¡Vamos a la final!

Estos son los tres relatos completos que lograron que pasaran a la final de Got Talent Writer estos tres aspirantes. Es importante indicar que los relatos de Morgan y Yeray pertenecen a una serie con relatos anteriores y posteriores; el de JJConti es independiente.

Vaffanculo, Eleonora @morganincrime

Me despierto con la luz fría de Treviso filtrándose por las persianas. A mi lado, una mujer atlética duerme boca abajo sobre las sábanas revueltas. Se llama Eleonora, Ele. Es la tercera vez que nos acostamos desde que la conocí en el Club 72 de Treviso; no hago preguntas y ella tampoco. En sus lumbares destaca un tatuaje oscuro de una llama junto a una especie de… ¿granada? Al mirarlo, algo se tensa en mí, ese patrón me recuerda a algo que he visto antes, un detalle enterrado en mi pasado, pero la memoria se niega a darle forma.

Busco los calzoncillos en el suelo a tientas. En la ducha, el agua fría me espabila. Repaso la logística de un negocio que ya lleva tres meses rodando a la perfección. He aprendido la lección: subcontrato. Yo consigo el material y controlo la producción y unos chavales del pueblo, hambrientos de dinero fácil, se encargan de la distribución y la venta en la frontera. Al limpiar el vaho del espejo para afeitarme, sonrío. No queda ni rastro del Riccardo Brondi elegante que huía de las deudas y los juzgados. Ahora me mira un tipo rudo de montaña, con una barba densa, el pelo sin engominar y una camisa de leñador en vez de una de Loro Piana.

Ele sigue en la cama cuando bajo a la cocina. Manejo el cuchillo con agilidad, corto fruta para el desayuno. Esta tarde vienen los chicos a recoger la mercancía y quiero que esté todo a punto. Abro el MacBook junto a la taza de mi espresso. El Excel no miente: botellas clandestinas despachadas, importaciones de fertilizantes ilegales, cuadrantes de las operaciones nocturnas para fumigar a oscuras… He encontrado mi sitio en el Véneto profundo sin que esto sea una derrota. En un par de meses tendré pasta suficiente para reformar la casa entera y vivir de puta madre.

Eleonora entra en la cocina con una de mis camisetas viejas de MUSE. La química entre los dos es tan brutal que el desayuno acaba derramado sobre la encimera. Me flipa. Me hipnotiza cómo clava sus ojos oscuros en los míos, esa mirada que parece registrar cada rincón buscando anomalías, y la firmeza con la que sus dedos me sujetan la nuca. Pero en mi situación, el compromiso es un lujo suicida. Justo cuando le sirvo su taza, su teléfono suena sobre la mesa. Lo coge al primer tono y su voz cambia al instante a una increíblemente fría que apenas reconozco.

—Entendido. Voy para allá —dice, colgando la llamada. Miro sus ojos fijos—. Una emergencia en el trabajo. Tengo que irme.

—¿Qué tipo de emergencia? —pregunto, consciente de no saber absolutamente nada de su vida, mientras dejo la cafetera en la encimera.

—Un cadáver —responde secamente mientras busca sus botas—. Ha aparecido un cuerpo sepultado en una finca en Collalto.

Se me congela la sangre en las venas.

—¿Un cadáver?

—Sí —confirma ella, ajustándose la chaqueta con soltura—. Trabajo en la sección de homicidios de los Carabinieri.

***

El olvido es el mejor escondite hasta que deja de serlo. Desde que pronunció la palabra Carabinieri, he dejado de responder sus llamadas y sus mensajes se quedan varados en doble check azul. Pero Eleonora no es de las que aceptan un «no» por respuesta. Esta tarde de tormenta, el estruendo de sus puñetazos estalla contra la madera de mi puerta deshaciendo tres semanas de silencio. Aquí está, empapada y con los ojos rojos de llorar exigiéndome a gritos una explicación que yo no puedo darle sin confesar un asesinato, tráfico de estupefacientes y otros tres delitos financieros. No digo nada. Ella tampoco espera que lo haga. Cruza el umbral sin que la invite. El agua gotea de su chaqueta formando un charco entre nosotros que ninguno de los dos mira.

—Dime una cosa… —susurra.

