase, resultado de un diálogo interior, es tanto empírica como romántica. Es decir, es una decisión personal y a la vez una prueba irrefutable de cómo son las cosas para Camus. Decirse esto a uno mismo y creerlo es saber construirse. Es querer construirse. Hay personas que, sean conscientes de ello o no, solo desean su propia destrucción.
Ninguna herramienta de construcción interior es más poderosa o destructiva que el diálogo interior. Este diálogo es la conversación más importante de nuestra vida, la más trascendente y vital. Porque cómo nos hablamos, nos legitima ante nuestros ojos como héroes o víctimas. Es impactante ver cuán lisiados podemos quedar como resultado de nuestro diálogo con nosotros mismos. Éste determinará nuestra posición ante al mundo, ante el universo, ante el misterio y ante Dios.
Por eso, es casi una obviedad decir que nuestro dialogo interior debería ser más el rico, el más poderoso, el más fructífero que sostengamos en nuestra vida.
El mundo, de forma intencionada o no, rara vez responde a las expectativas que tenemos de lo que debe ser una conversación. Por eso es nuestro trabajo crear interiormente lo que consideramos una comunicación real, provechosa, sana. Si nuestro dialogo interior está construido con lo que el mundo (no el natural, si no el mundano) ofrece, la pobreza hará mella en nuestro interior. No podemos depender de palabras ajenas. Porque el diálogo externo, cuando no tiene una meta práctica, creativa, espiritual o amorosa, es casi siempre un intercambio de idiosincrasias, de egos en construcción que ponen de manifiesto solo lo que queremos enseñar, aquello que nos satisface de nosotros mismos, (eso cuando queremos ofrecer nuestra mejor “cara”). Esa imagen normalmente no se corresponde con la realidad. Pero, aun así, es un acto legítimo. Somos seres cuya meta es la superación, la perfección. Querer mostrarnos como soñamos en vez de conformarnos con cómo somos, es un trabajo honesto que debe estar respaldado por un diálogo interior también honesto, por esa voz que nos recuerda que es nuestro deber aspirar a lo ideal en vez de postrarnos ante lo real.
Pero ¿es realmente importante la comunicación? ¿La comunicación entre personas? Debe serlo porque a todas horas hay millones de seres hablando a la vez, aunque la mayoría de las veces nadie escuche lo que el otro dice. El verdadero problema de la comunicación es que si no se realiza entre iguales puede estar lacrada de malentendidos, de faltas y huecos que acaban llenándose de lo que no somos. O de lo que somos solo en parte.
Curiosamente las personas que no necesitan dialogar, solo expresarse, suelen ser las que nos regalan los argumentos más valiosos para nuestros propios diálogos. Un escritor, un pintor, un director de cine, por ejemplo, exponen cientos de ideas, imágenes o páginas a las que nada ni nadie tiene oportunidad de responder. Su trabajo no es un diálogo, es una declaración de principios, un testimonio, un manifiesto… Otra cosa es que después se escriban críticas o reseñas sobre el cuadro, la película o el libro. Pero eso también son declaraciones, comunicados unilaterales, no diálogos.
Aunque está comprobado que comunicar lo esencial es lo más difícil, porque nada o muy poco de lo esencial es comunicable, se siguen haciendo películas, libros, cuadros… La razón es que todos sospechamos la profundidad de nuestros horizontes y esperamos encontrar verdades absolutas, revelaciones e iluminaciones que como en la frase de Camus, nos hagan exclamar: ¡Sí, exacto, así es!
También ocurre a veces que, sin previo aviso, nos damos cuenta de que nuestra incapacidad de comunicar es intrascendente ante la belleza. Es decir, nuestra necesidad queda anulada, superada, parcial o totalmente, por la belleza de lo que es. Incluso nuestra estupidez, y nuestra consciencia de ella, quedan en segundo término como algo lejano e insignificante. Porque la belleza de lo esencial es capaz de erradicar hasta la más ridícula de nuestras preocupaciones. La independencia de ese viento que mueve las hojas de los árboles, la inconstancia de la lluvia, el paso lento de las nubes con sus formas incompresibles sobre nuestras cabezas, todo eso que es sin nosotros, que ha sido y seguirá siendo sin nosotros, es ajeno a nuestra ansia de comunicar. Inmutable, perdura sin esfuerzo aparente. Sin necesidad de imponerse, de hacerse notar. Ocurre sin nuestro permiso, dentro de su propio orden, sujeto a leyes que desconocemos y que sin embargo son también el contexto de nuestra realidad. Los erizos duermen… llueve… hace viento… Y solo ahí, todo es como tiene que ser. Porque sospechamos que ese orden viene dado de… ¿más arriba? ¿más dentro? Es sin duda un orden con autoridad inapelable. Un orden que no necesita dialogar ni hacerse entender.
Y qué hay de nuestro propio orden. ¿A qué responde mi ser y mi no ser, mi hacer y mi no hacer, mi deseo de ser y mi duda sobre cómo serlo…? Nada de eso tiene una respuesta definitiva fuera de nosotros. La respuesta más fructífera solo puede alcanzarse, quizás, dejando que todo ese ser sienta qué es lo que le conviene, sin consultar con nadie más que consigo mismo. No hay que interponerse a lo que tiene su propio orden, a lo que naturalmente surge o surgiría sino no nos empeñáramos en deformarlo, en alejarnos de nuestra propia esencia, de nuestro propio camino solo para ser comprendidos por otros. Queremos tomar atajos, creemos que somos más listos que lo que nos conforma. No lo somos. Estamos sujetos a un orden que nos define y que sabemos es superior. Pero pretensiones irrazonables y debilidades absurdas construidas en momentos de flaqueza o falta de atención nos desvían del recto camino. Recto en el sentido de favorecedor.
Hay también quien habla y no escucha. Y la mayoría de las veces no pasa nada porque tampoco se dicen cosas tan trascendentes y no nos perdemos nada. Pero el diálogo interior, ¡Ah! Eso es otra cosa. Ahí todo nos concierne. Hacer oídos sordos a lo que nos señala ese YO que, como decía San Agustín, está “intimior intimo meo” —más dentro de mí que yo mismo—, es levantar un muro frente a lo sagrado. Porque quien está más dentro de mí que yo mismo es Dios, o si queremos, una inteligencia superior. Todos lo sentimos. Lo llamemos como lo llamemos, sabemos que hay algo grande ahí dentro, algo o alguien que pacientemente aguanta nuestra estupidez y se afana en corregirla. Pero no podemos dejar todo en manos de “ese alguien”. Para construir un diálogo performativo, para aprender a escucharnos es necesario educar nuestros “oídos”, afinarlos hasta conseguir que el diálogo con ese Dios que nos habita nos llegue rebosante de lucidez y epifanía. Eso, como dice Camus, es descubrir que dentro de nosotros habita un verano invencible.
La Conquista de Aristeia
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