No sé qué responderle, así que la beso para evitar esta conversación. Ella responde con un puñetazo en mi pecho que es más una pregunta que un golpe. La empotro contra el tabique del pasillo y su chaqueta moja mi camisa. Muerdo su labio inferior con la misma desesperación con la que ella clava las uñas en mi nuca. Tres semanas de silencio se disuelven en un segundo. La arrastro hasta la cama sin encender ninguna luz.

Su piel sabe a lluvia. Recorro su columna con la boca desde la nuca al tatuaje. Un flash me viene a la memoria y me recuerda que se trata del emblema de los putos Carabinieri. Ele se da la vuelta y me atrapa la cara entre sus manos. Me mira como si pudiera leerme el delito en los ojos. No aparto la mirada. Es lo más cerca que he estado de confesar en la vida. Ella tira de mí hacia abajo de nuevo.

Perdemos la noción del tiempo entre las sábanas. Olvido por completo que hoy es jueves de entrega.

El estallido del cristal haciéndose añicos hace que me incorpore de golpe. Ele se ha levantado desnuda hace apenas un minuto, quejándose del calor, a por un vaso de agua. La encuentro petrificada en el umbral del salón: al otro lado, seis muchachos del pueblo cuentan billetes arrugados sobre la mesa, rodeados de balanzas de precisión y bolsas termoselladas de fertilizante químico que acabamos de importar.

—Lo puedo explicar —digo, aunque sé que no puedo.

—Aléjate de mí —retrocede de espaldas, muy despacio, con las manos abiertas a los lados y las pupilas dilatadas al verse desarmada en territorio enemigo.

Se da la vuelta y corre hacia la salida. La alcanzo antes de que toque el pomo y caemos los dos sobre el suelo de madera. Forcejea con una fuerza que no esperaba. De un codazo me parte el labio mientras los chavales se amontonan en el pasillo jaleando y vitoreando. La inmovilizo mientras intenta alcanzar un cenicero pesado de bronce sobre la mesa del sofá. Logro meter mi antebrazo bajo su garganta aplastando sus últimas fuerzas contra el suelo. Ella se resiste hasta que una vibración sísmica recorre todo su cuerpo antes de perder cualquier rastro de movilidad. En un movimiento desesperado, para evitar que aquel pulso agónico despierte a algún vecino, aplico un tirón ascendente con todo mi peso sobre su cuello. El crujido de su vértebra cervical suena como una rama partida en el bosque.

El silencio que sigue a aquel sonido es absoluto. Los chicos se largan y me dejan con el marrón: un cadáver no es lo mismo que cuatro fardos de Triofanto-metilo. Me dejo caer sobre su espalda inmóvil, enterrando los dedos de una mano en su melena mientras una lágrima traicionera me resbala por la mejilla. Me acerco a su oreja, rozándola con los labios, y expulso el aire en un susurro: «Vaffanculo, Eleonora».

[image error] BUENAS NOCHES, ELIAS @yeraytorresm

—Papá, ¡me he quedado ciego!

—Tranquilo, mi amor, tómatelo como un juego. No tengas miedo—le susurro con el tono más tranquilizador que consigo fingir.

—No veo nada y me duele mucho la barriguita. Tengo demasiado frío. Quiero a mamá.

—Calma, se ha ido la luz. Coge mi mano y trata de respirar suavemente; toma aire por la nariz y suéltalo despacio por la boca.

—Cántame algo que me tranquilice, papá.

—Ya sabes que lo de cantar era cosa de mamá. ¿Qué te parece si te cuento una historia sobre un niño que vivió una gran aventura cuando todo se apagó?

—No, papá, en tus cuentos siempre hay mucha sangre, dolor y el protagonista muere. Eres malo.

—No me digas eso, inventar historias que generen emociones no tiene nada de malo, así no te guste cómo terminan y la emoción que te despierten no sea positiva. Seca tus lágrimas. Aunque es perfectamente válido sentirte asustado y llorar, recuerda que no superamos el miedo mostrando angustia; lo hacemos plantándole cara con todas nuestras fuerzas. ¿Confías en mí?

—¿Confiar en ti? No, siempre me hablas raro y no entiendo lo que me dices. Solo confío en mamá.

No podía culpar al pequeño Elías por buscar el refugio de su madre en los momentos duros. Al fin y al cabo, era ella la única que siempre estaba presente. Tras unos breves segundos de silencio, que agradezco porque me permiten pensar en cómo escapar de esta, vuelve con sus preguntas.

—Papá, ¿mamá está enfadada conmigo?

—No, mamá no estaba enfadada contigo. Ella te quería sobre todas las cosas. ¿Por qué dices eso?

—La escuché llorando mucho en su cuarto después de que estuviera gritando. Es que yo quería ver la tele, me lo habías prometido.

—Tranquilo, mamá no estaba enfadada contigo. Yo era el único culpable de su tristeza. Sabes que no le gustó cuando me hice pasar por policía para pasar la primera fase de un importante concurso literario. No me quedó otra para sobrevivir, pero todo se acabó enredando.

—Ella te felicitó, papá, estaba contenta.

—Ya, pero lo de que me pillaran y me obligaran a estar tantos años lejos de ustedes, no. Bueno, cosas de mayores, perdóname.

Parecía no entender nada de lo que le estaba contando, demasiadas explicaciones para un niño tan pequeño, pero abrirme sin reservas forma parte de la estrategia para que se calme y no agote el oxígeno.

—Vamos a hacer un juego, pequeño. Necesito que seas muy valiente y muevas los bracitos como si fueras un gatito rascando el suelo. Te prometo que fuera tendrás una vida llena de regalos y cosas bonitas que compensarán con creces todo esto.

No tarda en ponerse manos a la obra.

—¿Así, papá? ¿A que lo hago bien?

Poco a poco conseguía abrirse camino. Un pequeño rayo de luz acabaría llegando a sus ojos.

—Mi pequeño, respira. Sal de aquí y por nada del mundo busques ahora mismo a mamá. Confía en ellos. Yo me quedaré aquí cuidando de tus sueños. Al fin y al cabo, el protagonista principal de esta pesadilla soy yo.

El universo empieza a temblar bajo mis pies al tiempo que el pequeño por fin consigue escapar. Siento que la tierra me aprieta; mi cabeza va a explotar y mi corazón está luchando por latir con toda su fuerza. No puedo parar de sonreír.

—¡Alberto! —consigo escuchar con dificultad al tiempo que se eleva la plataforma que me saca de mi sepultura.

—¿He conseguido superarlo? —pregunto al equipo de investigación que comienza a quitarme una cantidad incontable de cables.

—Lo siento, pero los datos que hemos recogido de tu cuerpo no van a ser útiles. Estás hecho un desastre y no has conseguido salir por tus propios medios, al contrario que el niño.

—Por favor, no tarden en borrarle los recuerdos y esta vez háganlo bien. Me ha vuelto a preguntar por su madre y no puedo explicarle todo lo que he tenido que hacer. Me corroe la culpa.

Me dan una de esas chocolatinas que me llevan al país de los sueños durante horas y, al despertar, me encuentro cara a cara con la directora.

—Alberto, tengo que hablar contigo. Te lo diré sin paños calientes: ya no nos sirves. Sin embargo, Elías puede ser muy valioso para nuestro laboratorio y para el futuro de la humanidad.

—¿Qué me estás queriendo decir? —se me salen los ojos de las órbitas mientras siento un líquido frío entrar por la vía—. No, Elías no, suelten a mi inocente niño. Yo firmé ser falso autónomo y someterme a experimentos; incluso acepté que él participara en pequeñas ocasiones, pero él no debería pagar también por mí.

Elías no tarda en escaparse y aferrarse a mi pecho. No consigo moverme y apenas siento su piel.

​—Papá, ¿qué me va a pasar? ¿A dónde me llevan? ¿Voy a poder ver a mamá? —grita mientras lo arrancan de mis brazos y me esfuerzo por pronunciar mis últimas palabras.

​—No me desechen todavía; díganme que el gran final de este humilde amante de la literatura aún no está escrito.

Fantosmia @jjconti

—¿Ya está hipnotizado?

—Lo que su hijo tiene se llama fantosmia. —La doctora Jennifer había asentido sin dejar de mirar al niño de trece años que, con los ojos cerrados, respiraba con normalidad—. Un olor fantasma: oler algo que no existe, que nada del entorno justifica. Descartadas las lesiones cerebrales, suele venir de un trauma psicológico o de una experiencia muy intensa. Un olor concreto, fuertemente ligado a un recuerdo. El olfato tiene conexiones muy estrechas con las estructuras cerebrales de la memoria y la emoción. ¿Con qué frecuencia dice usted que lo experimenta?

—Los martes.

—De acuerdo, un día a la semana —respondió la doctora—. Y dice que lo describe como un olor metálico y ahumado.

—Sí, así lo describe él. Como hierro ahumado. Y no es un día a la semana, es los martes, y solo de nueve menos cuarto a nueve y cuarto. Pero disculpe que le pregunte, ¿qué recuerdo traumático puede tener un niño sano y feliz de trece años? —replicó la madre, con el entrecejo cada vez más arrugado, hasta casi juntarle las cejas en una sola.

—Eso es lo que vamos a averiguar. Empecemos —respondió la doctora. Volvió a fijar la mirada en el niño, que seguía tranquilo, y consultó las notas un segundo. Le temblaba la mano, tan poco que solo ella lo notaba—. Hola, David. Asiente si me estás escuchando. —El pequeño asintió—. Vamos a volver al momento en que lo oliste por primera vez. ¿Lo recuerdas? —El niño no se movió. A los pocos segundos arrugó la nariz y contrajo la boca. Después empezó a toser—. Ve ahora una hora hacia atrás en el tiempo —se apresuró a decir la doctora. Al momento el pequeño dejó de toser y relajó el rostro—. ¿Qué estás haciendo?

—Me estoy preparando para ir al trabajo.

La madre se volvió bruscamente hacia la doctora, que solo movió la mano, algo temblorosa, para que callara y esperara. La voz del niño parecía diferente. Más adulta.

—Continúa.

—Mi mujer ha salido antes que yo, pero me ha dejado la cafetera puesta. La radio está encendida, subo el volumen y escucho la WPLJ-FM mientras tomo el café.

—¿Qué dice la radio?

—Son las ocho de la mañana en Nueva York. Cielo despejado, tráfico pesado en los accesos a Manhattan…

—Continúa —interrumpió la doctora con la voz algo afectada.

—Termino de desayunar, lavo la taza y la coloco en su sitio. Miro la hora, tengo que darme prisa. Tardo unos treinta minutos en llegar al trabajo y otros dos en subir a mi planta. Tengo que hacer trasbordo en la planta setenta y ocho —añadió el pequeño hombre, con una media sonrisa—. Ese día tardé veintidós minutos. Bajé del vagón con los cascos puestos, los viejos de gomaespuma naranja, mientras sonaba «Summer in the City», de The Lovin’ Spoonful. Seguí el flujo por el andén, subí las escaleras y atravesé los pasillos subterráneos entre cafeterías, escaparates y gente que caminaba deprisa. No tuve que salir a la calle. Hice el recorrido de siempre hasta el vestíbulo, crucé entre el ir y venir de empleados y me detuve frente a las puertas del ascensor. Recibí un SMS de mi mujer. Solo decía: «Te quiero, que tengas un buen día». —La doctora, a la que ya no solo le temblaba la mano, le pidió que continuara—. El resto está confuso —continuó el pequeño, que volvió a arrugar la nariz—. Un silbido. Un estruendo. Gritos. Oraciones. Llantos. Y ese olor… ese olor a hierro ahumado. Mezcla de combustible y productos químicos. Sonaban móviles por todas partes. El mío se había roto. Eran las ocho y cuarenta y siete. Mi reloj Casio seguía funcionando. A las nueve y trece comprobé que ya no había salida posible hacia el vestíbulo de la Torre Uno. Busqué un teléfono que funcionara; ninguno daba línea. El fuego avanzaba. Me dispuse a saltar. —Ninguna de las dos se había dado cuenta, pero estaban aguantando la respiración. Y lloraban, una más que la otra—. En apenas unos segundos de caída, por la planta noventa, el olor desapareció.

—¿Recuerdas algo de lo que pensaste mientras caías? —preguntó la doctora con la voz quebrada. El pequeño asintió.

—Que sería un once de septiembre que nadie olvidaría. — Él también lloraba, pero solo una lágrima, solitaria, que le recorría la mejilla. Le tembló la barbilla, se le crispó la boca y de ahí nació una sonrisa manchada—. Y que tenía que haber respondido al SMS de Jenny.

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Published on September 20, 2026 08:27
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